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PINTURA HAITIANA: LA TRADICIÓN NAÏF
La transformación cultural manifiesta en la pintura naïf
haitiana, nos ayuda, mediante un ejemplo de nuestro
tiempo, a comprender un proceso de desmitificación que
se ha operado en el marco más amplio de la historia
universal durante periodos mucho más largos. Por esta
razón, si no por otras, el arte naïf de Haití
ocupa un lugar muy especial en la historia del arte.
Pierre Apraxine |
Francia
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Gallo en medio del sol.
Brirre Murat.
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La República de Haití
comparte con la República Dominicana una isla del
Caribe, la segunda en tamaño. Tiene una población de
cinco millones de habitantes, de los cuales el noventa
por ciento son campesinos analfabetos de origen africano
y el diez por ciento mulatos, que componen la parte
principal de la elite de habla francesa. . .
Los habitantes
aborígenes de la isla eran tribus pacíficas de indios
arravacas. Degradados a la condición de esclavos y
reducidos por el duro trabajo bajo el dominio de los
españoles, la población india fue sustituida por
esclavos negros importados del Golfo de Guinea, sobre
todo de Nigeria y Dahomey. En 1697 la isla fue cedida a
Francia y en el siglo XVIII se volvió su colonia más
próspera, debido al cultivo de la caña de azúcar.
El comercio de
esclavos aumentó enormemente. En vísperas de la
revolución haitiana había medio millón de esclavos
negros, aproximadamente cuarenta mil mulatos libres y
treinta mil blancos. En 1791 los esclavos negros,
estimulados por la Revolución francesa, se rebelaron
contra sus patrones blancos y los mulatos apoyaron su
revolución. Aquello degeneró en una guerra sangrienta y,
capitaneados por Toussaint Louverture, negros y mulatos
derrotaron a las tropas napoleónicas, expulsaron a los
blancos y proclamaron la república. Así Haití se
convirtió en 1804 en el segundo Estado americano y en la
primera nación negra que ganó su independencia del
colonialismo europeo. Desde entonces el país ha
permanecido independiente, excepción hecha de la
ocupación por los Estados Unidos, que duró de 1917 hasta
1934.
Por lo general se
describe a la cultura haitiana como una mezcla de
tradiciones francesas y africanas. Esto es cierto, con
tal que no se suponga que haya habido una amalgama total
y coherente de las dos. A pesar de una impregnación con
elementos culturales europeos de muy diversa índole
―citemos
como ejemplos el lenguaje criollo y la mutua fecundación
de catolicismo y vudú―
las masas de los campesinos negros han conservado una
clara conciencia de su origen africano. Las danzas y la
música son su herencia artística en línea directa. Los
ritmos africanos han permanecido intactos. La clase
elite de los mulatos opina que su tradición es francesa,
pero aun entre ellos la herencia africana sobrevive en forma reprimida,
más como un temple de ánimo y una mentalidad que una
manera de vivir. En esta clase superior de la población
los campos de creación artística son la literatura y la
alta cocina.
Si uno emprendiera la
tarea de averiguar si en Haití había manifestaciones de
las artes visuales antes de la Segunda Guerra Mundial,
sacaría la conclusión de que no existían, a excepción de
elementos trasnochados de la cultura francesa, al gusto
de los mulatos de la alta clase social. M. J. Herskovits,
una autoridad en culturas de origen africano, apunta en
su libro Life in a Haitian Valley que durante un
largo período de esclavitud, duro e inestable, las
formas africanas o fueron influidas por las normas
europeas o se perdieron, sin la posibilidad de ser sustituidas por
préstamos de fuentes europeas.
La religión africana
era la única fuerza consistente que sobrevivió la
tragedia de la esclavitud. Impregnaba la vida de las
masas y se hubiera podido esperar de ella que estimulara
las artes. En lugar de ello las condiciones de la
esclavitud hicieron que surgiera una nueva religión, que
no necesitaba del arte figurativo. Para la religión
vudú, que nació de la experiencia de la esclavitud, la
representación visual de la realidad es totalmente
superflua y aun contradictoria. Para el creyente del
vudú nada es invisible. No existe ningún mundo
sobrenatural; porque todos los mundos
―el
inmediato y el del más allá―
son simultáneamente presentes, naturales y accesibles
alojo. En un texto sobre Haití, Edmundo Wilson anota que
«para el haitiano lo inmediato era el mundo sobrenatural
y lo que llamamos el mundo real no tira más que un
símbolo de eventos que suceden en el mundo de los mitos
religiosos». Para el campesino imbuido del vudú,
representaciones figurativas de la realidad le hubieran
parecido juguetes o frívolos pasatiempos de Carnaval, y
no serios vehículos de la comprensión y del poder
creativo. El único tipo de arte visual creado por el
vudú son los vevers, signos misteriosos,
altamente abstractos, que al principio del ritual vudú
se trazan en el suelo cubierto de harina, material
efímero, con el fin de invocar a alguna deidad.
En vista de esta
ausencia de artes visuales entre las masas negras, la
súbita aparición hacia fines de los cuarenta, de un gran
número de pinturas primitivas, fue un evento
sensacional. Aparte de algunas pocas excepciones, no
había en efecto ningún antecedente para el nacimiento de
una escuela de pintores. ¿Cuáles eran las condiciones
que lo hicieron posible?
Un joven e idealista
maestro y artista norteamericano, Dewitt Peters, llegó a
Haití en 1943... Emocionado por la belleza del país y
sorprendido por la ausencia de arte, abrió en 1944 el
Centro de Arte, planeado como un instituto de enseñanza
y una galería. Allí exhibía exclusivamente arte
occidental. Un día recibió por correo
una pintura asombrosa de Cap-Haitien. Una pintura
naïf, esa obra maestra de Philomé Obin titulada
Llegada del Presidente Roosevelt a Cap-Haitien... Gracias a esta pintura de Obin, Peters se dio cuenta de
que en Haití podría nacer un arte de tipo popular. Poco
tiempo después de la inauguración del Centro,
aparecieron otras obras, todas de estilo naïf;
Dewitt Peters logró reunir a los autores en torno al
Centro de Arte, donde tuvieron facilidades para
conseguir materiales de pintura. En poco tiempo todos
trabajaron juntos, conscientes ya de ser artistas.
Artistas que durante décadas habían pintado
desconocidos, humildemente, fueron descubiertos y
estimulados a desarrollar y ampliar sus talentos
individuales. El Centro se convirtió así en un
catalizador de energía artística y como el arte se
volvió una fuente de entradas atrajo a un número
creciente de artistas.
Fue casi un accidente
que el Obispo Voegeli encargara en 1950 a los artistas
del Centro la decoración de la Catedral Episcopal en
Puerto Príncipe. Entre 1950 y 51 nueve pintores
produjeron murales para el ábside y la nave transversal,
y un escultor creó una monumental mampara para el coro.
Selden Rodman, en aquel entonces codirector del Centro,
animó a los artistas a inspirarse en su imaginación, en
lugar de copiar los modelos tradicionales de las
imágenes católicas que cualquier campesino haitiano
conocía en forma de baratas reproducciones en color. El
resultado fue un arte religioso de estilo naïf
que describía la vida indígena de Haití. En poco tiempo
la Catedral Episcopal de Puerto Príncipe llegó a ser el
monumento representativo del arte naïf de Haití y
dio a conocer la vitalidad de esa expresión artística
aislada a un amplio público internacional. ¿Cómo es
posible que una cultura haya podido pasar en poco tiempo
de la ausencia de artes visuales a la activa creación de
un arte suficientemente convincente como para atraer
sobre él el interés del mundo? Esa ausencia de artes
visuales entre las masas de la población haitiana quizá
se explica principalmente con su estado de conciencia
colectiva, absorbida por la religión vudú; no había
diferencia entre la identidad individual y la colectiva.
Eran pocos los pintores como Obin, que habían tomado su
propio camino obedeciendo a su inspiración fantástica,
muy personal. Desde 1804 hasta la intervención de
Estados Unidos en 1917, Haití había sido un mundo
concentrado en sí mismo. La ocupación americana
estableció traumáticamente un contacto brutal entre la
isla y el mundo moderno de afuera. Después de la
ocupación le tocó a la cultura absorber, junto con los
pedacitos de la herencia europea, nuevas influencias de
un mundo nuevo. Tarde o temprano, esas fuerzas ajenas
—españolas, francesas, norteamericanas, así como el
catolicismo— forzosamente habían de llegar a ejercer
presión sobre la conciencia colectiva, cerrada en sí
misma, de las masas negras, y a liberar un latente
impulso hacia una conciencia individual y una identidad
personal. Ante esta presión el «Centro de Arte» actuó
como un catalizador que precipitó el nacimiento de
expresiones individuales. La pintura de Obin en que se
celebra la llegada a Haití del Presidente Roosevelt es
casi una representación alegórica de este momento de
transformación síquica y cultural.
Lo que se designa
como «Arte naïf haitiano» es un resultado
palpable de esta transición del arte folklórico y
simbólico a las visiones formales de pintores de
personalidad individual. Sin embargo, designar este arte
como naïf, no expresa adecuadamente su esencia.
En el sentido que se
le da en Occidente, el arte naïf es una aventura
personal, individual, muchas veces emprendida como
reacción al anonimato y el aislamiento del hombre en una
etapa altamente tecnológica de la existencia humana, sea
en Francia o en Nueva York; la reacción a una sociedad
extremadamente individual izada y a una conciencia
fragmentada. En muchos aspectos es una visión de los
orígenes perdidos, imágenes que reflejan reminiscencias
de una raza colectiva o de una cultura popular ya no
existente. En cambio, los pintores agrupados alrededor
del Centro de Arte de Haití no pudieron reaccionar
contra un estado «avanzado» de la existencia mediante u
n acercamiento a la fuente de la identidad colectiva o
recordando una visión popular perdida. Al contrario se
alejaron de la conciencia indiferenciada de la vida
colectiva, tratando de acercarse a una pintura de tipo
individual que los identificara.
Sobre todo sería un
grave error considerar la pintura naïf de Haití
como arte popular. El arte popular, asociado
generalmente con las artesanías, expresa una mente
colectiva con un mínimo de individualidad estilística.
Su calidad es ser esperado y comprendido por todos.
Tiene un marcado carácter de juego y de cosa efímera,
aunque en sus expresiones más altas, siempre insinúa lo
primordial y roza los niveles del mito universal. En
Haití, por ejemplo, el arte popular aparece en forma de
las máscaras carnavalescas poderosamente expresivas,
confeccionadas de papiermaché, que después del
uso se tiran; o bien se puede encontrar en juguetes
fantásticos, en papalotes y en las decoraciones de las
casas, todo ello expresión anónima de las masas
haitianas. El arte naïf, en cambio, es, sobre
todo, una expresión personal. Puede surgir de la
conciencia del pueblo o volver a ella. Donde más
claramente se revela su carácter individual es en 14
pinturas de caballete.
Aunque los pintores
agrupados en torno al Centro de Arte buscaron y lograron
estilos individuales, sus pinturas, así como también su
desarrollo como pintores, comparten ciertos rasgos
comunes. La religión vudú es para ellos una fuente
primordial y predilecta de inspiración. Hay en esto una
sorprendente paradoja iconográfica, puesto que, como ya
lo dijimos, esta religión no se apoya en imágenes, ni
estimula de ninguna manera la creación de estas.
El Vudú es de origen
africano. Tiene una elaborada estructura ritual en torno
a las fuerzas de la vida o las deidades llamadas
1005, que son inducidas por el culto a trabajar
espiritual y prácticamente a favor del creyente. El
evento central es la «posesión» del creyente, por medio
de la cual este se pone en contacto directo con la
divinidad. El resultado no es meramente una
identificación parcial con esta, sino el creyente es
poseído hasta el grado de que él o ella adopta sus
características físicas y su naturaleza espiritual. El
poseído es el dios mismo, y, ya pasada la posesión,
pierde el recuerdo de lo que fue. Esta transfiguración
de una realidad invisible en una figura viviente y
visible elimina gran parte de la necesidad de visión
artística.
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Adán y Eva.
Paul Damien. |
Si uno vive con el
contenido de una visión, no hace falta tener cuadros en
la pared. Así el arte como vínculo entre lo visible y lo
invisible o entre lo tangible y lo intangible pierde
todo sentido. Como la posesión es una experiencia
física, no intelectual, el fiel usa tambores, cantos y
movimientos de danza, en lugar del recurso abstracto de
la ilusión bidimensional. La originalidad y el asombroso
logro de los pintores naïfs residen en su
habilidad para expresar visualmente en determinado
momento de su historia una experiencia que hasta
entonces nunca se había vivido mediante el recurso de
imágenes artísticas.
La pintura naïf
haitiana está llena de alusiones, a las ceremonias y
símbolos de aquella religión vudú. Con más de 200
variaciones de las 1005 o fuerzas espirituales,
el panteón vudú es una rica fuente de imaginación
artística. Las pinturas representan en forma
característica a las deidades. Damballah, Aida Wedo,
Agoué, Ogun, Erzulie Freda Dahomey, los Guédés y otros
más, aparecen una y otra vez. Damballah y su
esposa Aida Wedo, dioses de la fertilidad, están
simbolizados por serpientes gemelas.
Agoué, Maestro
Supremo del Mar, es un almirante guapo y blanco, que
tiene su barco junto a él. Su esposa, la Sirena, es lo
que dice su nombre: una sirena, figura derivada de la
mitología de los marineros occidentales. Ogun, dios de
la guerra, viste traje militar, a la manera de los
generales negros haitianos del siglo XIX. Lo simbolizan
una espada, un sable y el fuego. Erzulie Freda Dahomey,
deidad vudú del amor, es una mujer mulata, suntuosamente
ataviada. Su símbolo es un corazón. La familia de
espíritus conocida como los Guédés reina sobre la
muerte. Los más importantes entre ellos son Barón Samedi
y su esposa, Grande Brijitte, Barón Cimetière, Barón La
Croix y Guédé Nibo. Los barones son negros y siempre
visten trajes ceremoniales negros.
Sus símbolos son
calaveras, cruces y guajolotes negros. Son grotescos y
temibles, pero —rasgo característico de la tendencia
haitiana hacia la compensación existencial— también les
gustan las payasadas y bromas. Las máscaras
carnavalescas invocan a los espíritus de los Guédés,
como si quisieran incorporar la muerte
a la existencia terrenal. Esta concepción de la muerte
como la otra cara de la vida, más que una antivida,
influyen en una parte importante de la visión Naïf
de Haití.
La mente haitiana
capta cualquier imagen como si tuviera fuera del sentido
literal otro sentido más. Es difícil para un occidental
comprender enteramente esta doble significación, que
para el haitiano, impregnado de la concepción vudú de la
simultaneidad de los mundos, es una inevitable
experiencia artística. Para un haitiano un árbol, menos
que un elemento del paisaje, es la presencia de Legba,
dios de las encrucijadas, que hace posible la
comunicación entre el plano físico y el espiritual. Hay,
análogamente, una complicada fusión entre la iconografía
católica y los temas vudú. En la mente haitiana
Damballah se funde con la imagen de San Patricio y las
serpientes. Agoué evoca automáticamente la imagen de San
Ulrico representada en las imágenes católicas
sosteniendo un pez. Un ejemplo contundente de esa
superposición de las imágenes es Erzulie Freda Dahomey.
Como ya lo dijimos, ella es la diosa vudú del amor, pero
en las pinturas muchas veces está representada como la
Mater Dolorosa, quien ataviada de un suntuoso traje
barroco, con su seno desnudo y su corazón visible, listo
para ser traspasado por un puñal, es considerada como
diosa del amor y ostenta una belleza femenina y erótica,
que está muy lejos de la Virgen espiritual del dogma
católico.
Las ceremonias vudú,
dirigidas en un templo por un houngan o sacerdote vudú
contribuyen igualmente a una visión naïf. Algunas
de las descripciones son meramente generales y no
indican el carácter de la ceremonia. Pero también hay
representaciones muy minuciosas y detalladas, como la
del banquete ofrecido al dios del mar y preparado en un
barco adornado, que se deja en medio del mar para que la
deidad se lo coma. Otro ejemplo es el cuadro
Evocación de los muertos, en que las almas muertas
son sacadas del abismo y trasladadas con cuidado al
ámbito de los espíritus benignos, que velan por la vida
de la gente.
El cristianismo, con
su tradición iconográfica, proporcionó una inspiración
natural para los artistas naïfs. Han tratado los
temas cristianos, por ejemplo la crucifixión, la
anunciación o la huida a Egipto, con una gran frescura.
Como el haitiano se siente tan a gusto con el mundo
sobrenatural, las pinturas primitivas de inspiración
estrictamente cristiana, describen el misterio, el
milagro y lo sagrado con la convincente naturalidad de
sucesos cotidianos.
Aparte de la
inspiración religiosa, la vida diaria de Haití, su
folklore en el que eventos mágicos desempeñan un papel
importante, ha proporcionado a los pintores naïfs
infinidad de temas.
Además casi todos
ellos han pintado naturalezas muertas, quizá porque se
han inspirado en reproducciones de pintores
occidentales. Este género sirve como vehículo natural a
la inventiva haitiana y a su tendencia a la
improvisación pictórica. Generalmente se trata de
canastas decorativas con frutas, estilizadas a tal grado
que muchas veces llevan el título genérico de «Frutas de
Haití».
Las mejores pinturas
naïf no importa si son religiosas o profanas,
tienen en común una concepción especial del mundo.
Expresan una creencia fundamental en la unidad de la
realidad visible y la invisible. Como ya lo dijimos, las
imágenes y el simbolismo de ambas formas de realidad
están integradas en una singular estructura visual y los
haitianos son capaces de captar esta unidad
intuitivamente, puesto que no tienen necesidad de
analizar las imágenes y su simbolismo para entender su
sentido. Cuando artistas como Hyppolite, Gourgue y Sto.
Brice trabajan inspirados directamente por el
subconsciente y crean imágenes relacionadas con la
psique humana, lo que expresan no es sino otra versión
de la visión unitaria en que se funden lo invisible (lo
inconsciente) y lo visible. . . La interdependencia de
elementos en la pintura naïf haitiana no se
limita a lo físico, sino se extiende asimismo al mundo
cultural y espiritual. La religión vudú, la iconografía
católica, la mitología europea, eventos históricos y
experiencias psíquicas: todo ello parece coexistir en un
plan de cambio e intercambio.
Un estudio de las
biografías de los artistas revela algo como un destino
común. Todos ellos empiezan a pintar con una visión
particular que rige su fase creativa inicial. En general
esta visión permanece constante. Se refina, pero no se
amplía jamás. Los pintores dicen de una manera casi
juguetona algo que sienten instintivamente. Expresan su
visión de una manera directa, casi dura, no sofisticada.
En la fase siguiente el artista cobra conciencia de su
papel de pintor, y con esto su estilo queda establecido.
Hay posibilidades de un desarrollo estilístico ulterior:
la técnica se perfecciona, hay un progreso en la
perspectiva, el manejo del color se vuelve más versátil
y se controla más, las tonalidades y superficies se
estructuran e integran mejor. En esta fase la visión
tiende a cristalizarse en una fórmula que puede
repetirse en variadas combinaciones de formas. La
repetición generalmente conduce a una superproducción
para fines comerciales. Aquellas pinturas son menos el
producto de una experiencia naïf que de un idioma
naïf ya establecido.
El debilitamiento de
la experiencia naïf no necesariamente da lugar a
una mala pintura. Castera Bazile, por ejemplo, sacrificó
su fuerza visionaria al refinamiento de la técnica; el
resultado no carece de interés pictórico. Jasmín Joseph
transformó su visión naïf en un decorativismo de
muchos recursos. Pero en la mayoría de los artistas el
resultado no fue tan favorable.
Préfete Duffaut
desarrolló una técnica seca, falta de sensibilidad,
insuficiente para expresar una rica imaginación. Robert
Sto. Brice, con su superproducción de cuadros cayó en
una mera manipulación de un restringido repertorio de
imágenes. Otros artistas sufrieron una crisis de
identidad o abandonaron la pintura, como Cayemitte, o
tuvieron, como Bigaud, graves colapsos nerviosos, con
repercusiones desfavorables en la calidad de su obra.
Otros más trataron sin mucho éxito de pasar del arte
naïf al arte moderno. Después de año y medio de muy
buena pintura, Louverture Poisson recurrió a las
recetas, de la pintura occidental, y lo que había sido
una calidad surrealista natural y expresiva se volvió un
cliché del surrealismo europeo.
Deudonné Cédor, uno
de los mejores pintores primitivos haitianos, abandonó
su visión naïf, por considerarla retrógrada y
desarrolló un estilo «moderno», que es poco más que un
arte figurativo de tipo convencional y comercial. Wilson
Bigaud, que parecía el mejor dotado para lograr esa
transición, hizo un único intento en esta dirección solo
para volver a su visión naïf. La economía
contribuyó también a la deteriorización del arte
primitivo. El Centro de Arte estimuló el arte como
actividad comercial. Aquellos que originalmente habían
pintado para expresarse y que habían vivido de un
oficio, súbitamente se ganaron la vida con su arte.
Mientras que por una parte esta condición económica les
permitía desarrollarse plenamente como artistas, parece
que al fin fue minando sus motivaciones y su expresión
naïf verdadera y original.
Pero más importante
es, como lo hemos manifestado desde un principio, que la
obra de los pintores naïf refleja la transición
psíquica de una visión colectiva unitaria y no
diferenciada a una visión personal, transición que
provocó en estos artistas una ruptura en su interior, a
la que la mayor parte de ellos no pudo sobreponerse
artística y sicológicamente. En muchos casos tiene uno
la impresión de que son artistas resignados a
cultivar la expresión naïf, con la que siguen
trabajando. Parecen cogidos en la trampa de una fase de
la evolución en la que ya no tienen la fuerza sicológica
de llevarla individualmente más adelante y alcanzar con
ella una visión y comprensión artística más amplia. Al
principio la transferencia de la primordial energía
comunal a las pinturas individualizadas, hecho cultural
del Occidente, produjo una visión poderosa y
convincente. Pero a medida que esta fuerza fue
reduciéndose a un mero tema pictórico, y además al
estilo de un pintor individual, el anterior contacto
intuitivo de este con las fuentes míticas de la
inspiración poco a poco disminuyó. A menudo le quedaban,
en el mejor de los casos, valores decorativos y un
estilo de narración pictórica.
En cuanto a la
religión vudú, por ejemplo, el mero acto de pintar
cuadros para ser exhibidos y vendidos en el Centro de
Arte, debilitó por lo menos un poco la primitiva
convicción de una realidad que había que temer y a la
vez invocar. Y aunque se sienten en estas obras naïfs
una dimensión de misterio v un poder inexplicable,
mucho de la «rudeza» y de la calidad indefinible de la
religión popular se ha perdido o se ha transformado en
pintoresquismo. La conciencia de su personalidad que el
artista ha adquirido, ha diludido en su arte el carácter
extraordinariamente inmediato de la fe inconsciente,
característica del creyente vudú.
Algunos pintores han
sido capaces de soportar las contradicciones de tal
transición cultural. Generalmente la vida de esos
artistas ha cambiado relativamente poco, y los antiguos
vínculos con la cultura colectiva han permanecido
intactos. Hyppolite se mudó a una casa moderna después
de su éxito económico, pero para pintar tuvo que volver
a su antigua choza: se quejaba de que en el nuevo
ambiente San Juan ya no lo inspiraba.
Benoit logró sostener
una admirable calidad de visión naïf a lo largo
de su carrera, pero siempre vivió humildemente en Puerto
Príncipe.
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Adán y Eva.
Micano Ulysse. |
André Pierre, a pesar
de pertenecer a la segunda generación de pintores
primitivos, vive en una choza cerca de su templo. Otros,
como Mucius Stephane y Joseph-Jean Laurent han sostenido
la calidad de su visión, recurriendo a las formas y los
temas del arte infantil. Parece que sumergiéndose en la
eterna fuente de la infancia, quedan protegidos contra
las devastaciones de las que es objeto el estilo naïf,
debido al tiempo, a la producción para la venta y al
desarrollo de la técnica.
Sin tomar en cuenta
el destino de pintor de estos artistas, el hecho de que
todos ellos reflejen algo más que estilo y visión
pictórica, o sea el brinco hacia la conciencia cultural,
presta un valor insustituible a lo mejor del arte
haitiano naïf.
Generalmente la
pérdida del contenido mítico de una cultura conduce a la
pérdida de unidad y pureza de la original forma mítica o
a la adopción por parte de esa cultura, de valores
ajenos, propios a un tiempo y a una cultura posteriores.
Pero en el Haití de los años cuarenta y cincuenta una
forma artística positiva emergió de
la fuente de la realidad mítica, viva en el sentir
colectivo de la gente. Este arte refleja las
dificultades del artista para sostener su realidad
mítica una vez que ésta se ha alejado de la latente
conciencia de la cultura colectiva, para transformarse
en una visión individual; vemos que a menudo baja de
calidad al sucumbir a la presión del dinero. La
transformación cultural manifiesta en la pintura naïf
haitiana, nos ayuda, mediante un ejemplo de nuestro
tiempo, a comprender un proceso de desmitificación que
se ha operado en el marco más amplio de la historia
universal durante periodos mucho más largos. Por esta
razón, si no por otras, el arte naïf de Haití
ocupa un lugar muy especial en la historia del arte. No
debe confundirse con los ejemplos aislados,
excepcionales, de la moda naïf en Europa, ni
tampoco debe considerarse como producto atrasado de la
cultura europea.
El destino de Haití
es cumplir en pocas generaciones una transición que en
otras culturas se realiza durante siglos. ¿Cómo lograrán
los haitianos conservar su identidad singular y crear un
arte que sea más que provinciano? Este es un problema
muy obvio, por cierto terrible, con el que se enfrenta
la nueva generación de pintores haitianos. La abundancia
de recursos de la rica y compleja cultura de Haití —en
sí única en el mundo— se impondrá, así lo esperamos, en
un futuro desarrollo artístico comparable al
extraordinario logro de aquellos artistas campesinos
negros cuya obra provocó el surgimiento del arte
haitiano en la conciencia universal.
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