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El agua y la sequía
 
Cuando la lluvia cesa,  es el libro de la estancia y la permanencia sobre la cuerda floja. Filamento que a su vez se sostiene sobre un acantilado, donde aparece la poeta haciendo un equilibrio tan delicado que invita a subir al mismo hilo incierto que ella transita.


Laura Ruiz Montes| La Habana


Para presentar el libro de poemas Cuando la lluvia cesa, de Odette Alonso Yodú, estuve en México, en su diciembre frío y contaminado. Había leído el libro varias veces en Cuba, antes del viaje, y allí volví a hacerlo. Escribí unas líneas en la isla y luego, en tierra firme, el resto. Estuve nerviosa y llena de temor. Casi no dormí la noche anterior a la presentación. Pero la casualidad tendió sus manos y justo al amanecer del día preciso, sucedió un imprevisto y Odette no pudo asistir a la fiesta que yo misma iba a regalarme. Casi todo quedó sumido en el silencio. Tuve deseos de entrar al metro —y como tantos músicos callejeros— ponerme a cantar allí los sonidos de estos versos. O subirme al autobús y comenzar a gritar, voz en cuello, cada palabra de la  presentación que había soñado, imaginado y escrito. Sin esperar monedas a cambio. Solicitando solo oídos no ya para mí, sino para los versos de Odette. Miradas, no para mi demencia, sino para todo lo que disfrazado de palabras la poeta ofrecía en su libro.

Volver, regresar a los lugares es tarea difícil, pero regresar a los amigos y más aún, a la poesía de los amigos, se hace labor delicadísima. Llega la hora del reconocimiento silencioso, el hurgar en los ojos de los otros. El momento de no poder separar nuestra mirada de sus manos, del modo en que las agitan, de la manera en que han sobrevivido al paso del tiempo. De esta suerte, la posibilidad del retorno ha de ser celebrada  y cantada.

Hacía más de diez años que no veía a Odette Alonso. La había leído en antologías y la estuve soñando e intuyendo en su delicado y excelente libro Insomnios en la noche del espejo. Se trataba entonces de asistir a los roces más leves, a esos extraños y  delicados reencuentros que la literatura —y sobre todo la poesía— suele propiciar. Cruces y redescubrimientos dados a través de versos que habiendo pasado por diferentes instantes, regiones y disímiles ciudades, más o menos transparentes, comparecen ahora ante nosotros (en una excelente edición de la Colección Torremozas)  para revelar una parte muy importante de la Historia. No la de los hechos más conocidos, sino la otra, el fragmento que cuenta cómo soplaba el viento y cómo se anunciaba el fuego el día en que pasaron las grandes cosas que aparecen registradas en los documentos de cualquier época y país.

Para atisbar una porción de lo que está detrás de ese libro de poesía, es imprescindible recordar. Vuelvo a contar una vez más: eran los años 80 en una isla del Caribe y allí estábamos todos sentados en cualquier sitio, bebiendo un té oscuro, de extraño origen y a veces hasta fumando del mismo cigarro. Contagiándonos casi todo lo que es posible contagiarse, incluido el modo de hacer los versos. Allí estaba la parte más inocente de Cuba, la que comenzó tomando té y que luego ha ido sustituyendo esa bebida por otras. La misma parte que en muchos casos ha preferido conservar y mantener intacta la insaciable sed, esperando...

En esos años, era Odette una especie diferente de ángel que llegaba con su lámpara para ahuyentar la violencia de terribles huracanes y oscuridades  nefastas. La Habana o Santiago de Cuba, las distancias o el madero del náufrago le permitieron resistir. Cuando la lluvia cesa es una manera singular de leer la historia pública y la privada, una poética necesaria para entender la supervivencia donde ella aprendió que  la muerte es una rosa de los vientos. Una especie de brújula personal intransferible que la poeta no se atreve a desterrar de sus propios e íntimos manuales de navegación porque una vez supo (y escribió) que la distancia es un pozo, una estruendosa soledad por dentro.

Porque no soy igual a los demás es que te amo
cuando la muerte es una rosa de los vientos
un golpe de suerte
una limpia palmada sobre el hombro.

De la boca del pozo se asomó para dictar estos versos, para permitir, sin quejas, que los lectores pongamos el dedo en la llaga mientras pasamos las páginas de su libro, espiando los dolores y los júbilos que ocurren mucho más allá de nuestras costas.

porque sobre la llaga también siento su dedo
el golpe incertidumbre de cada mediodía
el timbre que despierta      la sonata

porque bajo mi dedo también siento su llaga
un disparo en la sien

una mordida

Cuando la lluvia cesa,  es el libro de la estancia y la permanencia sobre la cuerda floja. Filamento que a su vez se sostiene sobre un acantilado, donde aparece la poeta haciendo un equilibrio tan delicado que invita a subir al mismo hilo incierto que ella transita. Conscientes del peligro que representa balancearse sobre los rostros, ahí estamos, sabiendo que de algún extraño modo esos son los minutos de gloria que nos toca vivir con la granada entre las manos, con la misma historia de siempre: la de las aguas,  rodeando el cuello permanentemente. Intentando que la falta de humedad no le deje resecos el rostro y la voz con que estableció nuevos diálogos al saltar las más altas cercas, al rodear las agonías más ocultas y avasalladoras.

En la boca del pez está el elíxir
la prístina mentira de las aguas

la espuma      mimética bandera
.
(...)


En la boca del pez está el veneno
inevitable elíxir
que me hará regresar a los anzuelos.

Íntimas estancias aparecen aquí: un exquisito balcón colonial donde acodarnos a imaginar las costas como quien sueña el reverso menos cruel de la moneda.

La ciudad es un misterio
que cambia sus colores
un lagarto dormido y acechante
una vieja inquisidora y alcahueta.

Un balcón al mar, donde inclinarnos a mirar cómo se detienen los ruidos, cómo se alumbran las ciudades al ritmo de la escritura de Odette Alonso que mezcla los tonos posibles. Solo un oído ágil alcanzaría a diferenciar El Morro de Santiago de Cuba, de la calle Infanta o del tránsito de la avenida Insurgentes, cuando con honda cadencia escribe versos capaces de dilatar el agua hasta convertirla en una nación nueva, más dolorosa y desgarradora.

Oh ciudad
cuánto amor se me cae
qué triste te me vuelves entre tanta montaña
(...)

Cómo es posible      ciudad
cómo es posible
este patriótico olvido en que te dejan.

Estos versos han recorrido el camino hacia la ilustración de ellos mismos, por eso pueden traducir y regalar un especial y desgarrador conocimiento, una elegante melancolía —como si la melancolía pudiera alguna vez no serlo:

La Habana
al otro lado
es una mancha
na extensa muchacha de luces en la espalda
siempre llena de veredas y centauro.

He aquí un libro de poesía que ofrece ciertas evidencias sobre la parte menos conocida de la historia de Cuba. Las regiones íntimas de cada quien. Que caigan entonces sobre el continente, sobre las ciudades secas y frías, todo el calor propio y las humedades personales de los habitantes de  ínsula.

Llover
mojar el hilo conductor y que chispee
el hilo desconcierto de las aguas
la inevitable furia     la palabra.

Que se tiendan los puentes, que toquen los clarines y que las tierras secas reciban la lluvia contenida en este libro. Diluvio que no proviene del cielo, sino de cada palabra que aquí aparece y que antes de ser impresa ya había sido sufrida y sentida, amada y derramada. Preparémonos a recibir el agua de estos poemas como se recibe la fe del bautizo, el alivio de la sed.
 

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