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El cuento de La Jiribilla
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EL CUENTERO
Onelio Jorge Cardoso
Una vez hubo un
hombre por Mantua o por Sibanicú, que le nombraban Juan
Candela y que era de pico fino para contar cosas.
Fue antes de la restricción de la zafra, que se juntaban
por esos campos gente de Vueltarriba con gente de
Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Candela. Era alto,
saliente en las cejas espesas, aplanado y largo hacia
arriba hasta darse con el pelo oscuro. Tenía los ojos
negros y movidos, la boca fácil y la cabeza llena de
ríos, de montañas y de hombres.
Por entonces nos juntábamos en el barracón y se ponía un
farol en medio de todos. Allí venían: Soriano, Miguel,
Marcelino y otros que no me acuerdo. Luego, en cuanto
Juan empezaba a hablar, uno se ponía bobo escuchándolo.
No había pájaro en el monte ni sonido en la guitarra que
Juan no se sacara del pecho. Uno se movía, se daba
golpes en las piernas espantándose los bichos, pero
seguía ahí, con los ojos fijos en la cara de Juan,
mientras él se ayudaba con todo el cuerpo y refería con
voz distinta de la suya cuando hablaban los otros
personajes del cuento. Allí, con vales para la tienda,
el cuerpo doblado con el sol a cuestas todo el día, uno
llevaba metido dentro el oído para las cosas que
pudieron haber sido y no fueron.
Pero, eso sí, a Juan Candela nunca se le pudo
contradecir, porque cerraba los cuentos con una mirada
de imposición en redondo y uno se quedaba callado viendo
cómo el hombre tenía algo fuerte metido en el cuerpo
suyo. Preciso, certero, Juan sacaba la palabra del saco
de palabras suyas y la ataba en el aire con un gesto y
aquello cautivaba, adormecía.
Por eso contaba cosas como éstas con otras palabras
suyas: «Río abundante de peces el de las Lajas, allá por
Coliseo. Mire, una vez reventaron las aguas antes de
tiempo sobre San Miguel y toda esa zona. Primero pasaron
unas nubes a ras de loma y luego vino aquel mar negro
con un viento frío de vanguardia que aplanó el
espartillo y doblegó los guayabos hasta que se
establecieron las lluvias. Yo vendía ambulante entonces,
y tenía una mula caminadora y firme. Así que en cuanto
empezaron a encauzarse las aguas y vino el oreo de las
tierras, hice camino para dentro de las sitierías. Iba
tirando mis cálculos con el río —porque para pensar no
hay como el paso de una mula bajo el cielo. Un poco
lleno, me decía, pero con cruce. Yo había pasado aguas
mayores que aquéllas y conocía la zona como para andar
con los ojos de la mula nada más. Así que partí a la
marcha buscando el río, y por la tarde ya estaba
entrando en él. Arrastraba todavía aguas de chocolate
revuelto, pero apenas si se botaba medio metro de
orilla. Conque meto la mula en el agua y empiezo a
pasar. Todo iba bien. Abajo golpeaban los cascos
sordamente sobre las lajas, pero en mitad del río el
animalito resbaló, corriéndose apenas una cuarta. Yo
pensé en la carga, en el hilo, en los polvos, en todo lo
que el agua me iba a malograr, entonces clavé la mula en
firme. El animalito lució su sangre como siempre. Se
estremeció, levantó las orejas asustadas y pasó,
buenamente, arrollando el agua en el pecho. Pero ahí
viene la cosa, que estando fuera ya me siento las
espuelas pesadas tirando abajo. ¡Diablo! —digo, y veo
que traía dos pescados de a libra cada uno trincados en
las espuelas. Bueno, miré al río y le dije: hoy tienes
más pejes que nunca.»
Y
Juan movía los dedos largos de las manos como peces
apretados en un palmo de agua. Luego aquello; una mirada
alrededor como por la punta de un cuchillo.
Otra cosa que contaba fue que tuvo un perro jíbaro
cogido de cachorro y amansado con amor. Era el llamado
Mariposa lo que se dice un perro saliente. Entre otras
cosas aprendió a venadero. Mas su único mal era el bien
de sus patas, porque «así como usted quiere ver el
viento silbando en un alambre —decía Juan— era lo mismo
ver las patas de Mariposa tras el venado. Ésa fue la
causa de su desgracia, pues una tarde se fue solo al
monte y el fresco de la noche fue trayendo su ladrido
disperso.»
«Ha encontrado rastros», pensaba Juan adormeciéndose en
la hamaca e imaginando ver pasar el venado y detrás el
perro con el demonio en las patas. Pero con la mañana y
los quehaceres Juan se olvidó del perro. Mas a eso del
mediodía, dominando todos los ruidos, se sintió un
tropelaje por el lado de la caña, a tiempo que a saltos
volaba el venado rumbo al batey. «¡Había que verle los
ojos de mala noche al animalito!» Juan afilaba su mocha
y pensó en el perro. ¡No había tiempo de nada! ¡Al
venado que se lo llevara el diablo! Mariposa, el pobre
Mariposa, que llevaba una noche entera corriendo.
Entonces Juan clavó el mango de la mocha en tierra para
que el perro tropezara y poderlo detener, pero no tuvo
suerte. Fue una de esas pocas veces que Juan no tuvo
suerte. El venado saltó, y en la prisa Juan clavó de
filo la mocha. Luego, como una bala, venía la mancha de
color del perro. Chocó con el filo, cosa de medio
segundo, y se abrió en dos mitades justas.
«Ah! —decía Juan—, es bueno que un perro sepa correr, y
si es venadero, mejor, pero eso fue lo que perdió a mi
pobre Mariposa, y luego que yo no había descubierto
todavía que con baba de guásima se pueden pegar las dos
partes de un animal dividido.»
En
esas noches Marcelino, Miguel o Soriano, contaban algo
de sus propias cosechas pero no se les podía soportar
después de Juan. Ninguno de ellos tenía aquel manojo de
palabras, ninguno el gesto preciso de la mano en el
aire. Después íbamos a las hamacas y no se sentía más
que el chirrido metálico de los grillos o la exactitud
de los gallos distantes.
Una mañana en el surco, Marcelino me preguntó
inesperadamente:
—¿Tú crees que puedan haber tantos peces?
—Dónde? —dije.
Pero él miraba ahora al frente, y yo sorprendí allá, en
el extremo de su mirada, el contraluz de Juan Candela,
encorvado, arrancándole hierbas a la tierra.
Otra mañana, afilando los machetes, hablaban Miguel y
Soriano:
—No digo que no, puede que lo que corre se corte si da
con un filo de mocha.
—Por ejemplo, la mantequilla —dije interrumpiendo, y
Miguel y Soriano estallaron en risas. Luego hubo un
silencio y Soriano, pegando con el lomo del machete en
la piedra, dijo:
—¡Ese hombre dice mentira!
—Está claro —murmuró Miguel.
Y
los tres nos miramos con gusto, nos sentimos iguales. La
cosa estaba en que uno se decidiera a romper la fuerza
que Juan tenía metida en el cuerpo y que se le asomaba a
los ojos.
—Pues una noche de éstas yo cojo y le digo... —afirmó
Soriano, golpeando de nuevo y más fuerte la piedra.
—Está haciendo falta, no creas —concluyó Miguel, y luego
cada uno siguió en lo suyo.
En
verdad, pensábamos entonces que era necesario ahogarle
aquel poder a Juan, porque a un hombre se le puede
aguantar una mentira por ser la primera, otra por
decencia, pero la tercera suena como un bofetón y ése
hay que contestarlo enseguida.
Esa misma noche vino Juan con su tabaco torcido en las
puntas y su frente espaciosa. Después empezó por la
guerra y dijo:
«Yo era entonces pequeño y todo el mundo pasaba hambre.
Mi tío, hombre con buen ojo para las bestias caminadoras
y hermano de mi madre, nos salvaba de morir hambrientos.
porque los mambises arrasaban los campos y no había
“tabla” de maíz posible, ni bejuco parido de
calabaza. Mi tío montaba su jaca dorada y se iba unos
días, luego regresaba cargado de cosas que yo no he
vuelto a comer tan hermosas. Empujaba la puerta de un
puntapié y riendo volcaba la alforja en la sala.
»¡Aquí tienen para dos semanas! —decía, y todo se regaba
por el suelo: ñames, calabazas, plátanos, tomates más
grandes que una güira cimarrona. Se llenaba el piso de
verde, de rojo, de color de tierra removida, ¡qué sé yo!
Mi madre empezaba entonces recogiendo en la falda y
luego me gritaba por un saco para desbordarlo. ¡Ah,
aquellos días! ¡Pero, sin embargo, digo que no eran
tiempos para tan buenos forrajeos! ¿Dónde pues, mi tío
hallaba aquellas viandas de Dios?»
Juan dejó la pregunta en el aire casi vestida de humo y
oliendo a tabaco. Yo aproveché para recorrer de un
vistazo la cara de todos. Marcelino estaba mirando y con
un mosquito chupándole la sien. Soriano vuelto todo a
Juan y Miguel, y todos indefensos, como moscas.
«Pues cuando mi tío se estaba muriendo —prosiguió Juan—
hizo señal de que todos salieran y me dijo: Tú quédate y
escucha. A todo el mundo no se le pueden contar ciertas
cosas, Juan —siguió diciéndome—. La gente se ríe y no
cree más que lo que tiene enfrente de los ojos, pero tú
no eres de ésos y yo te necesito ahora para que mi
secreto no se malogre conmigo. Óyeme bien, para la
Ciénaga de Zapata, en la fuente misma del Río Negro, hay
una vereda, apretada de yana y mangle, que es el camino.
Tú lo coges temprano con la fresca, porque vas a estar
seis días caminando, y al sexto aparece el volcán. Entre
el paso de la bestia y el volcán te va quedando la
ciudad, pero tú no vas a ella, antes en los campos hay
mucho que forrajear y los indios son buena gente.
»—¿Qué ciudad, tío? —le pregunté.
»—¡México, hijo, México! ¿Dónde crees tú que yo iba a
encontrar viandas? —y expiró haciéndome la pregunta.»
Juan calló un instante y nadie se movió de su lugar.
Luego levantó la cabeza para mirar y añadió complacido:
—La verdad, yo pienso ir un día de éstos, estoy seguro
que nadie más sabe el camino de México.
Soriano se puso de pie entonces. Se enderezó agarrándose
la faja, pero Juan lo cogió en vilo con su mirada. Luego
Soriano tragó en seco y se sentó de nuevo.
Al
día siguiente, después que Juan llevó su plato a la
cocina, Soriano me enseñó un papel doblado y sucio. Era
un grabado descolorido donde aparecía un barco
excursionista y se podía leer arriba: «Tantos pesos ida
y vuelta a México.»
—¿Y cómo no hablaste anoche? —le pregunté.
—No sé, me trabé de aquí —dijo señalándose el cuello.
Luego cogimos la guardarraya y cada uno se fue quedando
en su porción de caña invadida de hierba. Esa mañana
Soriano estuvo silencioso. Miguel habló del bicho del
tabaco y de cómo se podía exterminar y Soriano no hizo
nada por contradecirlo en aquella vieja disputa
establecida periódicamente.
Después, cuando fumábamos en la puerta y se estaba
tirando el sol por encima de la caseta de la romana,
Soriano explotó, pegándole un puntapié a la vasija de
las gallinas.
—¡Demontre, esta noche sí que hablo, lo verán!
Pero esa noche fue cuando se quemaron las cañas del
Asta. Don Carlos vino de la vivienda y nos ordenó ayuda
para el vecino y todos fuimos a apagar el incendio.
Aquello duró toda la noche y un pedazo de la madrugada.
Después se nos dio el día para dormir, ahumados como
estábamos. Juan cogió su calentura y su tos. Apenas
comía iba derecho para la hamaca y tosía durante las
primeras horas hasta que se quedaba rendido. Poco a
poco, sin saberlo casi, se nos fue quitando la cosa de
la cabeza. Porque nosotros seguíamos allí contando
nuestras cosas con el farol en medio, pero notando la
ausencia de Juan, poniendo los ojos sobre el cajón vacío
donde se sentaba él; y ya nadie se acordaba de que hubo
necesidad de ahogarle a Juan su fuerza, sino que
seguíamos hablando de cómo se acababan las plagas y de
cómo se exterminaba principalmente la del tabaco. Mas
Juan curó de sus calenturas. Se quedó con la tos, pero
eso hizo más interesantes todavía sus cuentos. Porque la
aguantaba hasta el momento de hacer una pregunta, seguro
de que así prolongaba el tiempo en espera de la
respuesta, y una noche empezó de nuevo. Ya estaba de
pie, agitando los brazos y atando las palabras con su
movimiento, mientras refería de esta manera:
«Aquél sí era un majá, ¡no digo yo! Uno de Santa María.
El lomo marcado con manchas de sombra, pero bueno,
déjenme decirles que yo había llegado a la zona sin
conocer más que al sol y a las estrellas.
»Estábamos en un corte de monte al pie mismo de la
Sierra Maestra. Un monte de esos que son un techo verde
en veinte leguas. Empezábamos a desmontar con la
cuadrilla y así que en cuanto yo me vi frente a una de
esas ácanas añosas que no abrazan tres hombres juntos
cogí el hacha y: ¡Chac!, el primer golpe: ¡Chac!, el
segundo, cuando siento, caramba, que me enlaza el
pescuezo una cosa gorda y fría. ¡Ah!, compañero, uno
debe saber lo que son los sustos cuando tiene cuarenta
años y ha vivido pobre siempre. Uno debe saberlo, pero
aquel día fue que yo me di cuenta cabal de lo que es un
susto redondo de verdad. Porque lo que me apretaba el
cuello me estaba quitando el aire y botándome los ojos
de sus cuevas. Por más que le prendía las uñas,
resbalaba sin saber qué diablo era. Entonces, medio
ahogado, medio muerto, me acuerdo de mi cintura y de mi
cuchillo, y tanteando hallé la vaina y poco a poco
levanté el brazo que me pesaba como piedra para cortar
al fin un palmo más arriba de mi cabeza. Cayó redonda al
suelo y encima, caliente, me vino el chorro de sangre
del majá. Les digo que era como para morirse cuando vi
el animal, sin cabeza, desangrándose como un tubo roto.
Bueno, había que verlo, era un Santa María y luego
cuando lo estiramos vimos que medía sus cuarenta varas
justas.»
Juan calló, abriendo sus dos brazos largos y flacos.
Soriano estaba de pie ya, cogiendo aire para hablar, mas
Juan se le quedó mirando. Estaba seco por las
calenturas, pero conservaba fuertes los ojos y lo estaba
deteniendo con toda su energía. Empero, Soriano seguía
de pie y ya con aire suficiente para decir sabe Dios
cuántas cosas. Sin embargo, callado, inmóvil todavía.
Entonces yo tuve una idea y me puse de pie:
—Puede que no lo haya medido con buena medida, Juan —le
dije, y él me miró igual que a Soriano. Era dura la ceja
saliente y una chispa debajo. Yo le aguanté la mirada
todo lo que pude; hasta que al fin regresó a mirar a
Soriano y dijo:
—Bueno, es posible.
—¡Quizás no tenía más que treinta! —gritó casi Soriano,
buscándole los ojos ahora.
—Acaso menos —rió Miguel, y le coreamos todos la risa.
Pero Juan cruzó los brazos, levantó el mentón y dijo
calmosamente, corriendo la mirada sobre todos:
—Seguro que no pasaba de treinta bien medido.
—¡Vaya, vaya! ¡Seguro que de seis! —atacó Soriano.
Entonces pasó lo que pasó:
Juan tiró del machete y dijo, levantándolo sobre su
cabeza:
—¡El que me le quite medio metro más lo mato!
Nadie se atrevió a moverse. Tenía los ojos encendidos y
la mano trigueña se le blanqueaba ahora en el apretón al
cabo del machete. Así que nos quedamos callados. Luego
él bajó lentamente el arma y dijo:
—¡Bestias, nada más que bestias mal agradecidas!
Y
volvió la espalda para perderse en la oscuridad del
barracón.
La
caña siguió creciendo y la hierba dando guerra. Guerra
que nos permitía ir tirando del «tiempo muerto» para
madurar la zafra. El poco jornal y los vales seguían
también. Algunas noches oíamos desde el barracón la
guitarra del mayoral en la vivienda. Pero Juan no
contaba ya. Se quedaba en la hamaca como cuando las
calenturas y nosotros allí en la puerta con lo pobre de
nuestros recuerdos y el cajón de Juan desocupado
siempre.
Una noche de calor vino don Carlos y dijo algo de la
luna y las estrellas. Luego acabó afirmando:
—La tierra es redonda.
—Pues parece plana como una tabla —rió Miguel. Don
Carlos soltó el humo de su veguero y dijo, yéndose para
la vivienda:
—Hay muchas cosas que son y sin embargo no parecen.
Nadie habló más, pero yo sentí que aquellas palabras me
apenaban, porque empezaba a comprender que Juan era eso:
una cosa que tiene que ver con las estrellas, una
cosa que es aunque no lo parezca. Algo seguramente
fuera del tiempo, del barracón y del mundo. Ahora pienso
que a los otros les estaba pasando lo mismo, porque
recuerdo que cuando nos íbamos, Marcelino dijo sin
dirigirse a nadie:
—Hay que creer en algo que sea bonito aunque no sea.
Esa noche no pude dormir como de costumbre. Había un
silencio espeso y fresco, acaso interrumpido por un
gallo distante, pero se me fueron pasando las horas sin
pegar los ojos hasta que asomó la madrugada. Oí entonces
—al principio confusa— la voz suplicante de Soriano
cerca de la hamaca de Juan:
—Vuelva a contar esta noche. Hágalo, Juan.
—Ustedes son un hato de descreídos —respondía Juan sin
cuidarse de bajar la voz como Soriano, y él insistía:
—No haga caso. Uno sabe poco. Nosotros no hemos salido
de aquí ni hemos visto esas cosas, pero ahora estamos
seguros de que usted habla verdad.
—¿Ahora por qué?
—Bueno, no tendrá que ver, pero anoche don Carlos dijo
algo de la tierra y de las cosas que son y no parecen.
—¿Qué tengo yo que ver con eso?
—No lo sé bien, Juan, pero algo tiene que ver...
Así los sorprendí hablando y detuve mi propia
respiración esperando que Juan dijera que sí, porque él
era él, y embotaba los sentidos y tapaba el piso de
tierra donde vivíamos... Además, desde entonces estoy
seguro de que aun en piso bueno, después de comer y en
cualquier latitud del mundo, no es posible dejar de oír
la maravillosa palabra de Juan Candela.
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