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PLAZA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

Josefina Ortega
| La Habana

Según parece, en dos ocasiones se intentó cambiarle el nombre, primero por el de Plaza Fernando Séptimo, a quien muy bien le cabría el epíteto de El Terrible. El cambio no prosperó.
 

En 1947, un alcalde habanero logró oficialmente denominarla nada más y nada menos que Plaza de Key West, según se dijo para honrar a los emigrados cubanos que vivían en ese sitio norteño y desde donde hicieron tanto por la independencia.

El historiador cubano Emilio Roig de Leushenring escribiría luego que probablemente nadie se dio por enterado del segundo cambio, entre otras cosas, porque los criollos siempre llamaron Cayo Hueso –por el sonido Kigüess− con que pronunciaban el nombre anglosajón.

Hoy es uno de los sitios más encantadores de la ciudad y quizás el que mejor encarne el espíritu renovador que reina en el centro histórico. Por suerte se sigue llamando Plaza de San Francisco de Asís.

Considerada una de las tres primeras plazas de La Habana por su antigüedad, se denomina así por haberse construido un convento de frailes franciscanos cuya edificación culminó en 1591 e iniciada en 1574.

Es decir, antes de 1559 existía el espacio abierto y concurrido de un mercado, como lugar de convergencias.

Era entonces una faja angosta entre las calles de los Oficios, Lamparilla y el mar y no se consideraba exactamente como una plaza.

Pero una vez constituido el convento y adjudicado el nombre de Plaza de San Francisco de Asís, el lugar comenzó a tener personalidad o quizá mejor “lugaridad”. Mas el sitio seguía siendo bullicioso y animado.

Los franciscanos pidieron entonces que el mercado que allí se armaba se mudara, cosa que hicieron las autoridades, trasladándolo hacia la entonces Plaza Nueva y que hoy todo el mundo llama Vieja.

Hasta ese entonces la Plaza de San Francisco de Asís, (que en opinión de Jacobo de la Pezuela no tiene un solo lado que sea regular) había sido uno de los sitios más animados de La Habana.

Roig de Leushering escribió que todo era allí, en los días laborales, “ruidos, movimiento, vida. Ir y venir de blancos y de esclavos negros, carretas y carretones, quitrines, carretillas. Por ella desembarcaban también inmigrantes que venían de la península a hacer dinero en América”.

En los albores del siglo XVII la Plaza seguía siendo encrucijada de vehículos de carga que se aproximaban a los muelles cercanos –que también se llamaban, claro, Muelles de San Francisco para recibir y transportar la carga bajada de los buques.

En el siglo XIX −más exactamente en 1836− se construyó la “Fuente de los leones” realizada por Gaggini, el mismo escultor que hiciera la estatua de la India o de la Noble Habana.

La Fuente de los Leones aún permanece allí, un poco más al suroeste del sitio primigenio, porque temerosos de que se dañara por accidente ante tanto traqueteo de vehículos y personas, la fuente fue trasladada primero a la Alameda de Isabel II −o Paseo Martí o Paseo del Prado−, y luego al Parque de la Fraternidad, hasta regresar a San Francisco.

Antes de tener la fisonomía que hoy muestra –con el hermoso edificio de la Lonja del Comercio, la terminal de cruceros, restaurantes, cafeterías, boutiques, correos, bancos, casas de cambio, centros culturales, coches tirados por caballos y el enjambre de palomas, entre otros−, la Plaza de San Francisco de Asís pasó por diversas remodelaciones que comenzaron en grande cuando se echaron los cimientos del monasterio a orillas del mar “quitándole algo de jurisdicción a las aguas”, según un poeta de la época.

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