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El cuento de La Jiribilla

DICE NORA

Reidel Gálvez
 

Pero todo estaba bien así;
lo único que sobraba era la idea de bajarse,...
Julio Cortázar
Ómnibus

Dice Nora que fue un paciente y le creo. Necesito creerle aunque no haya venido a dormir anoche y ahora me diga que no tuvo quien la relevara, que a Rosita se le enfermó el niño y La Cacha tiene piojos desde hace más de quince días. Dice Nora que no avisó porque eran las once de la noche y no iba a molestar a la vecina del teléfono que de seguro estaba dormida y le pesaría salir a buscarme. Nora siempre piensa en todo, Nora tan anticipada y condescendiente con los demás. Nora sabe que no pegué un ojo en toda la noche y dice que tenía que estar acostumbrado. ¿Acostumbrado a qué?, ¿a no sentirla pegada a mi cuerpo en la madrugada?, ¿a extrañar sus ronquidos que me despiertan a deshora? Pues hoy no desperté, no disfruté de ese mal momento porque simplemente no dormí. Y dice Nora que tampoco ella durmió y que esa marca se la hizo ese paciente que se asustó cuando ella le fue a canalizar la vena y la apretó en la muñeca con sus fuertes dedos que ahora veo dibujados de un color violáceo. Pero Nora olvida que su trabajo es no dormir para cuidarle el sueño a los demás y yo, con la mala noche que pasé, ahora tengo que ir a trabajar y resignarme a que mi jefe me vele durante las próximas ocho horas, porque de seguro se acostó después de la novela y soñó con flores amarillas y bebés de anuncios con sus lindos culitos al aire mientras descansaba la rodilla sobre las nalgas celulosas de su mujer que se babeaba con la boca semiabierta. ¡Ah! Está cansada de mis continuos fantaseos que antes le causaban gracia. Sucede que las fantasías son propias de mentes solitarias y yo... mejor me voy a trabajar para no verla con la insistencia de restregarse la mano, si antes nunca lo había hecho y le creía más.

Nora me despide con un «Que tengas buen día» tan frío que me anestesia contra el portazo que da a mi espalda. Atravieso el parque sin dejar de sentir miedo; dicen que mataron a un hombre la semana pasada para robarle la cadena. Y así Nora quiere que la saque a pasear de noche, o que vaya mejor vestido al trabajo. Ella no entiende que es como anunciar la mercancía y que detrás de cada movimiento de las ramas proyectadas en el suelo puede haber alguien al acecho, alguien que quiera hacer daño y se aproveche de mis salidas tempranas para acuchillarme por la espalda. ¡Cómo me gustaría ver a Nora cuando le avisen en la casa de mi muerte y se eche a llorar como una desquiciada! O mejor, que lo hagan en el hospital para que forme revuelo y se hale los pelos hasta arrancárselos, o se dé contra los azulejos de la pared que quedarán jaspeados de rojo, y Rosita (la del niño enfermo cuando tiene que hacer noche) y La Cacha con piojos tengan que inyectarle diazepán en vena para tranquilizarla, y termine diciendo que ella tuvo la culpa por no decirme que tenía que doblar el turno, y se sienta morir por haber discutido conmigo. Sí, porque yo sé que Nora me quiere mucho y si me molesto y le busco la lengua es a propósito, para salir un poco de la rutina y aprovechar las reconciliaciones que terminan todas en la cama con ella encima de mí.

Ya en la parada disimulo la reacción que el recuerdo de Nora me provoca cuando la imagino desnuda sobre mí, inclinada un poco hasta que sus pezones cuelgan al alcance de mi boca. Cruzo las piernas y coloco el portafolio encima de ellas, la mujer de negro me mira de reojo; es por culpa de mis continuos fantaseos. Por suerte no tengo tiempo de seguir inventando porque el ómnibus llega enseguida, abre sus puertas y nos engulle violentamente. La mujer de negro anda delante bandeándose en cada amago de naufragio de la guagua mientras averigua la proximidad de la funeraria. La sigo porque es la vía más rápida de abrirse camino entre la gente. Ella insiste en mirarme de reojo ahora porque respiro en su nuca, solo nos separa medio centímetro, no hay espacio para un escape. La señora se mueve incómoda debajo de mi nariz. A lo mejor Nora tiene razón cuando dice que debería comprarme una moto como Mario, así me libraría de la desventura de esta peligrosa travesía. Ya liberada de mi aliento, gracias a un puesto vacío, ha sacado un microespejo de entre sus tetas y comienza a quitarse el maquillaje con papel periódico. Sabrá Dios qué pobre infeliz merezca su compasión dramatizada; a lo mejor es el propio marido que se suicidó por el brillo de sus ojos, que para nada es el de mujer sufrida ni de restos de lágrimas. Es un brillo que me recuerda a Nora cuando quiere algo más que las buenas noches, o cuando regresa de madrugada del hospital por tantas horas de insomnios y yo le aconsejo fomentos fríos para sus ojos y ella solo quiere dormir y dormir, y por más de quince días me da un beso de «Hasta mañana, que duermas bien» y me regala su espalda adornada con los tirantes del ajustador. De cualquier forma la mujer de negro ha quedado perfecta para su aparición en escena. La tinta del papel gaceta ha matizado de negro un titular de desastre en su cara dándole la imagen sombría necesaria para estos casos.

En la otra parada sube el estudiante de arquitectura, después lo hará en la próxima la pareja del gordo y la muchacha que hasta hace poco estaba embarazada y sumarán a su cría a la familia de la guagua. El muchacho viene a saludarme con sus gafas contra el sol que le ocultan media cara y con un rollo largo de papel de calco. Él me recuerda a Mario cuando subía en esta misma parada y conversábamos, y Mario (siempre atento) se interesaba por mi salud, por Nora, por la salud de Nora y lo difícil de su trabajo. Luego vino la moto y en sustitución de Mario apareció este muchacho, que ciertamente se le parece, aunque Nora diga que no y discuta conmigo y explique detalles de Mario que en nada coinciden con los del estudiante. Nora es apasionada hasta discutiendo. El muchacho intenta caminar entre la gente, se me acerca jugando con el tubo de papel que golpea en sus piernas. La señora de negro lo ataja cuando pasa por su lado, forcejean y me llegan las palabras de ella cuando dice que se queda en la próxima. El muchacho no entiende el porqué de la insistencia en que él ocupe el puesto, el muchacho con sus enormes gafas oscuras y su bastón de papel de calco. Al fin comprende y lucha por no levantar sospechas ante la mujer de negro que le ha cedido su asiento y lo mira con lástima en el tumulto de la guagua; se queda muy quieto con la vista fija, está representando ante la señora que hará también su parte en la funeraria. Si Nora viera la intranquilidad del muchacho reflejada en sus nudosos dedos cuando aprieta el papel, tendría que aceptar que son las manos de Mario y no me convencería con las observaciones sobre su perfil que me lo hace ver tan diferente, como si fuera yo el que estuviera ciego.

Mi cara queda en primer plano cuando el ómnibus reabre sus puertas. El gordo no está, solo la muchacha sin su cría. A lo mejor él se quedó en la casa porque en el círculo infantil no hay agua o la hay contaminada y tuvo que cuidar al niño para que su esposa fuera al trabajo. Pero hay algo extraño en la muchacha sin esposo ni cría, ella se aparta del tumulto que lucha por subir, se ha alejado lo suficiente para ser vista por alguien que, desde atrás de la guagua, le señala el edificio en ruinas. La muchacha camina con miedo, el hombre que viene detrás sube la moto a la acera y la sigue sin ningún cuidado. El hombre dobla al gordo en edad, tamaño y velocidad, camina satisfecho arrastrando su artificio metálico. Atrae a la muchacha hasta su cuerpo, ella se aparta y se guarda con el muro de sus manos, le dice unas palabras y mira a su alrededor. a él no le importa que la gente vea, se ha sentado en la moto con las piernas abiertas, la toma por la cintura y la hala contra sí; la muchacha lucha por zafarse pero él cierra sus rodillas. La escena me molesta, pero es inevitable mi interés por ella: algo instintivo me obliga a mirar. La muchacha no quiere seguir jugando y más ahora que él se empeña en alcanzar su boca. Ella se resiste sin palabras para no llamar la atención, su salida es volver la cara cada vez que él persiste en el empeño de sus labios. Descanso mi cuerpo un rato sobre el pie izquierdo y otro sobre el derecho para liberar la tensión. al hombre con suficiente edad, tamaño y velocidad no se le puede malgastar el tiempo, ha tomado con fuerza a la muchacha por la muñeca y la obliga a doblarse hasta tener su cara cerca. Me desespera la sospecha de una posible repetición de los hechos en cualquier lugar y con personas diferentes. No puedo aguantar más. Le digo al chofer que no arranque, que me abra la puerta o lo hago a patadas. La gente piensa que he enloquecido, que el calor y los olores de la guagua me han acabado de trastornar. Corro hacia el edificio en ruinas, la guagua se ha vaciado al ver mi reacción. Empujo al hombre que cae de espaldas: no hay nada, solo ladrillos que hago rebotar encima de la moto, gritos, maldiciones y ladrillos que rayan la pintura del metal. Un golpe en la frente me deja aturdido. Caigo con una piedra en la mano, la lanzo sin dirección fija y me cago en la madre del hijoeputa que me golpeó. Me cago en la madre de la muchacha y del gordo que cuida al niño en la casa pensando que su linda mujer está en el trabajo, me cago en la madre de todos y de cada uno de los que estaban en la guagua que miran sin descanso. Me levanto dando tumbos, pero con suficientes fuerzas para cagarme en la madre de Nora, del hospital, de los turnos dobles, de Mario y de su moto nueva.

Tomado de: Escrituras iniciales

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