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EL SIGLO DE LAS LUCES
Alejo
Carpentier
CAPÍTULO XI
¿Qué alboroto es este?
GOYA
Cuando fondeó la nave
en el puerto de Santiago, Víctor, acodado en la proa,
hizo un gesto de asombro. Ahí estaban la Salamandre,
la Venus , la Vestale, la Méduse,
embarcaciones de tráfico normal entre Le Havre, Le Cap
y Port- au-Prince, además de una multitud de unidades
menores —urcas, goletas, balandras— que le eran
conocidas por pertenecer a negociantes de Leoganes,
Les Cayes y Saint-Marc. «¿Todos los barcos de Saint
Domingue se han reunido aquí?», preguntó a Ogé, que
tampoco se explicaba las razones de tan insólita
migración. Echadas las anclas se fueron a tierra,
presurosamente, en busca de informes. Lo que supieron
era tremebundo: tres semanas antes había estallado una
revolución de negros en la región del norte. El
levantamiento se había generalizado sin que las
autoridades llegaran a dominar la situación.
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La ciudad estaba llena
de colonos refugiados. Se hablaba de terribles matanzas
de blancos, de incendios y crueldades, de horrorosas
violaciones. Los esclavos se habían encarnizado con las
hijas de familia, sometiéndolas a las peores sevicias.
El país estaba entregado al exterminio, el pillaje y la
lubricidad...El capitán Dexter, que llevaba un pequeño
cargamento para Port-au-Prince iba a aguardar unos días,
en espera de noticias más tranquilizadoras. Si
proseguían los desórdenes, iría a Puerto Rico y luego a
Surinam, sin detenerse en Haití. Víctor, muy preocupado
por el destino de su comercio, no sabía qué hacer. Ogé,
en cambio, se mostraba sereno: aquel movimiento era
pintado, sin duda, con colores excesivos. Demasiado
coincidía con otros acontecimientos de un alcance
universal para ser una mera revuelta de bárbaros
incendiarios y violadores. También habían hablado
algunos de turbas enloquecidas, ebrias de sangre,
después de un cierto 14 de julio que estaba en camino de
trasformar el mundo. Uno de los más destacados
funcionarios de colonia era su hermano Vincent, educado
en Francia como él, miembro del Club de Amigos de los
Negros, de París, filántropo de altas luces, que habría
sabido contener a las gentes amotinadas si estas no se
hubiesen lanzado a las calles y los campos en
reclamación de algo justo. Como Vincent había muchos
ahora, imbuidos de filosofía, sabedores de lo que
reclamaban los tiempos. Todo estaba en esperar un poco,
pero ya los días, traerían una aclaración de lo
sucedido. Si Dexter persistía en no hacer escala en Port-au-Prince,
pronto volverían allá las naves refugiadas en Santiago.
A bordo de una de ellas, el viaje a la vecina isla
sería un amable paseo...Pero, entre tanto, había que
contar con el calor. Con el calor que pareció surgir de
los sollados, de las calas, de las escotillas, de las
maderas mismas del Arrow, cuando el buque, con
las velas aferradas, quedó anclado en puerto —puerto que
era el de Santiago nada menos, y en mes de septiembre
para más. Un universal olor de brea tibia invadió los
camarotes y pasillos, pero no lo suficientemente, sin
embargo, para librar la cubierta de ciertos vahos de
peladuras de patatas, de grasas rancias, de aguas usadas
en lavar platos, que empezaron a subir de las cocinas. Y
lo peor era que no había modo de guarecerse en tierra.
Nadie podía pensar en hallar un albergue en la ciudad,
ya que los refugiados llenaban las fondas, posadas y
hoteles, llegando a contentarse con una mesa de billar a
modo de cama o con cualquier butaca arrimada a un
rincón, para pasar la noche. Las escalinatas de la
catedral eran habitadas por gentes que defendían
ferozmente el tramo de piedra fresca que les servía de
cama. Ogé y Esteban dormían en la cubierta del Arrow,
esperando el alba para irse a tierra, en la primera
chalupa, con la esperanza de encontrar algún frescor en
las calles de casitas rosadas, azules, anaranjadas, con
rejas de madera y puertas claveteadas, que evocaban los
tempranos días de la colonización —cuando Hernán Cortés
todavía modesto alcalde, sembraba las primeras vides
traídas de España a las Antillas recién descubiertas.
Almorzaban en cualquier bodegón con lo que pudiera
encontrarse —que hasta los alimentos escaseaban— antes
de buscar el pintoresco amparo de los techos de hojas de
palmera que unos franceses farsantes, ingeniosos en lo
de aprovechar una situación convulsiva, habían alzado en
las puertas de Santiago, a modo de un parque de
diversiones que se abría a la media tarde. Sorprendíase
Esteban de que ni Sofía ni Víctor quisieran acompañarlo
en sus divertidas correrías por la ciudad. Pero ambos
preferían —a pesar del agobiante calor— permanecer a
bordo del Arrow, que quedaba sin tripulantes
durante esos días de forzada inmovilización, ya que los
marinos iban a tierra en la primera oportunidad,
regresando después del atardecer o de noche, con grande
alboroto de borrachos en las chalupas. Sofía explicaba
que la temperatura la tenía en insomnio hasta el
amanecer, de tal modo que solo venía a dormirse vencida
por el cansancio cuando los demás despertaban. Víctor,
por su parte se instalaba en el castillo de proa, frente
a la ciudad, desde la hora del alba, redactando una
voluminosa correspondencia relacionada con sus negocios.
Y así trascurrieron varios días —estando unos en tierra,
otros a bordo; unos molestos por los malos olores del
barco; otros sin advertirlos— hasta que, una mañana,
Dexter anunció que un marino norteamericano, llegado la
víspera de Port-au-Prince, le había informado que allí
reinaba un franco estado de revolución. No podía esperar
más: zarparía a media tarde para proseguir el viaje,
dejando de lado la isla de Saint Domingue. Después de
recoger sus cosas y de almorzar un jamón de Westfalia,
rociado con cerveza tan caliente que la espuma no
despegaba de las copas, los viajeros se despidieron del
capitán filántropo y de las gentes del Arrow.
Sentado sobre sus valijas, en un portal de los muelles,
consideraron la situación. Ogé sabía de un mal velero
cubano que saldría mañana hacia Port-au-Prince, fletado
por comerciantes de aquí, en busca de refugiados. Lo
razonable era que Sofía permaneciera en Santiago,
mientras que los tres hombres embarcaran. Si la
situación era como la pintaban —y Ogé insistía en que
los acontecimientos respondían, por fuerza, a algo más
complejo y noble que un mero afán de pillaje—, Esteban
regresaría por el mismo barco para buscar a su prima.
Ogé estaba muy confiado, además, en la autoridad de su
hermano Vincent, de quien estaba sin noticias desde
hacía meses, pero que ocupaba, según sabía, un alto
cargo en la administración de la colonia. En cuanto a
Víctor, no había dilema posible; tenía un negocio, una
casa, bienes, en Port-au-Prince. Sofía se enojó,
pidiendo que la llevaran; aseguró que no sería un
estorbo; no necesitaba camarote; no tenía miedo. «No es
cuestión de miedo —dijo Esteban. No podemos exponerte a
que te pase lo que le pasó a centenares de mujeres
allá.» Víctor estaba de acuerdo. Si la vida era posible
en la isla, vendrían a buscarla. De lo contrario, él
dejaría a Ogé como apoderado suyo y regresaría a
Santiago, en espera del fin de la tormenta. Con tantos
refugiados franceses como había en la ciudad, nadie iría
a averiguar si el Víctor Hugues de acá era el mismo que
había sido denunciado en La Habana por masón. Ahora,
Santiago albergaba centenares de miembros de las logias
de Port-au-Prince, de Le Cap, de Leogane. Aceptando la
determinación de los varones, la joven quedó sola con
Víctor en medio de equipajes dispersos, mientras Ogé y
Esteban iban a resolver el difícil problema de hallarle
un alojamiento decente. A bordo del Arrow
—esbelto y magnífico, con sus arboladuras ligeramente
inclinadas, sus finos obenques, sus tremolantes enseñas—
se iniciaban las maniobras de la partida, con gran
movimiento de marinos en la cubierta.
A la mañana siguiente
era una vieja balandra cubana, de velas remendadas y
ruinosa estampa, la que salía del puerto de Santiago,
emprendiendo la navegación a lo largo de una costa cada
vez más acrecida en altura. Parecía que el velero no
avanzaba, de tanto de tener que orzar el rumbo para
imponerse a las corrientes contrarias... Transcurrió un
día interminable, y una noche de luna tan clara que
Esteban, en el medio sueño de un mal descanso al pie del
mástil, creyó veinte veces que amanecía. La balandra
entró en las fauces del Golfo de la Gonave, no tardando
en avistar las costas de una isla donde, según Ogé,
había cascadas cuyas aguas tenían el poder de sumir a
las mujeres en un estado de videncia órfica. Cada año
iban en peregrinación hacia aquel brillante altar de la
Diosa de la Fecundidad y de las Aguas, sumergiéndose en
la espuma caída de altas rocas. Y dábanse algunas a
retorcerse y gritar, poseídas por un espíritu que les
dictaba vaticinios y profecías —profecías que solían
cumplirse con pasmosa exactitud. «Sorprendente es que un
médico crea en eso», dijo Víctor. «El doctor Mesmer
—replicó Ogé, sarcástico— ha realizado millares de curas
milagrosas en vuestra culta Europa magnetizando el agua
de sus bateas y provocando en sus pacientes un estado de
inspiración que desde siempre conocen los negros de acá.
Solo que él cobraba por hacerlo. Los dioses de la Gonave
trabajan gratuitamente. Esa es la diferencia...» Se
siguió navegando entre costas difuminadas, hasta el
anochecer. Víctor, que había pasado el día en estado de
excesiva impaciencia, se durmió pesadamente —como urgido
de recuperar el desgaste nervioso— después de una magra
cena de arencones y bizcochos. Fue despertado por
Esteban, poco antes de la madrugada. La balandra llegaba
frente a Port-au-Prince. El casco de la ciudad estaba en
llamas. Un incendio gigantesco enrojecía el cielo y
arrojaba paveses a los montes cercanos. Víctor exigió
que echaran un bote al agua, sin esperar más, y poco
después desembarcaban en el muelle de la pesca. Seguido
de Esteban y de Ogé, cruzó las calles donde algunos
negros cargaban relojes, cuadros, muebles, salvados de
las llamas. Los tres llegaron a un solar yermo, donde
algunas maderas calcinadas se erguían aún, humeantes,
escamadas de cenizas, entre pequeñas hogueras. El
negociante se detuvo, tembloroso, crispado, con el sudor
cayéndole en la frente, de las sienes, de la nuca. «Les
hago los honores de la casa —dijo. Allí estaba la
panadería; aquí, el almacén; detrás, mi habitación.»
Recogió una tabla de roble medio quemada: «Era un buen
mostrador.» Su pie tropezó con un platillo de balanza,
ennegrecido por el fuego. Levantándolo, lo miró
largamente. De súbito lo arrojó al suelo con estrépito
de gong, alzando un revuelo de hollines. «Perdón», dijo,
reventando en sollozos. Ogé salió en busca de unos
familiares que tenía en la ciudad.
El día fue naciendo
bajo nubes bajas, cargadas de humo, como apretadas entre
las montañas que cerraban el golfo. Víctor y Esteban,
sentados sobre el horno de la panadería —única cosa
identificable en medio de lo informe— contemplaban una
ciudad que recobraba su ritmo de ciudad dentro del
aniquilamiento de la ciudad misma. Acudían campesinos
llevando frutas, quesos, coles, mazos de caña, para
disponerlos en un mercado que había dejado de ser
mercado. Por costumbre adquirida se situaban en el lugar
de sus puestos inexistentes, armando comercios al aire
libre que observaban la alineación y compostura de otros
días. Parecía que los sublevados después de haber
prendido fuego a todo, se hubiesen esfumado. Una calma
de carbones apagados, de rescoldos, de brasas sobre la
tierra cubierta de escombros, daba una bucólica estampa
al que venía pregonando la leche de sus cabras pintas,
la fragancia de sus jazmines, la bondad de sus mieles.
El gigante que, allá, al final del espigón, ofrecía un
enorme calamar enlazado en lo alto, se transfiguraba en
el Perseo de Cellini. Unos religiosos, bastante lejos,
retiraban los chamuscados andamios de una iglesia en
construcción. Iban burritos cargados, por calles que
habían dejado de serlo, siguiendo, sin embargo, el
acostumbrado itinerario, doblando donde ya no podía
cruzarse recto, demorando en una esquina ilusoria donde
el tabernero había reinstalado sus frascos de
aguardiente sobre tablas montadas en ladrillos. Víctor
medía y remedía, con la mirada, el área de su aniquilado
negocio, extrañamente solicitado, dentro de su ira
calmada, por el sentimiento liberador de no poseer
nada, de haber quedado sin una pertenencia, sin un
mueble, un contrato, un libro —sin una carta amarillenta
sobre cuya letra pudiera enternecerse. Su vida estaba
puesta en un punto cero, sin compromisos que cumplir,
sin deudas que pagar, suspendida en el destruido pasado
y el mañana inimaginable. En los mornes habían
estallado nuevos incendios: «para lo que queda por
quemar, quémenlo todo de una vez», dijo. Y todavía
permanecía allí, a mediodía, bajo el blanco resplandor
de las nubes tendidas de monte a monte, cuando llegó Ogé.
Tenía un semblante duro, ahondado por arrugas nuevas,
que Esteban no le conocía. «Bien hecho —dijo, abarcando
con la mirada el área del incendio. Ustedes no se
merecían otra cosa.» Y ante la cara interrogante y
enojada de Víctor: «Mi hermano Vincent ha sido ejecutado
en la Plaza de Armas del Cabo Francés: le quebraron el
cuerpo a golpes de barras de hierro. Dicen que los
huesos le sonaban como nueces rotas a martillazos.» «
¿Los sublevados?» preguntó Víctor. «No. Ustedes»,
respondió el médico con ojos de una sombría fijeza, que
miraban sin mirar. Y en medio de aquel solar yermo,
narraba la terrible historia del hermano menor,
designado para desempeñar un importante cargo
administrativo, que se topa con la negativa de los
colonos franceses a acatar el decreto de la Asamblea
Nacional, a tenor del cual los negros y mestizos dotados
de suficiente instrucción eran autorizados a desempeñar
funciones públicas en Saint Domingue. Cansado de alegar
y reclamar, Vincent se alza en armas, al frente de un
escuadrón de descontentos, igualmente afectados por la
intransigencia —la desobediencia— de los blancos.
Secundados por otro mestizo, Jean Baptiste Chavannes,
marcha sobre la Ciudad del Cabo. Al quedar derrotados en
el primer encuentro, Vincent y Jean Baptiste buscan
amparo en la parte española de la isla. Pero allí son
apresados por las autoridades, aherrojados y devueltos
al Cabo, bajo escolta.
Puestos entre rejas en
una plaza pública, son entregados, durante varios días,
al escarnio: insultados, escupidos, por quienes, al
pasar, no les arrojaban inmundicias y aguas sucias. Pero
ya se yergue la picota; empuña el verdugo su cabilla,
que se ensaña en las piernas, los brazos, los muslos, de
los reos. Terminada la faena, interviene el hacha. Las
cabezas de los jóvenes, alzadas en lanzas, son paseadas,
para escarmientos, a lo largo del camino a la Grande
Rivière. Los buitres, volando bajo, daban de picotazos,
al paso, a las caras amoratadas por el suplicio, que
acababan de perder todo aspecto humano —meras esponjas
de carne, con hoyos escarlata, bamboleadas por guardias
borrachos que se detenían a beber en cada
parador...«Queda mucho por quemar —dijo Ogé—. La
próxima noche va a ser tremenda. ¡Lárguense cuanto
antes!»...Fueron hacia el muelle, cuyos espigones de
madera estaban ardidos a tramos largos, teniendo que
andar sobre los travesaños de sostén, de un quebracho
resistente al fuego, debajo del cual flotaban cadáveres,
escarbados por los cangrejos. La balandra cubana,
cargada de refugiados, se había ido sin esperar una hora
más —según supieron por un negro viejo, que remendaba
tozudamente sus redes como si un roto de la urdimbre del
cordel, hubiera sido un problema de capital importancia
en medio del vasto siniestro. Todas las naves habían
abandonado el puerto menos una, recién llegada, cuyos
tripulantes acababan de enterarse de los que ocurría en
Port-au-Prince; era una fragata de tres palos, alta
sobre bordas, hacia la cual bogaban, recién desprendida
de las orillas, barcas cada vez más numerosas. «Esta es
la única oportunidad —dijo Ogé. Váyanse antes de que
los destripen.» Llevados por el negro pescador en un
cayuco tan maltrecho que era preciso achicarlo con
jícaras, abordaron el Borée, cuyo capitán,
asomado a la borda, escupiendo injurias, se negó a
dejarlos subir. Víctor hizo entonces una seña rara —una
suerte de dibujo en el espacio— que acalló las
imprecaciones del marino. Se les bajó una escala de
cuerdas, y poco después estaban en cubierta, junto al
que había entendido el signo —la abstracta imploración—
del negociante arruinado. El buque, atestado de
refugiados —los había en todas partes, sudando en ropas
resudadas, oliendo mal, enfermos de fiebre, de insomnio,
de cansancio, rascándose las primeras llagas, los
primeros piojos, golpeado este, herido el otro, violada
aquella— zarparía en el acto y regresaría a Francia. «No
hay más solución», dijo Víctor, al ver que Esteban
vacilaba ante la magnitud de un viaje que no había
entrado en sus planes. «Si se queda, lo matarán esta
noche», dijó Ogé. «Et vous?», preguntó Víctor. «Pas de
danger», respondió el mulato señalando sus mejillas
oscuras. Sin embargo, Esteban tuvo la impresión de que
el médico no lo estrechaba tan efusivamente como otras
veces. Había una tiesura, una distancia nueva, un
enseriamiento, entre los cuerpos. «Siento lo ocurrido»,
dijo Ogé a Víctor, como si asumiera, de pronto, la
representación de un país entero. Y haciendo un pequeño
gesto de despedida, regresó a la barca, de cuya borda
trataba el pescador de alejar el cadáver de un caballo,
empujándolo con el remo... Poco después, un trueno de
tambores estalló sobre Port-au-Prince, alcanzando la
cima de los mornes. Nuevos incendios crecían en
las rojeces del crepúsculo. Esteban pensaba en Sofía,
que esperaría inútilmente en Santiago —donde había
quedado alojada en la casa de unos comerciantes
honorables, antiguos proveedores de su padre. Pero era
mejor que así fuese. Ogé se las arreglaría para
enterarla de lo ocurrido. Carlos iría a buscarla. La
rara aventura que hoy empezaba no era de las que podían
emprenderse con mujeres en un buque donde, desde ahora,
quien tuviese el empeño de asearse tenía que hacerlo a
la vista de todos —con otras muchas cosas que se harían,
por fuerza, a la vista de todos.
Esteban, entre inquieto y remordido, feliz ante la
increíble novedad que le salía al paso, se sentía más
sólido, más hecho, más levantado en estatura masculina,
junto a Víctor Hugues. Ahora, de espaldas a la ciudad
como alardeando de haber enterrado su pasado bajo un
montón de cenizas, el francés vuelto más francés que
nunca al hablar en francés con un francés, se enteraba
de las últimas noticias de su patria. Eran interesantes,
insólitas, extraordinarias, ciertamente. Pero ninguna
tan considerable, tan sensacional como la que se refería
a la fuga del rey y a su arresto en Varenes. Era algo
tan tremendo, tan novedoso para cualquier mente, que las
palabras «Rey» y «arresto» no acaban de acoplarse, de
constituir una posibilidad inmediatamente admisible. ¡Un
monarca arrestado, avergonzado, humillado, entregado a
la custodia del pueblo a quien pretendía gobernar,
cuando era indigno de hacerlo! La más grande corona, el
más insigne poder, el más alto cetro del universo,
traídos entre dos gendarmes. «Y yo, que estaba
negociando con sederías de contrabando, cuando tales
cosas pasaban en el mundo —decía Víctor, llevándose las
manos a la cabeza—. Se estaba asistiendo, allá, al
nacimiento de una nueva humanidad...» El Borée,
impulsado por la brisa nocturna, bogaba despacio, bajo
un cielo de estrellas tan claras que las montañas del
Este se pintaban en tinieblas intrusas, cortando el puro
dibujo de las constelaciones. Atrás quedaban los
incendios de un día. Hacia el Oriente se erguía,
enhiesta y magnífica, vislumbrada por los ojos del
entendimiento, la Columna de Fuego que guía las marchas
hacia toda Tierra Prometida.
Tomado de El siglo de la luces, de Alejo
Carpentier. |