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PUNTA ALEGRE
Amado del Pino
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La Habana
Son pocos los mapas
en los que aparece y ni siquiera es municipio. Pero
tiene su importancia esta franja de tierra en la central
provincia de Ciego de Ávila, entre el mar y la montaña,
como diría el poeta; con su central azucarero, la Salina
y su fábrica de yeso. Dulce y amargo para equilibrar la
risa fuerte, la piel tostada de la gente desenfadada de
Punta Alegre. El agua pasando de azul en estado líquido
al blanco casi perfecto que anima la comida casera.
Para los que
habitábamos en la misma región, pero separados por
kilómetros, el pueblito marino fue todo un mito. Para
llegar hasta allá se precisaba de dos buenas horas en un
camión ruso B-8 y muchos baches y pasar por el caserío
de Los Perros, que completa el nombre del poco caudaloso
río Chambas. Batey víctima de chistes por su santo y
seña. Se habla de un político de los cuarenta, allá por
el siglo pasado, que al dirigirse a la multitud, comenzó
entusiasmado: «Hombres, niños, mujeres de los perros».
Pero más allá de los
campos de caña, los pequeños bateyes, la tierra sola...
aparecía el mar, gran río salado que para los de
Tamarindo o Florencia —sitierías gigantes con un pedazo
de pueblo en el centro— era el hechizo. En Punta Alegre
además había un Club, un centro recreativo varios metros
dentro del agua. La leyenda hablaba de grandes
borracheras en esa región casi de alta mar y de
zambullidas en pareja en plena piñacera. Cosas feas que
recordaban los que no simpatizaban con este sitio,
llamado a despertar adhesiones o antipatías vehementes.
Yo voté siempre, con
las dos manos, por Punta Alegre. En los emocionantes
días de la escuela al campo; cuando cambiábamos la
tierra negra por la roja de Ceballos o Baragúa, en esos
momentos cruciales de dormir cerca de los amigos y fuera
de casa visitar el campamento de las muchachitas de
Punta Alegre era algo muy especial. No es que allí fuera
más fácil encontrar novia, pero las de la sal y el
azúcar bien mezcladas miraron siempre con un
atrevimiento, una frescura sabrosa. Tal vez sería porque
no tenían la tragedia de la moral campesina detrás, o
por la falta de pretensión de pueblo casi grande y un
poco céntrico de las de Chambas. En Punta Alegre la
gente vivía de su trabajo y de lo que diera el mar claro
y profundo en las cercanías del ahora turístico y famoso
Cayo Guillermo. Algunos se burlaban de los de allí
porque muchos baños estaban dentro del mar, pero ese era
otro argumento de los detractores. A mí me fascinaron
con su acento casi oriental, su alegría de vivir y las
anécdotas de los formidables carnavales en los que la
vida se dividía entre los que eran de La Salina o los
del Yeso. Otra vez el sudor, la producción, la vida real
presente en la jornada y en el trago fuerte de las
noches, nombrando hasta la fiesta anual, en la que
—imaginaba desde mi litera de campamento— se soltarían a
la noche del salitre y las estrellas, aquellas
cabelleras de quince años, por las que valía la pena
caminar y hasta fugarse.
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