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LA FUENTE VIVA

 

HISTORIA DEL CONVENTO DE
SANTA CATALINA DE SIENA

 
Francisco Damián Morillas Valdés* | La Habana

GALERÍA DE IMÁGENES DEL CONVENTO DE SANTA CATALINA DE SIENA

Introducción
 


 

La llegada de los misioneros españoles a la América colonial y su trabajo como difusores de la fe católica en el Nuevo Mundo tuvo una importancia decisiva en el desarrolló de la arquitectura religiosa y de las diferentes tipologías asociadas a ella, como el convento, el monasterio o la iglesia. En este periodo podemos ubicar al convento de Santa Catalina de Siena, el cual reúne las características de las iglesias urbanas durante el periodo neoclásico.

 

Pasando las calles transversales de Aguiar y Habana se llega a Compostela donde nada, o casi nada, recuerda la existencia de la Iglesia del convento de Santa Catalina, cuya fundación se remonta a 1688. La iglesia inaugurada en 1700, tenía la entrada por O’Reilly. Aún se conserva la mayor anchura de O’Reilly entre las calles de Compostela y Aguacate, que formaban el atrio, aunque falta el terraplén que Cecilia Valdés, adolescente subía a saltos para llegar a su casa en la calle Aguacate, frente al convento, según nos cuenta la novela de Villaverde.

 

Arrate (1) describe: «El templo que corre de este a oeste, es de una sola nave, y tan bien proporcionada en su tamaño como aseada y curiosa en sus adornos. Las dos puertas que tiene al sur que dan a su plazuela le introducen y comunican bastante luz para hacerlo muy clara y despejada, pero ni aún esto contribuye a divisar por entre las rejas a las religiosas, que están cubiertas de canceles o celosías tupidas de hojas de lata, que apenas puede la vista más perspicaz distinguir los bultos, guardando de este mismo retiro su locutorio».

 

Las fotos del último período del monasterio nos hacen ver un pórtico con las columnas y el frontón clásico, y en la esquina de Compostela la torre de tres cuerpos, el piso superior es escalonado en disminución, que le confiere un aspecto de pagoda, como un templo oriental, que recuerda las torres de los palacios de Santiago de Compostela: evocación compostelana del obispo Diego Evelino.
 

 

De los tres monasterios de religiosas de clausura que existieron en la Habana, el primero por el orden de antigüedad fue el de Santa Clara (2), fundado en el año 1644 al llegar a esta capital sor Catalina de Mendoza, acompañada de cuatro religiosas más, todas perteneciente a la orden de las clarisas, rama femenina de los frailes menores de San Francisco de Asís (3), procedentes todas de Cartagena de Indias, donde la primera de ellas había dejado fundado otro monasterio de religiosas clarisas.

 

El 29 de Abril de 1688 quedo fundado el de Santa Catalina de Siena (4), para religiosas dominicas (5), con la llegada al monasterio de tres religiosas procedentes del monasterio de Santa Clara de esta capital quienes fueron autorizadas a salir para su fundación: sor María de la Ascensión de Soto, su hermana carnal sor Clara de Jesús, y sor Buenaventura de Arteaga.

 

El tercer y último de los monasterios establecidos en la Habana, fue el Santa Teresa de Jesús (6), de carmelitas descalzas.

 

Según Bay: por aquella fecha, Don Juan de Arechaga dedicado al negocio de víveres, consiguió desahogada posición económica. Siendo designado Tesorero Real de la Isla de Cuba, contrajo matrimonio con la joven habanera Manuela de las Casas. De este matrimonio nacieron cinco hijos, tres hembras: Teresa, Francisca y Ana, y dos varones: Vicente, del Santo Oficio de la inquisición y primer capellán de Santa Catalina de Siena y el mayor de todos nombrado Juan (7).

 

Al morir su madre, fundan en la Habana el monasterio en donde harían su voto de clausura a perpetuidad. En vista de que el único que existía entonces en esta ciudad era el de Santa Clara y tenía el cupo cubierto a este efecto, en el año de 1679 hicieron la solicitud, que les fue concedida por la real cédula de 2 de agosto de 1684, para la fundación de un nuevo convento.

 

Los terrenos para la construcción del convento lo obtienen en el año 1654 por testamento de Don José Antonio Palma con fecha de 19 de noviembre de ese mismo año le fue legado, con escritura de 26 de Abril de 1689, en el juzgado de Belén, ante el Escribano Auxiliar, Aurelio Betancourt, el día 20 de abril, con numero de asiento: 894. Folio: 264, tomo: 20, del Diario de la Habana, no estando las herederas sujetas a impuestos (8).

 

LA CONSTRUCCIÓN Y FUNDACIÓN DEL CONVENTO.

La fundación del Monasterio de Santa Catalina de Siena, que ocupaba las manzanas que enmarcaban las calles de Compostela, O’Reilly, Aguacate y Empedrado, se debió al fervor religioso de las hermanas Teresa, Francisca y Ana de Aréchaga y Casas, habaneras las tres y residentes en esta capital, quienes en el año 1679 comenzaron a gestionar la fundación del Convento de Dominicas de Santa Catalina de Siena, Hasta el 29 de Abril de 1688 en que se consagraron a la vida religiosa, y fueron respaldada económicamente por el hermano de estas Juan de Aréchaga, antiguo Oidor de la Real Audiencia de México (9).

 

En la disposición de la Real Cédula, quedó establecido que solo quince religiosas se admitieran en el convento; y su construcción sería costeada por las hermanas Aréchaga con el dinero de las mismas y en el terreno por ellas aportado, debiendo las quince primeras religiosas aportar como dote la suma de dos mil ducados en oro cada uno, para que con sus rentas puedan sustentarse y acudir a lo demás que se necesitase.

 

El 20 de abril de 1686, le fue concedida la autorización a las hermanas Aréchaga por el licenciado Marcial Murguía y Mena, gobernador de lo Político de esta Ciudad y su jurisdicción, por la Real Cédula de 2 de agosto de 1684, para la fundación del convento de Santa Catalina de Siena.

 

La construcción de la Iglesia y Convento de Santa Catalina de Siena, no fue una obra proyectada y construida en forma simultánea, por el contrario, fue surgiendo poco a poco, añadiendo unas veces solares al edificio y, construyendo otras, muros, techos, hasta completar las dos plantas. La torre de la iglesia quedó terminada en el año 1728, creándola a expensas del Sr. Marcelo Carmona, con una donación además de doscientos pesos para el convento.

 

El convento de Santa Catalina de Siena pertenece a la familia de construcciones conventuales típicas de la primitiva etapa de la arquitectura religiosa cubana (10); así como los conventos de Santa Clara y Santo Domingo.

 

Estos conventos presentaban características comunes:

 

El centro de la construcción lo constituía un amplio patio claustral de forma cuadrangular; en torno a este corrían cuatro galerías con los frentes de la planta baja de mampostería, formados por pie derecho en la planta baja y alta.

 

En la planta baja adosada a tres galerías se disponen las crujías que comprenden el refectorio, salas de recibo, aulas y otras dependencias de un general de la comunidad. La planta alta se destinaba solo a los religiosos y estaba compuesta por la sala capitula y las celdas.

 

En el otro costado del patio claustral se ubicaba la iglesia, siempre se situaba frente a la calle. Por lo general eran originalmente de planta rectangular, uninave y más ancha que las crujías. Estas iglesias alcanzaban la altura de las dos plantas de las dependencias conventuales (11).
 

Junto a los pies de la iglesia y en la fachada principal se solía situar la torre campanario de tres cuerpos, separando la iglesia de las vecinas dependencias (12).
 

En el frontón de la fachada se puede apreciar las dos vertientes de su techo de las iglesias uninaves. En las desaparecidas iglesias de los conventos de Santa Catalina de Siena y Santo Domingo, en la del convento de Santa Clara, en la nave central de la Iglesia de Santo Tomas y en la del convento de San Isidro, una vertiente daba hacia el frente y terminaba o termina en el remate horizontal del hastial, sobre el alero de tejaroces.
 

Otra puerta en la fachada principal y una o más en el costado mayor paralelo a la calle comunicaban estas iglesias con el exterior.
 

Las ventanas primitivas se situaban a la altura del coro en la fachada principal en los muros laterales (13) y varios ojos de buey, de mediano tamaño colocado a considerable altura.
 

El coro alto estaba situado a los pies de la nave principal y adosado al muro de fachada; soportaba por tres vigas transversales o jácenas, sostenidas por canes. Encima de estas vigas se disponían otras de menor escudaría, en sentido longitudinal respecto a la nave, estas últimas tenían sus remates exentos cortados en forma de can y encima de las misma se colocaban transversalmente las tapajuntas y las tablas. El frente del coro alto estaba protegido por una baranda de barrotes torneados (Puig, 315).
 

En el año 1693, según una tradición hecha por el maestro de obras Alonso Ruiz de Pastrana, lo construido hasta el momento, más el importe de los solares yermos que estaban situados frente al edificio, tenía un valor de veintinueve mil doscientos pesos, disponiendo entonces el convento de los siguientes locales: el cuarto que llegaba hasta la esquina del mirador; seguían cuatro celdas, dos de ellas altas y dos bajas; que entonces se utilizaba como iglesia; las tapias y rejas que conformaban la clausura del monasterio, más un gran lienzo de pared, ya comenzado, para la construcción de la iglesia.
 

En el año 1708 se añadió al fondo del convento un solar yermo que medía 34 varas de frente por 36 varas de fondo, comprado por la propia congregación al Sr. Francisco Hilario Vázquez.
 

En el año 1711 se comenzó nuevamente la construcción de la iglesia ascendiendo su costo a cinco mil ochocientos ochenta y dos pesos con tres reales.
 

Posteriormente en el año 1713 el fondo para la construcción, se le añade el producto de la venta de las casas situadas frente a la contaduría, que era propiedad de las hermanas Arechaga, madres fundadoras de ese convento, y dos mil setecientos pesos correspondientes a la dote de sor María del Santísimo Rosario, suma que fue entregada en efectivo.

 

En ese mismo año, se añade al monasterio un solar a la puerta de campo, con 27.50 varas de frente por 40 varas de fondo.

 

En el año 1753, se construyen dos altares laterales, próximos al coro, a los cuales ya suman cinco, según narrara el obispo Morell de Santa Cruz en la visita eclesiástica que efectuara en el 1755, en su descripción nos dice: «La iglesia queda de poniente a oriente. Consta de un cañón mediano de piedra con sus techos de tejas: componiéndose de 41 varas de longitud, sobre 11 ½ de latitud y 12 de altitud. Hay dos coros primorosos adornados y un órgano pequeño: los altares son cinco con retablos muy pulidos y hermosos. A todos excede el mayor, a cuyas espaldas cae la sacristía con 13 varas y cuarto de largo, ancho 7 y 5 y 3 cuartas de altos, muy alhajadas y decentes...»

A esto añade el historiador contemporáneo de la arquitectura cubana, arquitecto Joaquín E. Weiss:

 ...«La iglesia tenía 12 varas de ancho y 41 de profundidad (10 x 34 m.). Tenía dos puertas por la calle O’Reilly, una de ellas con un pequeño dístilo afrontado. La torre, saliente en la misma esquina, era de tres cuerpos, con un coronamiento formado por pequeños pisos escalonados que le imprimían un matiz muy oriental. Así podemos verla en las fotos tomadas antes de su demolición. Esa torre, situada en la esquina de la calle Compostela, era una réplica de la del Tesoro, en el edificio claustral aledaño a la Catedral de Santiago de Compostela...»

El huracán que cruzó por la Habana en octubre de 1846, causó graves daños al edificio, que fueron reparados inmediatamente; en 1849 se desmontó la elevación de piedra que afeaba el frente de la iglesia, construyéndose entonces un pórtico en la puerta principal. En ese mismo año 1849, se entregó al gobierno la cantidad de 4 000,00 pesos, pagándose así las obras del atrio, y por consiguiente, quedaba separado el monasterio del terreno que formaba la plazoleta, dedicándose esta al uso público. Hacia el año 1860 se reconstruye la iglesia, mejorando notablemente su interior.
 

El convento tenía sus celdas en el lado norte del edificio y la puerta de entrada por la calle Compostela; la iglesia estaba emplazada de este a oeste, contando de una sola nave, sus paredes eran de piedra y los techos de madera y tejas españolas; tenía su frente por la calle O’Reilly donde se construyó un atrio y una pequeña plazoleta.
 

Las dos puertas que tenía la iglesia al sur y que daban a dicha plazuela alumbraban bien la nave principal del templo, sin que se pudiera divisar por entre las rejas a las religiosas que se encontraban separadas del público por una tupida celosía de plancha galvanizada, impidiéndose que se destacara la silueta de las mismas cuando transitaban por la galería.
 

El piso de los patios era de losa isleñas, la distribución interior del monasterio permitía a las religiosas allí enclaustradas una vida agradable, pues tenían solares amplios, y tanto las celdas como el comedor eran bastante grande, contando, además, el edificio con otros lugares de expansión, entre ellos, un huerto donde las religiosas cultivaban algunas hortalizas.


La sacristía de la Iglesia tenía el piso de mármol de losas blancas y negras, con entrada por la calle Aguacate.

Al fondo de esta nave se ubicaba el presbiterio, que se indica solamente por la mayor riqueza de la decoración de su techo y por un simulado arco triunfal de madera, que arrancaba de una pilastra adosada a los muros e indicaba el comienzo de los mismos. (Puig, 314)


Este edificio fue durante dos siglos, uno de los mejores de la ciudad, aunque su arquitectura no ofrecía nada extraordinario.

 

ENTERRAMIENTOS Y EXHUMACIONES

El 6 de junio del 1918, un mes después del traslado de las religiosas a su nuevo convento del Vedado, se trasladaron a un panteón, creado al efecto en el cementerio de Colón, los restos de las religiosas que habían sido sepultadas en el cementerio interior del viejo convento.

El acto aparece reseñado en el ejemplar del diario de la Marina, correspondiente al viernes 7 de junio de 1918, de la siguiente forma:
 

...«Con las formalidades correspondientes y previa autorización de sanidad, se efectuó en la mañana de ayer el traslado desde el cementerio del antiguo convento de Santa Catalina de Siena, situado en la calle Compostela y O’Reilly, a la necrópolis de Colón, de los restos de religiosas de la misma orden, que fueron enterrados hace más de veinte años...»
 

Además fueron exhumados los restos de las siguientes religiosas:
 

Sor María Francisca Ramos, fallecida el 21 de abril de 1912 a los 62 años de edad.
 

Sor María Antonia Plata, fallecida el 26 de abril de 1912 a los 102 años de edad.
 

Sor María del Pilar Vivo, fallecida el 21 de julio de 1910 a los 27 años de edad.
 

Sor María Rosalía Henríquez, fallecida el 5 de diciembre de 1909 a los 61 años de edad.
 

Sor María Francisca Ferrar, fallecida el 27 de noviembre de 1903 a los 36 años de edad.
 

Sor María Antonia Muños, fallecida el 18 de julio de 1902 a los 41 años de edad.
 

Sor María Salomé González, fallecida el 3 de julio de 1890 a los 78 años de edad.
 

Sor María Sofía Arribas, fallecida el 23 de diciembre de 1912 a los 60 años de edad.

 

A solicitud del Obispo Diocesano, hecha al Jefe Local de Sanidad, se decidió la autorización para trasladar a la iglesia de la Catedral los restos del obispo Dionisio Resino, quien fue Obispo Auxiliar de la Isla, y que falleció en la Habana el 16 de septiembre de 1700 (14), y fue enterrado en el convento de Santa Catalina de Siena, según consta en los archivos de la Iglesia Parroquial del Sagrario de esta ciudad.

 

Dicha autorización les fue concedida por tratarse del primer Obispo cubano que rigió los destinos de esta diócesis. Este obispo había sido enterrado al pie del altar mayor del monasterio. Lo cual consta en el archivo de la Iglesia Parroquial del Sagrario. También en esta iglesia se conservó el corazón del obispo fray Jerónimo Valdés, fundador de la Casa Cuna. Entre los presbíteros que acompañó las celebraciones litúrgicas en este convento encontramos al presbítero Félix Varela, en una primera etapa cuando era subdiácono (15), y ya presbítero, en 1813, Varela pronunció el sermón en la festividad de la Purísima Concepción el 8 de diciembre de ese año.

 

Entre las reliquias veneradas en este monasterio estaban las vestiduras de los mártires cristianos Celestino y Lucida, que según Bay (16) fueron traídas por el obispo cubano monseñor Santiago José de Echevarria que gobernó la Diócesis de la Habana de 1769 hasta su muerte en 1789, en visita que hizo al Vaticano, y que fue encargado de traer las reliquias a esta capital (17), y según el escultor Antonio Araizas,...
 

«Debajo del altar de Santa Inés, había una urna con los restos de Santa Victoria. Así como los despojos del niño mártir san Felicísimo, en una cavidad del altar de la Purísima Concepción. Lo cual deja entrever que en la Habana había una gran devoción a las reliquias de los santos... »

LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL EDIFICIO.

Al ser modernizada la capital con numerosos edificios de tres o más pisos, se dominaban los patios y galerías interiores del monasterio, impidiendo por una parte la absoluta clausura de las religiosas y la constante amenaza por otra, que pesaba sobre el convento, de que sería dividido en dos para prolongar la calle San Juan de Dios, llevando al animó de las religiosas a la conveniencia de adelantarse a una necesidad casi perentoria, determinando poner en venta el edificio y terrenos, y construir con el dinero que se obtuviera otro fuera de la Habana. Y al efecto, en el año 1918, se vendió el edificio del monasterio de Santa Catalina de Siena al Sr. Manuel Llevandi y Tomi.

Aunque no consta en el archivo del convento la cantidad exacta de lo donado por los hermanos Arechaga, para la construcción del edificio, si existen antecedentes relativos al monto de la herencia de ellos, que ascendió a $47. 439.00 en efectivo, más las casas que se echaron abajo para levantar la fábrica del monasterio, que fueron tasados en $10,752. 30, cantidad esta, que al paso de los años el National City Bank of New York, pagó, no a las monjas, sino a particulares, por las parcelas donde se construyo el edificio de su oficina central en la Habana, más lo pagado por la Metropolitana, y el importe también de una parcela a todo lo largo del callejón Progreso, desde Aguacate a Compostela, donde tenían sus oficinas la firma de arquitectos Morales y Compañía.

Al ser demolido todo el viejo caserón del convento en 1924, en sus solares se fabricó por la calle O’Reilly, un mastodóntico edificio de oficinas, «La Metropolitana», en la esquina de Aguacate; y en la de Compostela, El National City Bank of New York, que tuvo el gesto de no modernizar totalmente la fachada, sino formar una especie de portal con columnas, que recuerda vagamente el viejo pórtico de la Iglesia de Santa Catalina de Siena.

Las monjas dominicas del convento de Santa Catalina de Siena, levantaron un nuevo edificio en el Vedado, en la manzana comprendida entre las calles 25, 23, A y Paseo. Se trasladaron allí el 13 de mayo de 1918. Los restos del Obispo Recino fueron traslados a la Catedral de la Habana, y el corazón del Obispo Valdés siguió en el poder de las monjas en el nuevo convento.

Una placa de bronce colocada en la fachada, del lado izquierdo de la portada actual, nos recuerdan que allí existió la iglesia conventual de las catalinas con una reproducción en relieve de la misma. Por el texto de esta placa sabemos que la antigua fábrica fue demolida, conservándose solo algunos viejos sillares de la fachada.

Hoy sobre los cimientes de este viejo convento se eleva por la calle O’Reilly, el Banco como ya se había expuesto anteriormente, y al fondo La Dirección Municipal de Cultura de la Habana Vieja, pero esa es otra parte de la historia que todavía no termina...
 

BIBLIOGRAFIA.
1. Gutiérrez, Ramón. Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica. Madrid. Ediciones Cátedra, 1984.
2. Bay, Luis: Revista de Arquitectura. La Habana, 1943.
3. Arrate, José Martín Félix de, Llaves del nuevo mundo (1761). Fondo de Cultura Económica, México. 1949.
 4Registro de la Propiedad: T. 125, F. 72.
5. Santalices Fernández, Manuel. Las Antiguas Iglesia de la Habana. Tiempo, Vida y Semblante. Ediciones Universal, Miami, Florida, EEUU1997.

6. Weiss Joaquín, Arquitectura Colonial Cubana. La Habana, Cuba, 1972.
Fernández Santalices, Manuel: Las Calles de la Habana Intramuros, Arte, Historia y Tradiciones en las calles y plazas de la Habana Vieja. Ediciones Saetas, Miami, F.L, 1989. EEUU, Luis Bay. Santa Catalina de Sena, en Revista de Arquitectura. Nov-Dic. 1943.

7. De la Pezuela, Jacobo. Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de la Isla de Cuba. Madrid, Mellado 1863.
8. Weiss Joaquín. Arquitectura Colonial Cubana. T.1. La Habana, Cuba, 1972.
9. Valdés, Antonio José: Historia de la Isla de Cuba y en espacial de la Habana. La Habana, comisión nacional cubana de la UNESCO, 1964.

10. Torres Cuevas, Eduardo: Formación de la base social e ideológica de la iglesia católica-criolla del siglo XVIII. Santiago, 1982.

11. Aguirre Yolanda: Influencia económica de la arquitectura colonial de Cuba, La Habana, Pueblo y Educación. 1974.
12. Leiseca, Juan Martín: Apuntes sobre la historia eclesiástica de Cuba. La Habana. Carasa, 1938.
 

Notas:
1.
Arrate, José Martín Félix de. «Llaves del nuevo mundo» (1761). Fondo de Cultura Económica, México. 1949.
2. Clara de Asís, Santa (1194-1253), religiosa italiana, nacida en Asís en el seno de una familia rica y noble. En 1211 oyó predicar a San Francisco de Asís e, inspirada por su elocuencia, ingresó en la comunidad franciscana al año siguiente. Con la ayuda y el consejo de San Francisco y a pesar de la oposición de su familia, fundó la orden de monjas franciscanas conocida como la orden de las Damas Pobres, y de un modo más popular llamada Clarisas Pobres. Fue canonizada en 1255. Su fiesta se celebra el 11 de agosto.
3. Francisco de Asís, San (1182-1226), místico italiano y predicador, fundador de los franciscanos.
4. Catalina de Siena, Santa (1347-1380), religiosa dominica (terciaria), mística, y doctora de la Iglesia, que participó de forma muy activa en los asuntos públicos de su tiempo.
5. Orden de predicadores, orden religiosa de la Iglesia católica fundada en 1214 por Santo Domingo de Guzmán en Toulouse (Francia).
6. Teresa de Jesús, Santa (1515-1582), religiosa, Doctora de la Iglesia, mística y escritora española, fundadora de las carmelitas descalzas, rama de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (o carmelitas). También es conocida por el nombre de santa Teresa de Ávila.
7. Bay, Luis: Revista de Arquitectura. La Habana, 1943.
8. Registro de la Propiedad: T. 125, F. 72.
9. Santalices Fernández, Manuel. “Las Antiguas Iglesia de la Habana. Tiempo, Vida y Semblante” . Ediciones Universal, Miami, Florida, EE.UU. 1997. Pág. 8.
10.  Prat Puig, Pág. 53.
11. Prat Puig. Pág. 75.
12. Ídem. 67.
13. Ídem. 345.
14. La afirmación publicada en el Diario de la Marina, se le debe acerca la siguiente rectificación de acuerdo con los datos escritos: El Obispo Dionisio Recino, habanero de nacimiento, falleció en 12 de septiembre de 1711, y no en la fecha que anteriormente se cita.
15. Fernández Santalices, Manuel: Las Calles de la Habana Intramuros, Arte, Historia y Tradiciones en las calles y plazas de la Habana Vieja, Ediciones Saetas, Miami, FL., 1989. EEUU, Pág. 64.
16. Luis Bay. Santa Catalina de Sena, en Revista de Arquitectura. Nov-Dic. 1943. Pág.. 437.
17. Según Bay, hay una contradicción entre los historiadores José Martín, Félix de Árate y Ramón Catalá en lo que a las reliquias se refiere, pues mientras el primero afirma que fueron los cuerpos de esos mártires, Cátala dice que fueron vestiduras carnales. Ídem, Pág. 442.

* Biblioteca Máximo Gómez. Municipio Habana Vieja.
 

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