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REPORTERO DE OFICIO
 
Oscar Pino Santos


A raíz del cierre de Hoy, el PSP logró la publicación de La Última Hora —no formalmente identificada con el partido— cuyo director era Julio Veliz López, un hombre progresista que editaba La Correspondencia, antiguo y prestigioso periódico de la ciudad de Cienfuegos.


Como me atraía el periodismo, espontáneamente y sin gestión mediadora, comencé a llevar artículos a La Última Hora. Por lo general, eran breves pero bien documentados trabajos que estilísticamente se inspiraban en la norteamericana «US News & World Report» —una revista reaccionaria, pero que contenía materiales de interés presentados en una forma moderna y novedosa. Yo los reinterpretaba además en un sentido antimperialista y siempre me los publicaban, ocurriendo incluso que en cierta ocasión Julio Veliz escribió una suerte de editorial —titulado «Carta a un joven que promete»— en el que yo me sentí halagadoramente aludido.

La Última Hora
la confeccionaba en realidad el equipo de periodistas del clausurado Hoy.

Un día, en ocasión de llevar yo un artículo, el jefe de redacción, Honorio Muñoz, me llamó.

—Están buenos estos materiales que tú traes —dijo.
 

—Bueno, gracias.

 

—Oye, ¿aceptarías trabajar para Hoy?

 

— ¿Yo? Desde luego —respondí entendiendo que se estaba refiriendo a ese día— Y mañana también.

 

   —No. Yo digo trabajar en el periódico Hoy.

 

   — ¡Ah! Pero Hoy lo cerró el gobierno.

 

—Sí, pero la clausura se levanta la semana que viene.

 

—No lo sabía.

 

—Pues así es. ¿Qué me respondes? ¿Sí o sí?

 

—Sí1.

 

Ese fue el comienzo de mi carrera periodística.

 

En ella desempeñó un papel determinante Honorio Muñoz —un nombre para muchos desconocido pero que yo creo debiera estar inscrito con letras de oro en los anales de la prensa cubana.

 

Honorio era de mediana estatura y corpulencia, tez muy blanca y facciones más bien aguileñas. Usaba unos espejuelos de aros de metal que le engrandecían los ojos negros e inquisitivos y su bigote entrecano comenzaba a anunciar sus cuarenta y tantos años. De temperamento tenso y enérgico carácter —según algunos conflictivo, aunque yo nunca tuve un sí o un no con él—, cuando excitado su voz vibraba tronitronante por toda la redacción. Mientras más lo conocía mayor era mi admiración por él no solo como periodista, sino por su honradez, espíritu abnegado y total entrega a la causa de los trabajadores.

 

Tenía una cultura inmensa y como director artístico que había sido de la Emisora Mil Diez fue el descubridor de muchos talentos —cantantes y conjuntos musicales— que luego adquirieron gran fama nacional e internacional. Todos le conocían y él le sabía la vida y milagros a todos, a veces haciendo de «componedor» en algunos conflictos que surgían entre ellos. En una ocasión un tanto bohemia estuve hasta altas horas de la noche en su casa escuchándole acompañar un trío entonces muy conocido y descubriendo que no solo cantaba bien sino que era una verdadera enciclopedia de conocimientos sobre la vieja trova.

 

Pero Honorio era sobre todo un extraordinario periodista: a mi juicio de entonces y aún de ahora, probablemente el más completo que haya producido Cuba. Su nivel de información y sentido de la noticia eran asombrosos. Y, muy singularmente, sus excelencias literarias creo yo no tenían rival en la prensa de la época. Entre chupada y chupada del inseparable tabaco, podía redactar en cuestión de minutos un texto cuajado de las más bellas y sorprendentes metáforas que hayan adornado la prosa periodística proletaria. Sus reportajes describiendo los entierros de Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias merecerían estar en la más exigente de las antologías del género.

 

Con Honorio aprendí yo a hacer periodismo en una suerte de curso tan intensivo como acelerado.

 

El tenía cierta predilección por los reportajes basados en la consulta a la opinión de los trabajadores y en forma de campañas que duraban a veces semanas. Podía, por ejemplo, tratarse de una reivindicación de los obreros portuarios y entonces iba yo madrugada tras madrugada a los muelles —en compañía de Raúl Corrales como fotógrafo— a pedirles que hablaran de su lucha contra los ferries y su efecto desempleador. O a los campesinos de las cercanías para que lo hicieran sobre sus problemas. O a los solares habaneros para denunciar la insalubridad y pobreza abismales de sus habitantes. En ocasiones nos acompañaba el líder sindical del sector y fue así que conocí a Pablo Sandoval «Macuto», Miguel Espino, Agapito Figueroa, José María Pérez y muchos dirigentes históricos de los trabajadores. Otras, íbamos solos y surgía algún incidente más o menos peligroso como aquella vez cuando el mastodóntico seudodirigente impuesto por el gobierno en los muelles de la Ward Line se me encimó en actitud agresiva (la reacción de la masa obrera me libró de la pateadura). Pero todo esto era la sal de la actividad y luego Raúl y yo nos divertíamos en la redacción contando aquellas peripecias.

 

Una tarde veo que Aníbal Escalante, director del periódico, se acerca a Honorio y, estando yo cerca, escucho que le dice en tono más bien bajo:

 

— ¿A que no sabes quién viene para acá, sorpresivamente, a hacernos una visita?

 

—No sé.

 

—Pues, nada menos que Batista.

 

— ¡Bah! Eso debe formar parte de su campaña electoral.

 

—Eso creo. Pero no me da tiempo de consultar...

 

Está al llegar y me pregunto qué voy a hacer.

 

 —Nada. Recibirlo. Es su iniciativa.

 

Batista se presentó poco después, acompañado de un séquito de paniaguados y guardaespaldas. Estaba efectivamente visitando las redacciones de los periódicos como parte de sus trajines como candidato a las elecciones ya próximas2 y Hoy estaba en su programa. Vestía elegantemente y, sonriente y efusivo, hablaba con aquella característica voz engolada de siempre. Se desenvolvía con soltura, transpirando seguridad «en sí mismo y sin duda cierta fuerza de personalidad que se sabe dueña del escenario en que se desenvuelve.

 

Luego de los saludos y de una breve conversación en su oficina, Aníbal le acompañó hasta la puerta para despedirlo, regresando enseguida a donde le esperábamos, expectantes, los miembros de la redacción.

 

—Nada —dijo—, una visita formal e intrascendente.

 

No podía imaginar que solo unas semanas más tarde, el 10 de marzo de 1952, Batista daría un golpe de Estado y desencadenaría, ya erigido en dictador, la más feroz carnicería anticomunista y contrarrevolucionaria que recordara la historia del país.

 

(…)

 

A raíz de los sucesos del Moncada el periódico Hoy fue clausurado por la dictadura.

 

Mi actividad periodística quedó así interrumpida durante varios meses hasta un día en que se me ocurrió preparar un artículo sobre cierto tema intrascendente y capaz de pasar la censura establecida por el gobierno: los ciclones. La mano de Adigio Benítez le dio vida con unas excelentes ilustraciones y pese al criterio escéptico de quienes supieron de esta iniciativa («lo meterán en el refrigerador y al cabo de los meses te dirán que no les interesa») lo llevé a la revista Bohemia —la de mayor circulación en Cuba y una de las más importantes de América Latina3— entregándoselo al portero, y dispuesto a esperar todo el tiempo que fuera necesario para ver lo que ocurría. Lo publicaron en el próximo número de la revista.

 

Entusiasmado, enseguida preparé otro y como tuviera igual acogida continué presentando varios más, siempre con el mismo inmediato éxito. Los firmaba para evitar que su autoría se identificara con el reportero que yo había sido de —Hoy durante tres años— como Oscar Pino Santos, casi un pseudónimo, pues ese era el nombre de mi padre, sin sospechar que tal nombre de pluma me quedaría para siempre.

 

Cierto día, en ocasión de llevar otro artículo, al entregarlo me dijeron que Antonio Ortega —jefe de redacción de la revista— pedía que subiera a verlo para conocerme.

 

Ortega —un hombre de complexión menuda, facciones célticas, hablar suave con el cese o de su origen asturiano y, según descubrí luego, fino escritor— me recibió en su despacho aire acondicionado y lleno de libros.

 

Tras un rato de charla me sorprendió con una proposición que suscitó en mí el recuerdo de lo ocurrido tres o cuatro años atrás en La Última Hora.

 

— ¿Le gustaría trabajar en Carteles?

 

Era esta la segunda revista del país en importancia. Fundada, como Bohemia, décadas atrás, se distinguía por aquellas maravillosas portadas de uno de los mejores dibujantes de entonces, Andrés, y por su casi insuperable calidad tipográfica (fue la primera revista en el continente impresa en offset). Pero, a diferencia de Bohemia, era una publicación de corte conservador y en más de un aspecto, reaccionario.

 

— ¿Trabajar en Carteles? —reaccioné sorprendido. Pero, bueno... esa es otra empresa... por decir lo menos.

 

—Ya no. Miguelito4  y otro socio acaban de comprarla y la idea es ponerla a la altura de Bohemia.

 

— ¡Ah! No lo sabía.

 

— ¿Es usted periodista colegiado?

 

—No. Yo empecé a estudiar Derecho, pero luego lo dejé, y no me he ocupado de obtener el título que me acredite como periodista, aunque supongo que esa es mi profesión.

 

—Bueno, podemos presentarlo como colaborador y así nos evitamos un pleito por intrusismo.

 

—Me parece bien.

 

—Entonces, prepáreme un plan de reportajes. Algo de interés nacional, vivo e impactante.. Yo se que       usted puede hacerlo.

 

—De acuerdo.

 

Estuve en "Carteles" unos cinco años -hasta el triunfo de la revolución el 10 de Enero de 1959. Como publicaba un trabajo cada semana -no trabajo, no pago- calculo que en ese período publiqué alrededor de 250 artículos y reportajes. Incluso en los frecuentes períodos de censura gubernamental sacaba algo, solo que en estos casos seleccionando tópicos sin trascendencia —automovilismo, modas en el vestir, música cubana, cultivo de las flores y otras lindezas por el estilo— y firmándolos con otro nombre para mantener el de pluma identificado con temas de mayor sustancia —los cuales, por cierto, abundaban en un país tan lleno de contradicciones sociales y económicas. En aquella época, además, apenas se conocía en Cuba el periodismo investigativo capaz de traducirse en forma de reportajes bien documentados, pero ágiles, amenos y atractivamente ilustrados. Y a desarrollar esta modalidad —novedosa tanto en el contenido como en la forma— me dediqué.

 

Ayudaban mucho las fotos de Raúl Corrales.

 

Raúl no solo era un verdadero artista del lente, sino un compañero de increíble disposición para el trabajo y hasta para las a veces insólitas aventuras que en función de este solía yo plantearle.

 

—Oye —le decía—, vamos a hacer una campaña sobre la deforestación de Cuba. Recorreremos el país comenzando por denunciar la devastación de los bosques por algunos negociantes y latifundistas que operan en la Sierra Maestra.

 

—De acuerdo. ¿Cuándo salimos?

 

 —Mañana.

 

Y allá íbamos. Hasta Santiago de Cuba, él con su Leika y yo con mi cuadernito de notas, el escaso equipaje necesario en una mochila, para abordar alguna goleta de las que recorrían la costa sur oriental. Navegábamos de noche y desembarcábamos en algún punto que nos permitiera encaramarnos en un camión de transporte maderero hasta llegar luego —ascendiendo por increíbles senderos y sorteando abismos en medio del frío y la densa niebla— a aquellas ignotas alturas donde se efectuaba el corte y la carga clandestina de enormes troncos de pinos. Después de tomar fotos y datos, bajábamos de nuevo a la costa donde podía ocurrir —como una vez— que cayéramos durante varios días presos («retenidos», decía el coronel que era por así decido nuestro anfitrión) en un cuartel de la Guardia Rural (Chivirico) —cómplice de aquel lesivo e ilegal tráfico de madera.

 

O pasábamos una semana a bordo de la pequeña embarcación de un pescador pobre, surcando por entre la carena del sur de Camagüey, sin ver más que agua y cielo, para reflejar vívidamente la explotación de que eran víctimas aquellos trabajadores del mar y su atraso técnico. O atravesábamos la Ciénaga de Zapata —a pie, en camión o en aquellos lanchones o bongos que cursaban por sus canales— desafiando los mosquitos y a veces el hambre para mostrar las duras y peculiares condiciones de vida de las comunidades carboneras. O recorríamos los barracones que servían de miserable habitación a los cortadores de caña de las compañías azucareras del norte oriental. O las fincas de los campesinos y pequeños colonos villaclareños. Realmente andando y desandando de un extremo a otro todo el país —y en contacto con los actores de la vida económica y social de aquella época.

 

Desde luego que no todo consistía en «trabajo de campo».

 

El problema esencial de Cuba era entonces el de las estructuras económicas inadecuadas tan evidentes por ejemplo en el fenómeno latifundiario y la tendencia a la monoproducción azucarera —ambos sostenidos por las dominantes inversiones norteamericanas en los sectores fundamentales y remachadas por los tratados de «reciprocidad» comercial con los EE.UU, que entregaban el mercado cubano a las importaciones procedentes de ese país. Y estos temas, mejor que el reportaje, solicitaban el artículo o ensayo breve, estadísticamente documentado, aunque siempre que posible exponiéndolos con estudio de casos y el usual despliegue de ilustraciones.

 

Paradójicamente, dos de los más importantes trabajos que publiqué por aquellos años y que representaron sendos golpes contra la tiranía surgieron un tanto que por iniciativa de algunos de sus personeros. Uno se refirió al famoso plan de dividir la Isla en dos por el llamado «Canal Vía Cuba» y que fui el primero en denunciar con el consiguiente escándalo nacional (buscando publicidad sus propulsores incluso permitieron a Raúl retratar las maquetas del proyecto). Y otro derivó de un simposio sobre recursos naturales, organizado por un organismo oficial pero en el que desempeñé un papel que me permitió disponer de los datos para un trabajo cuyo título —desplegado a todo lo ancho de las dos páginas centrales de Carteles— resumía la gran tragedia social del país en aquel entonces: «¡600 mil desocupados en Cuba!». Lo del Canal me costó luego la hostilidad constante de dos órganos represivos de la dictadura: el SIM y el BRAC.5 Pero lo del desempleo por poco la tuvo que pagar con su renuncia el ministro que organizó aquel evento.

 

Al cabo de tres o cuatro años después del golpe de Estado, Batista —«electo» presidente a fines de 1954 ­se mantenía firme con las riendas del poder.

 

Lo apoyaban el Ejército, la Policía y todos los cuerpos del aparato represivo; la oligarquía y sus organizaciones representativas; y, sobre todo los EE.UU. A principios de 1955 recibió las visitas del vicepresidente Richard Nixon —acompañada de gran publicidad— y del director de la CIA, Allen Dulles —que se condujo desde luego muy discretamente. Era sabido además que el embajador norteamericano, Arthur Gardner, se había convertido en tan íntimo amigo suyo que solían pasar los grandes ratos jugando a las cartas —usualmente canasta, entretenimiento entonces de moda y al que el dictador era muy aficionado.

 

Aunque máximo responsable de las medidas antinacionales del régimen, de los sangrientos desmanes del aparato represivo —a veces ordenados por él mismo— y de la corrupción imperante en los medios oficiales —siendo él uno de sus principales beneficiarios—, Batista no vivía ni mucho menos absorto en el supuestamente agotador trabajo que exigía la crisis política del país. El joven, humilde y esbelto sargento del 33 se acercaba ya a los 60 años y vivía más bien como un burgués ya bien entrado en carnes que dedicaba buena parte de su actividad a la atención de sus negocios privados y el manejo de los cientos de millones de sus cuentas bancarias secretas en los EE.UU. y Suiza. Testimonios posteriores de gente muy cercana a él sugieren que también dedicaba bastante tiempo a su vestimenta, relaciones con la alta sociedad y colección de chismes e intriguillas de todo tipo —a veces captadas mediante intercepciones telefónicas.

 

En realidad, Batista se sentía entonces tan seguro en el poder como para hacer fracasar el llamado Diálogo Cívico iniciado por una flamante Sociedad de Amigos de la República que encabezaban aquel viejo carcamal político —ya mencionado aquí antes— que era: don Cosme de la Torriente y un nutrido grupo de representantes de partidos y figuras destacadas del país. De hecho, había pasado bien por pruebas tales como el escándalo del asalto a una embajada (Haití) para ultimar a un grupo de oposición allí refugiado y que llevó a cabo el notorio asesino y jefe de la policía de La Habana, Salas Cañizares (quien, también herido, falleció días después); el complot golpista de varios altos oficiales del Ejército; y un intento de toma del cuartel Goicuría en Matanzas.

 

Yo, mientras tanto, mantenía mis vínculos con el PSP y en mi casa, con la necesaria discreción, tenía lugar una reunión semanal con Carlos Rafael Rodríguez —que ya llevaba una vida rigurosamente clandestina— y Jacinto Torras —el más capaz economista que tuviera jamás la clase obrera cubana. Teníamos un círculo de estudios de economía incluyendo análisis de las teorías burguesas a la luz del marxismo y la de la coyuntura nacional para una publicación también del partido («Notas Económicas». Durante un período nos escurríamos también, casi aún no amanecido, por casa de José Artschuler, que nos daba clases de matemáticas superiores.6 Aquellos furtivos encuentros, sobre todo por la presencia de Carlos Rafael, fueron decisivos en mi formación como economista.

 

Mi filiación al partido era secreta, pero —más por mis trabajos en Carteles que por ella— fue imposible evitar la atención de los cuerpos represivos, aunque sin mayores consecuencias. Hubo registros policíacos —sin otro objetivo, parece, que revolverme los libros— en mi casa, alguna que otra noche en prisión y varias convocatorias a que me presentara al SIM y el BRAC 7 — una de ellas con resultados tragicómicos.

 

Se ocupó de mí en el BRAC en aquella ocasión el conocido capitán Castaño8 quien, después que me tomaron las consabidas fotografías y huellas digitales, me sometió al correspondiente interrogatorio. Estaba él sentado en el buró —detrás del cual había un mapa que mostraba una línea que iba de Cuba a la URSS con el ridículo título de «Los vínculos de los comunistas con Moscú»— y su tarea consistía en acusarme de ser miembro del PSP, lo que al parecer era un delito. Lo negué por supuesto, pero entonces sacó un documento y dijo: —¿Ve usted? Tal vez tiene razón. Esos comunistas son unos cabrones y deben haberle robado la cédula inscribiéndome en su partido.

 

—Mire lo que sabemos. Usted no se llama Oscar Pino Santos como firma en Carteles sino Jorge Oscar Pino Vega. Y el número de su cédula electoral aparece en la lista de afiliados del PSP y es (tal más cual).

 

Cogido in fraganti sólo le argumenté:

 

— ¿Ve usted? Tal vez tiene razón. Esos comunistas son unos cabrones y deben haberme robado la cédula inscribiéndome en su partido.

 

— Ah, ¿sí? —observó con una expresión de sorna.

 

—Bueno, yo protesto de todas maneras por haber sido fichado aquí como un delincuente y quiero que esa protesta conste en acta.

 

—Como usted quiera.

 

Para mi sorpresa, llamó entonces a un mecanógrafo y abandonó la oficina. Yo, al mecanógrafo, comencé a dictarle unas largas parrafadas sobre mis derechos constitucionales de ciudadano violados por aquella citación, fichaje e interrogatorio. Pero, cuando más entusiasmado estaba en medio de aquella perorata, veo que de pronto irrumpe de nuevo Castaño en la oficinita —era un pequeño gabinete—, arranca de un tirón el papel de la máquina de escribir en que se recogían mis palabras y me dice en tono violento.

 

—¡Está bueno ya de comer mierda!... ¡Váyase de aquí!

 

Dadas las circunstancias, aunque asumiendo el porte más digno que me fue posible, me apresuré a abandonar el lugar.

 

En realidad, como bien había documentado aquel agente de la CIA, yo era militante del PSP, pero su dirigencia había tomado medidas para mantenerlo en secreto y, como no estaba sujeto a la usual disciplina partidaria, tendía a desenvolverme algo así como rueda suelta aunque sujeta a mi propia formación ideológica, la línea general del partido y cuando necesario las orientaciones de Carlos Rafael.

 

Aquella consigna que voceaban los estudiantes cuando la manifestación de protesta por la profanación del busto de Mella —« ¡Revolución!, ¡Revolución! ¡Revolución!» — la había acogido con ciertas reservas. El término había perdido bastante la legitimidad que tuvo en los primeros años de la década de los treinta9  empañado como estaba por aquellos grupos que surgieron después y en los que era difícil distinguir algunos elementos con genuina ideología de izquierda de otros realmente gangsteriles. Posteriormente, ya a plenitud la lucha contra el batistato, vinculado como estaba al PSP mantuve cierta distancia con relación a organizaciones tales como el 26 de Julio y el Directorio Revolucionario. Yo pensaba además que una revolución en Cuba era algo mucho más complejo y profundo que el derrocamiento de la dictadura y tampoco estaba de acuerdo con algunos de los métodos de lucha utilizados. Por otro lado, a pesar de que el texto de La Historia me absolverá no había llegado a mis manos, en el caso de Fidel Castro algo distinto barruntaba, pues en cierta ocasión me dispuse a ir a la Sierra con el fin de entrevistarlo para si era posible definir —y publicar— sus ideas económicas y sociales. El proyecto se frustró como bien debe recordar Carlos Rafael.

 

En realidad, según yo lo entendía, el PSP estaba por cambios profundos —en el fondo revolucionarios­ en la vida del país. Pero, aunque firmemente antimperialista, su discurso era el de reformas como la agraria, frente único progresista en lo político y, en tanto que recurso decisivo y final para salir de la crisis política —cuando las circunstancias lo exigieran y las condiciones lo permitieran—, huelga general. Los aspectos más radicalmente conmocionales de algo así como una rebelión —con apoyo de la lucha armada­ para abatir el régimen y facilitar aquellos cambios a fondo que requería el país, no estaban ni en su programa ni en su lenguaje. Che Guevara diría años después: «El PSP podía formar y formaba militantes incapaces de traicionar incluso bajo las más crueles torturas y la amenaza de muerte. Pero no enseñó a uno solo de ellos cómo tomar un nido de ametralladoras».

 

Más tarde supe que entre aquellos estudiantes que voceaban «¡Revolución! ¡Revolución! ¡Revolución!» había unos cuantos que, bajo la dirección de un joven líder llamado Fidel Castro, se entrenaban efectivamente para ser capaces de tomar un nido de ametralladoras.

NOTAS:

1) Años más tarde me enteré por Pelegrín Torras miembro de la redacción y especialista en asuntos internacionales que, no sabiendo quién era yo, el Partido hizo una investigación por mi barrio a resultas de la cual se me hizo la propuesta.

2) Que debían celebrarse el 1ro. de junio de 1952.

3) Con un formato moderno, profusamente ilustrada con fotos y bien balanceada selección de materiales, los cientos de miles de ejemplares de Bohemia volaban literalmente de los estanquillos de venta semana tras semana. Las mejores plumas Roa, Mañach y otros se contaban entre sus colaboradores asiduos. La revista no cuestionaba el régimen de capitalismo dependiente que caracterizaba el país ni desafiaba la dominación norteamericana como tal, pero mantenía firme cierta tradición democrática, receptiva a muchas causas populares y denunciadora en su famosa sección «En Cuba» de la corrupción política al uso y algunas de las más flagrantes injusticias sociales.

4)  Miguel Ángel Quevedo, acaudalado propietario de Bohemia. Se mandó de Cuba en 1960 seguido por Antonio Ortega, y suicidándose en 1969. 

5) Servicio de Inteligencia Militar y Buró de Represión de Actividades Comunistas. 

6) Que tenían que ver con unas oposiciones a las que iba a concurrir Carlos Rafael para una cátedra de Economía en la Universidad. Las ganó, pero no le concedieron la cátedra por razones políticas. En aquellos días Carlos Rafael pronunció en el Aula Magna Universitaria una extraordinaria conferencia («Las bases del desarrollo económico de Cuba»), terminada la cual abandonó apresuradamente el lugar para reincorporarse a la vida clandestina, pero dejando impresionado al auditorio por la profundidad de sus reflexiones y la soltura de su manejo de conceptos, argumentos y autores.

7) Servicio de Inteligencia Militar y Buró de Represión de actividades comunistas (organizado por la CIA).

8 ) Fusilado en 1959.

9) El propio Partido Comunista, fundado en 1925, cambió después su nombre por el de Unión Revolucionaria Comunista y, más tarde por el más asimilable —dada la atmósfera política de la época— de Partido Socialista Popular.

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