|
TODO BRILLA Y COMIENZA A LOS 25
Los primeros cuatro días del Festival Internacional
del Nuevo Cine Latinoamericano, en su cumpleaños de
plena y juvenil adultez, no estuvieron a la altura de lo
esperado. Fueron mucho mejores de lo que nadie se
atrevió a vaticinar.
Joel del
Río |
La Habana
Fotos:
Diego
Nuestro problema mayor y mejor virtud es la ambición
desmedida. Aspiramos a que este sitio en que tan bien se
está, además, carezca de fronteras, se convierta en el
eterno retorno a la emancipación del pensamiento y de
las voluntades. No nos conformamos con haber fecundado
un espacio así durante veinticinco diciembres, queremos
también que se supere a sí mismo, que sea cada vez mejor
y que, además, permanezca para siempre en el recuerdo.
Porque casi todas las cosas excelentes en la vida son
resultado de la inconformidad, por eso estamos aquí otra
vez, en este lugar sin límites que cada diciembre
retorna.
Resultado de la elaboración artística emprendida por
espíritus disconformes, críticos, iluminados, son cuatro
de las primeras propuestas que pude ver. Se inició la
retrospectiva sobre el cine argentino de los años
sesenta (El negoción, Circe, The Players
versus Ángeles caídos) aquel movimiento que intentó
conferirle mayor aire introspectivo a las películas de
aquel país además de no doblegarse ante el peso
cohercitivo de las tradiciones comerciales; tuve ocasión
también de corroborar por qué el venezolano Román
Chalbaud (Caín adolescente, Cuchillos de fuego)
se cuenta entre los cineastas más respetados de
Sudamérica.
Por si
alguien todavía dudara respecto a que el viaje —la
odisea, la itinerancia que contempla camino abierto y
multiplicidad de paisajes humanos y geográficos— es una
de las coartadas anecdóticas más frecuentes y
fructíferas en el cine contemporáneo, hay varios filmes
en este Festival, de muy diversas procedencias, para
confirmarlo. La brasileña Camino en las nubes,
con un título similar a la película norteamericana de
Alfonso Arau, pero formal y genéricamente en las
antípodas de aquel edulcorado melodrama, nos trajo la
peculiaridad de que el periplo lo efectúa una familia
entera, en bicicleta, y desde Paraíba, en el nordeste,
hasta Río de Janeiro; esperanza y decepción en dosis
proporcionales. La uruguaya El viaje hacia el mar
cambia el vehículo para el recorrido (un camión), la
época (se ubica en los años cincuenta) y el propósito
final del éxodo, en tanto refuerza el carácter
iniciático, más metafísico y espiritual, que entraña el
conocimiento del mar para cuatro hombres ya maduros. A
la espera de una catarsis que no estaba precisamente en
el destino, sino en el recorrido. El argentino Martín
Rejtman, autor de la controvertida e inusual Silvia
Prieto, nos propuso esta vez los encuentros y
desencuentros, a veces delirantes, de un taxista más o
menos inspirado en los protagonistas de Taxi para
tres o Taxi driver. En el carácter apacible de este
hombre y en sus idas y venidas entre la ciudad y el
aeropuerto, Rejtman encuentra la coyuntura para el
despliegue de una multitud de personajes añorantes, en
perenne búsqueda y crisis de identidad.
|
 |
Por
esos misterios de la asociación mental, muchas veces
inexplicables, el filme argentino El juego de Arcibel,
el mexicano Nicotina y el brasileño Amarillo
mango por momentos me trajeron a la mente la canción
El amor después del amor, de Fito Páez, pero
versionada por un coro de cámara con multiplicidad de
voces solistas y muy diversos acentos. A lo mejor
ocurrió simplemente que había escuchado la canción
demasiadas veces mientras caminaba de un cine para el
otro. Quizás a las tres películas las une, desde muy
diferentes tonos, una cierta intención de llevar a sus
personajes hasta el límite de la indefensión y la
desesperanza, y después de todo, arreglárselas para
sugerir tenues (casi invisibles) luces al final del
túnel. En resumen, aquí se proponen los modos para
exhibir, y hasta recomponer, los restos de cotidianos
naufragios. Las tres obras mencionadas nos colocan en
presencia de esa tan socorrida manera de narrar en
tiempos postmodernos: la narración coral, la pluralidad
de personajes que siempre favorece el entendimiento de
distintos objetivos vitales, perspectivas, pareceres y
emociones. Y eso que todavía no he visto la peruana
Ojos que no ven ni la brasileña Carandiru, y
que no incluyo en la relación a la cubana Suite
Habana, otras tres obras afincadas en la
fragmentación y en la diversidad de los ejes narrativos.
Uno de los problemas que conlleva tal acercamiento,
desde la pluralidad, consiste en el imperativo de urdir
guiones de muy sólida estructura, de manera que se
consiga asumir los numerosos prólogos, conflictos y
desenlaces sin que decaiga el interés de la historia ni
se dispersen los superobjetivos. Clásicos del
cine latinoamericano como Últimas imágenes del
naufragio, El callejón de los milagros, La vida es
silbar y Ciudad de dios nos mostraron
magistralmente cómo seducir al espectador contemporáneo
presentándole varios conflictos y motivos personales,
con aspiración generalizadora, más allá del protagonista
único. No es que se imponga por moda sobrevalorar
las películas corales con líneas narrativas que se
entrecruzan (aunque precedentes tan egregios como La
regla del juego, Rashomon, Los olvidados y Shortcuts,
Pulp Fiction o Magnolia dan mucho que pensar) me
limito a reseñar el reforzamiento de una tendencia que,
en líneas generales, mucho ha contribuido a oxigenar,
desencartonar y flexibilizar el cine contemporáneo,
tanto latinoamericano como de otras regiones del mundo.
Recurro a la perogrullada, pero vale aclarar que siempre
aparecen películas excelentes, dentro de cualquier
género, estilo y tema, por muy cansados y reiterativos
que parezcan sus presupuestos originarios.
Incuestionablemente profesional, conmovedora, bien
construida, sutil, casi impecable en su evocación de los
años setenta y de la tragedia de los desaparecidos,
resulta Kamchatka, la más redonda película que
nos haya entregado hasta ahora Marcelo Piñeyro, el autor
de Plata quemada, Cenizas del paraíso y
Caballos salvajes. Y conste que se trata de un filme
cerrado sobre los recuerdos de un solo personaje, que en
muchísimas ocasiones se torna voz en off. Pero la
supuesta convencionalidad de tales recursos es
redimensionada por el absoluto control del director para
evitar los excesos y las puerilidades, por la riqueza
del drama y el verismo sacudidor de las situaciones,
además de la excelencia de los actores; no menos espera
uno de Cecilia Roth, Ricardo Darín, Héctor Alterio y
Tomás Fonzi, este último en trance de convertirse en uno
de los mejores actores jóvenes argentinos.
|
 |
Mucha
atención del público y de la prensa ha conseguido un
grupo realmente destacado de películas británicas que
hemos tenido en cartelera. En particular dos filmes
concentrados «casualmente» en sendos itinerarios: El
viaje de Morvern, que se construye hábilmente en
torno a situaciones límite y a dos actrices de mucha
garra: Kathleen McDermott y Samantha Morton, esta última
dispuesta, al parecer, a demostrar que su affair
con el mejor Hollywood (Sweet and Lowdown con
Woody Allen, Minority Report con Steven Spielberg)
no le impedirá pulsar cuerdas menos glamorosas y más
realistas. Otro de los títulos británicos, de
obligatorio visionaje para todos los convencidos de que
el cine puede, y debe, sobrepasar las fronteras de
ciertas convenciones que lo aprisionan, es Las
maletas de Tulse Luper, en la cual se prescinde del
sempiterno motivo de la carretera interminable como
medio para alcanzar la liberación, pero de todos modos
se trata en esencia de una obra que incluye el éxodo por
diversas naciones, ciudades y estados del alma, en
entornos que significan poco más que nuevas prisiones,
puntos de giro hacia nuevos encierros. No esperábamos de
Peter Greenaway otra cosa que no fuera tomar el
subgénero de la road movie y virarlo de cabeza, y
dinamitar todas y cada una de sus todavía tentadoras
aristas. Mike Leigh nos envió la demoledora
Todo o nada, en la cual se coloca otra vez a la
altura de su excepcional Secretos y mentiras. All or
Nothing es una de las películas menos complacientes,
y por tanto más controvertidas, entre las estrenadas
últimamente en el Reino Unido, aunque la acidez
de la crítica social no le impiden al director observar
a sus personajes con mucho de conmiseración y humanidad,
como también ocurre con Kenneth Loach (de veras
reanimado y menos tecoso) en la impresionante Felices
dieciséis.
Hablando de actores: remarcable la presencia de tanto
rostro tutelar e inolvidable en la exposición de
fotografías que ocupa el lobby del cine La Rampa. Todas,
o casi todas, las actrices que trabajaron con Jean
Renoir nos observan desde el limbo de su inmarcesible
gloria, en primerísimos planos, como tentación a que
entremos en la sala, a que descubramos, también, el
mundo de uno de los autores más sugerentes, prolíficos,
contradictorios y geniales que ha dado el cine todo. Los
enterados saben que no exagero. En cuanto a los rostros,
están los de Jeanne Moreau, María Félix, Ana Magnani e
Ingrid Bergman, entre muchos otros. Respecto a las
películas, poder acceder a copias excelentes de Naná,
Un día de campo, La gran ilusión, La
regla del juego, French Cancan y Almuerzo
sobre la hierba es un lujazo que clasifica entre los
más tremendos que hayamos podido disfrutar en
veinticinco años de festivales. Que ya es decir
bastante.
|
 |
Los
debutantes y documentalistas de seguro tendrán
preeminencia particular en este Festival. Han pasado por
las pantallas en estos días, Suite Habana, una de
los mejores películas cubanas de los últimos diez años;
el documental El gran Gato, del controvertido
cineasta catalán Ventura Pons, además de los numerosos
filmes contenidos en las secciones De cierta manera,
Hecho en Cuba y la Sección Informativa Documental, que
también proponen un racimo de títulos mucho más
interesantes de lo que algunos piensan. Aparte de ello,
en medio de ese océano de propuestas, no se perdieron
dos documentales norteamericanos de excepcional calidad
y altísimos quilates emocionales: Discovering Dominga,
de Patricia Flint y La hija de Danang, que le
valió a Gail Dolgin el reconocimiento internacional y la
nominación al Oscar.
En
cuanto a los debutantes u óperaprimistas, como les dicen
en Argentina a los realizadores que consiguen realizar
un largometraje de ficción, cada cierto tiempo arriban a
las industrias de cine nacionales con oleadas de
renovadora savia. Desde el principio, le pusieron
temperatura y fragor de público al Festival con la
brasileña Camino de las nubes, y las chilenas
Sexo con amor y Los debutantes, dos títulos
que han despertado en La Habana el mismo, o mayor,
interés del que levantaron en su país de origen.
Diego Lerman... mientras tanto
A
propósito de jóvenes debutantes. La Habana en Festival
lamentó su ausencia el año pasado, cuando su primer
largo Tan de repente atrajo poderosamente la
atención de cierto público y acaparaba algunos de los
premios principales. Ahora, Diego Lerman está entre
nosotros para satisfacer en retrospectiva la inmensa
curiosidad que provocara aquella película hipnótica,
auténtica; es jurado de las óperas primas y, además, su
nuevo proyecto (con título provisional Mientras tanto)
concursa en el apartado de mejor guión inédito. El día
de la presentación de los jurados, antes que se nos
«extraviara» mirando tantas películas, conversamos con
Lerman a propósito del llamado Nuevo Cine Argentino y,
sobre sus propuestas personales dentro de ese fecundo
panorama...
«No sé
si llamar movimiento, o nuevo cine a lo que está pasando
en mi país, pero sí está bastante claro para mí que se
trata de una renovación. Los muchos jóvenes que han
debutado desde finales de los años noventa representan
un corte, un cambio bastante fuerte respecto al cine
argentino que se hacía en los años ochenta y mediados de
los noventa. Aunque reconozco que hay un pasado que
respetar por ejemplo en la Generación de los años
sesenta (a la que el Festival le dedica una
retrospectiva) e incluso algunas obras y realizadores de
más atrás.
«Esta
renovación de los jóvenes realizadores actuales es sobre
todo formal, pero también conceptual. El cine argentino
había derivado hacia los excesos declamatorios, se
alejaba de la vida cotidiana de la gente, existía un
abismo muy grande entre las historias que contaban las
películas y la vida de muchísimas personas. Te decía que
no puedo hablar de movimiento porque las películas de
todos estos debutantes son muy distintas unas de otras,
pero precisamente es eso lo que más me interesa, la
variedad, marca personal que cada filme ostenta. Apenas
hay puntos en común entre, por ejemplo, La ciénaga
y Mundo grúa, pero ambas resultan bien
auténticas, son el resultado de las marcas personales de
quienes las realizaron«.
«Mi
próximo proyecto se titula Mientras tanto, y si
tengo suerte y recursos comenzaré a rodarlo a mediados
del año que viene, a ver si puede estar listo para la
edición XXVI de este Festival. No se parecerá demasiado
a Tan de repente. Se trata de varias historias
que ocurren en Buenos Aires, entre personajes de muy
diversas edades, sicologías y clases sociales, que deben
solucionar problemas de similar índole. Aunque la pienso
como una crónica de la desesperación no será una
película trágica. Tan de repente siempre la
imaginé en blanco y negro, así era su estética. Pero en
Mientras tanto me esforzaré por conservar la
misma libertad y parecido espíritu de riesgo aunque me
enfrente a una película en colores y que requiere para
su realización de una infraestructura mucho más grande«.
«En mi
caso, no quiero ni puedo hablar de poéticas personales
en mi cine hasta que no logre hacer esta otra película.
Sí puedo decirte que hasta ahora parto de las
convicciones relacionadas con el cine de autor, es decir
de la capacidad y el poder del cineasta para imprimirle
su impronta personal a cada obra y para ello,
seleccionar los actores, conducir la historia, realizar
la puesta en escena, sin ningún tipo de
condicionamientos». |