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EL BALCÓN ABIERTO PARA FEDERICO
 
No hay cubano que ignore la obra  de García Lorca. Los menos cultos saben de memoria su romance «La casada infiel», los más ilustrados prefieren los versos de Nueva York y hasta los niños cantan la fábula del lagarto y la lagarta. Todos repiten verde que te quiero verde aunque tal vez desconozcan  que es una de las composiciones más populares del Romancero Gitano.

Virgen Gutiérrez| La Habana
 

El artista debe reír y llorar con su pueblo
Federico García Lorca

«Si muero, dejad el balcón abierto»1 clamaba Federico García Lorca en un breve poema de 1921.  Ignoraba entonces que la muerte vendría  quince años después para segar su vida y tratar de acallar su  amor a  la humanidad, a la música gitana, al  verde de sauces y al mañana.

Apenas 38 años contaba el poeta cuando las  huestes fascistas alzaron sus armas contra la república española y  al mes de haber comenzado una sangrienta contienda que terminó por  imponerse al gobierno constitucional, lo   fusilaron  en Granada, la misma tierra que le viera nacer y donde escribió sus primeros versos.
 

La ciudad libre de miedos/ Multiplicaba sus puertas
Cuarenta guardias civiles/ Entraron a saco por ellas
2

No se sabe cuántos de esos guardias le dispararon en un oscuro barranco de Víznar, dos días después de haberlo  sacado  de la casa de sus amigos, los Rosales, donde permanecía oculto hasta que pasara  «la tempestad»,  pues desde los primeros momentos las hordas enemigas dieron muestras de su salvajismo. El alcalde de Granada, Manuel Fernández Montesino, su cuñado, fue uno de los primeros en caer. Lo fusilaron el mismo día en que  Federico fuera hecho prisionero, el 16 de agosto de 1936.

García Lorca  no era un marxista, sí un  revolucionario cuya voz y pluma eran inseparables de las causas nobles: en los años veinte del pasado siglo organizó un festival para que  fuera reconocida, con la auténtica belleza que tiene, la música del canto hondo, hasta entonces menospreciada como cosa de gente inculta. Fue un hombre dotado de una enorme sensibilidad, un artista de  inmenso talento cuya obra traspasó las fronteras de su país hasta alcanzar la cima universal.

Su mundo estaba compartido entre el arte y el bien que hacer. Cuanto desvalido, sufrido, apaleado, prisionero o vilipendiado andaba por el mundo y era del conocimiento de Federico allá iba a intentar socorrerle. Incluso llegó a proclamar: «Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del judío…, del morisco que todos llevamos dentro». Así se entiende que firmara manifiestos en contra de la Alemania hitleriana, en apoyo a la Etiopía invadida por Mussolini, a favor de la Unión Soviética.  Manifiestos por la paz, por la solidaridad antimperialista, contra la represión de Puerto Rico y otras acciones semejantes que le granjearon el odio de aquellos que, fanatizados por  las ideas más retrógradas  humillaron, combatieron y hasta asesinaron a los que defendieron la justicia social.

Los que tuvieron el privilegio de escucharlo recitar afirman que una cosa es su poesía escrita y otra conocerla oralmente  por aquella su voz de  brillantez expresiva con una gracia especial para decir sus versos que alcanzaban así  matices únicos, connotaciones estelares.

Cuando en 1930 estuvo en Cuba, invitado por don Fernando Ortiz hacía años que lo unía una entrañable amistad con el hispanista cubano José María Chacón y Calvo.   En la capital asistió  a reuniones con la vanguardia artística de aquella década «crítica»; en la sala de redacción de la Revista de Avance conoció a Juan Marinello, Jorge Mañach, Francisco Ichazo entre otros intelectuales destacados, y al poeta colombiano Barba Jacob quien visitaba también por la misma época a nuestro país. Con este bardo y el entonces cónsul guatemalteco en Cuba Luis Cardosa y Aragón paseó por las calles coloniales, bebió cerveza en las tabernas de moda y  disfrutó del hermoso paisaje marino. Derrochó su alegría juvenil junto a los hermanos Loynaz Muñoz, sobre todo con Carlos Manuel y Enrique, sus más afines intelectualmente aunque para los paseos en automóvil fuera de los límites urbanos lo acompañó la benjamina de la familia: Flor. Dulce María Loynaz  le reconoció siempre  al autor de Bodas de sangre una personalidad subyugante. Por ella se sabe que la relación epistolar entre su hermano Carlos Manuel y el poeta granadino databa de años atrás y que vinieron a conocerse personalmente con este viaje a La Habana que sella una amistad que duraría  toda la vida.

García Lorca estuvo en otras ciudades cubanas: Pinar del Río, Cienfuegos, Matanzas; en Caibarién impartió conferencias en el Centro de Estudios Hispano-Cubanos, luego marchó a Santiago que le hizo brotar su hermoso son con negros Iré a Santiago.

Cuando llegue la luna llena/ iré a Santiago de Cuba
Iré a Santiago/ en un coche de aguas negras
3

No hay cubano que ignore la obra  de García Lorca. Los menos cultos saben de memoria su romance «La casada infiel», los más ilustrados prefieren los versos de Nueva York y hasta los niños cantan la fábula del lagarto y la lagarta. Todos repiten verde que te quiero verde aunque tal vez desconozcan  que es una de las composiciones más populares del Romancero Gitano.

Los fascistas que le asesinaron por irreverente, por homosexual, por defender a los humildes y porque sabía arrastrar con su gracia y su verbo musical a las concurrencias nunca pudieron entender que con su muerte física iniciarían  su leyenda inmortal.

Hoy su verso  habita en los balcones abiertos donde los nardos desafían a la luna, su compañera de siempre, que  sigue alumbrando su memoria y su poesía libre, su palabra cargada  de amor humano.

Diciembre, 2003

NOTAS:
1.
Libro de canciones. En Federico García Lorca.
2. Idem p. 307.
3. Ibidem p. 344
 

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