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CUBA: ESTACIÓN CENTRAL

Josefina Ortega
| La Habana
 

Para muchos cubanos el primer contacto con la capital ha sido a partir de una peculiar estructura arquitectónica, altiva, de líneas sobrias y estilizadas.

La nostalgia de la primera vez tiene siempre muchas formas y no es de extrañar que pueda encontrarse en cualquiera de sus 77 ventanales, en sus dos torres y su reloj, sus barandales y sus balcones interiores, el bullicio de los salones, el enrejado de las ventanillas para la venta de boletines y, por qué no, el pitazo de una locomotora.

Así sucede con la Terminal de Ferrocarriles de la Habana, que muchos seguirán llamando la Estación Central o “Los ferrocarriles”.

Pocas cosas son comparables a una estación de trenes, sobre todo si ambos —estación y tren— son cubanos. El recuerdo es tangible, evidencia de que algo siempre queda.

La edificación es de esas que pasan desapercibidas, por su función de servir a las personas en tránsito. Y cuando se anda, raramente se mira hacia arriba.

Según recoge el historiador Gerardo Castellanos, en la tarde del 30 de noviembre de 1912 se inauguraba oficialmente el edificio, como centro de operaciones de la compañía Ferrocarriles Unidos de Cuba y de la Havana Central Railroad.

La hermosa edificación había sido construida por la compañía Snare Twiests y los arquitectos principales fueron J. W. Stickney y Mac Nicol.

Esa misma tarde dejaba de funcionar la Estación de Villanueva, hasta ese entonces la más grande e importante casa de trenes del país, según algunos un edificio con traza cercana al estilo gótico y situado a unos tres kilómetros al norte de la nueva terminal.

Ambas construcciones estaban fuera de lo que un día había sido el perímetro amurallado de una ciudad que decidió derribar las murallas unos cuantos años antes porque de todos modos el desborde era una realidad. El ferrocarril había tenido mucho que ver con el gran salto por encima de los muros.

La nueva estación era la parte más llamativa de un enorme y moderno complejo ferroviario, en un país que había sido pionero en el uso del camino de hierro.

En la ciudad, no muy lejos de ambas estaciones, funcionaba otra terminal de Ferrocarril, conocida como Cristina, construida en 1863 y encargada de servir de base a los trenes que hacían ruta entre la capital y la más occidental de las provincias cubanas, Pinar del Río. Existía además una estación de “salida” en el poblado de Regla, al otro lado de la bahía y se denominaba Casa de Pasajero y Almacén y estaba situada muy cerca de la casa del Marqués de Casa Nuñez de Villavicencio, pero realmente no estaba edificada pensando en los trenes.

La terminal de Cristina funcionó varios años después junto a la Central, y por un tiempo quedó desactivada. Hoy no existe la misma edificación de entonces, pero ha vuelto a prestar sus servicios para diversos fines, incluso el de pasajeros.

Pero la “estrella de la película” sería, desde el año 1912, la Estación Central, pues incluso antes de que se construyera dio mucho que hablar. Desde su misma proyección fue motivo de controversias porque el espacio en que se construiría era el famoso Arsenal, lugar en donde la Corona Española había instalado uno de los más importantes astillero de todo el imperio con sus correspondientes talleres donde se fabricaban las piezas de los barcos, se ensamblaban las naves y se hacía la botadura.

Entre 1724 y 1913 salieron de allí 49 navíos, 22 fragatas, 7 paquebotes, 9 bergantines, 14 goletas, 4 canguiles y 4 pontones. El lugar era uno de los rostros del florecimiento de la ciudad, pero los años convulsos que vivió España en el siglo XIX —invasión napoleónica incluida— hizo que la construcción de barcos en Cuba perdiera interés para la metrópolis. El arsenal fue perdiendo esplendor y cuando cesó la dominación española todo el sito era un enorme fantasma.

En los años de la llamada seudorrepública, en tiempos del presidente José Miguel Gómez se produjo un escándalo en torno a los terrenos. Como el ferrocarril estaba en continuo auge, necesitaba un “espacio vital”, que ya la Estación de Villanueva no podía ofrecer. Las compañías ferroviarias ofrecieron un canje al gobierno de “Tiburón” Gómez: los céntricos terrenos de la Villanueva por los vetustos y abandonados del Arsenal.

Varios patriotas de las guerras de independencia, entre ellos Manuel Sanguily, Juan Gualberto Gómez y Enrique Collazo se olieron un fraude y dinero por medio buena parte de las acciones de las compañías eran extranjeras y denunciaron y combatieron la componenda. Pero los capitales se salieron con la suya

El resultado es hoy conocido: en los terrenos de la Villanueva se construyó el Capitolio Nacional y el Parque de la fraternidad.

En el Arsenal se edificó la flamante estación, que hoy es un edifico que da luz y armonía al lugar y es el centro neurálgico de un barrio que se enmarca entre las calles Egido, Desamparados, Factoría y Esperanza. El complejo se extiende con sus peculiares elevados lo largo de toda la ensenada de Atarés, uno de los tres canales de la Bahía de La Habana.

La Estación Central de Ferrocarril, animada, bulliciosa y siempre concurrida, seguirá siendo por suerte la fascinación, imagen y nostalgia, por la capital del país, para todos los que llegan con ojos de primera vez.
 

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