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¿DEL SUEÑO A LA PESADILLA?

Los estadounidenses se inquietan: sienten que algo no anda bien.

Ron Fournier




En un rincón de un restaurante local, las conversaciones son más agitadas que las aguas del cercano río Misisipí. Nadie está conforme con la dirección que lleva el país.

"Estamos luchando por mantener nuestra casa", dice el plomero Glen Naab con gesto de preocupación.

Otros se quejan de la situación en Iraq.

"Nadie puede precisar quién es el enemigo", se lamenta Steve Harris, un veterano de Vietnam. "Sé cómo se sienten".

El único republicano sentado a la mesa –sus colegas son todos independientes– desestima el terrorismo. "Vamos a darles duro antes de las elecciones", se jacta Rick Stein, vendedor de chimeneas.

Conversan interminablemente mientras sorben café cargado como todos los días en torno de la misma mesa. Y nunca se ponen de acuerdo si el demócrata John Kerry debe desplazar al presidente republicano George W. Bush. Su dilema es característico de la nación: los estadounidenses parecen tener una sola cosa en común: un desasosiego impreciso.

"La situación es caótica en este país", sentencia Lewis Dowell, un jubilado. "No estoy seguro de que ninguno de los dos lo pueda solucionar".

Un reportero y un fotógrafo de la Associated Press recorrieron 2.250 kilómetros en automóvil y 650 por aire para tantear el panorama político en estados disputados entre ambos partidos de Minnesota, Wisconsin, Iowa, Missouri y Arkansas.

La región del Misisipí es un barómetro para las elecciones del 2 de noviembre, y esos cinco estados con 44 votos electorales tienen antecedentes recientes de resultados muy ajustados, como también rápidos cambios demográficos.

A juzgar por más de seis docenas de entrevistas, un elemento une a un electorado muy polarizado: la impresión de que hay algo malo en esta superpotencia sin rival, que el cambio es demasiado brusco y que deja a muchos en el camino.

Los estadounidenses están nerviosos.

Además de manifestar preocupaciones por la economía, Iraq y el terrorismo, los votantes hablaron con añoranza de tiempos pasados: cuando los niños podían jugar a salvo fuera de sus casas, cuando menos madres se veían obligadas a trabajar, cuando la televisión no estaba inundada de insinuaciones sexuales y cada generación parecía destinada a vivir mejor que la precedente.

La mayoría de los demócratas culpa a Bush. La mayoría de los republicanos apoya a su presidente. Los votantes indecisos, un porcentaje reducido pero significativo del electorado, todavía no ha decidido si la situación es suficientemente negativa como para deshacerse de un presidente en tiempos de guerra.

"Para mi generación, es más difícil lograr las ventajas que consiguieron nuestros padres", afirmó Bart Kintzinger, propietario de un restaurante en Dubuque. Se mudó recientemente desde Atlanta en busca de mejor calidad de vida y vecindarios más seguros para sus hijos.

"La vida parece un poquito más frenética en estos días", afirmó. "Le estaba diciendo a mi esposa las otras noches que tenemos que tranquilizarnos y disfrutar de lo que tenemos y no estar buscando siempre más".

Una reciente encuesta de AP-Ipsos-Public Affairs halló que el 57% de los votantes cree que el país está en un camino equivocado, lo que representa peligro para el presidente.

"En muchos sentidos no soplan buenos vientos, tanto para la vida en general –en momentos en que la gente se preocupa por conseguir empleos y oportunidades– como para el país, dada la constante amenaza del terrorismo, además de Iraq", dijo Andrew Kohut, director del Centro de Investigación Pew en Washington.

Bush se mantiene competitivo con Kerry en las encuestas, dijo Kohut, porque los votantes no saben mucho sobre el senador de Massachusetts y de lo que se enteran es mayormente negativo, debido en buena parte a los avisos televisivos del presidente.

La victoria podría ir al candidato que convenza a los votantes que es sensible a sus inquietudes –como ocurrió con Bill Clinton en 1992– o que les hará frente como hizo Bush con el terrorismo después de los ataques del 11 de septiembre del 2001.

"Nadie en Washington parece interesarse o saber qué hacer", afirma Lucy Werenicz de Coon Rapids, Minnesota, que acababa de conseguir empleo después de haber estado desempleada seis meses.

Pero su situación económica es precaria. "Me preocupa perder mi casa y estoy cansada de preocuparme", dijo Werenicz, que suele votar por los demócratas pero que esta vez no se ha decidido.

"Estoy harta de preocuparme de que mis amistades no tengan trabajo", agregó frente a un mercado suburbano de Minneapolis. "Ninguno de estos candidatos va a solucionar eso".

Tracy Tallent, de Dubuque, es partidaria de Bush pero está preocupada por la situación nacional. "Hay algo que no está bien", dice esta madre de cuatro hijos. "Es difícil de explicar, pero nada parece estar bien".

Apoya los esfuerzos de Bush por limitar los derechos de los homosexuales y el aborto, pero eso no es todo. En estos momentos está furiosa con la empresa local de televisión en cable que no le permite bloquear MTV. No quiere que sus hijos vean vídeos escabrosos.

"No es solo cuestión de política. Es todo el ambiente moral. Amo este país y no quiero verlo desintegrarse", afirmó.

En Arkansas, Janet Lloyd, residente en Conway, dice que es difícil ser madre cuando políticos y empresarios dan pésimo ejemplo con su conducta ilegal o poco ética.

"Es un mundo difícil para criar hijos", afirma Lloyd, que tiende a votar por los republicanos.

En el restaurante de Dubuque, Dowell dijo que su cheque de retiro de John Deere es superior a los salarios de algunos trabajadores que entraron después que él en la empresa. "Es chocante y triste", comentó.

Naab, el plomero, dice que sus hijos adultos tienen más dificultades que él tuvo jamás para mantener a sus familias. "Ambos trabajan largas jornadas y tienen que hacer malabarismos para que les alcance el dinero", asegura.

Harris, el veterano de guerra, dice que su generación tuvo la opción de que uno de los dos, habitualmente la esposa, se quedara en su hogar y que si necesitaban dinero extra o si el empleado perdía su empleo, el otro podía trabajar.

"Ahora la familia sobrevive a duras penas con dos salarios. ¿Y qué sucede cuando pierden uno de ellos?", se preguntó Stein, el republicano.

"El banco se queda con la casa", sentencia el plomero.

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