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Félix
Varela y el Aula Magna
Miguel
Gerardo Valdés Pérez
| La
Habana
Los comienzos de este año señalaron el sesquicentenario
de la muerte del Padre Félix Varela y Morales. Nació el
20 de noviembre de 1787 en La Habana, y el 25 de febrero
de 1853, en San Agustín, Florida, los quebrantos de
salud pudieron más que su deseo y el de un grupo de
cubanos, que habían gestionado su regreso a la patria.
Félix Varela se formó en las aulas del Seminario de San
Carlos y San Ambrosio, fundado en 1773, y en la Real y
Pontificia Universidad de La Habana, creada en 1728. Fue
un seguidor del pensamiento de su maestro José Agustín
Caballero, hombre que marcó el camino —desde las propias
aulas del Seminario—, para los estudios filosóficos en
Cuba.
Continuador de las ideas de José Agustín, Varela las
llevó aún más adelante, siendo el primero en su época
que asumió una posición verdaderamente radical no solo
en lo filosófico, sino también en lo político.
Con solo veinticuatro años, lo sustituye en el Seminario
y comienza a impartir Filosofía. En 1814 escribe
Instituciones de filosofía electiva, la obra en
cuatro tomos de mayor extensión del período; en ella aún
transitaba por las huellas de los postulados del Padre
Caballero, aunque ya insistía en la importancia de la
ciencia para el conocimiento, aún cuando consideraba que
entre verdad de fe y verdad de razón, debería primar la
primera.
Curiosamente para las concepciones de un sacerdote de
aquella época, ya en Elenco, escrita en 1816, los
estudiosos de su pensamiento filosófico indican una
segunda etapa en la que Varela dejaba ver la influencia
del empirismo, al afirmar que la naturaleza es la fuente
de todos los conocimientos. Por tanto, el hombre
dependía de las facultades sensoriales para el contacto
directo con la naturaleza. Referente a la posición entre
verdad de fe y verdad de razón, señalaba que muchos se
valían de la autoridad divina para imponer como verdades
muchas supercherías hijas tan solo del fanatismo.
Desde ese instante, enjuició sin empaques la escolástica
que hasta entonces constituía la base del pensamiento de
la época, disquisición que dejó plasmada en sus
Lecciones de Filosofía 1818 y en
Miscelánea filosófica 1819, en las que expuso, que
si bien la escolástica había tenido su momento en la
historia, en aquel presente ya resultaba incompatible
con el desarrollo alcanzado por el pensamiento humano,
al que concedía un carácter ininterrumpido en el
conocimiento de la realidad. Sin caer en los excesos de
otros empiristas y sensualistas contemporáneos, también
abogaba por una ciencia que girara en torno de las cosas
y no de las palabras, y por un lenguaje científico que
fuera totalmente comprensible.
Sus ideales políticos, iniciados en las filas del
reformismo, se radicalizaron en el aún temprano 1823 —se
ha dicho que desde su elección como diputado a las
Cortes Españolas—, en las que junto con la abolición de
la esclavitud con indemnización, defendió el más aún
osado planteamiento del reconocimiento —por parte de la
corona española—, de la independencia de las colonias
americanas en guerra. Su salida de España en ese mismo
año, bajo pena de muerte por su posición de apoyo al
liberalismo español fracasado ante el absolutismo de
Fernando VII, lo transformó en un decidido
independentista —no podía ser menos en un hombre de tan
avezado y brillante pensamiento—, y con esa posición
radical arribó a los Estados Unidos, donde redactó y
publicó, en Filadelfia y Nueva York, lo que en la
historia de la prensa cubana se conoce como el primer
periódico verdaderamente revolucionario, dedicado
precisamente a la independencia de Cuba. Desde El
Habanero (1824), proclamó lo que ya en las Cortes
había enarbolado, el derecho de las repúblicas
americanas —aquejadas por los males que la dominación
española les imponía—, a ser libres; con esto sentó las
bases para su pensamiento americanista y asumió
resueltamente su actitud contra la posición de la
Iglesia Católica y en favor de la dominación española,
para ello retomó y esgrimió su criterio de los pasados
días de reformista que ponía límites específicos para
los campos de la religión, la política y la moral.
En otro desafío para su tiempo y su formación
eclesiástica, planteó que la vía para la libertad de
Cuba debería ser la de sus propios esfuerzos, sin
anexiones y sin posibles ayudas que comprometieran su
definitiva independencia. En lo económico, indicó que no
había libertad política posible sin libertad económica.
Muchos consideran la última de sus obras, el epistolario
Cartas a Elpidio —publicado en 1835 el primer
tomo y 1838 el segundo—, como el testamento ideológico
en el que legó a futuras generaciones la esencia de su
ideario. El tercer tomo de esta obra, dedicado al
fanatismo, no llegó a publicarse.
Profusa es la labor del Padre Félix Varela como eminente
pensador y ensayista; también se destacó en sus
concepciones pedagógicas y de formación, ambas con
fuerte base en los sentimientos enaltecedores de la
nacionalidad cubana que ya desde finales del XVIII
descollaban en algunos sectores criollos. En lo
sociológico laboró afanosamente en la Sección de
Educación de la Sociedad Patriótica a la que ingresó en
1817 y de la que fue electo socio de mérito. Su palabra
fue catalogada como reflexiva, firme y de profunda
convicción, distante de la retórica que imperaba
entonces en el discurso.
En el periódico El Habanero abordó temas de
filosofía, política, moral, religión, estética y
lingüística entre otros más. Esta publicación marca un
hito dentro del periodismo cubano de la época por su
carácter revolucionario e independentista. El crítico
José Antonio Portuondo dijo que Varela fue nuestro
primer y mejor ensayista, breve, claro y preciso. Y
aquellos que han profundizado en el análisis de su
literatura, han visto en muchos de sus trabajos los
antecedentes estilísticos que más tarde distinguieron a
la prosa de José Martí.
Los restos del Padre Varela fueron traídos, por fin, a
su tierra, el 19 de noviembre de 1919 y en manifestación
popular, trasladados de la Catedral al Aula Magna de la
Universidad de La Habana que tanto prestigió con sus
ideales patrióticos y sus enseñanzas pedagógicas. En el
histórico edificio terminado en 1910, escenario de
importantes acontecimientos estudiantiles y políticos a
lo largo de varias generaciones universitarias,
descansan en una urna funeraria junto a los siete óleos
neoclásicos cubanos —«La Medicina», «Las Bellas Artes»,
«Las Artes Liberales», «El Derecho», «Las Ciencias», «El
Pensamiento» y «Las Letras»—, del pintor, poeta y
también patriota, Armando Menocal.
Allí, en la constante presencia junto a la juventud a
quien dirigió la esencia de sus enseñanzas y de sus
ideales, está el mejor homenaje que se le pueda
tributar. En la breve sentencia de José de la Luz y
Caballero (1800-1862) —discípulo y destacado continuador
del pensamiento de Varela—, irradia la síntesis de su
vida: «Varela fue el que nos enseñó en pensar primero»
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