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Maldición Haití
El
1ro. de enero de 1804, se proclama la independencia de
la isla de Santo Domingo. Los esclavos negros, sometidos
a una dominación infernal, demostraban que, por su
propia lucha, sin la ayuda de nadie, podían conquistar
la libertad. Y que, basándose en las ideas de la
Ilustración y de las Luces, podían crear una nación
nueva de hombres libres.
Ignacio
Ramonet|
Francia
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Se celebra estos días
el bicentenario de la independencia de Haití, «primera
república negra del mundo» y segundo país de América que
conquistó su plena soberanía
―después
de EE.UU. Este aniversario nos invita a una reflexión
sobre el destino de una nación surgida de la lucha
contra la esclavitud, y de una revolución que tanta
influencia tuvo en la independencia de Sudamérica.
La epopeya se inicia hacia 1659, cuando los franceses
―consecuencia
del Tratado de los Pirineos―
empiezan a colonizar la parte occidental de Santo
Domingo. Y a transformarla poco a poco en una inmensa
plantación de caña de azúcar. Para trabajar y cortar esa
caña mandan traer de África a miles de esclavos mediante
el abominable negocio de la trata. Como lo hacían
también las demás potencias
―España,
Holanda, Inglaterra, Dinamarca―
que dominaban el Caribe.
Se estima que en 1784, unos 100 000 franceses poseían 7
800 plantaciones y más de 500 000 esclavos. Cada año, en
esa época los colonos blancos importaban unos 30 000
esclavos cuya rentabilidad era altísima. Por esas fechas
Santo Domingo producía el 75% de todo el azúcar que se
consumía en el mundo. A medio camino entre el manjar de
reyes y el medicamento panacea (se le atribuían, en
particular virtudes afrodisíacas), el azúcar era
entonces un caro producto de lujo que consumían todas
las realezas y burguesías de Europa.
Pero invocando los grandes ideales de la Revolución
francesa, esos esclavos se sublevan el 14 de agosto de
1791 al mando de Toussaint Louverture, llamado «el
Espartaco negro».
La guerra va a durar 13 años, se caracterizará
por su crueldad y sus atroces matanzas. Para intentar
sofocar la insurrección, Napoleón (casado con Josefina,
una criolla dominicana) manda una expedición de 43 000
veteranos, que serán derrotados por la fiebre amarilla y
por la formidable estrategia guerrera de los jefes
insurrectos. El 18 de noviembre de 1803, en la batalla
final de Vertières, los rebeldes mandados por Capois La
Mort derrotan a los franceses capitaneados por el
temible Donatien Rochambeau. La guerra se termina con un
balance espantoso: 150 000 esclavos, y 70 000 franceses
muertos (de ellos unos 20 000 criollos).
El 1ro. de enero de 1804, en la plaza de armas de la
ciudad de Gonaïves, ante una multitud en júbilo, se
proclama la independencia de la isla de Santo Domingo,
que toma entonces su antiguo nombre indio de Haití. Esta
proclamación suena como un aldabonazo en todo el
continente americano. Los esclavos negros, sometidos a
una dominación infernal, demostraban que, por su propia
lucha, sin la ayuda de nadie, podían conquistar la
libertad. Y que, basándose en las ideas de la
Ilustración y de las Luces, podían crear una nación
nueva de hombres libres.
Simón Bolívar, que se refugiara un tiempo en Haití,
entenderá el mensaje. Y gracias a la promesa de abolir
la esclavitud, obtendrá que negros e indios se sumen a
la lucha por la independencia de América del Sur. Una
participación que se revelará decisiva.
El «mal ejemplo» de Haití aterrorizó, sin embargo, a
todas las potencias que
―a
pesar de la prohibición de la trata por el Congreso de
Viena en 1815―
siguieron autorizando la infame esclavitud. Había que
hacérselo pagar. Y nadie ayudó a la nueva república
negra. Al contrario, todos la boicotearon. Con las
penurias, el país cayó en guerras civiles que arrasaron
el territorio, múltiples veces incendiado. Casi
desaparecieron los frondosos bosques y la vegetación
tropical. Después llegó el tiempo de la ocupación por
EE.UU.
que duró 35 años (de 1915 a 1934). Vinieron luego nuevos
dictadores, y entre ellos algunos ―como
Papa Doc Duvalier―
de los más despóticos y más tiránicos que el mundo haya
conocido jamás.
Aún sigue la inestabilidad política. Y la miseria
crónica. Y el sida. Es hoy Haití uno de los países más
pobres del mundo. Como si se prolongase el escarmiento a
los esclavos por haber osado liberarse. Como si para
Haití, y por un efecto contrario del vudú, la liberación
se hubiera transformado en una infinita maldición.
Tomado de La voz de Galica
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