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COSTUMBRES
Amado del Pino
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La Habana
Los hábitos, las
manías, las rutinas conforman, ya se sabe, buena parte
de nuestras vidas. Todavía, si veo un taburete —ese
asiento campesino con el cuero virgen y sincero— no lo
configuro de otra forma que recostado a una pared de
tablas. Esa era costumbre trasmitida de padres a hijos.
Como si la posición desenfadada estimulara el correr del
fresco o la gracia del diálogo. A los muchos años de
vivir en La Habana, mi abuela me regaló la semilla de un
poema al confesarme que le gustaba ver a los hombres
sentados al revés en el taburete. Allí decía: «A ella le
gustan los taburetes inversos/ donde se sientan mozos
labradores/ a reír el mediodía/ entre un esfuerzo y
otro». Esos que usaban al revés el asiento campestre
eran el ideal de su adolescencia.
La prisa de estos
años que hemos vivido las dos últimas generaciones de
cubanos nos ha alejado de la regularidad de la siesta.
Pero en otras latitudes la pausa de la una de la tarde
es sagrada. Hay quien dice que le pone de mal humor el
par de horas de sueño posterior al almuerzo. A otros su
ausencia es la que le resulta martirizante. Ponerse de
acuerdo en cuándo y cómo dormir es una de las pequeñas
pero imprescindibles hazañas de todo matrimonio servible
y duradero. Por no hablar de que lo extraordinario, lo
insólito, lo sorprendente sigan latiendo dentro de un
tejido cada vez más cotidiano.
Hasta los más
bohemios pueden tener sus compulsiones en materia de
horas y sistemas. Recuerdo la casa del destacado
director de televisión Raúl Pérez como todo un emporio
de comunicación salpicada de rones y anécdotas. Era tal
el carisma de Raúl que logró poner a conversar durante
horas a personas distintas y hasta contradictorias.
Pero, eso sí, las tertulias eran de dos de la tarde
hasta la madrugada. Casi nunca antes. En las mañanas no
abría la puerta y si contestaba al teléfono uno se
llevaba la impresión de que era un vecino huraño y no el
encantador anfitrión de la noche anterior. Por cierto,
otra de las manías de Raúl, que resultaba deliciosa, era
contar las anécdotas con efectos, como en un programa de
radio. Apretando los dientes hacía sonar puertas o
imitaba los pasos o desataba un aguacero de sonido, si
es que llovía en el relato de turno.
Otro amigo (este
brillante musicólogo y felizmente activo) me contaba de
una peculiar variación en la rutina en sus años de
formación inicial como trompetista. A Pedro Martínez le
desesperaba la repetición de ejercicios, el lento y a
veces olvidado entrenamiento que esta detrás de la
formación de todo instrumentista. Pedro tenía prisa por
ser un intelectual, como los pintores que bastante
rápido tomaban té hablando de filosofía y asistían a
exposiciones con ropas novedosas. Entonces colocaba su
trompeta y se ponía a leer a Cortázar, mientras
¿ejercitaba? un par de notas.
Una manía que a mi
mujer le da mucha gracia es mi febril memoria para
recordar rutas de guagua, con su lugar de arrancada y su
punto de destino. Cosa esta de guajirito que llega a La
Habana y no quiere extraviarse o ser menos. En esa
cantaleta memoriosa entran rutas y recorridos ya
fallecidos en la ciudad, pero sobrevivientes en la
melancolía.
Hay costumbres que
cambian pero puede que sean las menos. La primera vez
que oí hablar de que la gente avisaba por teléfono antes
de una visita me pareció un estiramiento, un atentado a
lo natural y hasta algo que ponía barreras a la
familiaridad o la confianza. Ahora lo veo distinto:
aviso y prefiero que lo hagan. Es más, si alguien tiene
correo electrónico prefiero teclearle unas líneas antes
que la llamada por teléfono que puede distraer del
trabajo, o hasta del amor. ¿O será que me estoy poniendo
viejo, que... (¡Oh, Darío!) la juventud se va para no
volver? En todo caso, hablar de cosas tristes es una
costumbre que sigo rehuyendo con pasión. |