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TERRORISTAS «BUENOS»
Ángel
Guerra Cabrera
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México
Cuarenta y
cinco años después del triunfo, la Revolución cubana
lleva casi el mismo tiempo de ser hostigada por el
terrorismo. No fue necesaria la proclamación del
socialismo para que comenzaran los sabotajes a fábricas,
puertos y establecimientos comerciales de la Isla. La
CIA ha reconocido que esas actividades se llevaban a
cabo desde principios de 1960, cuando también había
puesto en marcha el plan de invasión de Bahía de
Cochinos. Después de la derrota de la invasión, aquellas
se recrudecieron. Para ejecutarlas la central de
espionaje creó en Miami la estación JM-Wave, que contaba
con 600 oficiales y cerca de 4 mil agentes de origen
cubano. Robert Reynolds, quien fuera jefe de la
estación, declaró que en el momento en que fue volado el
barco francés La Coubre (marzo de 1960), en la bahía de
La Habana, «nosotros habíamos comenzado a hacer algunos
sabotajes».
Aunque EE.UU. nunca admitió su participación en la
explosión del buque cargado con municiones belgas y la
consiguiente matanza, exhaustivos peritajes cubanos
concluyeron que era consecuencia de un atentado, tesis
reforzada por el trascendido de que diplomáticos
estadounidenses presionaron a Bruselas para impedir la
venta de las municiones. Ahora sabemos qué perseguía la
CIA al obstaculizar a Cuba la compra de armamento
occidental: «esto podía conducir a que los cubanos
solicitaran armas (...) al bloque soviético» porque «en
(...) Guatemala era el envío de armas soviéticas lo que
había (...) creado la ocasión para lo que se hizo».
Palabras nada menos que de Allen Dulles, el entonces
jefe de espionaje estadounidense. Al parecer Washington
estaba impaciente porque Cuba estableciera relaciones
militares con la Unión Soviética, argumento fundamental
esgrimido luego para mantener el bloqueo hasta que
desapareció ese Estado.
Las
operaciones terroristas incluyeron la organización y
sostenimiento de bandas armadas en distintas zonas
rurales de la Isla. Eduardo Ferrer, ex piloto de la CIA,
afirma en su libro Operación Puma que entre septiembre
de 1960 y marzo de 1961 se efectuaron 68 misiones de
suministro aéreo para esos grupos. Pero los vuelos
continuaron hasta la derrota de las bandas, años más
tarde. Estos se alternaron con la infiltración por la
costa de grupos de saboteadores, varios de los cuales
fueron capturados por autoridades cubanas hasta 1997,
año en que mercenarios reclutados en El Salvador también
detonaron bombas en instalaciones turísticas de La
Habana.
Otro capítulo de esta saga han sido los ataques de
lanchas artilladas procedentes de Miami a barcos
pesqueros cubanos y en varias ocasiones el secuestro de
sus tripulantes. Asimismo, el ametrallamiento hasta
fecha reciente de mercantes de distintas banderas que
conducían mercancías hacia o desde Cuba, el último caso
en 1993 al tanquero Nikonos, de bandera maltesa. Las
actividades terroristas se han extendido al propio
territorio de EE.UU. y de sus aliados, donde han sido
atacados objetivos considerados enemigos por las
organizaciones contrarrevolucionarias. Estos van desde
sabotajes de entidades que comercian o envían ayuda
humanitaria a Cuba hasta el asesinato de personas que
abogaban por un cambio de la política estadounidense
hacia la Isla, o de diplomáticos o funcionarios cubanos,
como ha ocurrido en EE.UU., Argentina, Portugal y
México.
No
ha de sorprender entonces que La Habana, en un acto de
legítima defensa, penetre los grupos
contrarrevolucionarios de Miami. En el amañado juicio
contra cinco jóvenes cubanos que realizaban esa labor,
el general Edward Atkenson, quien fuera alto jefe de
inteligencia militar estadounidense, pronunció estas
lapidarias palabras: «Cuba necesita ojos y oídos en
Florida». Bastante antes del juicio, La Habana, a
solicitud expresa de Washington, le había proporcionado
información sobre la actividad de los grupos terroristas
en Miami, contra los que supuestamente actuaría. Los
datos no podían venir de otra fuente que de infiltrados.
Ni tardo ni perezoso el autoproclamado campeón mundial
de la lucha contra el terrorismo usó la información para
capturar a «los ojos y oídos de Cuba». Sin presentar
prueba alguna los condenó a penas reservadas para los
peores delincuentes. Mientras, sus terroristas pasean
por las calles de Miami. El caso más notorio, el del
autor intelectual de la destrucción en vuelo de una nave
de Cubana de Aviación. Son, a sus ojos, terroristas
buenos.
Tomado de: La
Jornada |