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CUBA EN EL PUNTO DE MIRA
A CASI MEDIO SIGLO DE TERROR
Los
motivos detrás de los ataques terroristas y del ilegal
bloqueo económico a Cuba, se encuentran delineados en el
historial interno. En julio de 1961 la CIA anunció que
«la amplia influencia del 'castrismo' no es una función
del poderío cubano... su sombra se extiende debido a que
las condiciones sociales y económicas a lo largo de
Latinoamérica incitan a combatir la autoridad dominante
e instigan a la rebelión con fines de cambio radical»,
para lo cual Cuba marca la pauta.
Noam
Chomsky |
EE.UU.
(En su nuevo libro,
Hegemony or survival,
America's quest for global dominance, Noam Chomsky
continúa con su profundo análisis de la violencia y el
terror de estado, recordándonos que «terror» no
constituye aquello que pequeños grupos apátridas
acometen sobre naciones grandes y fuertes. En cambio,
Chomsky sugiere que la historia es, en cierta medida,
una historia de terror de estado y que EE.UU. ha
destacado en su práctica desde hace tiempo. Uno de los
objetivos favoritos de EE.UU. es Cuba, país que ha sido
víctima de una incesante campaña del terrorismo de
estado por parte de EE.UU. durante casi medio siglo.
El mundo presenció «el momento más crítico de la
historia» durante la crisis cubana de los misiles. Sin
embargo para Cuba, dicho momento en realidad comenzó
poco después de que las fuerzas guerrilleras de Fidel
Castro derrocaran la dictadura de Fulgencio Batista, y
continúa hasta hoy. Ahora que el gobierno de Bush en su
afanosa «guerra contra el terrorismo» ha colocado a Cuba
en el punto de mira estadounidense como el nuevo miembro
del «eje del mal», este extracto del nuevo libro de
Chomsky, el cual apareció anteriormente en
TomDispatch.com http://www.tomdispatch.com/ resulta
especialmente relevante.)
La dictadura de Batista fue derrocada por las fuerzas
rebeldes de Castro en enero de 1959. Para marzo, el
Consejo Nacional de Seguridad de EE.UU. (NSC) ya
exploraba la manera de forzar un cambio de régimen. En
mayo la CIA comenzó a armar guerrilleros dentro de Cuba.
«Durante el invierno de 1959-1960, hubo un aumento
considerable de atentados organizados por la CIA y de
ataques incendiarios capitaneados por exiliados cubanos»
con base en EE.UU. No es difícil imaginar las
intenciones de EE.UU. y sus clientes ante tales
circunstancias. Sin embargo, Cuba no respondió con
acciones violentas dentro de EE.UU. por venganza o
disuasión. Al contrario, Cuba decidió apegarse al
protocolo que exige el derecho internacional. En julio
de 1960, Cuba acudió a la ONU, remitiendo al Consejo de
Seguridad documentación sobre aproximadamente veinte
bombardeos, incluyendo nombres de pilotos, números de
matrícula de los aviones, bombas sin explotar y otros
detalles específicos, acusando daños considerables,
pérdida de vidas y exigiendo una resolución diplomática
al conflicto. El embajador estadounidense Henry Cabot
respondió asegurando que «EE.UU. no tiene planes bélicos
contra Cuba». Cuatro meses antes, en marzo de 1960, su
gobierno había tomado secretamente la decisión formal de
derribar el gobierno de Castro y los preparativos para
invadir Bahía de Cochinos ya estaban bien avanzados.
A Washington le preocupaba la posibilidad de que los
cubanos fueran capaces de defenderse. Allen Dulles,
director de la CIA, rogó entonces a Inglaterra que no le
facilitara armas a Cuba. Su «motivo principal», informó
el embajador británico a Londres, «era que eso llevaría
a los cubanos a solicitar armas a Rusia o al bloque
soviético», un acto que «traería graves consecuencias»,
según Dulles, permitiendo a Washington presentar a Cuba
como un riesgo para la seguridad del hemisferio, de
acuerdo con el guión que había funcionado tan bien en
Guatemala. Dulles se refería al éxito obtenido por
Washington en desmantelar el primer experimento
democrático en ese país, que supuso un respiro de diez
años de paz y progreso muy temido en Washington debido
al enorme apoyo popular que revelaron los servicios de
inteligencia de EE.UU. y al «factor ejemplo» de cómo
ciertas medidas sociales y económicas benefician a la
gran mayoría. La amenaza soviética se invocaba
cotidianamente, a causa de la petición de armas que hizo
Guatemala al bloque soviético después de que EE.UU.
amenazara con atacar y suprimir otras fuentes de
abastecimiento. El resultado fue casi medio siglo de
terror, peor aún que la tiranía anterior apoyada por
EE.UU.
Para Cuba, las intrigas por parte de los pichones de
Washington eran parecidas a las de Dulles, el director
de la CIA. Arthur Schlesinger advirtió al presidente
Kennedy acerca de las «inevitables repercusiones
políticas y diplomáticas» que ocasionaría el plan de
invadir Cuba con un ejército mercenario y a su vez
sugirió intentar inculpar a Castro en algún tipo de
operación que pudiera servir como pretexto a la
invasión: «Se podría concebir una operación fantasma,
digamos en Haití, que a su tiempo pudiera inducir a
Castro a enviar tropas a una playa haitiana, lo cual
pudiera ser interpretado como un intento de derrocar el
régimen haitiano... entonces la cuestión ética se
diluiría y la campaña antiestadounidense tropezaría
desde el principio». Cabe señalar que el régimen del
sanguinario dictador Papa Doc Duvalier recibía el apoyo
de EE.UU. (aunque con ciertas reservas), de manera que
cualquier tipo de ayuda para que los haitianos lo
destituyeran sería considerado un crimen.
El plan de Eisenhower de marzo de 1960 proponía el
derrocamiento de Castro para instituir un régimen «más
fiel a los verdaderos intereses del pueblo cubano y
también más adecuado para EE.UU.», e incluía apoyo para
una «operación militar en la isla», y para «el
desarrollo de una competente fuerza paramilitar fuera de
Cuba». Fuentes de inteligencia informaron de que el
apoyo popular a Castro era elevado; aún así, EE.UU.
determinaría los «verdaderos intereses del pueblo
cubano». El cambio de régimen se ejecutaría «de manera
que se ocultara la evidencia de la intervención
estadounidense», debido a la esperada reacción en
Latinoamérica y a los problemas de la administración
doctrinaria dentro de EE.UU.
Operación Mangosta
La invasión de Bahía de Cochinos vino un año más tarde,
en abril de 1961, después de que Kennedy llegara al
poder. Fue autorizada bajo un clima de «histeria» hacia
Cuba en la Casa Blanca, como testificó posteriormente
Robert McNamara ante el comité Church del senado.
Durante la primera reunión del gabinete tras la fallida
invasión, el ambiente era «algo feroz», como reveló en
privado Chester Bowles: «había una exhortación casi
frenética por un plan de acción». Dos días después, en
la sesión del NSC, Bowles percibió el ambiente
«igualmente tenso» y le impresionó «la enorme falta de
integridad moral» que imperaba. Esa actitud era evidente
en los discursos de Kennedy: «las sociedades
conformistas, autoindulgentes y débiles serán
arrastradas con los deshechos de la historia. Solamente
los fuertes...prevalecerán», declaró al país, marcando
la pauta que sería utilizada con éxito por Reagan
durante sus propias campañas de terror. Kennedy estaba
al tanto de que los aliados «nos consideran algo
obsesivos» por nuestra fijación por Cuba; una opinión
que persiste hasta hoy en día.
Kennedy llevó a cabo un aplastante embargo difícil de
soportar para un pequeño país el cual había pasado a ser
una «simple colonia» de EE.UU. 60 años después de
haberse «liberado» de España. También ordenó
intensificar la campaña terrorista: «Le pidió a su
hermano, el fiscal general Robert Kennedy, que dirigiera
el conglomerado de agencias de alto nivel que supervisó
la Operación Mangosta, para ejecutar una campaña de
operaciones paramilitares, hostilidad económica y
sabotaje lanzada a fines de 1961 a fin de conjurar los
‘horrores del mundo’ sobre Fidel Castro y, en breve,
derrocarlo».
La campaña terrorista no era «ninguna broma», expresa
Jorge Domínguez en su análisis de ciertos documentos
desclasificados sobre operaciones bajo el mandato de
Kennedy; materiales que han sido «intensamente saneados»
y que constituyen «solo la punta del iceberg», añade
Piero Gleijeses.
La Operación Mangosta fue «la pieza central de la
política estadounidense hacia Cuba desde finales de 1961
hasta el comienzo de la crisis de los misiles en 1962»,
informa Mark White del programa sobre el cual los
hermanos Kennedy «llegaron a basar sus ilusiones».
Robert Kennedy comunicó a la CIA que el asunto cubano
conllevaba «la máxima prioridad para el gobierno de los
EE.UU.; lo demás es secundario. No vamos a escatimar ni
tiempo, ni esfuerzo ni recursos humanos» en el intento
de destituir el régimen de Castro. El jefe de operativos
de la Operación Mangosta, Edward Lansdale, elaboró un
calendario que culminaría con la «sublevación masiva y
el derrocamiento del régimen comunista» en octubre de
1962. La «resolución final» del programa comprendía «una
victoria rotunda que precisaría la decisiva intervención
del ejército estadounidense» una vez que el terrorismo y
la subversión se hubieran establecido. Ello indicaba que
la intervención militar de EE.UU. tendría lugar en
octubre de 1962, justamente cuando irrumpió la crisis de
los misiles.
En febrero de 1962 la Junta de Estado Mayor impulsó un
plan más drástico que el de Schlesinger: se utilizarían
«técnicas de encubrimiento... para engatusar o provocar
a Castro, o a un subordinado impulsivo, a cometer un
acto abiertamente hostil en contra de EE.UU.; lo cual
serviría de justificación para que EE.UU. no solamente
tomara represalias sino que eliminara a Castro con
rapidez, violencia y determinación». En marzo, a
instancias del Proyecto Cuba del Departamento de
Defensa, la Junta de Estado Mayor envió un memorando al
Secretario de Defensa Robert McNamara esbozando los
«pretextos que ellos consideraban que pudieran usarse
para justificar una intervención militar estadounidense
en Cuba». El plan se llevaría a cabo «si una revuelta
civil resulta imposible de conseguir en los próximos
nueve o diez meses», pero antes de que Cuba estableciera
relaciones con Rusia que pudieran «implicar directamente
a la Unión Soviética».
Un prudente uso del terror debería evitar riesgos al
responsable
El plan de marzo era fabricar «sucesos sin relación
aparente a fin de ocultar el principal objetivo y crear
a gran escala la indispensable imagen de una Cuba
temeraria e irresponsable», para proyectarla hacia otros
países así como a los propios EE.UU., «colocando a EE.UU.
en la comprometida posición de soportar afrentas
injustificadas [y desplegando] la imagen de Cuba a nivel
internacional como una amenaza para la paz del
hemisferio». Las medidas propuestas incluían hacer
explotar un navío estadounidense en Guantánamo con el
objetivo de crear «un incidente del tipo recuerden el
Maine», publicando listas de bajas en periódicos para
«motivar una eficaz oleada de indignación nacional»,
mostrando las investigaciones cubanas como «evidencia
bastante confiable de que el navío había sido atacado»,
ejecutando una «campaña de terror cubano comunista [en
Florida] e incluso en Washington», empleando
incendiarios del bloque soviético para invadir y quemar
campos de caña en países vecinos, derribando un
aeroplano por control remoto haciéndolo pasar por un
avión civil lleno de estudiantes en vacaciones y otras
estratagemas igualmente ingeniosas que no se realizaron,
pero que denotan el clima «feroz» y «frenético» que
prevalecía.
El 23 de agosto, el presidente emitió el Informe de
Seguridad Nacional 181, «una llamada a diseñar la
rebelión civil que antecedería a la intervención militar
de EE.UU.», empleando «importantes programas, maniobras
y transporte de tropas y pertrechos del ejército
estadounidense» bastante bien conocidos por Cuba y
Rusia. En agosto también se intensificaron los atentados
terroristas, incluyendo el acribillamiento desde una
lancha rápida de un hotel de costa cubano «donde se
sabía que se reunían técnicos militares soviéticos,
matando muchos rusos y cubanos»; ataques a cargueros
ingleses y cubanos; contaminación de remesas de azúcar;
y otras atrocidades y sabotajes, en su mayoría
realizados por grupos de exiliados cubanos que gozaban
de gran libertad de operación en Florida. Unas semanas
después sobrevino el «momento más crítico de la
historia».
«Mala prensa en países amigos»
Las operaciones terroristas persistieron durante los
momentos más graves de la crisis de los misiles. Fueron
formalmente canceladas el 30 de octubre, unos días
después del acuerdo entre Kruschev y Kennedy, pese a que
continuaron. El 8 de noviembre, «un comando secreto de
sabotaje formado por cubanos pero enviado por EE.UU.
logró volar una instalación industrial en Cuba», matando
a cuarenta trabajadores, según el gobierno cubano.
Raymond Garthoff relata que «para la Unión Soviética ese
ataque solamente podía significar que se estaba dando
marcha atrás a la cuestión que para ellos era la más
importante: la promesa de EE.UU. de no atacar Cuba».
Dichas acciones, concluye, denotan una vez más que «el
riesgo y peligro entre ambos bandos pudiera exacerbarse,
sin excluir una catástrofe».
Tras la crisis, Kennedy renovó la campaña de terrorismo.
Diez días antes de su asesinato, aprobó un programa de
la CIA de «operaciones de destrucción» a cargo de
fuerzas aliadas de EE.UU. «contra una importante
refinería petrolera, instalaciones de almacenaje, una
importante planta eléctrica, refinerías azucareras,
puentes de ferrocarril, estructuras portuarias, y
destrucción submarina de muelles y navíos». El día del
asesinato de Kennedy se propuso un plan para matar a
Castro. Ese plan se suspendió en 1965, pero una de las
primeras órdenes que dio Nixon al tomar el poder en 1969
fue indicar a la CIA que se incrementaran las acciones
clandestinas contra Cuba».
Resulta de peculiar interés la sagacidad de los
intrigantes. Al revisar los documentos recién divulgados
sobre el período del terrorismo bajo Kennedy, Domínguez
observa que «en tan solo una ocasión durante casi un
millar de páginas de documentación, un funcionario
estadounidense muestra algo parecido a una leve objeción
moral acerca del terrorismo subsidiado por EE.UU.»: un
empleado del NSC sugiere que Rusia pudiera reaccionar de
cierta manera y que los ataques «indiscriminados en
contra de inocentes... pudieran ocasionar mala prensa en
países amigos». Una postura similar prevalece durante
las discusiones privadas, como demuestra Robert Kennedy
al advertir que una invasión frontal resultaría en «la
muerte de una terrible cantidad de gente, y se nos
condenaría por ello».
Los actos terroristas continuaron durante el mandato de
Nixon, alcanzando un punto crítico a mediados de los 70:
hubo ataques a botes de pesca, embajadas, agencias
cubanas en el exterior, así como el bombardeo de una
aeronave de Cubana de Aviación, matando a sus setenta y
tres pasajeros. Tanto estas como subsecuentes
operaciones terroristas, fueron llevadas a cabo desde
territorio estadounidense; aunque en ese entonces se
consideraban actos criminales por el FBI.
Y así siguieron las cosas; ciertas editoriales acusaban
a Castro de tener «un campamento armado, a pesar del
pacto de no agresión de 1962 firmado con Washington». La
promesa debería haber bastado, a pesar de lo que acabó
ocurriendo; y qué decir de las promesas anteriores, ya
para entonces bien documentadas, así como información
sobre cómo se podía confiar en ellas:: v.g., el «momento
Lodge», en julio de 1960.
En el treceavo aniversario de la crisis de los misiles,
Cuba denunció un ataque con ametralladoras contra un
hotel turístico cubano-español; un grupo de Miami se
hizo responsable. Las explosiones de 1997 en Cuba fueron
rastreadas hasta Miami. Los atacantes eran criminales
salvadoreños que actuaban bajo el mando de Luis Posada
Carriles y eran financiados desde Miami. Posada, uno de
los más infames terroristas internacionales, se había
fugado de una cárcel venezolana donde estaba preso por
la explosión de la aeronave de Cubana, asistido por
Jorge Mas Canosa, un empresario de Miami quien dirigía
la Fundación Nacional Cubano-Americana (CANF en sus
siglas en inglés), un grupo libre de impuestos. Posada
viajó de Venezuela a El Salvador, donde fue instalado en
la base militar de Llopango para organizar ataques
terroristas contra Nicaragua bajo la dirección de Oliver
North.
Posada ha detallado sus actividades terroristas, así
como su financiamiento por parte de exiliados y la CANF
en Miami, confiando que el FBI no lo investigaría. Él
era un veterano de Bahía de Cochinos, y sus siguientes
maniobras durante los 60 fueron supervisadas por la CIA.
Cuando más tarde se incorporó a las filas de la
inteligencia venezolana con ayuda de la CIA, logró
reunirse con Orlando Bosch, un antiguo colega de la CIA
a quien se halló culpable en EE.UU. de la explosión de
un carguero con destino a Cuba, y lo invitó a reunirse
en Venezuela para organizar futuros ataques contra la
Isla. Un ex empleado de la CIA familiarizado con el
ataque de Cubana identifica a Posada y a Bosch como los
únicos sospechosos del atentado, el cual Bosch califica
como «un legítimo acto de guerra». Bosch, considerado el
instigador del ataque a la aerolínea, ha sido
responsable de otros treinta actos terroristas según el
FBI. Se le otorgó perdón presidencial en 1989 al empezar
el mandato de Bush I, tras fuertes presiones por parte
de Jeb Bush y otros dirigentes cubanoestadounidenses del
sur de Florida, ignorando al Departamento de Justicia,
el cual había concluido que dicha decisión «ciertamente
resulta en perjuicio del interés público de EE.UU. al
otorgar asilo a Bosch, [dado que] la seguridad de esta
nación se ve afectada en su capacidad de instar otras
naciones a que nieguen recursos y abrigo a terroristas».
Hostilidad económica
Las propuestas por parte de Cuba de cooperar y compartir
información para prevenir ataques terroristas han sido
rechazadas por Washington, aunque algunas causaron
reacciones. «Oficiales del FBI fueron a Cuba en 1998 a
reunirse con sus homónimos cubanos, quienes entregaron
[al FBI] expedientes de lo que consideraban era una red
de terroristas con base en Miami: la información había
sido en parte reunida por cubanos que infiltraron grupos
de exiliados». Tres meses después, el FBI arrestó a los
cubanos que habían infiltrado el grupo terrorista en
EE.UU. Cinco de ellos recibieron sentencias largas de
prisión.
El pretexto de la seguridad nacional perdió toda traza
de credibilidad después del colapso de la Unión
Soviética en 1991, pero no fue sino hasta 1998 cuando
agencias estadounidenses anunciaron formalmente que Cuba
no constituía una amenaza para la seguridad de su país.
Sin embargo, la administración de Clinton insistió en
que la capacidad militar de Cuba fuera minimizada hasta
el punto de ser «insignificante», aunque no tenía
forzosamente que desaparecer. A pesar de tal
clasificación, la evaluación de los servicios de
inteligencia eliminó el peligro identificado por el
entonces embajador mexicano, que rechazó la intentona de
JFK de organizar una acción colectiva en contra de Cuba
por la sencilla razón de que «si declaramos públicamente
que Cuba constituye amenaza contra nuestra seguridad,
cuarenta millones de mexicanos se van a morir de la
risa».
Sin embargo, debemos admitir que los misiles en Cuba
eran un riesgo. Los hermanos Kennedy expresaron en
discusiones privadas su preocupación por que la
presencia de misiles rusos en la Isla pudiera obstruir
la invasión de EE.UU. en Venezuela. Por tanto, lo de
«Bahía de Cochinos fue una buena idea», concluyó JFK.
El gobierno de Bush I reaccionó a la desaparición del
pretexto de la seguridad decretando un bloqueo mucho más
austero, presionado por Clinton, quien había rebasado a
Bush por la derecha en la campaña presidencial de 1992.
La hostilidad económica arreció en 1996, causando furor
aún entre los más fieles aliados de EE.UU. El bloqueo
fue también objeto de abundantes críticas internas ya
que afectaban exportaciones e inversiones
estadounidenses las únicas víctimas del bloqueo ya que,
según la opinión pública, a los cubanos no les afecta.
Las investigaciones efectuadas por especialistas
estadounidenses contradicen esto. En un detallado
estudio elaborado por la American Association for World
Health (AAWH) se determina que el bloqueo acarrea
severas consecuencias para la salud y que solo debido al
óptimo sistema de salud pública de Cuba se ha podido
evitar una «catástrofe humanitaria»; esto,
prácticamente, no se menciona en EE.UU.
El bloqueo ha obstruido incluso alimentos y medicinas.
En 1999 la administración de Clinton eliminó dichas
sanciones a todos los países de la lista oficial de
«naciones terroristas» menos a Cuba, merecedora de un
singular castigo. Cabe mencionar que Cuba no es la única
en su caso; después de que un huracán devastara las
antillas en agosto de 1980, el presidente Carter rechazó
ofrecer auxilio a menos que se excluyera a la isla de
Granada, como castigo a ciertas iniciativas no
especificadas que llevaba a cabo el gobierno reformista
de Maurice Bishop. Cuando los países afectados
rechazaron la exclusión de Granada, ya que no habían
entendido el alcance real de la amenaza del mayor
productor mundial de nuez moscada, Carter bloqueó la
ayuda. Después de que otro huracán, golpeara de forma
similar a Nicaragua en octubre de 1988, ocasionando
hambruna y graves daños ecológicos, los gobernantes de
turno en Washington vieron que su campaña terrorista
pudiera beneficiarse del desastre negando ayuda incluso
a los países en la costa atlántica vinculados a EE.UU. y
con clara animosidad en contra de los sandinistas. E
hicieron lo mismo cuando, en septiembre de 1992, una
marejada arrasó aldeas pesqueras nicaragüenses dejando
cientos de muertos y desaparecidos. En esa ocasión, se
ofreció ayuda; pero, escondido entre los detalles, se
hallaba el hecho de que aparte de un espléndido donativo
de veinticinco mil dólares, el monto se deduciría de
fondos de asistencia previamente establecidos. Aún así,
se garantizó al congreso que la miserable ayuda no
afectaría a la suspensión de más de cien millones de
dólares en ayudas al gobierno nicaragüense apoyado por
EE.UU., ya que este aún no había logrado demostrar un
nivel satisfactorio de sometimiento.
La hostilidad económica de EE.UU. contra Cuba ha sido
condenada energéticamente en la gran mayoría de los
foros internacionales de importancia, siendo aún
declarada ilegal por la Comisión Judicial de la
normalmente sumisa Organización de Estados Americanos
(OEA). La Unión Europea instó a la Organización Mundial
de Comercio a que impugnara el bloqueo. La respuesta del
gobierno de Clinton fue que «Europa ha desafiado 'tres
décadas de política entre Cuba y EE.UU. que data desde
el gobierno de Kennedy,' e intenta forzar un cambio de
gobierno en La Habana». Dicho gobierno, asimismo,
declaró que la OMC no tiene capacidad de injerencia
sobre los asuntos de seguridad nacional ni puede obligar
a los EE.UU. a cambiar sus leyes. Washington entonces se
retiró de las discusiones, dejando el asunto en un punto
muerto.
Un auténtico desafío
Los motivos detrás de los ataques terroristas y del
ilegal bloqueo económico a Cuba, se encuentran
delineados en el historial interno, y a nadie debería
sorprender descubrir que encajan en un patrón similar,
por ejemplo, al de Guatemala unos años antes.
Desde el punto de vista temporal resulta claro que el
temor de un ataque ruso no pudo ser un factor decisivo.
Los planes para forzar un cambio de régimen habían sido
formulados e implementados mucho antes de que hubiera
una conexión relevante con Rusia y, tras la retirada de
esta el castigo se intensificó. Es cierto que la amenaza
rusa sí llegó a existir, pero fue consecuencia y no
motivo del terrorismo y la agresión económica por parte
de EE.UU.
En julio de 1961 la CIA anunció que «la amplia
influencia del 'castrismo' no es una función del poderío
cubano... la sombra de Castro se extiende debido a que
las condiciones sociales y económicas a lo largo de
Latinoamérica incitan a combatir la autoridad dominante
e instigan a la rebelión con fines de cambio radical»,
para lo cual la Cuba de Castro marca la pauta.
Anteriormente, Arthur Schlessinger había entregado su
informe de la Misión Latinoamericana al presidente
electo Kenneddy, donde le advertía acerca de la
susceptibilidad de los latinoamericanos a la «idea de
Castro de ocuparse uno mismo de sus asuntos». El informe
identificó cierta conexión con el Kremlin: la Unión
Soviética «ronda entre bastidores, suministrando
cuantiosos préstamos para infraestructuras y
presentándose como modelo para lograr modernizarse en
una sola generación». El peligro de la «idea de Castro»
es particularmente grave, según Schlessinger, cuando «la
distribución de tierras y otros bienes del patrimonio
nacional favorecen a las clases acaudaladas» y «los
pobres y los marginados, movidos por el ejemplo de la
Revolución cubana, exigen entonces oportunidades para
llevar una vida digna». Kennedy temía que el apoyo de
Rusia pudiera presentar a Cuba como un «modelo» de
desarrollo, dando a los soviéticos ventaja a lo largo y
ancho de Latinoamérica. A principios de 1964, el Consejo
de Planificación Política del Departamento de Estado se
extendió también sobre estas preocupaciones: «el
principal peligro que Castro representa, radica... en el
impacto que la sencilla existencia de su régimen ha
tenido sobre los movimientos de izquierda en los países
latinoamericanos... La simple realidad es que Castro
representa un auténtico desafío a los EE.UU., una
contradicción a nuestra política en el hemisferio por
más de un siglo y medio». En pocas palabras, escribe
Thomas Patterson, «Cuba, ya sea en realidad o
simbólicamente, desafió la hegemonía estadounidense en
Latinoamérica». El terrorismo internacional y la
hostilidad económica con fines de forzar cambio de
régimen se justifican no por lo que Cuba hace, sino por
su «mera existencia», su «auténtico desafío» ante el
legítimo dueño del hemisferio. Tal desafío pudiese
justificar acciones aún más violentas como en Serbia,
tal y como fue reconocido, o como también se ha visto en
Iraq cuando los pretextos se agotaron.
Indignación ante los desafíos es algo común en la
historia de EE.UU. Hace doscientos años, Thomas
Jefferson recriminó duramente a Francia por su «actitud
desafiante» al retener a Nueva Orleans, que él
codiciaba. Jefferson advirtió que «el comportamiento de
Francia [se encuentra] en un estado de perpetua fricción
con el nuestro; nosotros, más que amantes de la paz y el
afán de crecimiento, somos de nobles ideales». El
«desafío de Francia nos obliga a unir fuerzas con la
armada y la nación británica», advirtió Jefferson,
abandonando sus convicciones anteriores que reconocían
la crucial contribución de Francia durante la
emancipación de las colonias del dominio británico.
Debido a la lucha de liberación de Haití, aislada y
ampliamente antagonizada, la desafiante Francia pronto
capituló, pero las directrices permanecen vigentes
distinguiendo entre amigos y enemigos.
(Nótese que el presente pasaje, páginas 80-90, está
profusamente anotado en Hegemony or survival. La
discusión de Chomsky respecto a la crisis de los misiles
cubanos en sí se puede encontrar en otro lugar, en el
mismo capítulo del libro.)
Aparte de Hegemony or survival, America's quest for
global dominance (The American Empire Project,
Metropolitan Books), Noam Chomsky es autor de numerosos
libros de lingüística y política exterior
estadounidense.
Reimpreso con el permiso de Metropolitan Books, una
imprenta de Henry Holt and Company, LLC. |