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EL PRECIO DE SU DIGNIDAD
Comenzaron las celebraciones y conmemoraciones por el
bicentenario de la independencia de un pueblo que la
conquistó cortando cabezas y quemando casas de quienes
los ahorcaban y explotaban. Pero las heridas permanecen
abiertas. Aún pervive entre todos nosotros ese miedo que
se corrió como la pólvora por el Continente, sin saber
que todos —navajos, venezolanos, mexicanos, mexicas,
aymaras, guaraníes, argentinos, cubanos, mapuches,
quichés...— éramos y seguimos siendo otra partida
de negros acosados, asediados y negados por el poder y
el capital dictatoriales.
Reinier
Pérez-Hernández|
La Habana
Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.
San Juan de la Cruz
El 12 de octubre de 2003 debió de celebrarse en algún
lugar de este mundo la llegada de Cristóbal Colón a lo
que hoy nombramos América. Yo, que no buscaba ni busco
oro, glorias y reinos como tantos genoveses de hoy,
desembarqué en el aeropuerto de Port-au-Prince ese mismo
día para terminar un largo viaje que comenzó a
principios de 2003, cuando la Casa de las Américas
decidió dedicar a los doscientos años de la
Independencia de Haití el último número de 2003 de su
revista homónima.
Ingenuamente pensaba que tenía un único y recto fin:
buscar la colaboración de artistas y escritores
haitianos para preparar esa entrega de Casa de las
Américas, y para lo cual dediqué los siete días que
viví en esa ciudad, a una altura de cuatrocientos metros
sobre el nivel del mar. La primera impresión que tuve
fue la de una urbe que se diseminaba sobre la tierra,
subiendo y bajando con dificultad por las laderas de las
montañas que la rodean. No vi policía alguna; tan solo
dos militares armados en el aeropuerto. (Haití tiene
casi siete millones de habitantes y un cuerpo casi
simbólico de tres mil policías.) Una enorme urbe difícil
de asimilar, dura, llena de la basura y el lodo que baja
de las laderas y obstaculizan las calles. Pero una
ciudad sumamente viva, plagada de gente que la viven y
de mercados informales donde se trata de restarle al
menos un minuto menos al hambre, sin edificios altos y
con un tráfico diurno caótico (no recuerdo ni un
semáforo a lo largo de las avenidas y calles por las que
transité; sin embargo, sí las maldiciones que profería
quien me conducía del aeropuerto a la residencia donde
viviría durante mi brevísima estancia haitiana.
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Los días se fueron sucediendo y, con ellos, los
múltiples encuentros y conversaciones que sostuve con
los escritores y los artistas a quienes pude localizar.
Entre y más allá de ellos conocí cómo la megalomanía y
la humildad, el amor y el odio, la miseria y la riqueza,
lo real y lo maravilloso conviven bajo un mismo techo,
unos al lado de los otros, a puro golpe. Desplazándome
por la ciudad, observé los muros donde una organización
popular pintaba letreros llamando a la unión y a la paz
de los haitianos. Y sobre estos, graffiti que
apoyaban al gobierno de Jean-Bertrand Aristide: ¡Viva
Aristide!, decían algunos que, supe después, eran
hechos por grupos paraciviles de apoyo al gobierno y que
los denominan con el para mí sobrecogedor nombre de
chimeres: quimeras. Siempre me llamó la atención el
graffiti Cœurs Unis: luego supe que así se
llamaba una Cooperativa o Sociedad para que los
haitianos depositaran su dinero con altísimos intereses
beneficiadores, de manera que la organización sirviera
como banco de crédito para el desarrollo de obras
sociales y económicas; todo el dinero fue desfalcado y
la Cooperativa se vino abajo —cuentan que la suma
alcanzaba los millones de dólares. Al mismo tiempo que
observaba la paradoja latente detrás de esas dos
palabras, cœurs unis, la Televisión Nacional de
Haití no cesaba de transmitir una febril campaña
nacional: Restitition et Reparation, para que los
franceses devuelvan el dinero (cuya suma hoy equivale a
la astronómica cifra de veintiún mil millones
setecientos mil
dólares americanos:
—¡reclama
el Jefe de Estado haitiano!)
que Boyer tuvo que desembolsar en el siglo
xix con el
objetivo de que fueran reconocidos la independencia.
En medio de un clima tan cargado, pocos espacios me
quedaron para hallar algo de calma: tal vez el lakout
de Barbara, Adelinne y Michel, la terraza de Susy y
Gérard, la Fundación Cultura y Creación y, el más
importante, la mirada limpia y áspera de Benoit, criado
y jardinero de la casa donde me hospedaba. Con una
Biblia en sus manos, una mañana me contó de los cubanos
que ayudan generosamente al pueblo. Pero lo que más
guardo de sus palabras es la historia de un cubano que
en los años 60 había perdido la razón en los alrededores
de la Citadelle La Ferrière, de una de cuyas atalayas
intentó suicidarse. (Supe luego que había desembarcado
junto con Jacques Stephen Alexis y sus compañeros para
iniciar la lucha guerrillera contra la dictadura de
papa Doc. Cómo sobrevivió a la traición y a la
muerte de sus compañeros, es un misterio, como es un
misterio la propia historia de ese blanc cubano
que decidió echar su vida en las tierras ensangrentadas
de los haitianos.) Ciego, mudo e indigente, erró como un
fantasmal blanc (extranjero en creol), hasta
morir cerca del mítico pueblo de Croix-des-Bouquets,
donde durante generaciones los forgerons du fer
han sabido crear del latón y el hierro no solo una
auténtica forma de arte, sino el sustento económico que
por otras vías no han logrado obtener. Gracias a su
trabajo, me dijeron, han podido mejorar las
condiciones de vida; sin embargo, recalcaron, ese lugar,
que concentra una enorme riqueza artística, yace en el
total olvido, salvo para los intermediarios, coterráneos
o no, institucionales o no, que les compran sus obras a
un precio irrisorio para venderlas luego a precios
mayores en los free shop o en el resto del
Caribe.
Cuando salí de Croix-des-Bouquets, quien me había
llevado a conocer ese lugar me mostró la imagen de un
Cristo crucificado que se hallaba en un cruce de
caminos, entre Port-au-Prince y Croix-des-Bouquets. Tras
la reja que lo rodeaba, su blancura no dejó de
extrañarme. Tal vez influido por la historia de Benoit,
creí que estaba decapitado, pero no era cierto. Sin
embargo, la imagen que quedó en una foto apareció
desfigurada, como ha quedado desfigurada la imagen de
Haití a lo largo de estos doscientos años, y también
como se ha ido desfigurando esa imagen que he traído de
esa tierra.
Hace apenas unos días comenzaron las celebraciones y
conmemoraciones por el bicentenario de la independencia
de un pueblo que la conquistó cortando cabezas y
quemando casas de quienes los ahorcaban y explotaban.
Pero las heridas permanecen abiertas. Corrieron
demasiadas cabezas y se incendiaron demasiadas casas a
todo lo largo de estos doscientos años; de la misma
manera que pervive entre todos nosotros ese miedo a los
Negros que se corrió como la pólvora por el Continente,
sin saber que todos
—navajos, venezolanos,
mexicanos, mexicas, aymaras, guaraníes, argentinos,
cubanos, mapuches, quichés... —
éramos y seguimos siendo otra
partida de negros acosados, asediados y negados
por el poder y el capital dictatoriales.
No nos cansamos de repetir que hoy ese pueblo negro de
Haití paga demasiado caro el precio de su dignidad y de
su gesta quemante y cortante, pero también el precio de
todos los gestos con que sus padres intentaron sostener
y calcar repúblicas, reinos e imperios ilusorios. Como
digo, padres que construyeron y destruyeron lógicas y
vidas, esperanzas y vidas, sistemas y vidas.
Y Yo... yo pago demasiado caro el precio de descender en
latitud y darme cuenta de que aún ignoramos para qué
americanos es esta tierra que decidieron nombrar
arbitrariamente América. De que a una Revolución le hace
falta algo más que ímpetus y líderes prodigiosos. De que
una Revolución puede hundirse y fracasar si no sabe
alzar su rostro y mantenerlo libre de imitaciones
metropolitanas. Es terrible no saber nombrar las cosas;
y peor debe ser mantener lo nombrado libre de las
miserias humanas que nos corroen. Los que fundaron la
segunda nación independiente de América sí supieron
nombrarse...
Caóticamente o no, esa nación haitiana ha vivido y vive
inmersa en un mar de contradicciones, como tantas
naciones americanas ricas y pobres lo hicieron y lo
siguen haciendo. Pero, aun inmersos en esas
contradicciones y paradojas, sobresale el rostro
haitiano, desfigurado, hundido, pero digno, bello,
perfumado y con la misma fuerza que acompañó a Mackandal
en la hoguera. Nunca serán suficientes doscientas
páginas para honrar la memoria de los hombres y mujeres
que han escrito con su sangre lo que luego otros hombres
y mujeres han aprovechado para dar a conocer a través de
sus voces, que se extienden diaspóricamente, lo mismo en
pintura que en palabras.
La cultura y la historia haitianas son tan ricas en
enseñanza y valores como lo fueron hace doscientos años.
Haití, no cabe duda, es una «Conferencia Magistral».
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