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NEGROS Y BLANCOS
La
guerra la hicieron los haitianos contra españoles,
ingleses y franceses, según fueran las alianzas tácticas
del momento o, dicho de otro modo, la hicieron los
«negros» (haitianos) hasta entonces esclavos, contra los
«blancos» (colonialistas) de cualquier nacionalidad,
deseosos de mantener sus privilegios.
Enrique
Ubieta Gómez|
La Habana
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El
racismo es un resultado colateral del colonialismo
moderno, iniciado con el llamado descubrimiento de
América; un elemento justificativo que introdujo el
discurso ideológico de la Conquista. El racismo se teje
sobre una compleja urdimbre de juicios religiosos y
cientificistas que definen la relación de poder que se
ha impuesto. Aimé Césaire escribe sobre Haití: «Hay que
comprender bien la especialísima naturaleza del poder en
este tipo de país colonial, si no en todo país colonial:
el poder no había nacido de las clases, el poder había
preexistido a las clases. El poder no era estrictamente
el poder de una clase que regenteaba a las otras por el
poder del más fuerte; el poder había formado a las
clases artificialmente y las había agenciado como los
engranajes de una maquinaria, de tal modo que, en
diversos grados, estaban en su dependencia; que todas a
su modo vivían de él (...)» (1).
El
desarraigo de las poblaciones sometidas y de las
sometedoras, las nuevas relaciones de dependencia, la
convivencia, el enfrentamiento y la interacción de
culturas —un
tenso juego vital signado por el interés del dominador
de imponer la suya y el instinto de resistencia del
dominado, asumido o no como acto consciente de rebeldía—
desubicaron en América el criterio étnico de la
caracterización fenotípica originaria y lo centraron en
criterios culturales y clasistas. Juego de posiciones
que nos alejan o nos acercan a un sistema específico de
poder. Encontramos en las reflexiones de algunos
revolucionarios ejemplos reveladores: «Hemos conocido,
desgraciadamente seguimos conociendo
—escribía
Frantz Fanon (2)
—, compañeros originarios de Dahomey o el Congo
que se llaman antillanos; hemos conocido y todavía
conocemos antillanos que se sienten ofendidos si se les
supone senegaleses. Y es que el antillano es mas
‘evolucionado’ que el negro de África (entiéndase bien,
que está más cerca del blanco)». Pero Malcom X apreciaba
una situación inversa en EE.UU.: «Un amigo mío que es de
tez bien oscura —escribía—,
se puso un turbante en la cabeza y entró en un
restaurante de Atlanta antes de que la consideraran una
ciudad integrada. Se sentó, lo atendieron y preguntó: «
¿Qué pasaría si aquí entrara un negro?» Y ahí estaba él
sentado, más negro que la noche, pero como tenía la
cabeza envuelta en aquel turbante, la camarera se volvió
y le dijo: ‘Que va, ningún nigger se atrevería a
entrar aquí’» (3). Los misquitos de la
costa Atlántica de Nicaragua llaman españoles, sin
distinciones fenotípicas, a los nicaragüenses de la
costa del Pacífico y del centro, y en Guatemala son
ladinas o blancas todas aquellas personas que han
olvidado o relegado la lengua y las costumbres
indígenas.
La
guerra de las almas
En
realidad, a la conquista de los territorios le siguió la
conquista —o
al menos, el intento de conquista—
de las almas. La evangelización no fue una imposición
religiosa en el sentido estrecho, sino un intento de
refundación cultural. A la guerra de las de las armas le
siguió la guerra de las almas, una guerra que dura hasta
nuestros días. El colonizado sabe que el último reducto
es su intimidad: la superposición de creencias de origen
africano o maya en imágenes católicas es un acto de
rebeldía cultural.
Decir
que Haití no es también un país mestizo, es mal entender
el mestizaje como apariencia externa (como un asunto
meramente racial). Pero a diferencia de otros pueblos
latinoamericanos, es probable que ese mestizaje
encuentre su elemento catalizador no en Europa, sino en
África. Visité en Puerto Príncipe a una mujer singular,
perteneciente a una familia adinerada
—un abuelo
suyo había nacido en Santiago de Cuba y emigrado a Haití
después del Pacto de Zanjón—,
estudió filología en lengua inglesa en Oxford y además
del creole y obviamente el inglés, conocía el francés
(solo el uno por ciento de la población lo habla en
Haití), el italiano y un poco el español. Pero por sobre
todas las cosas, era una «mambo», es decir, una
sacerdotisa del «vudú», una de las pocas religiones en
el mundo que le otorgan a la mujer el mismo rango que al
hombre. Me pidió que no revelara su nombre. En su
biblioteca particular atesoraba los más importantes
estudios sobre culturas africanas y afroamericanas
(entendiendo por este término las transculturaciones
americanas, en el norte y en el sur, de las culturas del
África) editados en las lenguas que conocía. Ella me
explicó que algunos conflictos internos entre los
líderes de las fuerzas que condujeron a fines del siglo
XVIII y principios del XIX a la independencia haitiana,
estaban motivadas por rivalidades tribales de origen
africano. Toussant Louverture, por ejemplo, era nieto de
un rey arará, mientras que Rigaud procedía de una tribu
rival en la lejana África. Muchos de los
independentistas haitianos eran nacidos en el continente
negro o descendientes de africanos en primera o segunda
generación. «Es preciso entenderlo bien
—escribía
también Aimé Césaire (4)
—; no hay ‘Revolución francesa’ en las colonias
francesas. Hay en cada colonia francesa una revolución
nacida al calor de la Revolución francesa, derivada de
ella, pero desarrollándose según sus leyes propias y con
sus objetivos particulares».
El hecho
es que la Revolución haitiana fue protagonizada por
esclavos analfabetos o, en el mejor de los casos, de
escolaridad elemental y por autodidactas de excepcional
inteligencia natural. «Hombre de pensamiento
—apuntaba
más adelante el poeta y revolucionario martiniqueño (5)
—, hombre de ejecución, diplomático,
administrador y todas esas cualidades afirmándose a
medida que se revelan necesarias, todo eso es Toussant
Louverture». Y agregaba: «Temblamos de solo
pensar que su genio hubiera podido, ignorado por los
hombres e inútil, marchitarse en la esclavitud».
Las consignas de los jacobinos franceses adquirieron en
Haití una radicalidad inusitada que dejó perplejos a
aquellos e hizo vacilar a más de un revolucionario en la
metrópoli: se trataba de aceptar, por primera vez en la
historia moderna, la posibilidad de que se constituyese
una república de negros. Un paso que circunscrito a la
época histórica aparece como de una osadía sin límites y
que bien aceptado —algo
que naturalmente no ocurrió—
significaba el resquebrajamiento práctico de cualquier
argumentación racista. La guerra por la liberación de
los esclavos fue convirtiéndose en la guerra por la
libertad del hombre negro
—los escasos
mulatos que pretendían ser socialmente blancos fueron
avasallados por los colonizadores franceses—
y más adelante, por la independencia que le garantizaría
a la nación haitiana esa libertad.
«Haití
se convierte en la primera república independiente del
Caribe y del resto de América Latina
—reflexionaba
Fidel Castro el 9 de noviembre de 1998 al recibir la
Orden Nacional Honor y Mérito, en el grado de Gran Cruz,
de ese país: Haití se convierte en la primera república
negra del mundo; en Haití se produce la primera
revolución social de este hemisferio. Antes se había
producido la independencia de EE.UU.; pero la esclavitud
prosiguió hasta casi un siglo después. La independencia
de Haití tenía que producirse, inevitablemente, como una
revolución no solo política, no solo independentista,
sino también social; una revolución social muy profunda
(…) Después de aquella revolución social, la segunda
—a mi juicio—
tuvo lugar más de cien años después, y fue,
precisamente, la Revolución mexicana (…) La tercera
revolución social fue la Revolución cubana, precisamente
155 años después de la Revolución haitiana que, en
nuestro caso, no solo fue revolución social, sino
también revolución socialista, porque era lo que
correspondía a nuestra época» (6).
La
guerra la hicieron los haitianos contra españoles,
ingleses y franceses, según fueran las alianzas tácticas
del momento o, dicho de otro modo, la hicieron los
«negros» (haitianos) hasta entonces esclavos,
contra los «blancos» (colonialistas) de cualquier
nacionalidad, deseosos de mantener sus privilegios. Que
nadie se extrañe, pues, de que la Constitución
republicana de Haití de 1806 definiera como «haitiano»
únicamente a los africanos e indios o a sus
descendientes (a los que viviesen en su territorio y a
los que arribaran por cualquier vía a sus costas) y que
agregara: «Ningún blanco, cualquiera que sea su nación,
podrá poner el pie en el territorio haitiano a título de
amo o propietario, ni podrá adquirir inmueble alguno ni
la calidad de haitiano» (7). La palabra
«blanco», bien contextualizada, podía ser sustituida por
francés, inglés o español y la aclaración «cualquiera
que sea su nación», podía ser complementada por otra:
«si pertenece al mundo blanco», es decir, al mundo
colonialista.
Sin
embargo, cuando Napoleón Bonaparte aceptó, ante la
beligerancia de los insurgentes, la abolición de la
esclavitud en la colonia de Saint Domingue (y solo en
ella), Toussaint Louverture (8)
protestó: «Lo que queremos no es una libertad de
circunstancia concedida a nosotros solos
—dijo con
gallardía y sagacidad política—
lo que queremos es la adopción absoluta del principio de
que todo hombre nacido rojo, negro o blanco no puede ser
la propiedad de su prójimo. Hoy somos libres porque
somos los más fuertes. El Cónsul mantiene la esclavitud
en la Martinica y en la isla Bourbon; por tanto,
seremos esclavos cuando él sea el más fuerte». La
joven República negra de Haití fue despiadadamente
«bloqueada» por casi todas las naciones «civilizadas»
del mundo. Y fue tempranamente sometida a los intereses
económicos norteamericanos. Esa es la razón histórica de
su pobreza actual. Resultaba imposible su reconocimiento
sin que se resquebrajaran algunos fundamentos retóricos
del discurso colonialista.
José
Martí fue uno de los primeros próceres latinoamericanos
en reconocer a la República haitiana como hermana en el
contexto continental. Sabedor del enorme peso de los
prejuicios raciales y de su manipulación histórica por
el colonialismo español en Cuba, insistió en legitimar y
enaltecer —sin
obviar errores y dificultades—
a su pueblo. Viendo cómo el gobierno norteamericano
había incitado y respaldado la guerra civil en Haití
—tal como
haría casi un siglo después en Cuba (sin éxito) y en
Nicaragua—
para derrocar a un presidente que no satisfacía sus
intereses neocoloniales, José Martí escribió indignado
el 30 de octubre de 1889 en La Nación de Buenos
Aires: «Las mejillas son ahora de bronce y se llora poco
en el mundo; pero lo que dijo Legitime al pasar, no
podía dejar secos los ojos. Como lo dijo un negro, un
oprimido, un vencido, ahí lo echaron, en un rincón del
diario, donde no lo viera nadie, pero de labios de
hombre salen pocas veces palabras de tanto dolor y
hermosura como esas que echó en cara Legitime a los
EE.UU. el delito de haberle trastornado el país,
fomentando la rebelión, ayudado con buques de armas y
con armas cuantiosas al general rebelde, porque el
gobierno de Haití se negaba a ceder a los EE.UU. la
península de San Nicolás, llave y señora del paso a las
Antillas. ¡Y en las cartillas debieran poner en América
las palabras del negro!»(9). La tesis
martiana, que es consigna de una América otra, nuestra,
opuesta a la imperialista, una América de alma mestiza,
recordaba que nuestra desventura histórica y nuestra
necesaria unión no se fundaban en alguna identidad
racial: los imperialistas son «blancos» y todos los
oprimidos —incluyendo
a los del imperio—
somos «negros», seamos asiáticos, africanos o
latinoamericanos, amarillos, negros, cobrizos o blancos.
Un
luchador por los derechos civiles de los negros
norteamericanos como Malcolm X, en acelerado proceso de
conversión en revolucionario, podía decir con toda
justicia en 1964: «Ahora la revolución negra se ha
estado desarrollando en África y Asia y América Latina;
cuando digo ‘revolución negra’, me refiero a todos los
que no son blancos: los negros, los morenos, los rojos o
los amarillos. Nuestros hermanos y hermanas en Asia, que
fueron colonizados por los europeos, nuestros hermanos
y hermanas en África que fueron colonizados por los
europeos, y los campesinos en América Latina, que fueron
colonizados por los europeos…» (10) Todos los hombres y
mujeres del otrora llamado Tercer Mundo somos negros.
De la
vida y de la muerte
Hinche
es un pueblo pequeño, sin asfaltar naturalmente, que
sorprende al visitante por su enorme y nueva iglesia
católica, absolutamente desproporcionada para el tamaño
del pueblo y las expectativas, supongo, de sus
pobladores. Me hospedo en una de las cuatro viviendas
que ocupa la brigada médica cubana en distintos sectores
del pueblo. La nuestra está situada a la entrada del
cementerio local. Desde la terraza, vemos pasar un
cortejo fúnebre. Varias filas de estudiantes de uniforme
le anteceden. Marcha, solemne, la banda de música. Una
camioneta lleva el ataúd. Confundidas en la multitud,
dos mujeres de rostro contraído se abren paso. No forman
parte del cortejo. Un hombre que camina junto a ellas
sostiene en la cabeza un pequeño ataúd. Pasan raudos.
Casi nadie los ve, todos están atentos al compás
marcial, ligeramente cadencioso, de la banda y al llanto
estridente de las señoras vestidas de negro que caminan,
sabiéndose dueñas del espectáculo, tras el improvisado
carro fúnebre. Hace algunos meses que mi hijo menor se
aprendió de memoria el poema «Los dos príncipes» que
José Martí recreara para los niños de América y recordé
conmovido sus estrofas. El entierro de los pobres es
sencillo: cuatro dolientes sostienen sobre los hombros
el ataúd y danzan acompasadamente
—tres pasos
adelante, uno al lado, otro atrás—
al ritmo de su canto que un quinto doliente conduce como
si dirigiese el coro municipal.
Según la
OMS, en 1999 murieron en Haití 91 niños menores de un
año por cada mil nacidos vivos. Pero en el país no
existen cifras confiables. Muchos hospitales no censan
los nacimientos ni las defunciones y muchos niños no
nacen ni mueren en hospitales. La educación pública
cubre un porcentaje mínimo de la población en edad
escolar, aunque existe una gran variedad de centros
educacionales de carácter privado con desiguales énfasis
y niveles en la enseñanza del programa concebido para la
nación. De cada cien niños que matriculan la escuela
primaria, me dice el director de La Salle en Isla
Tortuga, solo veinte aproximadamente la terminan. En
Haití la esperanza de vida es de 54 años, según cálculos
del Population Referente Bureau. Es común, sobre todo en
el sur, que los familiares entierren a sus muertos al
lado o al fondo de la casa que habitan, de manera que la
convivencia continúa desprovista de formalidades. La
tumba —en
ocasiones mejor construida que la casa—
puede servir de silla o de mesa y sobre ella suele
tenderse la ropa recién lavada al sol.
En
alguna casa cercana ondean las banderas que identifican
al houngan y a la mambo, el sacerdote o la
sacerdotisa del vudú, en ellas el enfermo encuentra en
ocasiones remedio a su dolencia. La mambo
que entrevisté en la capital me explicaba que según el
sistema de creencias del vudú en cada ser humano
confluye toda la humanidad, aunque solo se activen en él
algunas personalidades o espíritus, los que pueden
entrar en contradicción. Precisamente, el sacerdote (houngan
o mambo) actúa como un coordinador de las relaciones
entre esos espíritus. En el campo suele encontrarse el
vudú familiar, que establece profundos nexos de
solidaridad entre sus componentes. Cuando un niño es más
inteligente o saludable que otros, toda la familia lo
apoya y contribuye a su desarrollo. Después, el debe
retribuir a sus familiares por todo lo recibido. Pero
todavía algunos burgueses haitianos (blancos por su
comportamiento) se avergüenzan del vudú. El Pequeño
Diccionario Larousse Ilustrado de 1999 decía al
describir las características del país: «La religión más
difundida es la católica, pero existe libertad de
cultos. Hay una arquidiócesis y cuatro obispados».
Es todo.
Viajé a
Seau D’eou en el propio Departamento del Centro, porque
es una de las comunidades más alejadas del país y en
ella laboran médicos cubanos. Este poblado también es
conocido lugar de peregrinaciones. Hay una iglesia
consagrada a la Virgen del Carmen, hacedora de milagros.
Desde la tarde anterior, una procesión aguarda el nuevo
día, dispersos los fieles en las calles de tierra del
poblado. A las cuatro de la madrugada se les permite
pasar al templo. A las cinco, comienza la misa.
Exceptuando la presencia de cuatro muchachas que bailan
e interpretan con lenguaje gestual ante el altar, de
frente a los feligreses, las canciones religiosas que
entona un magnífico coro de niños y adultos, todo
transcurre según el ritual católico tradicional. Los
brigadistas cubanos, invitados en ocasiones como estas,
se sientan en un banco a un costado del altar, junto a
los «notables» del pueblo. Después caminamos hasta un
recodo del río donde aguarda majestuosa y
condescendiente la cascada que le da nombre y fama al
pueblo, complemento milagroso de la Virgen, porque es
necesario bañarse en ella para que se cumplan los más
íntimos deseos. En el agua hay numerosas ofrendas,
conjuros y maleficios del vudú, que los cubanos
identificamos enseguida. Esa simbiosis cultural, esa
persistencia de lo africano tras el ropaje católico, es
consustancial a nuestra común identidad caribeña; el
entramado cosmovisivo del vudú ha penetrado
profundamente en la cotidianidad del pueblo haitiano.
Ellos
también son «negros»
Mi
llegada a Hinche coincidió con la de los médicos cubanos
que regresaban de sus vacaciones, cargados de nostalgia
y de nuevos ímpetus: los doctores Armando Santiesteban,
ginecobstetra santiaguero que cumplió una misión
anterior en Mozambique (1990-1992); Wilson Mendoza,
cirujano habanero que estuvo entre 1986 y 1987 en
Angola; Ventura Puente, internista de Santiago de Cuba;
Carlos Olivera, ortopédico habanero; el neuropediatra
Alcides Frómeta de Guantánamo, jefe de brigada; los
licenciados en enfermería Norma Irene Samuel, quien
trabajó en Irán desde 1988 hasta 1990, Sonia Sánchez y
Vicente McKenzi, todos tuneros, y la laboratorista Ana
Ramírez de Guantánamo. Esa noche las autoridades locales
organizaron una fiesta de bienvenida.
Algunas
enfermedades poco habituales o de menor incidencia en
Cuba, son endémicas en Haití: la malaria, el tifus, la
tuberculosis, muchas veces asociada a la anemia o a la
desnutrición, y el parasitismo crónico. «El Estado
haitiano es muy pobre
—me explica
el doctor Rony Pierre, director del Hospital Inmaculada
de la Concepción de Port de Paix, capital del
Departamento del Noroeste—
y los hospitales públicos deben recaudar dinero para
financiar sus servicios y pagar los salarios de una
parte de sus trabajadores». En los hospitales públicos
el paciente paga la consulta a un precio que parece
simbólico, pero debe abonar también cada análisis
indicado por el médico y las medicinas que necesite
dentro y fuera del hospital. Si es un accidentado, debe
pagar por la sutura o la cura de su herida y por todo el
material desechable que se emplee en ello (incluidos,
por ejemplo, los guantes que el doctor utilice). Si
ingresa, debe pagar su cama, traer su comida y los
medicamentos que diariamente consuma. Si necesita ser
intervenido quirúrgicamente, pagará según la complejidad
de la operación. Los precios de las cirugías oscilan
entre los mil y los dos mil quinientos gourdes, es
decir, entre cuarenta y cien dólares aproximadamente.
Muchos enfermos no pueden asumir esos gastos, algunos
prefieren no recurrir a los servicios médicos o lo hacen
solo cuando la patología está muy avanzada. Otros
abandonan enseguida el tratamiento o se fugan del
hospital en cuanto pueden valerse. Los médicos cubanos
sufren cuando no pueden salvar una vida o curar a un
enfermo por razones monetarias. Tanto más si es un niño.
El pago
de los servicios se efectúa en la administración del
centro de salud, nada tiene que ver con el médico
cubano, pero interfiere en su relación con la población.
En ocasiones, salta a escondidas la barrera o impone su
autoridad moral cuando se trata de acto de salvamento
impostergable o de un caso de pobreza extrema, término
que en Haití puede equivaler a nada, es decir, a todo.
El médico cubano, sin embargo, está inevitablemente tras
la barrera del costo de los servicios, en un país cuya
población es abrumadoramente pobre. De cualquier manera,
el pueblo haitiano sabe diferenciar la actitud de los
galenos cubanos, de la de aquellos extranjeros que viene
al país a enriquecerse. ¿Cómo se produce esa
identificación? ¿Cómo pueden los cubanos saltar esa
barrera y demostrar que ellos también son «negros»,
aunque algunos parezcan blancos, que ellos no son parte
del mundo de los privilegiados, aunque por sus
conocimientos y elementales condiciones de vida lo sean,
sino del mundo de los marginados? Solo el contacto
directo de los brigadistas cubanos con la población
derrumba los estereotipos que la historia ha creado.
Hablar de un hombre nuevo es presuntuoso, sobre todo si
entendemos erróneamente el término como una suma de
virtudes incontaminadas. En realidad, no es nuevo el
«hombre», son nuevas «las relaciones sociales»
que lo forman —no
de manera automática, no mecánicamente—
y de las cuales en su actuación el es el portavoz, a
veces sin plena conciencia de ello.
Desde el
poblado de Milot, donde aún se yerguen desafiantes las
ruinas del palacio de Sans Souci hasta la ciudadela La
Ferriere, hay siete kilómetros de empinada cresta. Un
camino empedrado permite que los vehículos de doble
tracción puedan descontar algunos kilómetros. Pero
muchos visitantes suben a caballo o en burros alquilados
al pie de la montaña. Los más empecinados y desprovistos
de medios, vamos a pie. En la torre mayor, más alta que
cualquier otra elevación cercana, solo, entre el cielo
abierto y la vastedad de sus dominios, el rey negro
Henri Christophe sentiría el mismo vértigo y, a la vez,
la misma seguridad que nosotros hoy. La cal de aquellas
paredes inexpugnables había sido amasada con sangre de
toro, pero también con el sudor y la sangre de sus
humildes constructores. Varias generaciones de haitianos
dejaron su vida en la fortaleza que supuestamente los
defendería; un monumento extraordinario que el pueblo se
erigió a sí mismo, testimonio de su grandeza y de su
voluntad de ser libre.
José
Martí, que luchaba en la isla vecina por una
independencia que no copiara modelos ajenos ni
restituyera reyes, admirador de los jacobinos negros que
enarbolaron, antes que nadie en nuestra América, las
banderas de la libertad y la igualdad, y que apoyaron
desinteresadamente la gesta continental de Bolívar,
estuvo muchas décadas después en Fort Liberté y en Cabo
Haitiano, muy cerca de Milot, ciudades en las que hoy
laboran gratuitamente médicos cubanos. «Los cubanos y
los haitianos somos hermanos
—afirma el
doctor Jean Mirto Julian, director de salud pública del
Departamento del Norte, quien tiene en su despacho un
busto de Martí—,
porque la historia nos une. La propaganda nunca pudo
disolver ese sentimiento profundo. La brigada cubana al
llegar pudo palpar un sentimiento muy fértil de
hermandad y de solidaridad. Entonces ves a los hermanos
que vienen y ves las condiciones en las que vienen y eso
te permite corporizar ese sentimiento. Antes solo
existía un sentimiento muy profundo, pero ahora hay
sustancia, se ha corporizado ese sentimiento».
En Cabo
Haitiano se había corrido la voz de que los cubanos no
regresarían de sus vacaciones precisamente en los días
en que arribaba una división aérea del ejército
norteamericano y con ella algunos médicos militares de
ese país. La población exigió una explicación inmediata.
El doctor Mirto Julian, sonrió al comentar el incidente:
«La población protestó. Las autoridades tuvimos que
explicar que eran rumores falsos, que los cubanos solo
estarían un mes de vacaciones». Soldados
norteamericanos de uniforme pasean por la ciudad en sus
tanquetas blindadas. En ocasiones, recorren las calles
interiores de los hospitales. En una esquina un señor
rubio le dice algo a un fornido negro, que asiente. Los
haitianos dicen sí, y después hacen lo que consideran
justo y correcto. Es una forma sutil de resistencia, de
cimarronaje.
Un solo
mundo distinto
Sí, el
haitiano es sentimiento, ritmo, expresión corporal, es
música. En marzo de 2000 se desata un huracán en Puerto
Príncipe, el último carnaval del siglo XX. Un millón de
personas se concentra cada noche en las principales
avenidas del centro. Tras las carrozas avanza la masa
compacta de danzantes. No hay escapatoria, se baila con
alegría, con furor, o se perece en la multitud que no
permite la evasión a lo largo de kilómetros. Dicen los
«blancos» que estos son carnavales sangrientos. Los
urgencistas cubanos recorren las calles en las
ambulancias que ofrecen cobertura médica. Hay pocos
fallecidos. Un accidente un día, una venganza otro. En
realidad, es un espectáculo cultural auténtico, que no
necesita oropeles; las carrozas pobremente adornadas
conducen a las orquestas. El espectáculo es ver al
pueblo sacarse el alma en el baile, sin violencia, sin
necesidad de alcohol. Y dejarse contagiar. De la
multitud emerge a lo lejos el bello Palacio Presidencial
impolutamente blanco. Parece más bien una casa de
hacienda. Allá los dueños, acá los esclavos en un día de
fiesta. Ha vuelto la democracia a Haití, dicen, al menos
la clásica, la representativa. Haití quiere ser libre.
En esa masa compacta de danzantes hay otros Toussaint
Louverture, otros Dessalines.
Jacquelin Telemaque, periodista haitiano que preside la
Sociedad de Amistad con Cuba, me acompaña al carnaval y
me conduce después en su desvencijado vehículo, siempre
a punto de expirar, a un simpático y bohemio hotel de la
capital, una casona de madera del siglo XIX, de amplios
y cuidados jardines. Un grupo de músicos haitianos
interpreta algunas piezas más elaboradas de raíz
popular. El público sí es diferente: todos visten con
descuidada elegancia y se comportan con suficiencia de
dueños. Hay artistas, escritores y dispersos, como
manchas blancas en la noche, grupos de americanos
ojiazules. Los precios son excesivos para nosotros y mi
amigo y yo, «estiramos» la única cerveza que podemos
adquirir, durante dos horas de buena música. En Puerto
Príncipe hay dos mundos: el de la Plaza del Mercado, el
de los tac-tac, pequeños ómnibus de colores
chillones y música estridente, el de los hospitales
públicos, y el de los altos cerros, más cercanos al
cielo, sí, y más alejados de Dios, el de los palacios
modernos, a imagen y semejanza de los que promueve el
american dream. Los millones de haitianos sin futuro
no pueden sostener enteramente ese otro mundo ideal: a
estos semidioses negros también se les va la
electricidad y las sustituyen por plantas particulares,
y las blancas murallas que rodean sus casas en calles
sin asfaltar siempre están llenas de fango. Dentro,
usted ha llegado a París. Dentro, encontrará un país
congelado. La sangre que circula por las venas de Haití,
la que lleva y trae la vida, la bombea el pueblo afuera.
Esos dos mundos internos duelen más, pero son apenas una
réplica de las desigualdades que dividen a los humanos
en este mundo, en los albores del tercer milenio de una
era que se cataloga de cristiana.
En la
Isla de la Tortuga, antiguo asiento de piratas y punto
de partida de los primeros embates colonizadores de
Francia sobre un territorio «español» abandonado a su
suerte, luchan los médicos cubanos contra la pobreza. Un
crucero blanco surca cada martes el canal de la Tortuga.
Algunos pobladores detienen la marcha para verlo pasar.
Es un edificio insólito que aparece y desaparece cada
semana en las encrespadas aguas que separan la pequeña
isla haitiana de la mitad de la isla mayor que
constituye el territorio nacional. No se ven pasajeros,
solo luces en las escotillas. Abajo, a nivel de la
cubierta, nos parece distinguir un gran salón de baile o
un restaurante o un casino de juego. Nada une a los que
probablemente nos miran sin vernos desde las escotillas
y a los que miramos sin verlos desde la costa. Son dos
mundos que conviven sin mezclarse. Los brigadistas
cubanos están en la costa junto a los humildes
pescadores que diariamente cruzan el canal en precarias
embarcaciones. Ellos saben que es posible y necesario un
solo mundo distinto. Hace unos meses esperaron sin luz
eléctrica, llenos de nostalgia, el año 2000. Un fin de
año que no pudo vaticinar Julio Verne. Hasta bien
avanzada la madrugada escucharon, en las sombras
nocturnas, cantos religiosos y toques de tambor. Otros
hombres y mujeres esperaron dos veces el 2000, en Nueva
York y París, gracias a una oferta especial del
Concord, el avión de pasajeros más rápido y más caro
del mundo.
Peguy
Joseph, un joven haitiano que estudiaba español en
Puerto Príncipe, escribía en su texto de examen: «Nadie
debe pensar que en el siglo XXI todo nos va a llegar
como maná caído del cielo (...) Nos toca unirnos para
luchar en grande con vistas a lograr la felicidad del
mundo». Peguy, sorprendentemente, no hablaba de
su felicidad personal, ni de la de su pueblo; hablaba de
la felicidad del «mundo». Él y otros
compatriotas suyos estudiarán Medicina y otras carreras
universitarias en Cuba. Entre las pertenencias que
desean salvar del siglo que termina, llevan la
esperanza.
NOTAS:
1. Aimé Césaire: Toussaint Louverture.
La Revolución francesa y el problema colonial, La
Habana, Instituto del Libro, 1967, p.43;
2. Frantz Fanon: Piel negra, máscaras
blancas, La Habana, Instituto del Libro, 1968, pp.24
– 25;
3. Malcolm X: Habla Malcolm X.
Discursos, entrevistas, declaraciones, New York,
Pathfinder, 1993, p.58;
4. Aimé Césaire: Ob. Cit, p.27;
5. Ibidem, p. 284;
6. Fidel Castro: «Como revolucionarios,
no podemos jamás olvidar a Haití», en Granma, La
Habana, 12 de noviembre de 1998, p.5;
7. Historia de América, tomo VII,
Buenos Aires, 1940, pp. 397 – 406;
8. Citado por Aimé Césaire en Ob.cit. p.
336
9. José Martí: Obras Completas,
tomo 12, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales,
pp.350 - 351.
10. Ibidem, p. 284;
Fragmentos del libro La utopía rearmada. Historias de
un viaje al nuevo mundo, La Habana, Editora Abril,
2002.
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