La Jiribilla | LA CRÓNICA                                                           
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

CUBA EN EL MUNDO

BUSCADOR

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
TESTIMONIOS
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

CRÓNICAS ANTERIORES

LA crónica

CONCURSANDO

Amado del Pino
| La Habana

La pelota era blanca, redonda, pulida, hermosa. Me la gané a los ocho años en Radio Morón. El listón a saltar consistía en adivinar el equipo Granjeros para la serie Nacional de Béisbol de 1969.  Escribí en un papel los nombres de los peloteros que me desvelaban y me acerqué bastante a la selección real. Aquella pelota, autografiada por mis ídolos de la novena camagüeyana, fue mi primer premio y, tal vez, el más recordado.

De ahí para acá he concursado y dejado de hacerlo; he alabado y criticado los certámenes literarios o periodísticos, como casi todo viandante que se dedique a estos menesteres. De joven poeta soñé con concursos y muchas veces me dejaron con la miel en los labios, anclado en ese punto de encuentro entre el éxito y el desconsuelo que bautizaron con el nombre de menciones. Hubo, sin embargo, una especialmente gratificante. A finales de los setenta me enfrascaba en unas vacaciones pueblerinas, llenas de carnavales, muchachas jíbaras y socios de agosto. Cuando uno de esos colegas del mes de receso escolar se apareció en mi casa periódico Granma en ristre con mi nombre y el título de aquel cuaderno temprano, supe que esa página estaba destinada a ponerse amarilla cerca, dentro de la familia.

Después, me ha ocurrido de todo. Años sin concursar, no por falta de pretensiones o desgano financiero, sino por no encontrar el papel, las presillas, el sosiego para hacerlo. También creer que tenía un galardón en la mano y verlo esfumarse para caer en manos del señor Desierto. Y eso es lo peor que puede ocurrirle a un concursante: que le digan que su obra está por debajo del nivel exigido. Me ha bendecido además, una linda cifra caída como del cielo y una obra de teatro agraciada que me ha empujado hacia una resurrección creativa y hasta espiritual.

La otra cara de la moneda es servir de jurado. Esa tonga de papel que te espera. Respirar hondo, llenarse de fuerzas para evitar la tentación de querer que el próximo libro sea tan bueno como para disfrutarlo de cabo a rabo, o tan malo que pueda echarse a un lado, sin remordimientos, en unos pocos minutos. Y casi nunca es así, sino que el concursante envió una obra ni genial ni desastrosa, con los mismos miedos y esperanzas que he sufrido cuando envío un original.

Por lo demás, los concursos sirven de acicate a la vez que llenan de una ansiedad que puede llegar a convertirse en destructora. No aseguran la gloria literaria, pero ayudan a vivir; alimentan el ego, aunque, como me recordaba hace poco el espléndido amigo y novelista Guillermo Vidal, allá el pobre pretencioso que se tome demasiado en serio una plata que casi siempre será insuficiente y un espaldarazo nacido para ser cuestionado.

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2003
 IE-800X600