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LA DANZA DEL SUR Y EL MERCADO
 
En la danza la gran mayoría de los países que se encuentran del lado bajo aún pueden darse el lujo de mostrar una herencia centenaria, muchas veces viva y activa, aunque en precarias condiciones de vida. Ricos de espíritu, pobres en materia, los pueblos del Sur marcan cotas insuperables aún para los del Norte.


Ismael S. Albelo | La Habana


Introducción
 

El hombre danzaba aún antes de serlo, pero lo primero que se sabe de él es por su pintura, su alfarería y su estatuaria. Conjuntamente surgió la música, que felizmente encontró su modo de representación. La escritura logró plasmar —aún lenguas actualmente indescifrables— la palabra prehistórica. Pero la danza avanzó con el hombre, fue naciendo y muriendo como él, y como él su condición de ente efímero fue decursando hasta que, muy recientemente en el siglo pasado, las modernas notaciones y los soportes del cine, el video y los más contemporáneos CD y DVD, entre otros, han podido recoger —en mi criterio— de manera parcial la danza de esos... y estos tiempos.

Mientras las pictografías de Altamira, las Venus griegas, los cantos gregorianos, las piezas de Shakespeare y hasta los filmes de Gary Cooper o Vivian Leigh perduran en el tiempo, nada ha quedado de los movimientos del paleolítico, las bacanales, las sarabandas, el Ballet Comique de la Reine, las danzas de Taglioni, Isadora, Nijinsky o las coreografías de Fokine, Massine o Ruth Saint Denis.

En el peor de los casos, aquellas registradas en los soportes contemporáneos, producen efectos diferentes a los que inspiran el David de Miguel Ángel, la arquitectura de Bernini, las sinfonías de Hayden o la poesía de Whitman a pesar de cualquier traducción.

La danza, siendo la primera, parece que siempre llega tarde e incompleta al concierto del resto de las artes. ¿Cercanía humana? ¿Subestimación? ¿Desinterés? Cualquiera de estas interrogantes pueden dar Si o No a voluntad. Lo cierto es que, en tanto arte, la danza fue reconocida cuando ya el resto llevaba un largo camino de reconocimiento.

Por otra parte, a medida que el hombre ha ido alcanzando el desarrollo actual, lo más autóctono bien poco, por cierto de su acervo danzario ha ido supliéndose por una suerte de homogeneización, en tanto arte escénico y popular, toda vez que ese hombre cada día tiende más a clonizarse, manipulado por teorías y modos de vida emanados de los centros focales. Las tradiciones danzarias de los pueblos más antiguos, cuando más, aparecen muestras exóticas manejadas en aras de un mercado mayoritariamente oportunista y, cuando menos lo peor transmutadas en engendros distorsionados.

El mercado de la danza se mueve, pues, entre leyes consecuentes con los tiempos globalizantes: priorizar lo rítmico, reiterativo y de fácil asimilación; tratar de bailar lo más igual posible; y poner al hombre global en el camino del “no pensar”.

A pesar de los esfuerzos por “igualizarnos” en el tercer milenio, muchos son los pueblos que insisten y se resisten a perder su identidad. Y es la danza una de las fuentes mayores de resistencia a esta orientación central de uniformidad.

Entre estos pueblos están, en cierto sentido contradictoriamente, los más pobres, los más desprotegidos económica y socialmente, y que se concentran, geográficamente, alrededor del Sur de nuestro planeta. En proporción inversa a su pobreza y desprotección, muchos de estos pueblos son portadores de las más grandes reservas danzarias de la humanidad, algunas de ellas ancestrales.

A este aparente contrasentido, su incidencia en el futuro desarrollo de la danza en relación con el mercado y posibles soluciones para que la reserva étnica y profesional de la danza mundial no caiga en el proyecto de la aldea global está dirigido el análisis que a continuación expongo a su consideración.

El Norte y el Sur en la danza

Las antinomias han regido el curso humano desde el surgimiento de la conciencia. Siempre he pensado y dicho que la historia ha sido una lucha constante entre el racionalismo apolíneo y la volitividad dionisiaca. Los eleáticos idealistas y los sofistas materialistas; Platón y Aristóteles hicieron de la filosofía griega una suerte polémica entre polos opuestos. Lo bello contrastaba con lo feo, lo clásico con lo romántico, y por sobre todo la regencia de Apolo y de Dionisos.

Ricos y pobres se debatieron en todos los tiempos, unas veces los primeros alumbraban un respiro para los segundos, que finalmente quedaba en huecas palabras. Otras, los segundos accedían a las riendas, que luego se soltaban por falta de preparación, tradición o simples recursos filosóficos... y por sobre todo económicos, a pesar de que eran ellos los que sostenían precisamente las economías.

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando muchos pobres accedieron al poder, nos dividimos en primer y segundo mundos, y con la Guerra Fría de los 50, las fuerzas parecían equilibrarse, aunque muchas veces tensaban la cuerda peligrosamente.

Pero al desaparecer el segundo mundo, no podía asumir el primero tanta desigualdad mantenida durante siglos y siglos de humanidad. No podía virar la cara a la inmensa pobreza, a las desigualdades, y apareció la nomenclatura de países del Norte y países del  Sur. En definitiva, las antípodas seguían sirviendo para recorrer la historia, pero tal vez como en ningún otro tiempo anterior, las contradicciones básicas fueron más agudas, los desniveles más profundos y las posibilidades de superarlas más improbables. El Norte rico y más rico; el Sur pobre y más pobre.    

Pero también durante toda la historia hubo alternativas que, de alguna u otra manera, representaban tablas de esperanzas en los momentos de aparente equilibrio. Cuando pugnaban idealista y materialistas griegos, aparece Sócrates con la dialéctica; cuando la estética del siglo XVIII polariza entre bello y feo, el concepto de sublime podía subir la cota o equilibrar las fuerzas; cuando clásicos y románticos enconan sus diferencias, el naturalismo, el realismo y el impresionismo ponían opciones inteligentes, novedosas y visiones otras de una realidad —finalmente— manejada por los dos polos. También el llamado Tercer Mundo era una opción alterna que, con el slogan de “países en vías de desarrollo” aspiraba a convertirse en el camino a seguir.

En estos inicios de siglo, Norte y Sur mantienen una lucha tácita, ahora explícita con ocupaciones e intervenciones, y la herencia de pueblos milenarios peligra con su desaparición. Así los que vivimos al Sur del planeta estamos en perenne riesgo.

En la danza, sin embargo, la gran mayoría de los países que se encuentran del lado bajo aún pueden darse el lujo de mostrar una herencia centenaria, muchas veces viva y activa, aunque en precarias condiciones de vida. Ricos de espíritu, pobres en materia, los pueblos del Sur marcan cotas insuperables aún para los del Norte.

Véase sino, el catálogo de danzas auténticas de Latinoamérica, de la Polinesia, de los estados asiáticos y africanos. ¿Puede compararse la pureza y la antigüedad de las pequeñas comunidades de Java con las del Norte industrial y rico? Como se señalaba en la Introducción, en esa parte del mundo los indicadores globales llevan a estas danzas patrimoniales a reservas territoriales, les imposibilitan el acceso a dimensiones nacionales y, en el mejor —o el peor— de los casos, se disfrazan con máscaras turísticas, estereotipos de una tradición más comercial que auténtica.

¿Cuánto puede aportar el Sur pobre al Norte rico en legado danzario? Es incalculable. Pero, en general se minimiza su aporte cultural en tanto manifestación “menor” o hobbie snobista de diletantes enmascarados de etnólogos o antropólogos científicos. Aunque existen honrosas excepciones, por escasas, confirman la regla.

Algunos ejemplos de danzas autóctonas de pueblos del Sur

En la danza espectacular el panorama puede encontrarse más complejo y sombrío. Originarios muchas veces en los países del Norte, los del Sur copiaron muchos modelos profesionales como el ballet o la danza contemporánea de los centros culturales de Europa o Norteamérica. Los códigos que las técnicas imponían podían en más de un sentido estar distantes de las tradiciones “sureñas”, pero como patrones probados por siglos, la asimilación lógica de una estética primermundista, estas especies danzarias penetraron y tuvieron felices ejemplos en nuestros pueblos.

Pero dos fenómenos marcan esta asimilación de manera contradictoria:

1.    Nuestras culturas fueron cercenadas por la colonización de los países (hoy) del Norte, de modo que nuestra danza autóctona no evolucionó hacia vías espectaculares, fenómeno que se da en todo el llamado Sur.

2.    De haberse desarrollado el proceso socioeconómico de esta parte del mundo con la misma linealidad que en el Norte: ¿cuáles hubieran sido los ejemplos espectaculares y cuáles las alternativas escénicas de las danzas del Sur? (Esto último jamás lo sabremos.)

Finalmente, en poco más de un siglo, muchos países del Sur podían exhibir resultados en la danza de espectáculo, aunque como bloque, este territorio continuaba aferrado a sus tradiciones, cada vez menos valoradas, lo cual motivó estancamiento o falta de desarrollo, lo que abrió más el camino para la entrada de especies más elaboradas y codificadas.

Surgió, sin embargo, una forma de aprehender estos códigos centristas que resultó en una hibridez Norte-Sur interesante: en México, los principios Graham derivaron hacia la temática social, vernácula, desde una visión latina; en la Venezuela de los 80, el cosmopolitismo contemporáneo llevó al mestizaje de La luna y los hijos que tenía, la nacionalidad de Nuestros valses y la universalidad de Percusión para seis hombres, por solo citar al coreógrafo Vicente Nebrada. 

Nada nuevo que apuntar de Cuba, que con su escuela cubana de ballet se insertó en la historia de un arte centenario y desarrolló una danza moderna cubana y universal, que hoy cuenta con 45 años y decenas de ejemplos por todo el país. En todos estos países, los fenómenos sociopolíticos —perdurables unos, efímeros otros— fueron la causa de estos fenómenos.

Algunos ejemplos de México, Venezuela y Cuba

Pero ¿qué pasó en Asia, África, el resto de Latinoamérica?  Además de no surgir sólidos cambios —léase desarrollo— la danza espectacular, con mayor o menor fortuna, copiaba patrones y trataba de parecer autóctona sin lograrlo, mientras se presentaba otro fenómeno curioso: la migración hacia el Norte. Bailarines de todas las especies, ante la inexistencia de movimientos nacionales, salían al exterior para buscar desarrollo —trabajo y dinero— y sus talentos eran asimilados por los centros hegemónicos. “Robo de talentos” se ha dado en llamar, y en la danza no ha sido menos.  

La profesionalización de agrupaciones folklóricas fue escasa e inestable y, como se señaló con anterioridad, muchas cayeron en el exotismo, la comercialización, los estereotipos, descendiendo sus valores culturales. En zonas como la India, donde las danzas autóctonas se mantenían con bastante fidelidad, no penetraron los patrones centrales, pero la proliferación de grupos de danzas nacionales inundó el mundo y, a pesar de su arraigo ancestral, mucho de falso se ha filtrado envuelto en los saharis. Es en este momento en el que debe entrarse en el otro tema.

El mercado

Este, para el mundo del espectáculo, es el terreno más complejo para pisar. El mercado rige hoy día todo el movimiento artístico. La oferta está determinada por los patrones del Norte, los gustos y preferencias centrales, inducidos por hábiles campañas publicitarias, costosas... y muy efectivas.

Los grandes gestores léase empresarios recorren los países del Sur en busca de exóticos inditos que puedan conmover los auditorios de Europa, Norteamérica y el Asia “norteña”. Australia, aunque geográficamente en el Sur, es de las excepciones cuya ubicación territorial no se corresponde con su realidad socioeconómica.

¡Qué exótico un rumbero bien naif cubano, un capoeirista brasileño o una pareja tanguera argentina! ¿Calidad y autoctonía? Eso no importa, todos en esta región bailamos, y el gestor-empresario puede fabricar en una computadora la imagen del “aborigen autóctono” que triunfará en París, Roma o San Francisco, le pagará poco... y recibirá mucho. Y como mercancía, terminado su valor de uso, lo reemplazará por otro indito exótico... y seguirá la cadena.

El marketing “norteño” trabaja científicamente para producir productos culturales de profunda efectividad. Una vez construida la imagen apetecible por el público a quien va dirigido, aderezará la compañía o el grupo de danza para que se oriente rumbo al viento que sopla... y vuelta a pagar poco y a recibir mucho.

Las leyes del mercado global en la actualidad no se detienen ante la creatividad o la profundidad temática, lo importante es ganar, ganar y ganar. Se invierte en la publicidad, pero por lo general se resarcen los gastos y quedan ganancias: ahí está el negocio.

Y nuestros artistas, urgidos de recursos económicos, caen en la misma trampa que nuestros antepasados aborígenes: cambiar piedras de oro por cuentecitas de vidrio. ¿Y de nuestra cultura? Como el filme argentino: “de eso no se habla”.

No es un hecho absoluto, pero si frecuente. Tampoco podemos ser puristas en el mercado, pues al partir de filosofías capitalistas, el embudo cierra en el artista. Pero si pecamos con nuestra propia gente, con nuestra propia cultura, más temprano que tarde caeremos también en la trampa de la clonación global, perderemos nuestra identidad y todos seremos iguales (aunque algunos más iguales que otros).     

Hay, sin embargo, gestiones menos lucrativas pero también culturalmente más positivas, como la de promover lo mejor y más auténtico, aunque para ello tenemos que auxiliarnos de entidades capaces y no agresivas, así como de personas capaces y sinceras. La solidaridad entre los países del Sur puede salvar nuestra danza.
 

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