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FABER, SAPIENS, LUDENS
 
Si por una parte Homo ludens, el doble álbum que el recién establecido sello Colibrí, del Instituto Cubano de la Música, estrenó con motivo del XII Concurso y Festival Internacional de Guitarra de La Habana 2004, marca el retorno de Leo Brouwer a los estudios cubanos de grabación.

Pedro de la Hoz | La Habana


Un disco es memoria, pero también definición. Si por una parte Homo ludens, el doble álbum que el recién establecido sello Colibrí, del Instituto Cubano de la Música, estrenó con motivo del XII Concurso y Festival Internacional de Guitarra de La Habana 2004, marca, como dice su productora Isabelle Hernández, el retorno de Leo Brouwer a los estudios cubanos de grabación luego de dos décadas de ausencia para registrar momentos esenciales de su creación en un período de 42 años, también define las pautas estéticas de una aventura musical única en nuestro ámbito y que por su ambición y lucidez alcanzan un singular alcance universal.

El contenido del álbum nos permite aquilatar de qué manera Leo Brouwer, desde sus trabajos iniciales, ha sido fiel a un itinerario muy preciso, orientado por seis principios:

1.        La asimilación crítica de la cultura musical occidental, no solo en cuanto a procedimientos, recursos y técnicas se refiere, sino en lo que concierne al discernimiento entre lo medular y lo ancilar. Para decirlo con sus propias palabras, siempre aspiró a que la música cubana partiera de “un verdadero contacto con su raíz y absoluta información de todos los medios actuales (...), incorporación de esto, asimilación de lo otro y, después, siguiendo el proceso llamado feed back, devolver ese material con una personalidad propia”.

2.        La búsqueda incesante de la economía de medios expresivos. Decir lo máximo posible con lo mínimo disponible. Adecuar lo que se quiere decir a un tiempo-espacio determinado. Rehuir del ornamento, de desarrollos inútiles, de trampas retóricas.

3.        La articulación entre la síntesis musical y la cultural. Concebir la música como expresión de contenidos mediante una organización formal rigurosa, en la que esta última esté al servicio de la primera y nunca en sentido contrario.

4.        Enlazar la realidad musical con la realidad intelectual y sensorial concomitante. Es realmente admirable que un creador sostenga  que “la cultura no es solo conocimiento (sino) una manera de vivir  con el conocimiento mismo”.

5.        “Transformar —se hace mucho más claro este principio en la propia voz del compositor— la intención o significado de la obra creadora en sí; los medios de que se dispone para comunicarla o los elementos de que consta la obra; encontrar nuevas formas, como por ejemplo, intercambiar fases de un arte con otro; o hallar nuevos significados para los mismos medios”.

6.        Conseguir una identidad artístico-musical (estilemas, módulos, secuencias) que contribuya a la ampliación de la noción identitaria del contexto sociocultural en que se mueve su obra y que, al mismo tiempo, responda a este.

Todo ello transcurre a lo largo de todo el catálogo brouweriano y, por supuesto, en las obras contenidas en el álbum doble. De manera explícita, es decir, desde una perspectiva marcadamente conceptual, aflora en el cuarteto La vida misma, Dividida en tres partes, funciona musicalmente de acuerdo con un programa: el Homo Faber, hombre que trabaja, con predominio del ritmo, mediante acentos percutivos logrados por una disposición vertical del piano, el violín, el cello y la percusión, resueltos hacia el final mediante una secuencia característica del estilo Brouwer. Lento, pesante, reflexivo se nos presenta el Homo Sapiens, hombre que piensa, liberado en la última parte, Homo Ludens, hombre que juega, en el que retoma el espíritu de la sección inicial pero en una espiral dialéctica.

El Cuarteto de cuerdas no. 3 expresa a otro nivel la misma preocupación: cómo balancear el juego (la especulación) con un orden, que se verifica, además, en una formación clásica. De los tres cuartetos conocidos de Brouwer, este es el de mayor desarrollo, conseguido, sin embargo, a través de una concisión lingüística más ajustada.

En dicho cuarteto se advierte la concepción brouweriana de la síntesis entre la tradición popular y los nuevos desarrollos del lenguaje instrumental. Tanto aquí como en La región más transparente, para flauta y piano, y en ese hermoso tour de force que se plantea entre la percusión y el contrabajo en Los pasos perdidos, la noción de lo cubano trasciende el espacio transculturado para ofrecer una visión poliédrica de la complejidad cultural que nos asiste. Síntesis es de tal modo diálogo y controversia, clausura y apertura, círculo y espiral.

Se trata de un credo que alcanza una dimensión casi filosófica en el juego de recurrencias y novedades, y de tensiones y distensiones que atraviesa de un lado a otro Viaje a la semilla, una de sus más recientes composiciones para la guitarra.

Si cabría un paradigma en su obra del encuentro entre las herencias del pensamiento musical occidental y del universo mítico-ritual de la africana que fecundó la noción insular, debe hallarse en Los negros brujos se divierten, partitura de cámara donde son audibles los estilemas del compositor y se compactan sus vivencias sensoriales e intelectuales, desde la referencia al coral barroco hasta la trepidante y visceral polirritmia yoruba.

El doble álbum comprende dos ejercicios que denotan una de las grandes capacidades de Leo: su contacto fecundante con la más cultivada música popular. En una punta del primer disco, el Boceto, para piano, que en las manos de Chucho Valdés deviene una aventura improvisatoria de extraordinario nivel. Y al término del segundo disco, el Estudio no. 5, de su primera serie de Estudios sencillos, hecho canción en la voz del trovador por excelencia de nuestra época, Silvio Rodríguez.

Esta nota no puede ignorar el aporte de los intérpretes. Además de Chucho y Silvio, Leo contó con un guitarrista excepcional, el argentino Víctor Pellegrini, para Viaje a la semilla y dar vida a los nuevos estudios sencillos; la flautista Niurka González Núñez, especialmente dotada para la ejecución de obras contemporáneas, secundada por una de las mejores pianistas acompañantes de las últimas décadas, María del Henar Navarro; el naciente Cuarteto Amadeo Roldán, que promete convertirse en una de nuestras más sólidas y solventes agrupaciones de cámara; y los jóvenes Hansell Hernández y Francoise Zayas, quienes en el contrabajo y la percusión dieron en la diana de la sustancia brouweriana.

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