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¡WELCOME LENIN !
GOOD BYE LENIN, VUELTA A LA RETÓRICA DE LOS NOVENTA

Eduardo Núñez| México


Ayer por la noche fui a ver Good Bye Lenin. No voy a dejar de reconocer que iba al cine con cierta predisposición crítica, es más, pensaba en todo momento en someter a la película al flagelo de la duda permanente. El título en sí ya me parecía algo horripilante, ya saben, eso de despedir a Lenin lo consideraba prepotente, escasamente acertado y de mal gusto, más cuando tan poca gente se interesa en estos últimos tiempos por estudiar la obra del revolucionario ruso, cuando la pérdida del Estado que él fundara, la Unión Soviética, supone un drama diario a sus antiguos habitantes. Para mi sorpresa, la película superó todas las expectativas y, a medida que transcurrían los minutos, me percataba de que cualquier ejercicio intelectual sería inútil. No obstante, he pensado que puede resultar interesante dar la vuelta a la película, o al menos a su leit motiv principal, «ponerla sobre los pies» como le gustaba decir a Marx cuando se refería al giro copernicano que él mismo operó sobre la dialéctica hegeliana.  

La película te ambienta rápidamente en la RDA (República Democrática Alemana), en plena guerra fría, en tiempos de lucha por la conquista del espacio y de amenazas nucleares. Los decorados del pequeño país socialista aparecen de lo más sugerentes, con sus tonos grisáceos y opacos, con la falta de brillo y color propios del comunismo que contrastan con el relucir intenso y lleno de vida del «mundo libre», de la próspera Alemania capitalista, de la ONG del fast food: Burger King. Aquella dejadez propia del estancamiento económico socialista también se deja ver en las indumentarias cutres y anticuadas de los alemanes orientales. La protagonista de la película, una mujer tocada de la chaveta por no atreverse a saltar el muro y reunirse así con su Romeo, una marginada por los camaradas del Partido por ser idealista en exceso, se identificará con los valores rígidos y autoritarios de la «patria socialista», valores por otra parte, ajenos, poco apegados a la naturaleza informal e individualista del hombre que el sistema capitalista sí ha sabido captar de tan diestra forma.

Los momentos de mensaje genuinamente profundos de la película se pueden encontrar tras la caída del muro de Berlín, a finales de 1989. Son días de libertad. El hijo de nuestra Julieta, mientras está con su madre en el hospital aquejada de un infarto, descubre las piernas de las mujeres, se excita por primera vez y se enamora. Los regímenes comunistas llevaban a la inhibición sexual más absoluta, hasta esos extremos llegó la represión, la puesta en práctica del pensamiento del bien intencionado Marx. Incauto Marx... ¡deberías haber previsto las consecuencias! Continuemos, pues, con este joven inconformista llamado Alex, adulador del mundo occidental, pero con pañuelo palestino al cuello. Alex tomará también sus primeros cigarrillos tras la anexión, digo, tras la reunificación, no sin atragantarse y toser como todo pardillo adolescente adiestrado en los pioneros del comunismo. Pero lo más tierno y emotivo de la película se da con el reencuentro de hijo y padre, un fugado de la RDA treinta años atrás por culpa de los «camarrradas», este reencuentro simboliza a su vez la confraternización de las dos alemanias, la reunificación de dos mundos separados en el espacio cósmico. No obstante, a pesar de lo conmovedor de la reunión familiar, el pueblerino y medio paleto hijo cae en la frustración cuando descubre que, a pesar de que el padre tiene una casa de la ostia –disculpe el lector lo vulgar de la expresión-, un buen coche, amigos de la alta sociedad que brindan con champán a la felicidad, grupo de música y todos esos lujos propios del capitalismo que todos disfrutamos, carece de una buena piscina climatizada en el jardín. Extravagancias de un destino caprichoso.  

El mensaje final de la película no deja de ser un alegato en favor del relativismo extremo que, en última instancia, en estos tiempos de escasa esperanza por un mundo mejor, opta por hacerle el juego al sistema hegemónico mundial del hambre: el capitalismo. Las ideas de Marx, Engels y Lenin no son malas pero, a fin de cuentas, se ha demostrado en la práctica el fracaso estrepitoso de las mismas, así como la futilidad de intentar buscar alternativas al sistema cuyo evangelio eterniza la sacrosanta propiedad privada. Es cierto, bajo el capitalismo a los alemanes orientales les esperaba la marginación respecto a sus hermanos del Oeste, el paro, la precariedad y todos esos lastres de la economía de mercado pero, a pesar de ello, ahora tienen acceso a un coche, a la ropa de última moda, a una buena antena parabólica que sintoniza miles y miles de canales en todos los idiomas, a la libertad y el libre desarrollo del ingenio, a consumir Coca-Cola, a un mobiliario más moderno para la casita que incluye cortinas de un rojo chillón, a llevar peinados atrevidos y coloreados, a fumar porros, etc.  

Determinados críticos han emitido un juicio negativo de la película por tener –según ellos- un tufillo a... ¡«nostalgia roja»!, por no tratar los crímenes atroces del régimen comunista de Hornecker. Supongo se refieren al equivalente de los crímenes de Timisoara en Rumania. En mi modesta opinión, precisamente evitar ese género de argumentaciones es lo que hace que la película tenga una carga ideológica doblemente peligrosa y enajenante. Los eternos campeones del anticomunismo deberían estar agradecidos al director de esta película porque aborda la temática anticomunista de forma mucho más inteligente: el recurso a lo retorcido y al doble sentido, la búsqueda de las vísceras y de los sentimientos más básicos para denigrar el comunismo y todos sus símbolos (el Partido, sus formas organizativas, sus dirigentes, su vocabulario e iconografía, referirse a la clase obrera y los campesinos de forma peyorativa, etc.), el no pero sí a occidente que da un aire progre... todo ello sin caer en los mediocres tópicos de los Conquest, Solzhenitsyn, Medvedev, Sajarov y compañía es, sin lugar a dudas, mucho más efectivo y penetrante. Vamos, campeones de la verdad, pueden repetir orgullosos y sin prejuicios:«¡G-r-a-c-i-a-s W-o-l-f-g-a-n-g B-e-c-k-e-r! ¡G-r-a-c-i-a-s!».  

El director de la película, Wolfang Becker, retoma con Good Bye Lenin la retórica de los 90 casi quince años después de la caída del muro de Berlín. Hoy, los problemas de los alemanes orientales tras la caída del muro persisten y se agravan. A lo largo de los 90 más de un millón de alemanes orientales ha emigrado al Oeste, las tasas de natalidad y matrimonios en lo que fuera la RDA han caído en picado, las desigualdades entre alemanes, lejos de disminuir, han aumentado. Como consecuencia de la manipulación histórica y la problemática social, la extrema derecha aumenta en influencia y organización a un ritmo sumamente peligroso por todo lo ancho y largo de la actual Alemania, especialmente en el Este. El Estado alemán continúa la persecución política y jurídica de todo lo sospechoso de ser etiquetado con el epíteto hiriente de «comunista». La reunificación es cada día más cuestionada, pero la realidad es que no hubo unificación alguna sino una anexión de la pequeña RDA por parte de la Alemania capitalista.  

Habrá a quienes esto les resulte demasiado, pero... por qué no acabar este breve artículo con un ¡Welcome Lenin! Lo creo mucho más necesario que nunca, casi urgente, en estos tiempos que corren.  

¡Welcome Lenin!

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