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Un proyecto ecuménico
El vínculo entre arte
y sociedad y la definición del papel del intelectual en
el debate político son temas subyacentes en la obra del
autor de La consagración de la primavera. Fiel a
su tarea de escritor, comparte con los luchadores en el
terreno social una misma vocación fundacional. Asume las
responsabilidades que lo tocan. Atento al acontecer,
partícipe y observador, preserva la mirada crítica.
Graziella
Pogolotti|
La Habana
Hoy, en el día de su
natalicio, están comenzando la conmemoración del
centenario de Alejo Carpentier. Así ha venido ocurriendo
con la convocatoria a cursos de posgrado por la
Universidad, con la reciente defensa de una tesis de
doctorado en la que José Antonio Baujín
―autor del prólogo del
libro que hoy presentamos, así como en su aparato
crítico, investigó los vínculos del autor de El
siglo de las luces con Ramón Valle Inclán.
Finalmente, en esta tarde se entrega al lector un texto
inédito de Carpentier editado por Daniel García. La
cultura en Cuba y en el mundo recoge las conferencias
dictadas por Carpentier en Radio Habana Cuba,
contribución indiscutible al mejor conocimiento de su
poética, testimonio de un proceso creador a la vez
coherente y proteico. Nada podía resultar más oportuno
en estos días. Porque la conmemoración de un centenario
trasciende el acto de reconocimiento y respeto a una
obra ya inscrita en la historia literaria. Se abre a
nuevas perspectivas, a numerosas posibilidades de
relectura.
Para el lector
curioso, estas páginas propician la iniciación a amplias
zonas de la cultura, tanto artístico-literaria, como la
política y social. Para el conocedor de la obra
carpentiereana, ofrece claves significativas para
descubrir aspectos enriquecedores de su trabajo creador.
Siempre recuerdo un libro ya muy viejo de un brillante
investigador literario francés, muerto en la Segunda
Guerra Mundial. Jean Prévost dejó un acucioso trabajo
acerca de la creación literaria en Stendhal, válido no
solo de su poética expresa, sino del análisis del
conjunto de sus trabajos, aún de aquellos textos
inconclusos, desechados por el autor de El rojo y el
negro. Esta es una tarea pendiente en el caso de
Carpentier. Sin pretender abordarla, quiero detenerme en
la iluminación producida por una palabra infrecuente y,
sin embargo, reiterada en los años de su madurez, que
vuelvo a descubrir aquí. Es el término «ecuménico». Esa
perspectiva alentó el proyecto carpentiereano en más de
un sentido. El concepto aparece en un amplio desarrollo
desde Tristán e Isolda en la Tierra Firme,
ensayo publicado después de la salida de El reino de
este mundo en medio de la elaboración de Los
pasos perdidos. Define entonces una de las
características de la América Latina, continente donde
no se reconocen fronteras, con ríos inmensos y altas
cordilleras compartidas entre los habitantes de una y
otra orilla, así como muchos países se entrecruzan,
marcados por una misma naturaleza, en el amplio
territorio de la Amazonía. Cubano al fin, inscrito en la
tradición de las flotas, tampoco el Atlántico le parece
frontera, sino espacio de diálogo, de intercambio, de
contaminación mutua. De ese modo percibe el temprano
acriollamiento del Inca Garcilaso y de Bernal Díaz del
Castillo, junto a la reiterada evocación de nuestro
Espejo de Paciencia, al que Carpentier rendiría
homenaje en Concierto Barroco.
La visión ecuménica
se reconoce en el trasfondo común de los mitos,
explícito en Los pasos perdidos y en Los
advertidos, breve relato donde la fábula del arca de
Noé se reproduce en distintos contextos. Concebido así,
el ecumenismo entrelaza mitos con una herencia cultural
compleja en un constante intercambio donde no hay
deudores ni acreedores. En Los advertidos, el
arca de Noé, recuerdo del diluvio universal, resurge por
todas partes, al llegar los tiempos históricos, los
contextos culturales diversos contaminan a los hombres
que alguna vez partieron de tierras lejanas, modifican
identidades en un permanente proceso de creación. De
origen diferente en términos de clase y de procedencia,
Bernal Díaz del Castillo y el inca Garcilaso de la Vega
asumen las voces de un criollismo naciente. El
ecumenismo no cancela las particularidades. Todo lo
contrario. Establece una paridad dialógica a las
antípodas de cualquier globalización homogeneizante.
Desde mediados del
siglo XIX, los simbolistas exploraron los vínculos entre
las distintas manifestaciones de la creación artística.
De una misma fuente procedían palabras, colores y
sonidos. Carpentier reconoce la autonomía de cada una,
aunque atravesadas todas por similares corrientes
epocales. En su peculiar asunción de la vanguardia, el
nacionalismo imprime marcas de identidad a la música de
Villalobos, de Caturla y de Roldán, mientras la novela
se afinca en los llanos y en la sierra. A ese
desbordamiento de las fronteras tradicionales suceden el
rescate del oficio y la apropiación de nuevos códigos
con la narrativa emergente en los 60 y un riguroso
trabajo en la composición musical patente en las obras
producidas por el cubano grupo de renovación musical.
Por caminos paralelos que se interceptan a pesar de las
variantes cronológicas.
El lector curioso
encuentra en las páginas de La cultura en Cuba
y en el mundo una prosa llana que guarda el sabor de
una conversación. El hilo conductor se sumerge a veces
para reaparecer al cabo con la riqueza del libre juego
de las asociaciones, salpicado de anécdotas y datos
interesantes. El investigador descubre nuevas pistas
para explorar una poética definida desde los años 40,
sin dejar por ello de modularse a través del ejercicio
de una continuada praxis narrativa. Carpentier reconoce
en la ruptura radical con el surrealismo en los días de
El reino de este mundo y de Los pasos perdidos
la influencia decisiva de este movimiento en la cultura
del siglo XX. Sitúa su papel renovador junto a los de
Marcel Proust y James Joyce. Esa voz personal, íntima,
relata los trabajos de elaboración de sus obras mayores,
refiere la aventura del descubrimiento del músico
Esteban Salas, alude reiteradamente a ese Espejo de
Paciencia imperfecto y fundador. Esa poética se
revela en la mirada que define obras y autores. Permea
la visión del mundo de un novelista que se dirige a un
auditorio en primera persona, con toda la intimidad de
una conversación entre amigos acomodados en tertulia
habitual bajo discreta iluminación. Fiel a sus demonios
—porque todo artista verdadero los tiene— elude la
erudición y el teoricismo, muletas útiles en tanto
pueden ser trascendidas y metabolizadas.
En los materiales
todavía sumergidos de Carpentier pueden encontrarnos
pistas de su proyecto ecuménico, ya reconocibles en su
extenso quehacer periodístico, en sus ensayos, también
evidentes en ciertos pasajes de sus conversaciones
radiofónicas. Cuando describe a la interminable tarea de
Miguel Ángel Asturias para la escritura de El señor
presidente en el empeño por despojarse de recetas
aprendidas, por encontrar el tono y la perspectiva, ese
tejer y destejer al modo de Penélope, piensa en su
propio laboreo, en la infinidad de páginas compuestas
una sobre otra, en sus proyectos truncos convertidos en
materia prima para empeños mayores. Una fugaz mención a
Paul Lafargue evidencia desde cuan atrás descansaba ese
personaje en su catauro de ideas para desembocar en la
novela mutilada por la muerte. En Las lanzas
coloradas retiene la paradoja implícita en la fuerza
espiritual y la fragilidad física de Simón Bolívar
reconocible en el enfrentamiento del estudiante y el
dictador de El recurso del método.
Pasado y presente se
inscriben en una clara conciencia de la historicidad
donde las generaciones se suceden de forma natural,
diversidad, aunque no necesariamente antagónicas, lejos
de cualquier fractura parricida y bien resguardado de
tentaciones paternalistas. Capaz de aquilatar los
valores de Gallegos, Rivera, Asturias y Uslar Pietri, se
regocija con la aparición de Cortázar, Fuentes y Vargas
Llosa. Se detiene en la Poesía reunida, de
Roberto Fernández Retamar y en la muy reciente
Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet. En
Esteban Montejo vuelve a encontrar la imagen de la
grandeza del hombre, construida a partir de su
fragilidad y de su marginación, como había sucedido ya
con el Ti Noèl de El reino de este mundo. La
sombra de Ti Noèl se proyecta en la selección de pasajes
de la vida del andariego cimarrón realizada por
Carpentier, quien subraya, sin embargo, en Esteban su
capacidad para vencer las circunstancias y seguir
combatiendo machete en mano.
El vínculo entre arte
y sociedad y la definición del papel del intelectual en
el debate político son temas subyacentes en la obra del
autor de La consagración de la primavera. Fiel a
su tarea de escritor, comparte con los luchadores en el
terreno social una misma vocación fundacional. Asume las
responsabilidades que lo tocan. Atento al acontecer,
partícipe y observador, preserva la mirada crítica.
No permanece
indiferente ante las polémicas culturales de los años
60, cuando se trataba de defender, frente a la didáctica
aleccionadora, utilitaria y simplificadora inspirada en
el realismo socialista, la especificidad del arte,
cargado de presente y vuelto hacia el porvenir. No es
gratuita, por ello, la extensa cita tomada de José
Ardévol en la reseña de Música y Revolución,
libro entonces reciente del compositor cubano. El
entramado de la realidad es mucho más complejo. Inmerso
en ella y en su circunstancia, el novelista es, ante
todo, un fabulador. Así fueron los cuenteros de todos
los tiempos y así lo dirá el Cristóbal Colón de El
arpa y la sombra. Se apropia y manipula numerosos
saberes para ir armando el suyo. Las instancias
fundamentales de la política no le resultan
indiferentes, porque palpita en el nexo profundo entre
vida y cultura. Dos líneas de pensamiento se entrecruzan
en el atento análisis de La historia me absolverá,
según el testimonio de Marta Rojas y en el recorrido por
el ideario bolivariano a partir de la selección de
textos preparada por Manuel Galich. Salvando las
distancias de tiempo y espacio, Cuba y Latinoamérica
convergen en similar proyecto liberador. A través de las
edades, cerca de dos siglos, Bolívar, Martí y la
Revolución cubana configuran modelos de resistencia ante
la voluntad hegemónica enmascarada tras el apelativo de
panamericanismo.
Ecuménico y proteico,
narrador, periodista cultivador de la crónica, la
crítica, el reportaje, investigador de la música,
ensayista, Carpentier tuvo clara noción de su
destinatario y supo modelar estilo y estructura
composicional según lo requerido en cada caso. Preservó
para la radio el arte libérrimo de la conversación.
Utilizó técnicas para atrapar el interés del oyente
escurridizo, impaciente ante el dial. El constante
empleo de la primera persona afirma el valor de la
subjetividad. El diálogo íntimo jerarquiza la
individualidad del oyente, rompe la neutralidad
homogeneizante. Transmite ideas con los procedimientos
del cuentero, del encantador de serpientes. Por eso,
cada conferencia se inicia de un modo distinto. Vida y
cultura se iluminan mutuamente. El concepto se revela a
través de la anécdota, con la evocación de un tiempo, de
un lugar, de una circunstancia. En un mundo construido
con palabras, la visualidad irrumpe para estimular la
imaginación del oyente. Desde la ancha perspectiva del
Boulevard Montparnasse irrumpen, a la salida de la
estación de ferrocarriles dos siluetas contrapuestas. Un
hombre alto y fornido con su inveterado bastón. El otro,
de pequeña estatura, es delgado, inquieto. Estamos ante
Diego Rivera y Pablo Picasso, dos símbolos de la
modernidad portadores de universos diferentes. A la
manera del cine, la imagen se diluye. La cámara se
centra en Miguel Ángel Asturias, instalado en ese mismo
Montparnasse con la prestancia de un maya redivivo,
surgido de los orígenes más remotos, inmerso en la
escritura de El señor presidente.
La visión ecuménica
encuentra así una expresión tangible enraizada en la
revelación del sentido profundo de la vida humana. La
existencia se constituye en aventura del descubrimiento.
Se manifiesta en la conquista de tierras vírgenes, al
modo del tirano Aguirre, aludido en estas conferencias.
Sucede en la creación artística en la fragua del
conocimiento, en la exploración del yo, en sus vínculos
con el mundo exterior. En esa argamasa fundamental se
perfilan los personajes venidos de la historia y de la
invención. Quien evoca a Bernal Díaz del Castillo y a
Héctor Villalobos es el autor de El reino de este
mundo, de Los pasos perdidos, de El siglo
de las luces, de Concierto Barroco, de El
arpa y la sombra y de la Consagración de la
primavera.
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