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50 años después
Emilio Ballagas:
Recuento y recuerdo
Leonardo
Depestre Catony|
La Habana
Hace ahora media centuria que murió, el 11 de septiembre
de 1954, uno de los poetas cubanos más importantes de la
primera mitad del siglo XX y que, lamentablemente,
permanece hoy bastante olvidado. Ya, por el título,
sabrá el lector que nos referimos al camagüeyano Emilio
Ballagas, cuya obra abarcó además el ensayo, la
traducción y numerosas conferencias.
Resulta interesante revisar lo que de él escribieron los
críticos y especialistas. Para Max Henríquez Ureña, cuyo
Panorama Histórico de la Literatura Cubana
continúa siendo referencia obligada en nuestros días,
Ballagas fue “ante todo, un poeta introspectivo, aunque
hay en su lírica aspectos diferentes en que se aleja de
sí mismo, juega con las palabras y recoge alguna
palpitación del mundo que lo rodea”.
El
profesor y ensayista Cintio Vitier lo considera “entre
los poetas de su generación, si no tan decantado como
Mariano Brull ni tan antológico como Eugenio Florit, el
que ofrece un proceso espiritual más dinámico e
interesante.”
Del poeta introspectivo, algo místico, que se vuelca
hacia su interior y, angustiado, nos sacude con un verso
propio, límpido, tenemos en “Elegía sin nombre” un
excelente ejemplo:
Te
estoy amando en sombras,
en una gran tristeza, caída de las nubes,
en una gran tristeza de remos mutilados,
de carbón y cenizas sobre alas derrotadas.
Un
primer cuaderno poético apareció en 1931, a la edad de
23 años, cuando aún cursaba en la universidad los
estudios de Pedagogía, de los cuales se graduaría dos
años después, para iniciar su carrera docente en la
Escuela Normal para Maestros de Santa Clara, al centro
de la Isla, de la cual llegaría a ser director. Años más
tarde también se graduará de Doctor en Filosofía y
Letras.
Entretanto, su renombre como escritor se expande. Viaja
a Francia comisionado por la Secretaría de Educación y
años después a EE.UU., donde ejerce como profesor de una
institución para ciegos. Pero Ballagas no deja por ello
de escribir: en 1934 ha visto la luz un texto bastante
singular. Se lo edita la imprenta La Nueva, de Santa
Clara, y lleva por título Cuadernos de poesía negra,
el cual se inserta dentro del movimiento de la poesía
afrocubana. Allí se incluye “Elegía a María Belén
Chacón”, que data de 1930:
Ya
no veré mis instintos
en los espejos redondos y alegres de tus dos nalgas.
Tu constelación de curvas
ya no alumbrará jamás el cielo de la sandunga.
Del mismo cuaderno es el conocido poema “Para dormir a
un negrito”:
Drómiti mi nengre,
Drómiti nengrito.
Caimito y merengue,
Merengue y caimito.
En
estos versos destaca la sensualidad, la música
intrínseca, el vocabulario folklórico, el gusto con que
el poeta recrea el asunto.
Ballagas es también autor de dos colecciones:
Antología de la poesía negra hispanoamericana,
editada en Madrid, 1935, y Mapa de la poesía negra
americana, editada en Buenos Aires, 1946.
Con el libro Cielo en rehenes mereció el Premio
Nacional de Poesía en 1951 y dos años después ganó, en
el mismo género, el Premio del Centenario con Décimas
por el júbilo martiano en el centenario del apóstol José
Martí.
Otros cuadernos van engrosando su currículum poético.
Elegía sin nombre, en 1936; Nocturno y elegía,
1938; Sabor eterno, 1939; Nuestra señora
del mar, 1943. Con el ya citado Cielo en rehenes,
que contiene excelentes sonetos, estamos en presencia
del tema religioso tratado desde la propia interioridad
del poeta:
Cuando en el río helado del espejo
vierto la soledad de mi figura,
miro cómo afanosa mi criatura
se quiere desprender del hombre viejo.
Es
la batalla en que sin miedo dejo,
estremecido por la quemadura,
mi piel, la ensombrecida vestidura
de la serpiente antigua que reflejo.
Pero no es esta imagen lo que historio
ni un ajeno temblor de luz ganada,
sino la brasa de mi purgatorio.
Y
si miro mi angustia desdoblada,
mi alma es indivisible territorio;
la plaza fuerte por mi Dios sitiada.
Falleció a los 46 años. Había nacido el 7 de septiembre
de 1908 y, aunque conocedor de su inminente muerte, no
desaprovechó un segundo de vida para escribir. Sus
últimos poemas y aquellos no recogidos en los libros lo
revelan triste pero sereno.
Quiero en la tierra que me dio la vida
en olvido yacer cuando la Muerte
me llame con su voz callada y fuerte
a su danza de asfódelos crecida...
Un
día el poeta escribió:
“La poesía en mí no es un oficio ni un beneficio. Es una
disciplina humilde, un hecho humano al que no puedo
negarme, porque me llama con la más tierna de las voces,
con una inconfundible voz suplicante e imperativa a la
vez. Como poeta no me siento en modo alguno un ser
excepcional y privilegiado.”
Al
gran poeta que fue Emilio Ballagas, a ese hombre
bondadoso y excepcionalmente sencillo que no quiso
sentirse diferente, ni superior, pero que ha trascendido
en el tiempo y la memoria de la literatura cubana
debemos los lectores un homenaje de gratitud y
recordación.
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