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LA «SUBVERSIÓN» DE CUBA Y VENEZUELA
Emir Sader|
Brasil
El
gobierno de Bush tiene razón en preocuparse con respecto
a lo que Cuba y Venezuela puedan hacer para
desestabilizar aún más la capacidad de influencia de su
país en América Latina. Solo que lo que él llama la
«subversión» ―revelando
su nostálgica visión de la «guerra fría»―
es otra cosa, más peligrosa que cualquier ayuda
económica, entrenamiento de guerrilleros o propaganda
ideológica. Son cosas para las cuales los ojos miopes
del cow-boy tejano tienen dificultad de ver.
Cuando el continente vive su peor crisis social desde
los años 30 del siglo pasado, como consecuencia de la
aplicación de las políticas que su gobierno y los
organismos internacionales en los que Washington tiene
hegemonía recomendaban como las mejores para América
Latina, el gobierno Bush tiene razón en preocuparse.
Argentina, señalada como el mejor alumno de esas
políticas con Carlos Menem, sufre el peor retroceso de
su historia, del cual solo podrá recuperarse si mantiene
un ritmo continuo de crecimiento por diez años. Menem
fue derrotado por la votación del pueblo argentino.
México fue el aliado privilegiado de Washington, ingresó
al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, como
ejemplo de que la integración subordinada consolidada
sería el mejor camino para los países del continente.
México retrocedió todo lo que había andado y mucho más
con la recesión norteamericana y Fox fue derrotado por
la votación del pueblo mexicano en junio de 2003.
Sánchez de Losada fue reelecto en Bolivia teniendo al
embajador de EE.UU. como su principal asesor electoral,
prometiendo retomar sus políticas neoliberales. Su
gobierno no duró un año, fracasó estrepitosamente y el
pueblo boliviano lo derrotó y lo depuso en las calles y
campos del país.
Alejandro Toledo, en Perú; Jorge Battle, en Uruguay,
agotan rápidamente sus gobiernos, quedando a la espera
del fin de sus mandatos y de ser derrotados en las urnas
por los pueblos de sus países.
El gobierno chileno firmó uno de los tratados más
vergonzosos que jamás se hayan suscrito en nuestro
continente con el gobierno de EE.UU., un preanuncio de
lo que sería el ALCA y que permite a los capitales
norteamericanos circular por Chile como si estuviesen en
Michigan o California ―o,
peor, porque algunos estados de EE.UU. tienen
legislaciones que mínimamente los protegen de algunos
excesos, toda vez que el gobierno de Ricardo Lagos se
entregó atado de pies y manos a los capitales
norteamericanos, renunciando a la soberanía que aún le
quedaba al país.
El ALCA es derrotado dentro y fuera de EE.UU., como
reveló la reunión de Miami, con un consenso
generalizadamente contrario a los designios
norteamericanos de abrir de par en par todas las
fronteras del continente para sus capitales.
Mientras tanto, Cuba y Venezuela firman y ponen en
práctica un tipo bien distinto de intercambio, en el que
cada país provee al otro lo que posee: Venezuela da
petróleo a Cuba y a cambio recibe medicamentos, técnicos
en alfabetización, en medicina social, en deportes. Esto
convencionalmente se suele llamar «comercio justo», en
el que cada país da lo que dispone y recibe lo que
necesita, independientemente de los precios del mercado
internacional.
Más allá de ese «mal ejemplo», lo dos países privilegian
lo social, destinando el grueso de sus recursos para
universalizar el derecho a la educación, la salud, la
vivienda, el saneamiento básico, la información, la
cultura, al tiempo que otros gobiernos del continente
continúan aplicando las orientaciones del Fondo
Monetario Internacional (FMI) y privilegian el ajuste
fiscal.
Son intolerables para Washington los ejemplos dados por
Cuba y Venezuela. Cuando acusa al principal líder
boliviano, Evo Morales, de estar abastecido por Cuba y
Venezuela, en su cabeza mercantilizada, siempre está
presente el argumento de aprovisionamiento de dinero,
cuando se trata, en verdad de aprovisionamiento de
modelos no mercantiles de construcción de sociedades de
intercambio entre los países.
Justas las preocupaciones del gobierno de Bush. Que
ponga sus barbas en remojo, porque estos años no son
nada propicios para su ideología belicista y su
concepción mercantil de las relaciones económicas. Cuba
y Venezuela son apenas una punta de un iceberg que
resurge como resistencia latinoamericana a la hegemonía
imperial y neoliberal de los EE.UU. |