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LA crónica

PINAR DEL RÍO QUÉ LINDO ERES

Amado del Pino
| La Habana

Mi generación se acostumbró a escuchar el elogio en voz de Tito Gómez, aunque también se ha paseado por el mundo en los estilos de Celia y del Benny. Menos mal que una canción vino a equilibrar un tanto el olvido de este rincón occidental tan precioso como humilde. Alguien dijo que era La Cenicienta en el conjunto de las seis antiguas provincias cubanas. Ahora con mucha obra y ciertas hazañas a ojos vistas la propaganda provincial la denomina como Princesa, término que no me place demasiado. Pinar, con tanto tabaco, mogotes, atletas y afecto, no necesita de esa defensa por contraste.

Fuimos testigos mi padre y yo, quiero decir siempre que hablo de béisbol de una secuela del retraso pinareño. En los sesenta del pasado siglo, el equipo de pelota de vueltabajo ganaba muy pocos de aquellos noventa y nueve juegos de nuestra obsesión. Al viejo (por entonces apenas cuarentón) le gustaban esos partidos, pues era fácil encontrar asiento preferencial y el café se obtenía sin gritos ni pugilatos. Después se llenarían las gradas del Latino en los juegos de Pinar y la novena verde se convertiría en el equipo a derrotar. Detrás de ese vuelco hay, por supuesto, abundante sudor, táctica y empeño; muchos hombres y nombres. Pero a la hora de escoger uno solo hay que pensar en José Miguel Pineda, una figura ahora casi olvidada de la pelota nacional. Pineda firmó como profesional unas semanas antes de que se aboliera el deporte pagado en Cuba. En virtud de esa rúbrica no pudo mostrar sus grandes facultades de pitcher zurdo en las series nacionales. En lugar de «engorrionarse», marcharse o frustrarse, Pineda se convirtió en directivo en varias provincias, incluidas, en distintas etapas, el Camagüey y el Ciego de Ávila de mis amores. El equipo Pinar fue la obra cumbre de este manager que salía al terreno para dar las señas desde el cajón de tercera. Bajo su pupila se formaron grandes estrellas como Luis Giraldo Casanova, bateador  sin fronteras o Rogelio García, el primer virtuoso cubano en la nada comestible bola de tenedor.

Para los habaneros que ahora desandan la cincuentena, o para los que me acompañan en la nave de los cuarentones, Pinar del Río era el sitio verde y húmedo; duro y tentador de las escuelas al campo. Allí nos adentramos, con imprecisa eficacia, en el mar de hojas del mejor tabaco del mundo y aprendimos palabras como Libra de Pie, Centro Fino y otros tecnicismos que apenas ocupaban sitio en nuestro lenguaje del surco, salpicado de nombres de muchachas. Pensábamos en nuestras compañeras de Pre, o las ahora vecinas de  La Víbora o La Habana Vieja. La vega pinareña era testigo de planes de conquista para esas fiestas de campamento, donde la piel reluce tras el  baño campestre y el aroma de la tierra propicia el encuentro de los cuerpos palpitantes.

He vuelto a Pinar. Allí tuve una novia dentista y cuerda cuando yo era más bien poeta y loco. Allá nació en el Maica, cerca del tren y de los mitos auténticos de un barrio de pobres Tania, destino y brújula. Adentrarse en El Maica, El Rancho o El Reparto Oriente es tarea más honda que asistir a un evento y dormir unas noches en algunos de los hoteles del centro. En esas visitas de trabajo el tiempo puede resultar escaso para adorar la concentración de posibles piropos en una calle: La Real. Pero la profundidad de los barrios ratifica la familiaridad, lo auténtico de sus costumbres, la entereza y lozanía espiritual con la que asumen la carencia de lujos o su acento de una sonoridad inversa a la oriental, ese cantaíto más bien por lo bajo.

Los pinareños se radican fuera de su territorio natal menos que orientales o camagüeyanos, y no se molestan porque en los chistes los sigan tratando como torpes, bobos o despistados. Los pinareños suelen escuchar lo que les cuentas y, ante la narración de una hazaña o el testimonio de un disparate, exclaman con ese candor singular del extremo occidente de Cuba: ¡Alaba’o!

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