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BICENTENARIO
DE LA INDEPENDENCIA DE HAITÍ
una esponja empapada en sangre
(*)
La
Revolución que condujo a la independencia de Haití, hará
pronto doscientos años, fue el primer y magno
acontecimiento en que el Caribe apareció del todo como
actor en el planeta. Y fue el pórtico de la
independencia de nuestra América.
Roberto
Fernández Retamar|
La Habana
Hubiera
querido escribir la conferencia que voy a ofrecerles,
pero la vida tuvo otros designios y, por tanto,
prácticamente voy a improvisar a partir de algunas notas
que he podido tomar y de muchísimas lecturas que hace
años estoy haciendo, conmovido como estoy por la
extraordinaria historia de Haití, país que visité en
1997, recorriendo el camino que iluminó a Alejo
Carpentier cuando en su memorable viaje de 1943 tuvo la
revelación —otra palabra no es posible— de muchos
secretos y realidades de nuestra América. En rigor, como
se ha dicho aquí, no vamos a conmemorar el Bicentenario
de la Revolución de Haití (que comenzó en 1791, cuando
el país se llamaba aún Saint-Domingue), sino su triunfo,
el triunfo de esa Revolución, el cual hizo posible la
independencia del país, proclamada el primero de enero
de 1804, cuando sus libertadores, de la noche a la
mañana, en un relámpago, le devolvieron su nombre
aborigen. Creo que hasta ahora no se sabe de quién fue
esta feliz idea, que se propuso borrar incluso
verbalmente el atroz pasado colonial. Tales libertadores
no eran aborígenes, pero tampoco europeos. Eran de
procedencia africana, y decidieron, calibanescamente,
hermanarse con la herencia de los primeros habitantes de
su isla, los primeros humillados y ofendidos, los
primeros oprimidos (hasta el exterminio), tras la
segunda llegada a nuestras tierras de europeos: llegada
que, absurdamente, fue llamada descubrimiento. En 1492,
las dos ciudades más pobladas del mundo se llamaban
Tenochtitlan y Pekín, y según lo que sé ninguna de ellas
se encontraba en Europa. De manera que llamarle
descubrimiento a la llegada de un grupo de europeos a un
continente donde había millones de habitantes es una
aberración. En realidad, merece ser llamada un
cubrimiento de la historia verdadera. Sin embargo,
aquella llegada tuvo, sin duda, trascendencia, ya que
hizo posible lo que el gran historiador francés Fernand
Braudel llamaría la mundialización, palabra que
se hizo después muy conocida; hizo posible el nacimiento
de la modernidad. Y esa llegada —aunque no se suele
subrayar bastante— ocurrió en el Caribe, que devendría
una de las grandes encrucijadas geográfico-históricas de
la humanidad. La Revolución que condujo a la
independencia de Haití, hará pronto doscientos años, fue
el primer y magno acontecimiento en que el Caribe
apareció del todo como actor en el planeta. Y fue el
pórtico de la independencia de nuestra América.
En un notable libro
que publicó en 1961 sobre Toussaint Louverture. La
Revolución Francesa y el problema colonial, el poeta
martiniqueño Aimé Césaire dijo con mucha razón que
estudiar la historia de Saint-Domingue es estudiar uno
de los orígenes, una de las fuentes de la actual
civilización occidental. Es decir, la historia del
capitalismo. Y ya en 1944, el trinitario Eric Williams,
en otro libro inolvidable, Capitalismo y esclavitud,
había señalado el vínculo entre ambas entidades. Sin
esclavitud en las Antillas, no hubiera habido
capitalismo. También Marx habló de cómo era menester,
incluso a fin de proceder a una explotación rentable
para la burguesía del proletariado europeo, lo que él
llamó la esclavitud sans phrase, la esclavitud
sin ambages en sitios como el Caribe. Y es que este
Caribe en que estamos es imprescindible para la
construcción del llamado mundo occidental. Es un mar
singular el Caribe.
He mencionado en
varias ocasiones cómo, siendo niño, me entusiasmaba
viendo las películas sobre los piratas, y cómo tardé
muchos años en darme cuenta de que esos piratas, en gran
medida, realizaban sus fechorías en este mar. Eran,
unos, conquistadores; otros, piratas, corsarios,
filibusteros, bucaneros: esclavistas todos. Criaturas de
este jaez fueron los hacedores de la encantadora
civilización occidental. Y sus hazañas se realizaban en
las aguas en que vivimos. De ahí, entre otras cosas, la
extraordinaria relevancia del Caribe. Recordaré solo dos
ejemplos curiosos para subrayar esa relevancia. Cuando
Luis XV tuvo que escoger entre dos posesiones suyas,
Martinica y Canadá, escogió Martinica. Esa isla diminuta
era mucho más rentable para Francia que el inmenso
Canadá. Cuando los ingleses tomaron La Habana en 1762,
la cambiaron en 1763 por la Florida entera; es decir,
esta ciudad valía a sus ojos tanto como el extenso
territorio de la Florida.
En el caso específico
de Saint-Domingue, voy a presentar una cronología
sumaria para hacernos idea de cómo se llegó a lo que fue
después Haití. Alrededor de 1630, comenzaron los
primeros establecimientos franceses en la parte
occidental de la isla, colonia española, llamada Santo
Domingo, como se llama todavía la parte oriental de tal
isla. No hay que decir que se trataba de esos caballeros
a los que ya he aludido: piratas, corsarios,
filibusteros, bucaneros, esclavistas, bandidos de
diversa naturaleza. En 1697, por el Tratado de Ryswick,
España cedió aquella parte de la isla a Francia y, a
partir de ese momento, esa parte occidental fue nombrada
Saint-Domingue, que en menos de un siglo se convirtió en
la colonia más rica del mundo, es decir, que produjo
extraordinarias ganancias a Francia.
Los acontecimientos
memorables ocurridos en ese país a finales del siglo
xviii y
principios del
xix tendrían una notable repercusión en el Caribe
en general, y en Saint-Domingue en particular. Nosotros
los cubanos tenemos la dicha, el honor de que un gran
escritor nuestro nos ha dado versiones imaginativas e
intensas de los sucesos ocurridos en Saint-Domingue
(luego Haití), a raíz de la Revolución Francesa:
Revolución que, como sabemos, es casi la Revolución por
excelencia. Antes y después ha habido grandes
revoluciones: antes, en los Países Bajos, en Inglaterra,
en las Trece Colonias; después, muchísimas otras, como
las de independencia en Hispanoamérica, las de Europa en
1848 y 1871, la Mexicana, la Rusa, la China, la Cubana,
la Vietnamita, la Argelina, etcétera. Pero la Revolución
por excelencia sigue siendo la Francesa. Y esa
Revolución no podía dejar de tener grandes repercusiones
en las colonias francesas en el Caribe, no sólo pero
particularmente en Saint-Domingue. Y decía que nosotros
los cubanos tenemos el honor de que uno de nuestros
mayores escritores nos ha trasladado experiencias de
esas trepidaciones. Pienso, naturalmente, en Alejo
Carpentier, cuyas novelas El reino de este mundo,
publicada en 1949, y El Siglo de las Luces,
publicada en 1962, son versiones dramáticas, que nos
permiten conocer desde dentro, como sólo el arte puede
hacerlo, lo que fueron esas trepidaciones. Otro de
nuestros grandes escritores, Nicolás Guillén, publicó en
1948 su fuerte y delicada Elegía a Jacques Roumain en
el cielo de Haití, sobre esa admirable figura de la
intelectualidad y de la política haitianas, quien le
decía a Nicolás en el poema: «Haití es una esponja
empapada en sangre».
Pues bien, es
imprescindible recordar los sucesos principales de la
Revolución Francesa en sus dos vertientes: lo que
pudiéramos llamar la vertiente ascendente o progresista
y la vertiente descendente u opresora. El 14 de julio de
1789, como sabemos de sobra, se produjo la Toma de la
Bastilla, y se ha considerado esa como la fecha inicial
de aquella Revolución. El 20 de agosto de ese año se
emitió la Declaración de los Derechos del Hombre y de
los Ciudadanos. En 1791, la Asamblea francesa
extendió los derechos de representación a todos los
colonos. Ese año, en medida considerable provocadas por
situaciones internas, por el horror de la esclavitud,
que había sido naturalmente impugnada por los esclavos
desde el primer momento (de la misma manera que los
amerindios impugnaron desde el primer momento las
distintas formas de esclavitud a que se les sometió), y
además, en el caso de Saint-Domingue, por los vientos
renovadores que llegaban de Francia, ese año, 1791, se
producen grandes insurrecciones de esclavos en el norte
de Saint-Domingue, y esto se considera el inicio de lo
que iba a ser la Revolución de Saint-Domingue o, como
decimos ahora, la Revolución haitiana. La ciudad Cap
Français fue incendiada hasta las raíces por los
esclavos, quienes habían acometido un nuevo rechazo de
la opresión, rechazo que esta vez iba a convertirse en
una revolución de independencia nacional. En América ha
habido muchísimas revueltas de esclavos. Cuando se
inauguró un monumento en homenaje a una de esas
revueltas en Triunvirato, en la provincia cubana de
Matanzas, recuerdo la emoción con que escuché a Fidel
hablar de nosotros, los descendientes de esclavos. Es
decir, una de las raíces del movimiento social en
nuestro continente está dado por esas revueltas de
esclavos, como otra de las raíces está dada por las
revueltas indígenas.
En 1792, la monarquía
francesa, Luis XVI, cae, y se proclama la República
Francesa. Los jacobinos, el ala izquierda (esta división
entre izquierda y derecha, que se convirtió después en
clásica, procede de la Revolución francesa, de dónde se
sentaban radicales en un lado y moderados en otro); los
jacobinos, digo, la izquierda de la Revolución francesa,
decretan derechos políticos iguales para todos los
negros libres y los mulatos; lo cual, desde luego,
provoca repercusiones enormes en Saint-Domingue, donde
la mayoría de la población era negra; donde existían los
grandes blancos —los grandes propietarios—, los pequeños
blancos —que no tenían propiedades tan vastas—, los
mulatos, los negros libres y, sobre todo, los esclavos
negros.
Entre 1792 y 1793,
Francia entra en guerra con Austria, Prusia, Gran
Bretaña y Holanda, y se siente amenazada por España. Es
un momento dramático. La Asamblea francesa envía tres
representantes a Saint-Domingue: el más señalado de
ellos, Sonthonax.
Saint-Domingue, como
se ha dicho, era una colonia riquísima, y muchos otros
países querían robar esa riqueza. Sonthonax, arrinconado
entre la espada y la pared, toma el 29 de agosto de 1793
una medida que la humanidad tendrá que celebrar como
celebra otras fechas extraordinarias: publica el decreto
de emancipación general de los esclavos en el norte de
Saint-Domingue. Un hecho de esa naturaleza y de esa
magnitud no había ocurrido en el mundo hasta ese
momento. El 29 de agosto de 1793, repito, tendrá que ser
celebrado por la humanidad como una de sus grandes
fechas. No olvidemos que la guerra de independencia, por
otra parte notable, de las Trece Colonias, que se inicia
en 1775, que produce al año siguiente, en 1776, su
magnífica Declaración de Independencia, escrita
por Thomas Jefferson, y que culmina en 1783 con el
Tratado de Versalles cuando Inglaterra acepta la
independencia de las Trece Colonias, que pasarían a
llamarse los Estados Unidos de América; esta importante
guerra revolucionaria que logra la independencia del
primer país en América en obtenerla, deja, sin embargo,
intocada la esclavitud. O sea, que aquellas hermosas
palabras de la Declaración según las cuales todos
los hombres habían sido creados iguales por Dios, en
realidad sólo se aplicaban a los blancos, y de
preferencia, si no con exclusividad, a los blancos ricos
y varones. En cambio, en Saint-Domingue se produjo la
emancipación de los esclavos negros. Recuerden que en
aquella época las comunicaciones eran muy lentas: no
había manera de comunicarse con Francia; de manera que
en un momento sumamente difícil, Sonthonax, sin
consultar a nadie, toma la decisión, el 29 de agosto, de
decretar la emancipación de los esclavos negros en
Haití. Aunque voy a hablar de esto después, no quiero
dejar de mencionar aquí una comparación muy curiosa,
hecha por un escritor notable, sobre todo un escritor de
ficción pero que escribió también ensayos históricos:
Juan Bosch. Hablando del Caribe, al que llama «frontera
imperial», dijo Bosch que Sonthonax, el 29 de agosto de
1793, se encontraba en la misma situación en que se iba
a encontrar, el 16 de abril de 1961, otro caribeño
famoso, Fidel Castro. Sabiendo entonces que dentro de
unas horas su país iba a ser invadido por el imperio más
poderoso del momento, Fidel proclamó el carácter
socialista de la Revolución cubana. Para Bosch, si
Sonthonax no hubiera decretado la emancipación de los
esclavos negros y Fidel no hubiera decretado el carácter
socialista de la Revolución cubana, ambos hubieran sido
derrotados y deshonrados. Los guió, dijo Bosch, la
lógica del Caribe.
Ese año, 1793, en
Francia es muy duro; es conocido como el Año del Terror.
Se produce la purga y la ejecución de muchos girondinos,
pero todavía no se produce la aceptación por la Asamblea
francesa de la medida que Sonthonax había tomado. Habrá
que esperar hasta el 4 de febrero de 1794 para que la
Asamblea francesa decrete la abolición de la esclavitud,
una gran medida de esa gran Revolución. Entonces la
Asamblea está dominada por los jacobinos, pero no va a
estarlo por mucho tiempo más. El 28 de julio de ese año
1794 son guillotinados Robespierre, Saint Just y otros
jacobinos.
En 1795, por el
Tratado de Basilea, España cede Santo Domingo a Francia.
El 22 de agosto, en Francia se decreta la Constitución
Thermidoriana. La Revolución francesa comienza a cambiar
de signo. Ya no es una revolución generosa, capaz de
proclamar la abolición de la esclavitud; pasa a ser la
revolución cautelosa primero, francamente conservadora
después, que trabaja en beneficio no de la humanidad, no
de los derechos del hombre, sino de una clase emergente
y rapaz: la burguesía. Y la Constitución Thermidoriana
es testimonio evidente de esto. El 26 de octubre se
disuelve la Asamblea Nacional y en noviembre se crea el
Directorio. Ese mismo año, 1795, impulsadas sobre todo
por el aliento de las luchas revolucionarias que tienen
lugar en Saint-Domingue, ocurren grandes rebeliones de
esclavos en otros lugares del Caribe, como Cuba, como
Venezuela, como varias islas de las Antillas Menores.
En 1797, el 2 de
mayo, es nombrado Gobernador General la extraordinaria
figura que fue Toussaint Louverture, un hombre que había
sido esclavo y llegó a ser General y a organizar un gran
ejército. En 1799, Louverture ocupa el Santo Domingo que
había pertenecido a España. Pero ese mismo año, Napoleón
disuelve el Directorio y se convierte en el hombre
fuerte de Francia. A Napoleón se le atribuye haber dicho
a propósito de su presencia en la Revolución Francesa
que había terminado la novela y había comenzado la
historia; es decir, terminaban los sueños generosos que
hacen que la Revolución francesa siga siendo para
nosotros un momento señero de la humanidad, y comenzaba
la historia bajo el puño férreo de Napoleón, a quien
volveré a referirme. El 8 de julio de 1801, Toussaint
Louverture proclama una nueva Constitución para Saint-Domingue.
En esa Constitución, por supuesto, la esclavitud no
tiene lugar. Pero ese mismo año, Napoleón envía a Saint-Domingue,
con vistas a aplastar a los revolucionarios de allí,
encabezados por Toussaint Louverture, a su cuñado
Leclerc. Es un ejército poderosísimo el que Napoleón
envía a Saint-Domingue, con el intento de aplastar a los
que habían sido negros esclavos y eran en esos momentos,
paradójicamente, los portadores por excelencia de los
criterios de libertad, igualdad y fraternidad que habían
nacido en Francia y allí habían sido traicionados.
Leclerc era cuñado de Napoleón, porque estaba casado con
Paulina Bonaparte, y precisamente en El reino de este
mundo Alejo Carpentier nos ha presentado escenas muy
interesantes de Paulina Bonaparte, desnuda, recibiendo
masajes de un esclavo negro, en condiciones que no
pueden menos que entusiasmar.
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Toussaint Louverture |
El ejército de
Leclerc, repito, era poderosísimo. ¿Por qué Napoleón
envía tal ejército a Saint-Domingue? Es que Napoleón
tiene el proyecto de establecer un gran imperio colonial
francés en América, que fuera desde la Luisiana —que en
esos momentos se encontraba en manos francesas— hasta
Saint-Domingue, riquísima, y hasta las islas colonias
francesas del Caribe que eran también riquísimas. Y era
menester aplastar la Revolución en Saint-Domingue para
hacer realidad ese proyecto suyo. En 1802, el 27 de
abril, Napoleón emite el decreto que restablece la
esclavitud y la trata de negros en las Antillas
francesas. Solo si se conoce esto, el papel que
desempeñó Napoleón en el Caribe, se comprende lo que
nosotros los caribeños pensamos de Napoleón. Cuando
leemos a figuras progresistas, muy progresistas, de
Europa haciendo el elogio de Napoleón, no podemos
acompañarlos en ese elogio; y, en cambio, entendemos
perfectamente que José Martí haya escrito en uno de sus
Versos libres, hablando de Los Inválidos, donde
están los restos de Napoleón, este verso memorable: «El
corso vil, el Bonaparte infame». No podemos menos que
pensar eso del hombre que volvió a establecer la
esclavitud en el Caribe y la trata de negros. Es una
perspectiva caribeña, la misma desde la cual Alejo
Carpentier escribió El Siglo de las Luces. He
tenido discusiones con algunos amigos franceses que me
han preguntado por qué Alejo presenta en El Siglo de
las Luces de tal manera las acciones de Napoleón. ¿Y
cómo las va a presentar? ¿Cómo podemos presentar
nosotros los caribeños a una figura que restablece la
esclavitud, abolida por la Revolución francesa en
ascenso y restablecida por la Revolución francesa en su
etapa conservadora? Desgraciadamente, el 6 de mayo de
ese año 1802, Toussaint Louverture, engañado, acepta las
propuestas de Leclerc —en cierta forma se rinde ante él—
y es enviado el 7 de junio a Francia, donde es
encarcelado en el Fuerte de Joux. En 1803, el 7 de
abril, en ese Fuerte morirá Toussaint Louverture,
ignorando lo que estaba ocurriendo y por supuesto lo que
iba a ocurrir como consecuencia de sus hazañas. Ese año
1803, en cumplimiento del decreto napoleónico, la
esclavitud es restablecida en las colonias francesas, lo
que hace que muchos dirigentes político-militares de
Saint-Domingue que habían vacilado pensando que Leclerc
llevaba proyectos de independencia a Saint-Domingue,
comprenden que ello era completamente falso, que lo que
llevaba eran proyectos para restablecer la esclavitud.
Leclerc murió de
resultas de una enfermedad tropical, y la versión
oficial de Occidente, es decir, del capitalismo, es que
fueron las enfermedades tropicales las que vencieron a
las tropas francesas, pero la realidad monda y lironda
es que fueron los ex esclavos los que las derrotaron en
1803. De manera que cuando no queda más remedio que
aceptar por la historia oficial europea que las tropas
napoleónicas fueron vencidas en España y en Rusia —como
se sabe de sobra—, se suele callar que antes que en
España y Rusia las tropas napoleónicas fueron vencidas
en el Caribe; fueron vencidas en Saint-Domingue, y no
por los mosquitos, sino por los ex esclavos. Los
mosquitos hicieron su parte —bienvenida sea—, pero
fueron los ex esclavos, los generales que habían sido
esclavos y habían crecido hasta ser generales, los que
vencieron a las tropas de Leclerc. O sea, que esa forma
extrema que representaba Napoleón del Occidente tuvo que
morder el polvo de la derrota antes que en España y
Rusia, en el Caribe. De resultas de esa derrota de las
tropas francesas, el primero de enero de 1804 se
proclama la independencia de lo que ya no se iba a
llamar más Saint-Domingue, sino que, como dije hace
poco, de la noche a la mañana, en un relámpago, volvió a
llamarse Haití, como se llamaba originalmente el país.
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Jean Jacques Dessalines |
Jean Jacques
Dessalines, quien tras la muerte de Louverture llega a
ser el General en Jefe de las tropas independentistas,
tenía un secretario muy singular, llamado Boisrond
Tonnerre. Parece que al nacer, se produjo una tormenta,
quizá un ciclón gigantesco —«tonnerre» es un trueno—, y
el padre decidió incluir ese trueno en su nombre. Fue
una figura interesantísima y muy discutida. A mí me
apasiona mucho. Él fue secretario de Dessalines y
escribió la proclama de la independencia de Haití y
también el discurso que a continuación de la proclama
dio a conocer, como General en Jefe, Dessalines. He
traducido del francés en que se escribieron ambos
textos. Helos aquí:
EJÉRCITO INDÍGENA
Proclamación de la
independencia de Haití
Libertad o muerte
AÑO PRIMERO DE LA
INDEPENDENCIA
Hoy, primero de enero
de mil ochocientos cuatro, el general en jefe del
ejército indígena, acompañado de los generales, jefes
del ejército, convocados al efecto de tomar las medidas
que deben tender a la felicidad del país.
Después de haber
hecho conocer a los generales reunidos sus verdaderas
intenciones de asegurar para siempre a los indígenas de
Haití un gobierno estable, objeto de su más viva
solicitud; lo que él ha hecho por medio de un discurso
que tiende a hacer conocer a las potencias extranjeras
la resolución de hacer al país independiente, y de
disfrutar de una libertad consagrada por la sangre del
pueblo de esta isla; y después de haber recogido los
pareceres, ha pedido que cada uno de los generales
reunidos pronunciara el juramento de renunciar para
siempre a Francia, de morir antes que vivir bajo su
dominación, y de combatir hasta el último suspiro por la
independencia.
Los generales,
penetrados de estos principios sagrados, después de
haber dado con una voz unánime su adhesión al proyecto
bien manifiesto de la independencia, han jurado todos
ante la posteridad, ante el universo entero, renunciar
para siempre a Francia y morir antes que vivir bajo su
dominación.
Hecho en Gonaïves,
este 1ro. de enero de 1804, y el primer día de la
Independencia de Haití.
Firman: Dessalines,
general en jefe; Christophe, Petion, Clervaux, Geffrard,
Vernet, Gabart, generales de división; P.Romain, E.
Gerin, F. Capoix, Daut, Jean-Louis Frrançois, Ferou,
Cange, L. Bazelais, Magloire Ambroise, J. J. Herne,
Toussaint Brave, Yayou, generales de brigada; Bonnet, F.
Papalier, Morelly, Chevalier, Marion,
ayudantes-generales; Magny, Roux, jefes-de-brigada;
Charairon, B. Loret, Quene, Markajoux, Dupuy Carbonne,
Diaquoi el mayor, J. Raphael, Malet, Derenon-Court,
oficiales del ejército; y Boisrond-Tonerre, secretario.
Y, de inmediato, el
discurso de Dessalines:
El
General en jefe al pueblo de Haití
Ciudadanos:
No basta con haber
expulsado de nuestro país a los bárbaros que lo han
ensangrentado durante dos siglos; no basta con haber
puesto freno a las facciones siempre renacientes que se
burlaban, unas tras otra, del fantasma de libertad que
Francia colocaba ante vuestros ojos; es necesario, por
medio de un acto último de autoridad nacional, asegurar
para siempre el imperio de la libertad en el país que
nos vio nacer; es necesario arrancar al gobierno
inhumano que mantiene desde hace tanto tiempo a nuestros
espíritus en el letargo más humillante, toda esperanza
de dominarnos; es necesario, en fin, vivir
independientes o morir.
Independencia o
muerte... Que estas palabras sagradas nos vinculen, y
sean señal de combates y de nuestra reunión.
(De manera que
nuestra expresión Patria o Muerte tiene
antecedentes muy evidentes en el caso haitiano.)
Ciudadanos, mis compatriotas, he reunido en este día
solemne a estos valientes militares, que, a punto de
recoger los últimos suspiros de la libertad, prodigaron
su sangre para salvarla; estos generales que han guiado
vuestros esfuerzos contra la tiranía, no han hecho aún
bastante por vuestra felicidad. El nombre francés
lugubra todavía nuestra tierra.
(Boisrond Tonnerre
inventó la palabra lugubrar: en francés,
lugubrer. Él era no solo un revolucionario de ideas,
sino un revolucionario verbal, y he dejado así la
expresión: «el nombre francés lugubra todavía nuestra
tierra». Otras traducciones dicen oscurece. Hay
que dejar lugubrar.)
Aquí todo trae el
recuerdo de ese pueblo bárbaro: nuestras leyes, nuestras
costumbres, nuestras ciudades, todo lleva aún el sello
francés; ¿qué digo? hay aún franceses en nuestra isla, y
vosotros os creéis libres e independientes de esa
república que ha combatido a todas las naciones, es
cierto, pero que jamás ha vencido a los que han querido
ser libres.
¡Y bien!, víctimas
durante catorce años de nuestra credulidad y nuestra
indulgencia, vencidos, no por ejércitos franceses sino
por la triste elocuencia de las proclamas de sus
agentes; ¿cuándo dejaremos de respirar su mismo aire?
¿Qué tenemos de común con ese pueblo verdugo? Su
crueldad comparada con nuestra patente moderación; su
color con el nuestro; la extensión de los mares que nos
separan, nuestro clima vengador, nos dicen
suficientemente que ellos no son nuestros hermanos, que
no lo devendrán jamás, y que si encuentran asilo entre
nosotros, seguirán siendo los maquinadores de nuestros
problemas y de nuestras divisiones.
Ciudadanos indígenas,
hombres, mujeres, niños, pasead la mirada sobre todas
las partes de esta isla; buscad en ella vosotros a
vuestras esposas, vosotras a vuestros maridos, vosotras
a vuestros hermanos, vosotros a vuestras hermanas, ¿qué
digo?, ¡buscad allí a vuestros niños, vuestros niños de
pecho! ¿En qué se han transformado?... Me estremezco al
decirlo... En presa de esos cuervos. En lugar de estas
víctimas dignas de atención, vuestro ojo consternado no
percibe más que a sus asesinos, más que a los tigres
todavía ahítos de sangre, y vuestra culpable lentitud
para vengarlos. ¿Qué esperáis para apaciguar sus manes?;
pensad que habéis querido que vuestros restos reposaran
junto a los de vuestros padres, en el momento en que
abatisteis la tiranía; ¿bajaréis a la tumba sin haberlos
vengado? No, sus osamentas rechazarían a las vuestras.
Y vosotros, hombres
invalorables, generales intrépidos que, insensibles a
las propias desgracias, habéis resucitado la libertad
prodigándole toda vuestra sangre, sabed que nada habéis
hecho si no dais a las naciones un ejemplo terrible,
pero justo, de la venganza que debe ejercer un pueblo
orgulloso de haber recobrado su libertad, y celoso de
mantenerla...
Que tiemblen al
abordar los franceses nuestras costas, si no por el
recuerdo de las crueldades que en ellas han ejercido, al
menos por nuestra terrible resolución, que tomaremos, de
condenar a muerte a quien, nacido francés, ose hollar
con su planta sacrílega el territorio de la libertad.
Hemos osado ser
libres, osemos serlo por nosotros mismos y para nosotros
mismos; imitemos al niño que crece: su propio peso rompe
los andadores que se tornan inútiles y traban su marcha.
¿Qué pueblo ha combatido por nosotros? ¿Qué pueblo
quisiera recoger los frutos de nuestros trabajos? ¿Y qué
absurdo deshonroso es el de vencer para ser esclavos?
¡Esclavos!... Dejemos a los franceses este epíteto
calificativo: han vencido para dejar de ser libres.
Marchemos sobre otras
huellas, imitemos a los pueblos que, llevando su celo
hasta el porvenir, y temiendo dejar a la posteridad el
ejemplo de la cobardía, han preferido ser exterminados
antes que borrados del concierto de las naciones libres.
Y tú, pueblo
demasiado tiempo infortunado, testigo del juramento que
pronunciamos, recuerda que conté con tu constancia y tu
coraje cuando me lancé a la carrera de la libertad para
combatir el despotismo y la tiranía contra los cuales tú
luchaste desde hace catorce años; recuerda que todo lo
sacrifiqué para correr en tu defensa: padres, hijos,
fortuna, y que ahora mi única riqueza es tu libertad; mi
nombre llena de horror a todos los pueblos que desean la
esclavitud, y los déspotas y los tiranos no lo
pronuncian sin maldecir el día que me vio nacer; y si
alguna vez rehusaras o murmuraras de las leyes que el
genio que vela por tus destinos me dictará para tu
bienestar, merecerías la suerte de los pueblos ingratos.
Pero lejos de mí esta
horrible idea; tú serás el sostén de la libertad que
amas, el apoyo del jefe que te conduce.
Presta pues el
juramento de vivir libre e independiente, y de preferir
la muerte a todo lo que tendería a volverte al yugo.
Jura en fin perseguir para siempre a los traidores y a
los enemigos de la independencia.
Jean-Jacques Dessalines
Después de la derrota de Leclerc, Napoleón vio hecho
trizas su proyecto de imperio colonial francés en
América, y decidió, contrariando lo que había acordado
con España —cuando España cedió a Francia la Luisiana—,
vender la Luisiana, que era un territorio enorme, a los
Estados Unidos, con una condición, una pequeña
condición: que el Gobierno de los EE. UU. se sumara al
Gobierno francés en el terrible bloqueo que Napoleón iba
a imponer a Haití. No tengo que decirles que el Gobierno
de los EE. UU. aceptó jubiloso la propuesta —parece que
los bloqueos son muy atractivos para los gobiernos de
ese país—, y se sumaron al bloqueo que Napoleón le hizo
a Haití. Sobre este punto hay unas páginas que les
recomiendo vivamente en el libro de un gran historiador
cubano, Ramiro Guerra —un historiador conservador, no es
un historiador radical, no es un historiador de
izquierda, no es un historiador jacobino. El libro se
llama La expansión territorial de los Estados Unidos
a expensas de España y de los países hispanoamericanos.
Ese libro se publicó en Madrid en 1935, porque Ramiro
Guerra estaba en el destierro. Había sido ministro de la
Presidencia de Machado, un presidente tiránico de Cuba,
y tuvo que abandonar Cuba, a la caída de Machado, en
1933, en el mismo avión en que el tirano se fue para las
Bahamas. Paradójicamente, este hombre que tenía ese
cargo tan poco honorable era, sin embargo, un hombre
honrado. Era un hombre que no robaba y, desde luego, no
mataba. Y, además, era un nacionalista y, por tanto,
enemigo de la expansión imperialista de los EE. UU. Y
ese libro que tuvo que escribir en el destierro es un
libro que fue fundamental para muchísimos
revolucionarios cubanos, como lo había sido ya otro que
escribió y publicó siendo ministro de Machado; un libro
excelente publicado en
1927, sin el cual no es dable entender a Cuba,
que se llama Azúcar y población en las Antillas.
Se daba la paradoja de que este libro era una obra de
cabecera de los revolucionarios cubanos más radicales
que luchaban contra Machado. Es un libro que muestra
cómo el latifundio hizo un daño fatal a países de las
pequeñas Antillas, y Cuba estaba condenada a un destino
similar.
Terminaré mencionando otros libros esenciales sobre el
Caribe, en los cuales Haití desempeña un papel
fundamental. Uno es de un autor cubano que conocí y
quise mucho. Llegó a ser colaborador nuestro en la Casa
de las Américas, y se llamó José Luciano Franco. José
Luciano publicó tres tomos sobre el tema La batalla
por el dominio del Caribe y el Golfo de México. El
tomo III de esa obra se llama Historia de la
Revolución de Haití, y se publicó en 1966. Y otros
dos libros que quiero mencionar son un caso singular en
la historia intelectual, pues se publicaron el mismo año
(1970), sobre el mismo tema y prácticamente con igual
título. Uno es de Juan Bosch, ilustre dominicano, gran
conocedor de Cuba, donde había vivido exiliado muchísimo
tiempo, al punto de que se casó con una cubana, y los
cubanos, la realidad, lo consideramos bastante cubano:
los dominicanos tienen todo el derecho del mundo a
sentirse orgullosos de Juan, pero por lo menos un
pedacito suyo se quedó con nosotros. Y el autor del otro
libro fue el destacado intelectual de Trinidad y Tobago
Eric Williams, de quien ya mencioné su obra
Capitalismo y esclavitud. Lo curioso, lo
extraordinario es que ambos libros son las primeras
historias orgánicas del Caribe, y se llaman, uno, De
Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera
imperial; y otro, De Colón a Castro. La historia
del Caribe 1492-1969.
Y
vuelvo a decir: no se entiende el Caribe, no se entiende
Haití, no se entiende Cuba sin la lectura de libros de
esta naturaleza. (1)
Añado que ninguno de estos autores era comunista, o sea,
tales libros pueden ser leídos sin temor de ser
contagiados por el virus del comunismo.
La
Revolución cubana tiene la desdicha de que es juzgada
por una cantidad enorme de analfabetos funcionales que
emiten juicios precipitados sobre nosotros. No han leído
a José Martí, por supuesto, ni a Ramiro Guerra, ni a
Juan Bosch, ni a Eric Williams, ni a José Luciano
Franco. Han leído los periódicos donde se dicen
vergonzosas mentiras y, naturalmente, así no se puede
entender ni la Revolución haitiana ni la Revolución
cubana ni nada. Y termino recordando que un gran autor,
también de Trinidad, que por cierto fue maestro de Eric
Williams —como Aimé Césaire fue maestro de Édouard
Glissant y de Frantz Fanon—, C.L.R. James, había
publicado en 1938 un libro fundamental, que se llama
Los jacobinos negros. Él entendía que Toussaint
Louverture era un jacobino negro que tomó en serio lo
que los jacobinos franceses habían dicho y lo que
Napoleón iba a traicionar; tomó en serio libertad,
igualdad y fraternidad, y peleó y murió fiel a esos
criterios. Curiosamente, cuando el libro de James se
republicó en EE. UU., en 1963, le añadió un epílogo, y
ese epílogo estoy seguro de que dio la idea a Bosch y a
Williams del título de sus libros, porque el epílogo se
llama «De Toussaint Louverture a Fidel Castro»;
(2) es decir, es James el
primero que muestra orgánicamente esa unidad del Caribe
que en lo más antiguo se remite a la llegada de Colón,
cuya importancia no se puede negar aunque no es dable
regalarle que sea un descubrimiento; y en lo
revolucionario, en lo germinativo, en lo que el Caribe
tiene de actor y no simplemente de testigo o de criatura
que padece, comienza con la Revolución de Saint-Domingue
y llega hasta nuestros días. Tenemos, por tanto, el
deber moral, el deber histórico, el deber elemental de
reconocer la inmensa trascendencia de la Revolución de
Saint-Domingue y de la independencia de Haití que vamos
a celebrar jubilosamente el próximo primero de enero, el
mismo día en que vamos a celebrar un aniversario de la
Revolución cubana. ¡Qué hecho tan curioso! El primero de
enero de 1804 y el primero de enero de 1959 se inauguran
dos independencias esenciales.
Esto es lo que quería decirles como forma de demostrar
por qué tenemos tal simpatía, tal gratitud y tal deuda
con el pueblo fundador de Haití.
Notas:
1.
Hay ediciones cubanas de
varias de estas obras ya clásicas, a saber: Aimé
Césaire: Toussaint Louverture. La Revolución Francesa
y el problema colonial. Prefacio de Charles André
Julien. La Habana, Instituto del Libro, 1967. Juan Bosch:
De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe,
frontera imperial. La Habana, Casa de las Américas,
1981. Ramiro Guerra: Azúcar y población en las
Antillas. Pról. de Manuel Moreno Fraginals. Cuarta
edición. La Habana, Ciencias Sociales, 1970. Ramiro
Guerra: La expansión territorial de los Estados
Unidos a expensas de España y de los países
hispanoamericanos, La Habana, Consejo Nacional de
Universidades, 1964. Eric Williams: Capitalismo y
esclavitud. Tr. de Daniel Rey Díaz y Francisco
Ángel Gómez. La Habana, Ciencias Sociales, 1975.
2. El epílogo,
traducido por Adelaida de Juan y por mí al español, se
publicó casi completo en Casa de las Américas,
No. 91, julio-agosto de 1975.
Versión
de la conferencia magistral pronunciada en la Sala Che
Guevara de la Casa de las Américas el viernes 26 de
septiembre de 2003, al constituirse, en acto oficial,
la Comisión Nacional, que preside el Dr. Armando Hart,
encargada de organizar el programa de celebraciones para
conmemorar esta efemérides. |