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Centenario 1904-2004
ALEJO CARPENTIER EN FRANCIA
 
Su intensa vida en sus años parisinos alimenta más y más su interés por Cuba y por América. En Haití halló su camino literario jamás abandonado. De ahí nace su novela El reino de este mundo, clásico de la literatura universal.

 Marta Rojas| La Habana

 

Il nést pas déloge meilleur que la
Connaussance de son oeuvre.
Lilia Esteban

No hay mayor elogio
que el conocimiento de su obra.

 Lilia Esteban


Alejo Carpentier en la Editorial Nacional de Cuba, de la que fue director en los primeros años de la Revolución.

La fructífera vida intelectual de Alejo Carpentier, Premio Miguel de Cervantes Saavedra, entregado por los reyes de España en 1978, recibe el gran reconocimiento internacional con ese hecho; él es el primer Cervantes de América Latina, pero su trayectoria anterior es larga y rica en diversos campos de la cultura, especialmente la literatura de ficción, el periodismo y el ensayo, además de su producción radial y un destacado musicólogo. Dos años antes de haber recibido el Cervantes, el francés Francois Wagnener escribe en Le Monde (París)  2 de abril de 1975 «il a la statute d´ un écrivain mondial...il est, vicéralment, un voyageu sus  la terre, un decouvreur». Pero, ya hacía muchos años que el vínculo del gran escritor cubano con la nación y el pueblo francés se había establecido. Fue pionero en las artes radiofónicas de Francia en La Poste Parisién, la estación de radio más importante en el comienzo de la década de los años 30 del siglo XX, cuando también asume la dirección del programa musical de emisoras parisinas y presenta para la radiodifusión, entre muchas otras obras, la ópera radiofónica «La grande complainte de Fantomas de Kurt Weill», en esa década florida de la radio, París lo tendrá en los estudios Foniric para grabaciones  de discos, usando las técnicas más  avanzadas, y allí estará también, combinando este nuevo oficio con la literatura que será donde brillará definitivamente.
 


Alejo a los 24 años cuando escribía, como periodista, para Musicalia, en La Habana, febrero de 1928.

Se había fugado de La Habana en 1928, en plena tiranía de Gerardo Machado, después de haber ido a la cárcel por sus ideas tildadas entonces de «comunistas». Fue en el mes de marzo de 1928 y llega a París de la mano del poeta surrealista Robert Denoes. Parecería que lo esperaban, como caído del cielo, las revistas de vanguardia Documents y Bifur. Dirá él mismo «... el surrealismo  fue una escuela magnífica, un estado de espíritu en cierto modo, más que una escuela, y que produjo sus frutos máximos entre los años de la muerte del Dadaísmo, hacia el año 24 y comienzo de la Segunda Guerra Mundial... me hubiera sido fácil ponerme a hacer surrealismo, ¿pero qué cosa voy a añadir al surrealismo, si lo mejor del surrealismo está hecho ya?... de repente entró en mí la idea de América. Me dediqué durante largos años a leer absolutamente todo lo que podía sobre América, desde las Cartas de Cristóbal Colón, pasando por el Inca Garcilaso, hasta los autores del siglo XVIII». No excluyó la historia colonial de la isla de Cuba, desde la música, o de cualquier región de América escrita en estas tierras, o que trataran de América.

Son los años meca de Louis Aragón, Tristán Tzara, Paul Eluard, Georges Sodoul, Benjamin Peret y los pintores Giorgio de Chirico, Ives Tanguy y ¡Pablo Picasso! Conoce también a Ernest Hemingway, cuando este escritor pertenecía al reducido grupo «la generación perdida», entre los que se encontraban Gertrude Stein y John Dos Pasos. Es entonces cuando Alejo Carpentier hijo de un arquitecto francés radicado en Cuba con su esposa Lina Valmont, rusa de oficio obligado traductora por penurias económicas en la Isla, abandonada por su esposo, viajero impenitente—escribe en francés el ensayo «Los puntos cardinales de la novela en América Latina». No pensaba que él sería figura tan cimera en la novela latinoamericana e hispanoamericana ni que ahora, en el 2003—2004 la editorial Gallimart lo publicaría en la Colección Lepléiade, como uno de los novelistas elegidos del siglo XX, y entre los clásicos del milenio.
 


Alejo parte de Cuba a cumplir su misión diplomática en París, en compañía de su esposa, Lilia Esteban. De este viaje no regresará con vida.
(Foto en el aeropuerto José Martí)

Alejo, como lo llamaba casi todo el mundo en Francia o en Cuba; Alejo, conversador y escucha reflexivo y jaranero, como cualquier cubano común en este último aspecto, también tenía un oído privilegiado y a los siete años ya tocaba al piano preludios de Chopin y gustaba hacer juegos de pedales con obras de  Debussy.

Digamos que cuando tenía doce años de edad su padre según la bibliógrafa por excelencia del novelista, Araceli García Carranza, de la Biblioteca Nacional de Cuba— «padre de rancia cepa bretona, puso en sus manos la literatura de Balzac, Zola y Flaubert».

Abandonada su madre, Alejo se convirtió, muy joven aún, apenas emergiendo de la adolescencia, en periodista a  tiempo completo. La inmensa cultura que había adquirido en la biblioteca familiar, le  permitió abordar los temas más diversos y profundos. Dominaba la lengua francesa, por la enseñanza en casa y porque en 1913 había hecho su último viaje con sus padres todavía juntos, durante varios meses, por Rusia, Austria, Bélgica y París, donde afianzó el acento de la lengua aprendida en el hogar— pero, paralelamente intensificó sus estudios de español con la mayor pureza.
 


En los andes venezolanos.

Así le sería relativamente fácil escribir y publicar en París, en 1929, Poémes des Antiles (nueve canciones con letras de él y música de Marius Francoi Gallard).

Su intensa vida en sus años parisinos, entre 1928 y 1939, alimentan más y más su interés por Cuba y por América. Será Haití en un viaje que realiza con su esposa Lilia Esteban y con francés Louis Jouvet el gran detonante en su novelística. En Haití halló su camino literario jamás abandonado. Él dijo sobre ese acontecimiento inusitado: «... me hallo ante los prodigios de un mundo mágico, de un mundo sincrético, surge en mí, la percepción de lo que yo llamo lo ‘real maravilloso’, que difiere del realismo mágico y del surrealismo en sí». De ahí nace su novela El reino de este mundo, clásico de la literatura universal.

La vasta Venezuela con sus torrentes de agua, la Gran Sabana, la selva y el Orinoco con sus indios puros, lo hará contrastar la civilización exagerada de Nueva York con ese mundo virgen americano, que parece haberse detenido en los anales y convertirá sus visiones en otra obra gigantesca Los pasos perdidos. Lo aguarda la gran conexión de estos mundos que no puede hallarse en otros sitios, sino en Cuba, la llave de América y surco hacia el resto del Caribe y Europa. La Isla es el complemento de la colisión. Este fenómeno literario excepcional que vendrá, ha de llamarse El siglo de las luces y parte  en La Habana. De esta ciudad que tanto amó saldrían también numerosos ensayos como «La ciudad de las columnas», Santiago de Cuba y la propia Habana lo harán progenitor de la Música en Cuba e infinidad de artículos y crónicas periodistas, un gran fresco de la época que aún hoy, y quizás más que nunca hoy, ofrecen un aporte extraordinario a la historia cultural y política de Cuba.
 


La máquina con la última cuartilla que escribía pocas horas antes de su fallecimiento en París.

De El reino de este mundo, novela publicada decenas de veces en español y otros idiomas, posiblemente en todos, dijo Raymond Queneau en Anthologie des Jeaunes Auteurs: «... es uno de los libros más hermosos que nos hayan llegado del Nuevo Continente en estos últimos años» la mención fue escrita en 1939, recién publicada en México, pagada por propio Alejo. Eran los tiempos de la soledad del escritor, diría más tarde.

Los pasos perdidos arrancará esta opinión del crítico Robert Church, en New Cronicle, Londres: «Este libro puede colocarse junto a Moby Dick y La serpiente emplumada. Va más allá de la literatura». André Rousseau no se quedará atrás: « es la mejor novela que nos ha dado América Latina en estos años». Los lectores de Fígaro Litraire, en París, le darían la razón con creces. «Es un libro gigantesco, Alejo Carpentier es, sin duda, uno de los más grandes escritores vivientes», escribió la crítica Edith Sitwell, en 1953.

Si bien El Siglo de las luces, ha tomado a Cuba como arrancada de caminos, tal cual ha sido la Isla desde el descubrimiento, pasando por el apogeo de la escala de la Flota del oro y la plata que venía del sur de América. Esta novela se conecta con una de las colonias francesas en las Antillas. No es otra que la isla de Guadalupe donde a causa de la necesaria reparación del avión en que viaja, este hace escala. La primera nota, sobre la magistral obra, según consta en la Biblioteca José Martí de La Habana, la escribe Alejo en una servilleta de un restaurante de la Guadalupe.

Su obra, casi toda traducida al francés por René L. F. Durand, es inmensa. No pueden excluirse narraciones tales como: «El camino de Santiago», «Los Fugitivos», «Semejante a la  noche», «Viaje a la Semilla», la noveleta El Acoso, la novela El recurso del Método y otras más: El arpa y la sombra, Concierto Barroco, La consagración de la primavera, las últimas que escribiera; y aquella de los inicios que tiene otros valores nacionales invaluables, Ecué- Yamba-Ó, concebida en la cárcel de La Habana y que él definió con un término de la época, novela afrocubana. Más de tres mil artículos periodísticos escritos en su sección caraqueña Letra y Solfa, aparecida en el periódico El Nacional, del también escritor Miguel Otero Silva,  sobre los temas más diversos del mundo, al igual que los publicados en la revista Carteles, de La Habana, y otros medios de prensa cubanos, que aún aparecen en las hemerotecas del país, convierten su obra en una cumbre prolífera de cultura, información y deleite artístico. Imprescindible.
 


Su sillón preferido. Del apartamento del escritor en París, situado en 51 bis Rue Segur. En un marco una foto de él y Haydée Santamaría en el Primer Concurso Casa de las Américas.

Alejo Carpentier no deja nada al pairo, nada de su tiempo, y menos de antes de su tiempo y lo trasciende, de ahí su mayor valor, que no envejece.  Todavía en 1978, en vísperas de su deceso, víctima de un cáncer con el cual había trabajado durante años, la editorial Gallimard publica en París, en 1978 un prólogo de Carpentier para los Poemas de Pablo Piccaso. Y al morir dejará a medio escribir una página de lo que espera sería una novela singularísima, inspirada en el santiaguero Pablo Lafargue, yerno de Carlos Marx.

Hacía solo dos años que Alejo Carpentier había recibido en París el Premio Mundial Cino de Duca, poco tiempo antes México le otorga el Alfonso Reyes. La Universidad de La Habana le otorga el título de doctor Honoris Causa; La Unión de Periodistas de Cuba, el Premio Joaquín Palma; el Consejo Directivo de la Sociedad de Estudios Españoles de la Universidad de Kansas en EE. UU. le entregaba su más alta distinción: el título de Honorary Felow.

Hombre de su tiempo, como él mismo se definió, este artista de toda época fue un intelectual comprometido con la República Española, y antifascismo, al igual que lo sería después contra la guerra de agresión de  las administraciones norteamericanas a Viet Nam, manifestando como testigo de los crímenes de guerra ante el tribunal Russell reunido en Estocolmo; y abrazaría como intelectual cubano, en función de director de la Editorial Nacional y después como diplomático Ministro Consejero Cultura en París, sin dejar de escribir un solo día. A la Revolución cubana, dona la bolsa material de los premios Duca y Cervantes, que se dedicarían a la cultura de la nación.

Su esposa, hoy directora de la Fundación Alejo Carpentier, mujer de alta cultura y cubanía, pero remisa a hacer declaraciones  periodísticas personales ni sobre Alejo, accedió a decirme que «no hay mayor  elogio para Alejo, que el conocimiento y reconocimiento de su inmensa polifacética obra de creación, e infatigable trabajador en su país, donde se ha editado y aún aparecen sorpresas de textos inéditos, y en cualquier parte que quieran hacerlo», y evalúa como lugar de abono y fertilización excepcional  de su imaginación y conocimientos a  Francia y al pueblo francés, con sus intelectuales más notables y avanzados algunos de los cuales hemos mencionado, así como el acervo artístico y en otros órdenes del conocimiento humano que atesora aquel país. Pero, para ella, la fuerza de él se fortalecía en América y con su cubanía. «Las playas de Cuba lo apasionaban, era un nadador estupendo». En la colección de fotos,  atesoradas en Cuba, casi todas tomadas por Marta Arjona, una amiga familiar y artista de la plástica de primer orden, está reflejado parte del París de Alejo en los últimos años de su vida. Lilia me contó que ellos dos no faltaban una semana al restaurante La Lapalette, donde solían ir a comer los más destacados intelectuales de París, entre ellos Paul Sastre y Simone de Beauvoir.

En el 2004 se celebra en Cuba el Centenario  de Carpentier en particular, con una Conferencia Internacional, entre los días 8 y 12 de noviembre en La Habana. En París, la ayudante del escritor  en los últimos años de vida, la profesora universitaria Carmen Vásquez, de origen puertorriqueño, editora de Gallimard, forma parte importante de la Comisión de la Conferencia y como tal es por nominación natural el centro de las celebraciones en Francia. La Conferencia en Cuba abarca los temas: La obra literaria de Alejo Carpentier; la narrativa, teatro, ensayo y periodismo. Alejo Carpentier y la nueva novela latinoamericana. Alejo Carpentier y las poéticas de la América Latina y el Caribe; Carpentier: la antropología y la historia. Las artes en dicho autor. La casa de las Américas, en La Habana, será la sede del gran acontecimiento cultural, convocado  en el Aula Magna de la Universidad capitalina con la presencia del intelectual Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba; Abel Prieto Jiménez, escritor y ministro de Cultura y Lilia Esteban de Carpentier. Ocasión en la cual fue presentada la Comisión Cubana del Centenario.
 

Notas:

Artículo publicado en París, en edición especial de 20 000 ejemplares por Granma Internacional, en su edición al francés, con motivo del Festival del diario L´ Humanité, cuyas páginas culturales fueron dedicadas a Alejo Carpentier.

 

Fotos de París tomadas por Marta Arjona.
 

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