EL
GALLEGO POSADA
Josefina
Ortega
|
La Habana
Son raras las
publicaciones cubanas —sin temor a exagerar— que no
hayan tenido entre sus páginas al menos una de sus
ilustraciones. O que nunca hubiera necesitado de los
buenos oficios de este cubano ilustrador, pintor,
caricaturista, diseñador escenográfico y otras tantas
cosas más.
Se llamó José Luis
Posada y le decían el gallego Posada, aunque había
nacido en Asturias, en Villaviciosa el 10 de octubre de
1929.
Lo de
«gallego» ya se sabe. En Cuba tenemos la costumbre de
llamar así a todos los peninsulares, sean lo mismo
vascuence, de Andalucía, Cataluña o de plena Galicia.
Lo de «cubano»
también se sabe. Vino a esta Isla con siete años ante la
barbarie fascista desatada por el franquismo: «mi niñez
me la estafaron» dijo una vez. Para salir de la España
de la Guerra Civil, la familia utilizó una partida de
nacimiento donde se aseguraba que el niño había nacido
el 10 de octubre de 1929, en lo que hoy es la barriada
de San Miguel del Padrón, en La Habana.
Para ese ilustrador
«abundoso» —según el periodista Jesús Sánchez— la vida
y el trabajo eran para consagrarse y era «de broma
pronta, agridulce», y propenso «a decir sin ambages al
pan, pan, y al vino, vino».
El premio Portinari,
1970; la mención de Honor en el Festival de Avignon, 75,
en Francia, y la Distinción por la Cultura Nacional, en
Cuba, fueron algunos reconocimientos con resonancia;
pero haber sido fundador de la revista El Caimán
Barbudo —y haber tenido tanto que ver con la
elección del nombre— fue algo por lo que muchos seguirán
viéndolo como un gurú.
La gráfica cubana
tiene, sin lugar a dudas, en todas las ilustraciones de
Posada aparecidas en El Caimán… una escuela, un
estilo y el gran capítulo para repensar una y otra vez.
Sus aspiraciones de
ilustrar algún día La vida es sueño, de Calderón
de la Barca, y La Divina Comedia, de Dante
Alighieri no eran sueños imposibles para Posada, que
había incursionado en la escenografía televisiva en el
Show de Arau, a principio de los 60, tiempo antes de
pasar al Teatro Musical de La Habana. Allí pudo
dedicarse al diseño de conjunto, es decir, escenografía,
vestuario y utilería.
Con Baltasar,
de Gertrudis Gómez de Avellaneda logró su primera obra
estructural. «Apasiona estudiar de lleno una época de
la que solo tienes dispersas referencias» dijo luego del
éxito logrado con esta obra, de trama situada en medio
de la civilización babilónica.
El gallego Posada se
declaraba enemigo de las indignidades, «y,
desgraciadamente, en el mundo se dedica demasiado
tiempo a joder.»
Decían que era hosco,
pero él mismo confesaba a Agenor Martí que no era
agresivo…«lo que tengo es mala sangre…más que rabioso
soy furioso».
Y más que dibujante
era humorista: «yo no trazo a lápiz, hago el dibujo
directamente a pluma y voy construyendo alrededor de un
núcleo central.
Y tenía clara
filosofía de pintar los tipos humanos como eran: «al
héroe como héroe; al sinvergüenza, como sinvergüenza»
decía.
Por todo lo anterior
se explica porque hizo no menos de cien caricaturas del
generalísimo don Francisco Franco.
Pero reconocía ser a
veces cruel en la caricatura política.
Para este español
«aplatanado», Cuba —y el pueblo de San Antonio de los
Baños, donde vivió muchos años— fue algo más que un
sitio para vivir y no solo el lugar elegido para morir.
«Soy un hombre con
una conciencia clara de mi época», dijo alguna vez en
frase reveladora, y este acto de fe lo sostuvo hasta el
día de su muerte, poco antes de cumplir 73 años, un 25
de enero.
José Luis Posada, el
«gallego», —considerado como uno de los cien mejores
caricaturistas del mundo por un jurado que sabía lo que
hacía— sigue permaneciendo cada vez que se abra una
página y desde el papel —ahora también desde la pantalla
del display— nos mire inquieto y escrutador algún
trabajo con su firma.