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HABLAR CON LEO
 
Reynaldo González | La Habana

 

Me permito una evocación personal. Camagüey, inicios de los años 60. Irrumpe en mi pieza de hotel un hombre tan joven como yo, Leo Brouwer, guitarra en ristre y lleno de proyectos e intereses, de ideas, de vivencias que le desbordan. Iniciamos una conversación que más de cuarenta años después no cesa, ni en intensidad ni en riqueza y complejidad. Hablamos de literatura, del barroco y de la necesidad de hallar una expresión que satisfaga nuestras ansiedades sin desdecir una tradición donde el barroquismo parecería insoslayable, casi un fatum. Hablamos de todo, y de música —en ese ámbito es él quien habla: yo me abismo en sus criterios, sus conceptos y experiencias. Hablamos de la pintura y de la música que antecede a nuestros pasos, como alimento que escapa a pueriles consideraciones. Hablamos de las ciudades por las que andamos y de las casas en que habitamos. Y volvemos a la música, ritornelo y pasión. Y recalamos en la necesidad de una comunicación diversa a la heredada, que permita una participación más amplia, respetuosa, no unidireccional. Encuentros, distancias, reencuentros, y continuamos participando de aquella misma conversación, inextinguible. A veces me llega en un concierto, en un disco, o yo me le acerco con un libro. Y en algunas ocasiones, que agradezco, es él quien trae el libro en la mano. Es el caso que hoy me ocupa, un nuevo libro suyo, Gajes de oficio.[1]

Antes de comentar Gajes de oficio, que continúa con variaciones y profundizaciones lo iniciado en su anterior libro, La música, lo cubano y la innovación, les advierto: no se imaginen que solo habla de música. Porque para Leo Brouwer trabajar y respirar en el mundo y, por supuesto, hablar de música, es hablar de vida viviéndose, no pretérita, ni museable, ni obviable. Escribo para invitarlos a leer un libro que tiene la característica de su autor, sus múltiples intereses, entretejidos, incitantes, provocadores, disparados como flechas. Por supuesto que trata de música, su concepción, su composición y su interpretación, la maravillosa imantación de su estudio; pero alude a otras disciplinas, hace confluir observaciones de la actualidad, del entorno social y de la comunicación, ese fenómeno que en resumimos con un término tan elusivo como significante: el mundo mediático. Ese que vivimos y padecemos

La sabiduría atesorada en la práctica musical, desde adentro y no con la engañosa distancia del teórico, le permite apreciar las tiránicas interrelaciones entre la música y artes tan aparentemente distantes como la matemática, la arquitectura, la teoría modular clarificada por la Bauhaus, las vanguardias y sus resacas, las acomodaticias trampas de la reiteración. Los ejemplos que acuden a su ejemplar labor de persuasión participan de la poesía y de la pintura, de la literatura y hasta de la metafísica. Habla con y hacia un lector que quiere como al espectador ideal: activo y dotado de sensibilidad y de conocimientos para asumir plenamente el mensaje del arte. Por momentos su conversación con el lector —así se me presenta su escritura— adquiere la intimidad de la confesión, entrega elementos del razonamiento ante su propia obra —siempre en progreso, revisada, cuestionada—, se acerca a una comparatística que enriquece el diálogo. Entretanto, continúa hablándonos de música.

Los textos que integran este volumen se vinculan como las partes de ese concierto ideal al que convida, son movimientos, variaciones que responden a una exigente y angular columna de pensamiento. Ninguna parte es ajena al todo, por igual sujetas a un propósito que da a este libro un carácter ejemplar. Siguiéndolo llegamos a la canción popular y a la transmutación de elementos folklóricos en la música de concierto, sus seducciones y sus posibles deslices. De la búsqueda y decantación de elementos en función de la idea vamos a los enriquecimientos que esa idea puede aceptar en el raptus creativo. Su abordamiento de las instrumentalizaciones a que recurren los mass media, en “El artista, el pueblo y el eslabón perdido”, haya complemento en “La música, lo cubano y la innovación”, y en el panorama “La vanguardia en la música cubana”. (En estos textos aguarda al lector avisado la coincidencia que anima su denuncia del aprovechamiento indiscriminado de la música y de elementos folclóricos por los medias, tal como ya lo hiciera Fernando Ortiz hace más de medio siglo, en su siempre nuevo estudio Africanía de la música folklórica de Cuba, fenómeno elevado a extremos en la actualidad.) Su recuento-estudio de los Motivos de son, de Guillén revividos por Amadeo Roldán tiene un terreno fértil en “Música, folklore, contemporaneidad”. Espiral ascendente que siempre regresa a su fuente, que es la música, su lenguaje, las ramificaciones que su fruición genera en la psiquis, el gusto, la voluntad.

En “La composición modular”, texto que contribuye a una mejor degustación de la aventura intelectivo-musical de los últimos tiempos —tan reclamada por los músicos como conveniente a los melómanos—, sorprenderá al lector una ejemplificación compleja, con referencias a Paul Klee, Vassily Kandinsky y Pablo Picasso. No son gratuidades. La mirada abarcadora, las referencias cruzadas y la persistente recurrencia a una comparatística convertida en razón de la argumentación, le nacen a  Leo Brouwer de la praxis musical, de la pasión unida a la observación, una cercanía que solamente aporta el oficio. Las páginas de este nuevo libro suyo me han devuelto a una conversación sin punto final, iniciada hace más de cuarenta años, animadora de una amistad que alimenta la admiración.

Notas:

[1] Leo Brouwer. Gajes de oficio, Col. Ensayo, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2004, 114 pp

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