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Actualidad del Moncada
Ángel
Guerra Cabrera|
México
A más de medio siglo
del ataque al cuartel Moncada y de La historia me
absolverá, estos se levantan como referente
indispensable de los que desean un mundo distinto. Su
vigencia se completa porque la acción del 26 de julio y
el alegato posterior de Fidel Castro demostraron en la
práctica sus posibilidades liberadoras a escala de un
país en las más difíciles circunstancias. La historia
me absolverá es una vibrante denuncia y un radical
programa inspirados en la realidad social, económica,
cultural y política de la Cuba de entonces, cuyo
parecido es sorprendente con la que observamos
actualmente en el planeta. En el caso de América Latina
explica la semejanza el que la isla transitara de
colonia de España a semicolonia de Estados Unidos sin
alcanzar la independencia hasta el triunfo de la
revolución. Esto condicionó a una burguesía que no pasó
nunca de ser un apéndice de las respectivas metrópolis,
incapaz de edificar —como ocurrió en otros países al sur
del Río Bravo— un régimen social y político
relativamente autónomo de los centros de poder
metropolitanos. Por lo tanto, en la Cuba de 1953
existían ya el grado de subordinación del Estado
nacional al imperialismo estadounidense y la enorme
desigualdad social que las políticas neoliberales han
exacerbado en Latinoamérica a partir del golpe de Estado
fascista en Chile.
Pero más allá de
nuestra región, el profundo mensaje ético y humanista de
la acción del Moncada y el discurso de Fidel Castro
antes sus jueces se proyecta en todo su alcance
universal cuando la mayoría de los gobiernos desplaza
expresamente su función principal de asegurar el
bienestar de los seres humanos por la más rentable de
salvaguardar los intereses del capital. El
desplazamiento del interés público por el privado en la
función del Estado y la corrupción de las instituciones
a que se refiere La historia me absolverá en la
Cuba de 1953 es la norma en el mundo de principios del
siglo XXI. De allí que no tendría viabilidad un programa
antineoliberal que no denunciara esa lacra y se
propusiera erradicarla resueltamente confiscando -a la
corta o a la larga- a los gobernantes venales, como se
hizo en Cuba tan pronto como triunfó la revolución.
Volviendo a América Latina y al tercer mundo lo mismo
puede decirse de otros derechos proclamados en el
alegato de Fidel como hacer válido el principio de que
la propiedad de la tierra es para quienes la trabajan y
la necesidad de acometer la industrialización autónoma
basada en el interés nacional. Otro tanto corresponde a
la solución de problemas como la vivienda, el desempleo,
la educación y la salud. Excepto en cuanto la vivienda
–una descomunal deuda social heredada por el capitalismo
dependiente-, Cuba ha sido capaz de cumplir como ninguna
otra nación con esos objetivos pese a haber estado
sometida desde los sesentas a una guerra no declarada
por parte de Estados Unidos. Entre los principales
beneficiarios de esta obra han estado las mujeres y los
niños de la isla, cuya realización plena ha sido central
en la sociedad revolucionaria.
Ello hace más
canallesca y despreciable la estúpida aseveración por
Bush II sobre el supuesto fomento por el gobierno cubano
de la prostitución, incluida la infantil. Falacia que no
merecería ningún comentario si no fuera por venir del
nuevo César de Washington, con todas las implicaciones
de tener a su disposición el mayor poder militar de la
historia. Le confiere excepcional gravedad que no se
trata de una afirmación aislada sino inserta en un
diluvio de calumnias y acciones hostiles contra Cuba del
propio Bush y su pandilla desde que llegaron a la Casa
Blanca. Es muy significativo el documentado análisis
hecho por Fidel Castro el pasado 26 de julio sobre el
móvil del alcoholismo que anima la conducta del actual
presidente de Estados Unidos. Tanto que salvo por este
caso no recuerdo otra ocasión en 45 años de
enfrentamiento con los sucesivos gobiernos de la
superpotencia en que el líder de la revolución cubana
haya hecho alusión a la vida privada y la salud mental
de uno de sus mandatarios.
Únicamente la gran
descomposición moral que atraviesa el imperio
estadounidense puede propiciar el ascenso a su cabeza de
un personaje tan “siniestro”, dicho con las palabras del
presidente cubano. Con las lógicas diferencias tácticas
de cada proceso social, resplandecen como nunca el
Moncada y La historia me absolverá.
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