La Jiribilla | Nro. 140
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
LETRA Y SOLFA
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

SUPERAR LA EDAD DE LA RAZÓN
CORONÁNDOLA CON PRINCIPIOS ÉTICOS
 
Palabras pronunciadas por el director de la Oficina del Programa Martiano, en la constitución de la Comisión Nacional para honrar el bicentenario de la independencia de Haití durante el 2004.


Armando Hart Dávalos| La Habana


Ningún escenario mejor y con mayor suma de virtudes caribeñas y latinoamericanas que Casa de las Américas para acoger este acto cargado de profundos sentimientos solidarios hacia el pueblo haitiano, con el cual constituimos oficialmente la Comisión Nacional que tiene por objetivo honrar, durante el año 2004, el bicentenario de la Revolución de Haití.

Por encomienda del Ministerio de Cultura, esta Comisión tendrá a su cargo la planificación, la coordinación y el desarrollo de las actividades conmemorativas de aquel acontecimiento. A tales fines, nos proponemos interesar a diversas organizaciones e instituciones del país para que honren los hechos gloriosos de la historia patriótica y emancipadora de Haití Y no solo esto, sino también los de nuestra América, porque con la independencia haitiana se inicia la emancipación americana. Celebramos, pues, el bicentenario del inicio de la gesta liberadora de nuestra América del yugo colonial europeo.

Para los cubanos constituye un deber conmemorar dignamente este aniversario dados los lazos entrañables que nos unen al hermano pueblo haitiano y, además, porque como hemos apuntado a él esta asociado indisolublemente un hecho trascendente en la historia de América.

Desde el principio del siglo XIX, el aporte extraordinario de la cultura haitiana influyó notablemente en la nuestra, y de manera muy especial en la región oriental de Cuba. A lo largo del siglo XX, llegaron a nuestra tierra trabajadores haitianos del campo que se fundieron con nuestro pueblo y se integraron como parte esencial de nuestra propia nacionalidad. Primero como población sometida durante décadas a la explotación esclavista, semiesclava después, y más tarde como obreros asalariados del campo, contribuyeron, de manera decisiva a la riqueza del país y formaron parte sustantiva de la nacionalidad cubana y, en especial, de su cultura.

Los haitianos que llegaron a esta tierra dejaron una huella imperecedera en el espíritu y el corazón de Cuba. Rendimos, pues, homenaje a esos hombres y mujeres, a sus descendientes, que son parte de la nación cubana. También como caribeños, tenemos una especial responsabilidad con la conmemoración del bicentenario de la independencia de Haití porque ella significó el comienzo de las luchas emancipadoras en todo el continente y en especial en las Antillas. Se trata, pues, de conmemorar el bicentenario del inicio de la gesta independentista, o para decirlo con palabras de Simón Bolívar, de nuestro pequeño género humano.

A esta escala situamos nosotros la fecha del 1º de enero de 1804. Quiso el azar que 155 años después, otro 1º de enero, el de 1959, se produjera el triunfo definitivo de la Revolución cubana. Por ello, es oportuno hacer una reflexión acerca de la importancia del Caribe en la historia de América y del mundo y por tanto del carácter de las actividades que debemos organizar.

Hoy, ante la grave fractura de la llamada civilización capitalista estamos en el deber de estudiar la cultura de la región antillana y lo primero es determinar lo que significa y qué influencia puede ejercer en el presente y en el futuro.

En lo que culturalmente llamamos Caribe se forjaron pueblos y naciones que por su origen, composición social y su diversidad cultural tienen gran potencial para asumir con rigor y proyección mundial el ideal de redención humana y la necesidad de equilibrio entre las naciones. Tenemos mayor riqueza de cultura y más sólidos fundamentos sociales que otras zonas de Occidente para defender los derechos humanos de manera consecuente y no en la forma hipócrita y cínica con que se hace en los centros de poder imperial.

Esto tiene raíces en el carácter que tomaron las guerras de independencia. Nuestras luchas libertarias tuvieron un contenido social y político radicalmente diferente a los proyectos de liberación surgidos de las revoluciones norteamericanas y europeas. En la concepción de las trece colonias norteamericanas cuando estas alcanzaron la independencia no estaba incluida la liberación de los esclavos; tuvo que pasar un siglo para que se decretara, con la victoria del norte sobre el sur en la Guerra de Secesión, la abolición de la esclavitud.

A su vez, los enciclopedistas, que tanto influyeron en los próceres y en general en los hombres de pensamiento latinoamericanos, solo se plantearon el concepto de independencia en el plano filosófico y referido a la independencia del hombre frente al concepto de Dios o de la monarquía, no hablaron propiamente de independencia política y social, en cambio, lo que reclamaban los negros de Haití, precursores de nuestras guerras, eran la independencia política y la emancipación radical.

Hay, pues, un elemento clave para diferenciar el pensamiento revolucionario europeo de los siglos XVIII y XIX del ideario latinoamericano en esa misma época. Invito, incluso, a estudiar la génesis y desarrollo del liberalismo latinoamericano que es bien diferente al de Europa y América del Norte. Basta ya de igualar el ideal liberal latinoamericano del XIX con las concepciones conservadoras que se impusieron en Europa después de la Santa Alianza y las que se crearon en Estados Unidos, un país que mantuvo la esclavitud un siglo después de su independencia. Los latinoamericanos heredamos el pensamiento europeo del siglo XVIII sin las contaminaciones clasistas que le impuso el capitalismo del viejo continente y la esclavitud en Norteamérica en el siglo XIX.

La conmemoración de este suceso de tanta trascendencia debe contribuir a integrar los diversos elementos de la cultura antillana y latinoamericana en un haz de empeños liberadores válidos para toda la humanidad. No hay entre nosotros un nacionalismo estrecho como ocurre en otras regiones del mundo. En el Caribe se hablan diferentes idiomas que heredamos de los colonizadores, entre ellos, los de mayor influencia en el mundo. Para los antillanos —como dijo José Martí— Patria es humanidad, y como también proclamó: Injértese el mundo en nuestras repúblicas, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.

Cuando a José Martí le dijeron que en Cuba no había atmósfera para la guerra, el Apóstol respondió que él no hablaba de atmósfera, sino de subsuelo. Parafraseando esta expresión, hoy podríamos decir que en el subsuelo ideológico de nuestra América, están las reservas espirituales de Occidente, es decir, lo que la Europa culta en siglos anteriores llamó Nuevo Mundo. Se trata de asumir con inteligencia y amor, ciencia y conciencia, los desafíos de un tiempo histórico en el cual la maldad y la estupidez están poniendo en peligro de extinción no solo a la especie humana, sino a toda la naturaleza forjada durante millones de años en nuestro planeta. Es un compromiso planetario.

En la Europa de hoy se habla de renovar el pensamiento moderno desde sus fundamentos primigenios. Esto fue lo que hizo el Apóstol cubano José Martí en el siglo XIX: modernizarlo y proyectarlo en beneficio de todos los desposeídos del mundo. Es la única renovación posible, y lo hizo sobre el fundamento de la cultura de las Antillas y de América Latina. En la cultura que ella expresa encontramos una síntesis de valer universal. En su visionario ensayo Nuestra América, advirtió hace más de 110 años:

«La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. (...) El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país».

Somos depositarios de una tradición intelectual que nos permite pensar con nuestras cabezas y hacer, como indicó Martí, que las formas de gobierno surjan de las necesidades del propio país.

Con estos antecedentes, América Latina y el Caribe deben presentar como respuesta a la fragmentación y decadencia occidental la solidez de un pensamiento cultural y en especial su valor utópico encaminado al propósito de la integración y el equilibrio entre los hombres y las naciones.

En América Latina existe una larga y arraigada tradición de espiritualidad y eticidad que se ha manifestado en la búsqueda de un mañana mejor de alcance universal. La irracional exageración de la razón desarrollada por el llamado pensamiento moderno, y especialmente el postmoderno, ha generado que la civilización occidental se sumerja dramáticamente en la irracionalidad y en el anticientífico olvido y tergiversación del valor de los mitos y los símbolos. Estos, aunque tengan su origen en la subconciencia humana, como algunos han expresado, son indispensables para el estudio de la historia real y la exaltación necesaria de las más hermosas e importantes creaciones y aspiraciones del hombre. Martí relacionaba la maldad y la estupidez, tal como se manifiesta hoy de forma dramática con la decadencia del imperio norteamericano. A su vez, el Apóstol nos hablaba de los vínculos entre la bondad, la inteligencia y la felicidad humana.

Con estos antecedentes, América Latina y el Caribe, apoyados en la tradición de 150 años de historia, generaron en la segunda mitad del siglo XX procesos ideológicos singulares en el mundo. Es preciso estudiarlos en homenaje a los 200 años de la primera gran victoria contra el colonialismo europeo. Estos son:

• La renovación del pensamiento socialista que generó la Revolución cubana y que nos representamos en Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.
• El pensamiento social y filosófico y la dimensión ética que observamos en la teología de la liberación cuando la analizamos en función del reino de este mundo.
• La explosión artística y literaria y el pensamiento estético que se relacionan y tienen su fuente de inspiración en Alejo Carpentier y lo real maravilloso.
• El movimiento de educación popular.

Estos procesos tienen un elemento común: asumir la realidad sobre un fundamento científico y a la vez exaltar la aspiración utópica orientada hacia la realización de un futuro mejor. El pensamiento europeo divorció estos valores: ciencia y utopía. La América busca la relación de los mismos en la lucha práctica por un destino superior, y esto es lo que nos sirve para mostrar al mundo la integridad del saber humano a partir de la inteligencia y el amor como categorías esenciales del hombre y su historia.

La riqueza artística y literaria de la región va, pues, unida a una carga de sentimientos e ideas que pueden llegar a convertirse en elementos decisivos para la liberación humana a escala universal. Aquí nació el pensamiento estético que se relaciona y tiene su fuente en Alejo Carpentier y lo real maravilloso. Y fue precisamente en tierras haitianas donde Carpentier concibe El reino de este mundo. En el prólogo de esta novela emblemática señala (cito):

A cada paso —refiriéndose a su estancia en Haití— hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera... (fin de la cita)

El arte, la política y las ideas filosóficas forman una identidad antillana que es necesario estudiar y promover. En Martí esa identidad se asocia a su idea del equilibrio entre los hombres y las naciones.

Refiriéndose a la contienda del pueblo cubano por su independencia, señalaba que se hacía para defender la soberanía de América Latina y (cito)... salvar el honor de la gran república del norte que en el desarrollo de su territorio —por desdicha feudal ya, y repartido en secciones hostiles— hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores.

Es la visión martiana, antillana y latinoamericana que deseamos hacer llegar a todos los pueblos del mundo, y entre ellos, al de la patria de Lincoln, de Emerson, de Martin Luther King, es la fórmula de equilibrio del mundo que se extiende desde Alaska hasta la Patagonia la que debemos presentar.

La idea cardinal del Caribe está en superar la edad de la razón coronándola con principios éticos. Ahí se halla la clave de nuestra cultura. La aspiración a la igualdad social ha esta latente en nuestra historia como un gran sueño irrealizable. Si en el XVIII tuvo lugar el siglo de las luces, en nuestra región se produjo en el XIX el siglo de los fuegos y los fuegos de aquella centuria iniciada con la guerra de independencia de Haití, son los que necesita el XXI para salvar a la humanidad de un desastre de proporciones incalculables.

Europa exaltó a los planos más altos de su saber la capacidad intelectual del hombre. Nuestra América, la que inició su independencia hace 200 años en Haití, elevó también a la más alta categoría humana la del amor y la solidaridad. El hombre no solo se diferencia de los animales por su inteligencia, sino, también, por su capacidad de amar. Inteligencia y amor son los que brindan las posibilidades de asociarse en las que cual Martí apreciaba el secreto de lo humano, y es la clave filosófica y política que necesita el siglo XXI.

Desde la patria latinoamericana y caribeña de Touissant Louverture, Bolívar y Martí podemos orientar la cultura humana a favor de la justicia para todos los hombres, las colectividades y los pueblos sin excepción ni distinción de clase alguna. Dígase hombre y ya se han dicho todos los derechos, proclamó el Apóstol.
Con esta rica tradición como patrimonio común iniciemos los trabajos de la Comisión y exaltemos el bicentenario de la independencia de Haití como el comienzo de las gestas liberadoras en Nuestra América. Honremos aquellos acontecimientos gloriosos de la historia del pueblo haitiano y a los hombres que desafiando el dominio de una de las potencias coloniales más poderosas de su tiempo, abrieron el camino de la libertad para las masas de esclavos oprimidos y de la independencia de América.
Al hacer un alto en el camino de nuestras tareas de hoy para reflexionar acerca de estos deberes presentes y futuros, estamos asumiendo un compromiso esencial e impostergable. Que el bicentenario de la independencia de Haití nos sirva para fundamentar la filosofía y el programa cultural que necesita América es la meta ambiciosa y generosa planteada a la Comisión que constituimos hoy.
Por todo esto, he solicitado a Roberto Fernández Retamar que inicie las celebraciones con sus palabras orientadoras para exaltar la mejor tradición caribeña y latinoamericana. Será el mejor homenaje cubano a Haití.

Agradecemos a todos su colaboración.

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR




© La Jiribilla. La Habana. 2004
 IE-800X600