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LA LEY PATRIÓTICA, TAN DESPÓTICA COMO CUALQUIERA CREADA
POR HITLER
«Si
el actual jefe de la Casa Blanca y el procurador John
Ashcroft hubieran vivido en los primeros años de la
república, habrían sido considerados tan infames que ni
siquiera se les habría permitido pertenecer al país. No
los hubieran llamado estadounidenses...» Entrevista con
Gore Vidal, escritor y crítico social estadounidense.
Marc
Cooper|
La Jornada
George W. Bush tuvo
suerte de no haber nacido en una época anterior y de no
haberse colado en alguna forma en la Convención
Constituyente de EE.UU. Un hombre con sus opiniones, tan
desdeñosas del espíritu democrático, habría sido, sin
duda, exiliado por los enfurecidos fundadores de la
nación recién liberada. Tal es la reflexión de uno de
los más controvertidos críticos sociales y uno de los
escritores estadounidenses más prolíficos de nuestro
tiempo: Gore Vidal.
La vez anterior que
entrevistamos a Vidal, hace poco más de un año, disparó
una poderosa reacción en cadena al ubicarse como uno de
los últimos defensores del ideal de la república
estadounidense. Sus acerbos comentarios a La Weekly
acerca de los bushitas fueron reproducidos en
publicaciones de todo el mundo y anunciados una y otra
vez en Internet. Ahora vuelve a las andadas, dando al
Weekly otra dosis de su disidencia y, con el persistente
goteo de nuevas cifras bajas en Iraq, sus comentarios no
son menos explosivos ahora que el año anterior.
Esta vez, sin
embargo, habla como un estadounidense de tiempo
completo. Después de varias décadas en las que repartió
su tiempo entre Los Ángeles e Italia, ha decidido
asentarse en su casa de estilo colonial de Hollywood
Hills. De 77 años, aquejado de un mal en la rodilla y
todavía en recuperación por la pérdida de su compañero
de muchos años, ocurrida a principios del 2003, Vidal es
más beligerante y productivo que nunca.
Vidal tenía, sin
duda, en mente a políticos como Bush y el procurador
general, John Ashcroft, cuando escribió su libro más
reciente, el tercero en dos años. Inventing a Nation:
Washington, Adams, Jefferson (La invención de una
nación: Washington Adams, Jefferson) explora a
profundidad la psique de ese trío de patriotas. Y,
aunque expone a la vista todas sus flaquezas humanas
―vanidad, ambición,
arrogancia, envidia e inseguridad―,
su compromiso, profundamente arraigado, de construir la
primera nación democrática de la Tierra se proyecta
rápidamente al primer plano.
El contraste entre
ellos y los de ahora está todo, menos implícito. Ya en
las primeras páginas Vidal revela su persistente
desprecio por el grupo que hoy domina la capital que
lleva el nombre de nuestro primer presidente.
Al comenzar nuestro
diálogo, le pedí trazar los vínculos entre nuestro
pasado revolucionario y nuestro presente imperial.
Su nuevo libro se
enfoca en Washington, Adams y Jefferson, pero al leerlo
con más detenimiento parece que en realidad fue Benjamin
Franklin quien resultó ser el más visionario en cuanto
al futuro de la república.
Franklin entendió al
pueblo estadounidense mejor que los otros tres.
Washington y Jefferson eran nobles: poseían plantaciones
y esclavos. Alexander Hamilton ingresó por virtud del
matrimonio en una familia rica y poderosa y se unió a la
clase alta. Benjamin Franklin era de pura clase media.
De hecho, puede que él la haya inventado para los
estadounidenses. Él vio peligro en todas partes. Todos
lo vieron. A ninguno le gustaba la Constitución. James
Madison, a quien se conoce como el padre de ella, tenía
un montón de quejas sobre el poder de la presidencia.
Pero tenían prisa de poner a caminar la nación. De ahí
el gran discurso, del cual tomó extensos párrafos en el
libro, que el viejo y moribundo Franklin pidió que
alguien leyera por él. Dijo: estoy en favor de esta
Constitución, defectuosa como es, porque necesitamos un
buen gobierno y lo necesitamos ya. Y este documento, si
lo ponemos en práctica de manera apropiada, nos dará ese
gobierno durante cierto número de años.
«Pero luego, dijo
Franklin, la Constitución fallará, como las que ha
habido en el pasado, a causa de la corrupción esencial
de la gente. Señaló con el dedo a todos los
estadounidenses. Y cuando la gente se vuelva así de
corrupta, dijo, descubriremos que lo que queremos no es
una república, sino despotismo... la única forma de
gobierno deseable para tal gente.»
Pero Jefferson
tenía la opinión más radical, ¿no? Sostenía que la
Constitución solo podía verse como un documento de
transición.
Ah, sí. Jefferson
dijo que en cada generación deberíamos tener una
Convención Constituyente y revisar lo que no funcionaba.
Como llevar un coche al taller a que le revisen el
carburador. Dijo que no podemos esperar que un hombre se
ponga una chaqueta de niño. Debe revisarse porque la
Tierra pertenece a los vivos. Fue el primero, que yo
sepa, que dijo eso. Y cada generación tiene el derecho
de cambiar cuantas leyes desee. O incluso la forma de
gobierno. ¡Traigan al Dalai Lama si eso es lo que quiere
la gente! A Jefferson le daba lo mismo.
Jefferson era el
único demócrata puro entre los fundadores, y pensaba que
la única forma de lograr su idea de democracia era dar
al pueblo la oportunidad de cambiar las leyes. Madison
fue muy elocuente en su respuesta a Jefferson. Dijo que
no se puede tener un gobierno con algún grado de
autoridad si solo va a durar un año.
Esa fue la disputa
entre Madison y Jefferson. Y probablemente continuaría
aún si quedara al menos un estadista por aquí que dijera
que tenemos que empezar a cambiar el maldito documento.
Su libro recrea el
debate entre los republicanos de Jefferson y los
federalistas de Hamilton, que en ese tiempo eran de
hecho los dos partidos de la joven nación. Más de 200
años después, ¿aún vemos algún signo de continuidad en
nuestro actual sistema político?
Solo vestigios. Pero
lo que más encontramos es esa corrupción que Franklin
vaticinó. La nuestra es una sociedad enteramente
corrupta. La presidencia está en venta. Quien recaude
más dinero para comprar tiempo en televisión será
probablemente el próximo presidente. Eso es corrupción a
escala mayúscula.
Enron abrió los ojos
de los ingenuos admiradores del capitalismo moderno.
Nuestra hermandad contable, en su totalidad, resultó ser
corrupta y defraudadora. Y el gobierno estaba por
completo coludido con ella y no le importaba un bledo.
El viejo Kenny Lay,
amigo de Bush, sigue suelto y mañana podría establecer
una nueva compañía. Si es que no lo ha hecho ya. A nadie
han castigado por despojar a la gente de su dinero y de
sus fondos de pensión y por arruinar la economía.
Así pues, la
corrupción vaticinada por Franklin rinde su fruto
terrible. Nadie quiere hacer nada al respecto. Ni
siquiera es tema de campaña. Una vez que se tiene una
comunidad de negocios tan corrupta en una sociedad cuya
razón de ser son los negocios, lo que se tiene es, de
hecho, despotismo. Es ese imperio autoritario que la
gente de Bush nos ha traído. La Ley Patriótica es tan
despótica como cualquiera que haya creado Hitler;
incluso utiliza muchas de las mismas frases. En uno de
mis libros anteriores, Perpetual War for Perpetual
Peace (Guerra perpetua para la paz perpetua),
mostré cómo el lenguaje que usó la gente de Clinton para
acobardar a los estadounidenses con el fin de perseguir
a terroristas como Timothy McVeigh
―se les dijo que sus
derechos se suspenderían solo por breve tiempo―
era precisamente el utilizado por Hitler después del
incendio del Reichstag.
En este contexto,
¿alguno de los padres fundadores se sentiría cómodo con
el actual sistema político de
EE.UU.? Sin duda, Jefferson no. Pero, ¿y los
centralistas radicales, o aquellos como John Adams, que
tenían una simpatía vergonzante por la monarquía?
Adams creía que la monarquía, acotada y equilibrada por
el Parlamento, podía ofrecer democracia. Pero de ninguna
forma era partidario del totalitarismo. Hamilton, en
cambio, se habría llevado muy bien con la gente de Bush,
porque creía en la existencia de una elite que debería
gobernar. Sin embargo, era un cabrón nacido en las
Indias Occidentales, y siempre se sintió un poco
nervioso con su posición social. Claro está, se casó con
una ricachona y se volvió aristócrata. Y es él quien
sostiene que debemos tener un gobierno formado por los
mejores, queriendo decir los ricos.
Así que Hamilton estaría muy del lado de Bush. Pero no
se me ocurre que ningún otro fundador lo hiciera. Adams,
sin duda, desaprobaría a Bush. Era muy moral, y no creo
que soportara la deshonestidad actual. Ya bastante
acosados se sentían los constituyentes por una partida
de periodistas venidos de Irlanda y otros lugares a
decirles cómo los estadounidenses debían hacer las
cosas, más o menos como hoy Andrew Sullivan
nos dice cómo debemos ser. Creo que encontraríamos
entre los fundadores un consenso de descontento con Bush.
Ese despotismo que hoy nos abruma es precisamente lo que
Franklin predijo.
Pero, Gore, en sus años usted ha vivido bajo buen
número de gobiernos poco gloriosos, desde la fundación
del estado de seguridad nacional de Truman hasta la
debacle de Vietnam con Lyndon B. Johnson, así como Nixon
y Watergate, y ha vivido para contarlo. Así pues,
tratándose del gobierno de Bush, ¿en verdad habla de
despotismo per se? ¿O este no es más que otro gobierno
republicano, solo que más corrupto y despótico?
No. Hablamos de despotismo. No he leído solo la primera
Ley Patriótica, sino también la segunda, que aún no se
hace pública del todo ni ha sido aprobada por el
Congreso, y contra la cual existe ya considerable
resistencia. A un ciudadano estadounidense se le pueden
tomar sus huellas digitales como terrorista, y ¿con qué
pruebas? Con ninguna. Todo lo que se necesita es la
palabra del procurador general o quizá del presidente
mismo. Entonces pueden encerrarlo a uno sin acceso a un
abogado, y luego juzgarlo un tribunal militar e incluso
ejecutarlo. O, según un nuevo agregado, lo pueden
exiliar, despojarlo de su ciudadanía y enviarlo a
cualquier sitio que ni siquiera esté organizado como
país, como la Tierra del Fuego o alguna roca del
Pacífico. Todo eso está en la nueva Ley Patriótica. Los
padres fundadores hubieran pensado que es despotismo con
creces. Y habrían colgado a cualquiera que hubiera
pretendido hacer pasar algo semejante en la Convención
Constituyente en Filadelfia. Colgado.
Entonces, si George W. Bush y John Ashcroft hubieran
vivido en los primeros años de la república, ¿habrían
sido procesados y colgados por los fundadores?
No, habría sido algo mejor y peor. (Ríe.) Bush y
Ashcroft habrían sido considerados tan infames que ni
siquiera se les habría permitido pertenecer al país. Tal
vez los habrían invitado a irse a Bolivia o a Paraguay
para formar parte de la administración de alguna colonia
española, donde se habrían sentido mucho más a gusto. No
los hubieran llamado estadounidenses; la mayoría de los
estadounidenses no los habría considerado ciudadanos.
¿Usted no considera estadounidenses a Bush y Ashcroft?
Los considero extraños enemigos. Se las han ingeniado
para adueñarse de todo, y de manera muy descarada.
Tenemos un presidente anómalo. Tenemos despotismo. No
tenemos un proceso legal.
Sin embargo, usted vio en la década de 1960 cómo el
gobierno de Johnson se derrumbó bajo el peso de su
propia arrogancia. Lo mismo que Nixon. Y ahora, cuando
crece el descontento por la guerra en Iraq, ¿no tiene la
impresión de que Bush camina hacia el mismo destino?
En
realidad veo que un asunto más pequeño se le atraviesa
en el camino: la destitución de la esposa del embajador
Wilson como agente de la CIA. A menudo son esos casos
pequeños los que permiten pescar al culpable. Algo lo
bastante pequeño para que un tribunal pueda hincarle el
diente. Poner en riesgo a esa señora a causa del coraje
por lo que hizo su marido es algo perverso, peligroso
para la nación, peligroso para otros agentes de la CIA.
Eso tiene más resonancia que Iraq. Me temo que 90 % de
los estadounidenses no saben dónde queda Iraq y nunca lo
sabrán, y no les importa.
Sin embargo, esa cifra de 87 mil millones de dólares se
les grabó en el cerebro porque no hay dinero suficiente.
Los estados van a la quiebra. Mientras tanto, la derecha
ha tenido éxito en convencer al 99 % de la gente de que
estamos financiando generosamente a todas las naciones
del mundo, que estamos subsidiando con el gasto social a
las madres de familia, a todas esas señoras negras a las
que los republicanos siempre atacan, esas que, según nos
dicen, se emborrachan con champaña Kristal en el hotel
Ambassador de Chicago, lo cual, por supuesto, es
ridículo.
Y
ahora la gente ve que están tirando otros 87 mil
millones de dólares por la ventana. ¡Adiós! La gente va
a rebelarse contra eso. El Congreso lo aprobó, pero un
montón de congresistas van a perder sus asientos por
ello.
Hablando de elecciones, ¿George W. Bush va a ser
reelecto este año?
No. Por lo menos si hay una elección limpia, que no sea
electrónica. Sería peligroso. No queremos una elección
que no deje registro en papel. Los fabricantes de las
máquinas de votar dicen que nadie puede ver dentro de
ellas, porque se revelarían secretos del oficio. ¿Cuáles
secretos? ¿Acaso su función no es contar votos? ¿O qué,
reciben mensajes secretos de Marte? ¿Está la cura del
cáncer en el interior de esas máquinas? O sea, no mamen.
Y los tres propietarios de las compañías que fabrican
esas máquinas son donadores del gobierno de Bush. ¿Eso
no es corrupción?
Es
decir, Bush probablemente ganará si cubren el país con
esas máquinas de votar. Así no puede perder".
Pero, Gore, ¿no cree usted lo bastante en los
instintos democráticos del ciudadano común para pensar
que al final esas conspiraciones se vendrán abajo?
¡Oh,
no! Lo único que veo es que se vuelven cada vez más
fuertes y arraigadas. ¿Quién habría creído que los
planes de Harry Truman de militarizar Estados Unidos
llegarían tan lejos como los tenemos ahora? Tanto dinero
que hemos desperdiciado en gastos militares, mientras
nos faltan escuelas. No hay atención a la salud; ya nos
sabemos la letanía. No recibimos nada a cambio de
nuestros impuestos. Jamás hubiera creído que eso duraría
los 50 años pasados, por los cuales he vivido. Pero
duró.
Pero volviendo a Bush: si utilizamos boletas electorales
de papel como las de antes y hacemos que las cuenten en
el distrito donde se emitieron, Bush será barrido del
cargo. Ha cometido todos los errores posibles. Ha
arruinado la economía. El desempleo está en ascenso. La
gente no encuentra trabajo. La pobreza aumenta. Es un
lío total. ¿Cómo ha logrado hacer semejante enredo?
Bueno, lisa y llanamente es muy estúpido. Pero los que
lo rodean no lo son. Y quieren permanecer en el poder.
Pinta usted un cuadro muy negro del gobierno actual y
del sistema político estadounidense en general. Pero, en
un nivel más profundo, en la sociedad misma, ¿no queda
aún un cimiento democrático?
No. Quedan algunos recuerdos de lo que fuimos alguna
vez. Quedan aún algunas personas de edad que recuerdan
el New Deal, de Franklin D. Roosevelt, que fue la última
vez en que tuvimos un gobierno que mostró cierto interés
por el bienestar del pueblo estadounidense. Ahora
tenemos gobiernos, en los 20 ó 30 años pasados, que solo
se preocupan por el bienestar de los ricos.
¿Es Bush el peor presidente que hemos tenido?
Bueno, ninguno ha destrozado como él la Carta de las
Garantías Individuales. Otros presidentes han merodeado
por allí, pero ninguno la había puesto en semejante
peligro. Nadie había propuesto la guerra preventiva. Y
ya van dos países consecutivos que hemos bombardeado sin
que nos hubieran hecho daño alguno.
¿Cómo cree que vaya a evolucionar la guerra en Iraq?
Creo que nos iremos al caño junto con ella. Con cada
acción Bush enfurece más y más a los musulmanes. Y hay
mil millones de ellos. Tarde o temprano tendrán un
Saladino que los unifique, y entonces vendrán contra
nosotros. Y no será bonito.
Notas:
1- El llamado bombardero de Oklahoma
City, ejecutado en 2001.
2- Periodista británico. (N. T.)
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