La Jiribilla | Nro. 140
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
LETRA Y SOLFA
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

EL SIGLO DE LAS LUCES

Alejo Carpentier

CAPÍTULO XI

¿Qué alboroto es este?
GOYA

Cuando fondeó la nave en el puerto de Santiago, Víctor, acodado en la proa, hizo un gesto de asombro. Ahí estaban la Salamandre, la Venus , la Vestale, la Méduse, embarcaciones de tráfico normal entre Le Havre, Le Cap y  Port- au-Prince, además de una multitud de unidades menores —urcas, goletas, balandras— que le eran conocidas por pertenecer a negociantes de  Leoganes,  Les Cayes y Saint-Marc. «¿Todos los barcos de Saint Domingue se han reunido aquí?», preguntó a Ogé, que tampoco se explicaba las razones de tan insólita  migración. Echadas las anclas se fueron a tierra, presurosamente, en busca de informes. Lo que supieron  era tremebundo: tres semanas antes había estallado una revolución de negros en la región del norte. El levantamiento se había generalizado sin que las autoridades llegaran a dominar la situación.

La ciudad estaba llena de colonos refugiados. Se hablaba de terribles matanzas de blancos, de incendios y crueldades, de horrorosas violaciones. Los esclavos se habían encarnizado con las hijas de familia, sometiéndolas a las peores sevicias. El país estaba entregado al exterminio, el pillaje y la lubricidad...El capitán Dexter, que llevaba un pequeño cargamento para Port-au-Prince iba a aguardar unos días, en espera de noticias más tranquilizadoras. Si proseguían los desórdenes, iría a Puerto Rico y luego a Surinam, sin detenerse en Haití. Víctor, muy preocupado por el destino de su comercio, no sabía qué hacer. Ogé, en cambio, se  mostraba sereno: aquel movimiento era pintado, sin duda, con colores excesivos. Demasiado coincidía con otros acontecimientos de un alcance universal para ser una mera revuelta de bárbaros incendiarios y violadores. También habían hablado algunos de turbas enloquecidas, ebrias de sangre, después de un cierto 14 de julio que estaba en camino de trasformar el mundo. Uno de los más destacados funcionarios de colonia era su hermano Vincent, educado en Francia como él, miembro del Club de Amigos de los Negros, de París, filántropo de altas luces, que habría sabido contener a las gentes amotinadas si estas no se hubiesen lanzado a las calles y los campos en reclamación de algo justo. Como Vincent había muchos ahora, imbuidos de filosofía, sabedores de lo que reclamaban los tiempos. Todo estaba en esperar un poco, pero ya los días, traerían una aclaración de lo sucedido. Si Dexter persistía en no hacer escala en Port-au-Prince, pronto volverían allá las naves refugiadas en Santiago. A bordo de una de ellas,  el viaje a la vecina isla sería un amable paseo...Pero, entre tanto, había que contar con el calor. Con el calor que pareció surgir de los sollados, de las calas, de las escotillas, de las maderas mismas del Arrow, cuando el buque, con las velas aferradas, quedó anclado en puerto —puerto que era el de Santiago nada menos, y en mes de septiembre para más. Un universal olor  de brea tibia invadió los camarotes y pasillos, pero no lo suficientemente, sin embargo, para librar la cubierta de ciertos vahos de peladuras de patatas, de grasas rancias, de aguas usadas en lavar platos, que empezaron a subir de las cocinas. Y lo peor era que no había modo de guarecerse en tierra. Nadie podía pensar en hallar un albergue en la ciudad, ya que los refugiados llenaban las fondas, posadas y hoteles, llegando a contentarse con una mesa de billar a modo de cama o con cualquier butaca arrimada a un rincón, para pasar la noche. Las  escalinatas de la catedral eran habitadas por gentes que defendían ferozmente el tramo de piedra fresca que les servía de cama. Ogé y Esteban dormían en la cubierta del Arrow, esperando el alba para irse a tierra, en la primera chalupa, con la esperanza de encontrar algún frescor en las calles de casitas rosadas, azules, anaranjadas, con rejas de madera y puertas claveteadas, que evocaban los tempranos días de la colonización —cuando Hernán Cortés todavía modesto alcalde, sembraba las primeras vides traídas de España a las Antillas recién descubiertas. Almorzaban en cualquier bodegón con lo que pudiera encontrarse —que hasta los alimentos escaseaban— antes de buscar el pintoresco amparo de los techos de hojas de palmera que unos franceses farsantes, ingeniosos en lo de aprovechar una situación convulsiva, habían alzado en las puertas de Santiago, a modo de un parque de diversiones que se abría a la media tarde. Sorprendíase Esteban de que ni Sofía ni Víctor quisieran acompañarlo en sus divertidas correrías por la ciudad. Pero ambos preferían —a pesar del agobiante calor— permanecer a bordo del Arrow, que quedaba sin tripulantes durante esos días de forzada inmovilización, ya que los marinos iban a tierra en la primera oportunidad, regresando después del atardecer o de noche, con grande alboroto de borrachos en las chalupas. Sofía explicaba que la temperatura la tenía en insomnio hasta el amanecer, de tal modo que solo venía a dormirse vencida por el cansancio cuando los demás  despertaban. Víctor, por su parte se instalaba en el castillo de proa, frente a la ciudad, desde la hora del alba, redactando una voluminosa correspondencia relacionada con sus negocios. Y así trascurrieron varios días —estando unos en tierra, otros a bordo; unos molestos por los malos olores del barco; otros sin advertirlos— hasta que,  una mañana, Dexter anunció que un marino norteamericano, llegado la víspera de Port-au-Prince, le había informado que allí reinaba un franco estado de revolución. No podía esperar más: zarparía a media tarde para proseguir el viaje, dejando de lado la isla de Saint Domingue. Después de recoger sus cosas y de almorzar un jamón de Westfalia, rociado con cerveza tan caliente que la espuma no despegaba de las copas, los viajeros se despidieron del capitán filántropo y de las gentes del Arrow. Sentado sobre sus valijas, en un portal de los muelles, consideraron la situación. Ogé sabía de un mal velero cubano que saldría mañana hacia Port-au-Prince, fletado por comerciantes de aquí, en busca de refugiados. Lo razonable era que Sofía permaneciera en Santiago, mientras que los tres hombres embarcaran. Si la situación era como la pintaban —y Ogé insistía en que los acontecimientos respondían, por fuerza, a algo más complejo y noble que un mero afán de pillaje—, Esteban regresaría por el mismo barco para buscar a su prima. Ogé estaba muy confiado, además, en la autoridad de su hermano Vincent, de quien estaba sin noticias desde hacía meses, pero que ocupaba, según sabía, un alto cargo en la administración de la colonia. En cuanto a Víctor, no había dilema posible; tenía un negocio, una casa, bienes, en Port-au-Prince. Sofía se enojó, pidiendo que la llevaran; aseguró que no sería un estorbo; no necesitaba camarote; no tenía miedo. «No es cuestión de miedo —dijo Esteban. No podemos exponerte a que te pase lo que le pasó a centenares de mujeres allá.» Víctor estaba de acuerdo. Si la vida era posible en la isla, vendrían a buscarla. De lo contrario, él dejaría a Ogé como apoderado suyo y regresaría a Santiago, en espera del fin de la tormenta. Con tantos refugiados franceses como había en la ciudad, nadie iría a averiguar si el Víctor Hugues de acá era el mismo que había sido denunciado en La Habana por masón. Ahora, Santiago albergaba centenares de miembros de las logias de Port-au-Prince, de Le Cap, de Leogane. Aceptando la determinación de los varones, la joven quedó sola con Víctor en medio de equipajes dispersos, mientras Ogé y Esteban iban a resolver el difícil problema de hallarle un alojamiento decente. A bordo del Arrow —esbelto y magnífico, con sus arboladuras ligeramente inclinadas, sus finos obenques, sus tremolantes enseñas— se iniciaban las maniobras de la partida, con gran movimiento de marinos en la cubierta.

A la mañana siguiente era una vieja balandra cubana, de velas remendadas y ruinosa estampa, la que salía del puerto de Santiago, emprendiendo la navegación a lo largo de una costa cada vez más acrecida en altura. Parecía que el velero no avanzaba, de tanto de tener que orzar el rumbo para imponerse a las corrientes contrarias... Transcurrió un día interminable, y una noche de luna tan clara que Esteban, en el medio sueño de un mal descanso al pie del mástil, creyó veinte veces que amanecía. La balandra entró en las fauces del Golfo de la Gonave, no tardando en avistar las costas de una isla donde, según Ogé, había cascadas cuyas aguas tenían el poder de sumir a las mujeres en un estado de videncia órfica. Cada año iban en peregrinación hacia aquel brillante altar de la Diosa de la Fecundidad y de las Aguas, sumergiéndose en la espuma caída de altas rocas. Y dábanse algunas a retorcerse y gritar, poseídas por un espíritu que les dictaba vaticinios y profecías —profecías que solían cumplirse con pasmosa exactitud. «Sorprendente es que un médico crea en eso», dijo Víctor. «El doctor Mesmer —replicó Ogé, sarcástico— ha realizado millares de curas milagrosas en vuestra culta Europa magnetizando el agua de sus bateas y provocando en sus pacientes un estado de inspiración que desde siempre conocen los negros de acá. Solo que él cobraba por hacerlo. Los dioses de la Gonave trabajan gratuitamente. Esa es la diferencia...» Se siguió navegando entre costas difuminadas, hasta el anochecer. Víctor, que había pasado el día en estado de excesiva impaciencia, se durmió pesadamente —como urgido de recuperar el desgaste nervioso— después de una magra cena de arencones y bizcochos. Fue despertado por Esteban, poco antes de la madrugada. La balandra llegaba frente a Port-au-Prince. El casco de la ciudad estaba en llamas. Un incendio gigantesco enrojecía el cielo y arrojaba paveses a los montes cercanos. Víctor exigió que echaran un bote al agua, sin esperar más, y poco después desembarcaban en el muelle de la pesca. Seguido de Esteban y de Ogé, cruzó las calles donde algunos negros cargaban relojes, cuadros, muebles, salvados de las llamas. Los tres llegaron a un solar yermo, donde algunas maderas calcinadas se erguían aún, humeantes, escamadas de cenizas, entre pequeñas hogueras. El negociante se detuvo, tembloroso, crispado, con el sudor cayéndole en la frente, de las sienes, de la nuca. «Les hago los honores de la casa —dijo. Allí estaba la panadería; aquí, el almacén; detrás, mi habitación.» Recogió una tabla de roble medio quemada: «Era un buen mostrador.» Su pie tropezó con un platillo de balanza, ennegrecido por el fuego. Levantándolo, lo miró largamente. De súbito lo arrojó al suelo con estrépito de gong, alzando un revuelo de hollines. «Perdón», dijo, reventando en sollozos. Ogé salió en busca de unos familiares que tenía en la ciudad.

El día fue naciendo bajo nubes bajas, cargadas de humo, como apretadas entre las montañas que cerraban el golfo. Víctor y Esteban, sentados sobre el horno de la panadería —única cosa identificable en medio de lo informe— contemplaban una ciudad que recobraba su ritmo de ciudad dentro del aniquilamiento de la ciudad misma. Acudían campesinos llevando frutas, quesos, coles, mazos de caña, para disponerlos en un mercado que había dejado de ser mercado. Por costumbre adquirida se situaban en el lugar de sus puestos inexistentes, armando comercios al aire libre que observaban la alineación y compostura de otros días. Parecía que los sublevados después de haber prendido fuego a todo, se hubiesen esfumado. Una calma de carbones apagados, de rescoldos, de brasas sobre la tierra cubierta de escombros, daba una bucólica estampa al que venía pregonando la leche de sus cabras pintas, la fragancia de sus jazmines, la bondad de sus mieles. El gigante que, allá, al final del espigón, ofrecía un enorme calamar enlazado en lo alto, se transfiguraba en el Perseo de Cellini. Unos religiosos, bastante lejos, retiraban los chamuscados andamios de una iglesia en construcción. Iban burritos cargados, por calles que habían dejado de serlo, siguiendo, sin embargo, el acostumbrado itinerario, doblando donde ya no podía cruzarse recto, demorando en una esquina ilusoria donde el tabernero había reinstalado sus frascos de aguardiente sobre tablas montadas en ladrillos. Víctor medía y remedía, con la mirada, el área de su aniquilado negocio, extrañamente solicitado, dentro de su ira calmada,  por el sentimiento liberador de no poseer nada, de haber quedado sin una pertenencia, sin un mueble, un contrato, un libro —sin una carta amarillenta sobre cuya letra pudiera enternecerse. Su vida estaba puesta en un punto cero, sin compromisos que cumplir, sin deudas que pagar, suspendida en el destruido pasado y el mañana inimaginable. En los mornes habían estallado nuevos incendios: «para lo que queda por quemar, quémenlo todo de una vez», dijo. Y todavía permanecía allí, a mediodía, bajo el blanco resplandor de las nubes tendidas de monte a monte, cuando llegó Ogé. Tenía un semblante duro, ahondado por arrugas nuevas, que Esteban no le conocía. «Bien hecho —dijo, abarcando con la mirada el área del incendio. Ustedes no se merecían otra cosa.» Y ante la cara interrogante y enojada de Víctor: «Mi hermano Vincent ha sido ejecutado en la Plaza de Armas del Cabo Francés: le quebraron el cuerpo a golpes de barras de hierro. Dicen que los huesos le sonaban como nueces rotas a martillazos.» « ¿Los sublevados?» preguntó Víctor. «No. Ustedes», respondió el médico con ojos de una sombría fijeza, que miraban sin mirar. Y en medio de aquel solar yermo, narraba la terrible historia del hermano menor, designado para desempeñar un importante cargo administrativo, que se topa con la negativa de los colonos franceses a acatar el decreto de la Asamblea Nacional, a tenor del cual los negros y mestizos dotados de suficiente instrucción eran autorizados a desempeñar funciones públicas en Saint Domingue. Cansado de alegar y reclamar, Vincent se alza en armas, al frente de un escuadrón de descontentos, igualmente afectados por la intransigencia —la desobediencia— de los blancos. Secundados por otro mestizo, Jean Baptiste Chavannes, marcha sobre la Ciudad del Cabo. Al quedar derrotados en el primer encuentro, Vincent y Jean Baptiste buscan amparo en la parte española de la isla. Pero allí son apresados por las autoridades, aherrojados y devueltos al Cabo, bajo escolta.

Puestos entre rejas en una plaza pública, son entregados, durante varios días, al escarnio: insultados, escupidos, por quienes, al pasar, no les arrojaban inmundicias y aguas sucias. Pero ya se yergue la picota; empuña el verdugo su cabilla, que se ensaña en las piernas, los brazos, los muslos, de los reos. Terminada la faena, interviene el hacha. Las cabezas de los jóvenes, alzadas en lanzas, son paseadas, para escarmientos, a lo largo del camino a la Grande Rivière. Los buitres, volando bajo, daban de picotazos, al paso, a las caras amoratadas por el suplicio, que acababan de perder todo aspecto humano —meras esponjas de carne, con hoyos escarlata, bamboleadas por guardias borrachos que se detenían a beber en cada parador...«Queda mucho por quemar —dijo Ogé—. La  próxima noche va a ser tremenda. ¡Lárguense cuanto antes!»...Fueron hacia el muelle, cuyos espigones de madera estaban ardidos a tramos largos, teniendo que andar sobre los travesaños de sostén, de un quebracho resistente al fuego, debajo del cual flotaban cadáveres, escarbados por los cangrejos. La balandra cubana, cargada de refugiados, se había ido sin esperar una hora más —según supieron por un negro viejo, que remendaba tozudamente sus redes como si un roto de la urdimbre del cordel, hubiera sido un problema  de capital importancia en medio del vasto siniestro. Todas las naves habían abandonado el puerto menos una, recién llegada, cuyos tripulantes acababan de enterarse de los que ocurría en Port-au-Prince; era una fragata de tres palos, alta sobre bordas, hacia la cual bogaban, recién desprendida de las orillas, barcas cada vez más numerosas. «Esta es la única oportunidad —dijo Ogé.  Váyanse antes de que los destripen.» Llevados por el negro pescador en un cayuco tan maltrecho que era preciso achicarlo con jícaras, abordaron el  Borée, cuyo capitán, asomado a la borda, escupiendo injurias, se negó a dejarlos subir. Víctor hizo entonces una seña rara —una suerte de dibujo en el  espacio— que acalló las imprecaciones del marino. Se les bajó una escala de cuerdas, y poco después estaban en cubierta, junto al que había entendido el signo —la abstracta imploración— del negociante arruinado. El buque, atestado de refugiados —los había en todas partes, sudando en ropas resudadas, oliendo mal, enfermos de fiebre, de insomnio, de cansancio,  rascándose las primeras llagas, los primeros piojos, golpeado este, herido el otro, violada aquella— zarparía en el acto y regresaría a Francia. «No hay más solución», dijo Víctor, al ver que Esteban vacilaba ante la magnitud de un viaje que no había entrado en sus planes. «Si se queda, lo matarán esta noche», dijó Ogé. «Et vous?», preguntó Víctor. «Pas de danger», respondió el mulato señalando sus mejillas oscuras. Sin embargo, Esteban tuvo la impresión de que el médico no lo estrechaba tan efusivamente como otras veces. Había una tiesura, una distancia nueva, un enseriamiento, entre los cuerpos. «Siento lo ocurrido», dijo Ogé a Víctor, como si asumiera, de pronto, la representación de un país entero. Y haciendo un pequeño gesto de despedida, regresó a la barca, de cuya borda trataba el pescador de alejar el cadáver de un caballo, empujándolo con el remo... Poco después, un trueno de tambores estalló sobre Port-au-Prince, alcanzando la cima de los mornes. Nuevos incendios crecían en las rojeces del crepúsculo. Esteban pensaba en Sofía, que esperaría inútilmente en Santiago —donde había quedado alojada en la casa de unos comerciantes honorables, antiguos proveedores de su padre. Pero era mejor que así fuese. Ogé se las arreglaría para enterarla de lo ocurrido. Carlos iría a buscarla. La rara aventura que hoy empezaba no era de las que podían emprenderse con mujeres en un buque donde, desde ahora, quien tuviese el empeño de asearse tenía que hacerlo a la vista de todos —con otras muchas cosas que se harían, por fuerza, a la vista de todos.

Esteban, entre inquieto y remordido, feliz ante la increíble novedad que le salía al paso, se sentía más sólido, más hecho, más levantado en estatura masculina, junto a Víctor Hugues. Ahora, de espaldas a la ciudad como alardeando de haber enterrado su pasado bajo un montón de cenizas, el francés vuelto más francés que nunca al hablar en francés con un francés, se enteraba de las últimas noticias de su patria. Eran interesantes, insólitas, extraordinarias, ciertamente. Pero ninguna tan considerable, tan sensacional como la que se refería a la fuga del rey y a su arresto en Varenes. Era algo tan tremendo, tan novedoso para cualquier mente, que las palabras «Rey» y «arresto» no acaban de acoplarse, de constituir una posibilidad inmediatamente admisible. ¡Un monarca arrestado, avergonzado, humillado, entregado a la custodia del pueblo a quien pretendía gobernar, cuando era indigno de hacerlo! La más grande corona, el más insigne poder, el más alto cetro del universo, traídos entre dos gendarmes. «Y yo, que estaba negociando con sederías de contrabando, cuando tales cosas pasaban en el mundo —decía Víctor, llevándose las manos a la cabeza—. Se estaba asistiendo, allá, al nacimiento de una nueva humanidad...» El Borée, impulsado por la brisa nocturna, bogaba despacio, bajo un cielo de estrellas tan claras que las montañas del Este se pintaban en tinieblas intrusas, cortando el puro dibujo de las constelaciones. Atrás quedaban los incendios de un día. Hacia el Oriente se erguía, enhiesta y magnífica, vislumbrada por los ojos del entendimiento, la Columna de Fuego que guía las marchas hacia toda Tierra Prometida.

Tomado de El siglo de la luces, de Alejo Carpentier.

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR




© La Jiribilla. La Habana. 2004
 IE-800X600