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Cuba
gana una batalla
De «Los disidentes» al «Camaján»
Los disidentes,
en realidad una parte de la historia real de Cuba,
fortalecerá el repudio de la población cubana
hacia esos mercenarios —codiciosos e indignos— a sueldo
de los EE.UU.
La evidencia pública
sobre la naturaleza de la «disidencia» constituye el
primer golpe que en esta batalla Cuba le ha dado a los
EE.UU.
Antonio
Maira|
España
La coartada y las
víctimas
La crisis de Iraq ha
demostrado, a todos los que necesitan demostraciones
detalladas y meticulosas no ya para violentar sino
simplemente para poner en duda los mandatos del Dios
Todopoderoso, que no hay límite en las falsedades de que
son capaces nuestros «líderes» políticos y mediáticos.
De ellos puede esperarse cualquier canallada. Desde el:
«Iraq lo niega pero tiene armas de destrucción masiva»,
hasta el: «Sadam Husein nos engañó haciéndonos creer que
tenía armas de destrucción masiva», se mide el tamaño de
nuestra imbecilidad colectiva. La distancia entre una
afirmación y la otra indica también lo inmensa que es
nuestra credulidad. Ese fantástico atrevimiento de decir
dos cosas contrarias para justificar la misma acción
explica también la absoluta eficacia manipuladora, y la
subordinación al poder, de Falsimedia.
Pero no siempre la
credulidad o la imbecilidad dan saltos tan
espectaculares. No es necesario. El grueso de la opinión
pública fue inducida a mantenerse en la primera
afirmación: «Iraq tiene armas de destrucción masiva», o
en una duda que se situaba a corta distancia de ella.
Claro está que tal duda relativa servía para inculpar a
Iraq no para exculparle. El titubeo inculpatorio fue
sostenido y calificado de razonable cuando los hechos y
las evidencias afirmaban la falsedad deliberada de la
denuncia. Ahí, en la falsa duda para dejar correr la
barbarie, se colocaron buena parte de los intelectuales
que se autocalifican o se dejan calificar, muy ufanos,
de progresistas. Y esa actitud de esconderse tras una
«duda de refugio» mide en realidad la cobardía ante el
poder. Porque desde hace muchos años es evidente que
Iraq no tenía armas de destrucción masiva.
El caso es que entre
la credulidad interesada y la duda de lavarse las manos
se convirtió Iraq en un infierno. Sin escándalo alguno
pudo realizarse un embargo que durante doce años causó
varios centenares de miles de muertos entre la población
más vulnerable: niños, ancianos y enfermos cuya salud
dependía de una medicación que se volvió inalcanzable.
Ahora, después de una guerra brutal, los mismos que
negociaron su incredulidad ante una conciencia sumisa,
los que alternaron entre ponerle alguna duda a la verdad
o darle mucha credibilidad a la mentira, están
dispuestos a que la ONU administre o simule administrar
la ocupación del territorio. Al fin y al cabo, está bien
lo que bien acaba.
Falsimedia y sus
«intelectuales de izquierda»
A la vista de ese
precedente inmediato sobre la feliz desfachatez con la
que se miente, no es demasiado extraño que los mismos
agentes de ese tremendo engaño masivo que condujo a la
guerra contra Iraq sean capaces de dirigir y realizar
campañas mediáticas igualmente falaces contra Cuba.
Actúan como si su credibilidad no hubiese sufrido ningún
daño.
Tampoco debe
sorprendernos mucho la considerable cuadrilla de
intelectuales que han seguido ese juego del Imperio. Al
fin y al cabo son los mismos que han utilizado la duda
como coartada para el silencio durante doce años de
embargo genocida. Los mismos que mantienen un silencio
cómplice, casi gozoso, ante el intento continuado de
golpe fascista en Venezuela. Los que observan con desdén
poco disimulado la respuesta popular al golpe y calibran
escrupulosamente la «legalidad» de la resistencia. En
realidad, se dedican a levantar recelos contra un
gobierno impecablemente democrático mientras esperan que
una bien construida provocación mediática les permita
firmar nuevas cartas abiertas, esta vez contra la
«dictadura de Chávez».
Para aclarar un poco
las cosas había que comenzar con una más precisa
catalogación de la función cotidiana asumida por medios
de comunicación y de su papel estratégico en las grandes
batallas políticas. Los medios de comunicación son no
solo instrumentos permanentes de control político y
social, sino también, en caso necesario, instrumentos de
combate de las elites económicas contra los procesos que
desarrollan una política popular como en Cuba y
Venezuela. En todos los países en los que tienen lugar
luchas de masas contra el neoliberalismo —como en estos
momentos en Bolivia— aparecen y son denunciados los
medios como un poderoso instrumento político, unitario y
despiadado, de la oligarquía.
Habría también que
comenzar por cuestionar determinadas fronteras y
calificaciones que como dogmas ofrecen los medios de
comunicación. Uno de ellos, altamente eficaz, es el que
se refiere a la supuesta posición de los «intelectuales
de izquierda» en las grandes batallas políticas
contemporáneas. En los últimos meses el binomio
mediático El País-Encuentro le está
sacando un jugo extraordinario en su campaña desaforada
contra Cuba.
El domingo 5 de
octubre, El País —el periódico identificado hasta
la infamia con el apoyo continuo al intento de golpe
fascista en Venezuela, y también con el apoyo a través
de la «paloma—Powell» a los Estados Unidos en la
preparación de la guerra contra Iraq(2)—
ofrece una muestra de ello. Frey Betto es acosado con
una «pregunta» que en realidad no requiere respuesta:
¿Qué siente cuando destacados intelectuales europeos, no
precisamente de derecha, critican a Lula por no aludir a
las violaciones de derechos humanos en Cuba?
Lo cierto es que la
mayoría de tales intelectuales nadan perezosamente en
las tranquilas aguas del «pensamiento único». Entre
ellos, los tiburones de la «progresía» de status
reconocido y rentable saben perfectamente lo que hacen y
para quién cuando atacan ferozmente a la revolución; los
demás, las sardinas en el pantano de la corrección
política, se limitan a poner su granito de infamia para
que su banco se incorpore como una opinión de avalancha,
irresponsable, gregaria y cínica, contra Cuba.
Es totalmente
incierto que —como dicen a coro y a la orden los
«profesionales» de la revista Encuentro y del
País— los intelectuales de izquierda hayan
abandonado a Cuba. Ningún intelectual de izquierda ni
tampoco ningún intelectual honrado puede asumir las
posiciones de la Carta Abierta contra la represión en
Cuba. No son, de ninguna manera, intelectuales de
izquierda los que han asumido la defensa de Elizardo
Sánchez o de Oswaldo Payá, y de sus genitores y padrinos
fuera de Cuba: Bush, Aznar, y la pléyade de
organizaciones antirrevolucionarias de Miami.
Los «disidentes»
en acción
En los últimos meses,
en el territorio de la verdad, cerrado para que no pueda
ser observado por los ciudadanos de occidente, Cuba ha
ganado una batalla —y no es la primera— a los EEUU.
Cuando el día 9 de
abril el canciller cubano, Felipe Pérez Roque, explicaba
minuciosamente en rueda de prensa los motivos para los
75 juicios de «disidentes», acompañando la explicación
con la entrega de documentos probatorios que demostraban
cuáles eran los elementos organizativos, de dirección y
de financiación de las minúsculas organizaciones que las
vinculaban a la Sección de Intereses de los Estados
Unidos en Cuba, buena parte de los periodistas
extranjeros trataron una información tan importante como
superflua. Los datos, documentos y razones que había
ofrecido el canciller de Cuba rebotaban sin encajar ni
dejar huella en unos «profesionales de la información»
que no estaban dispuestos ni podían alterar su esquema
inamovible sobre Cuba. La «disidencia» ocupaba un papel
fundamental en su «coyuntura política» de Cuba que
resultaba incompatible con la información proporcionada
por el gobierno.
Ninguno de ellos —con
una «profesionalidad» mucho menor que la que cortésmente
les reconoció Pérez Roque— consideró oportuno verificar,
con la simple lectura de la ley Helms-Burton, que el
plan general de actividades y la política concreta de
sabotaje, bloqueo, hostigamiento, operaciones
encubiertas, previstos en esa ley, se correspondían
exactamente con las actividades que los «disidentes»
realizaban de la mano de la Sección de Intereses de
Estados Unidos en Cuba (SINA). Solo hacía falta colocar
los mandatos de la Ley Libertad como directrices
obligadas de las actividades del señor James Cason para
tipificar la conducta criminal de los llamados
«disidentes». Las «relaciones íntimas» y cotidianas
estaban más que sobradamente demostradas por los
documentos entregados por la cancillería de Cuba.
Los disidentes,
la caída de un mito mediático
La información
recogida por una docena, al menos, de ciudadanos cubanos
sobre el nacimiento, la organización, el funcionamiento,
las actividades, la financiación y las relaciones con la
Sección de Intereses de EE.UU. en Cuba de los grupos más
conocidos de la disidencia cubana, que sirvió de base
para la acusación en los tribunales de justicia y para
la minuciosa información proporcionada por el gobierno
cubano fue publicada en el libro Los disidentes
de los excelentes periodistas cubanos Rosa Miriam
Elizalde y Luis Báez.
Los disidentes,
en realidad una parte de la historia real de Cuba,
fortalecerá sin duda el repudio de la población cubana
hacia esos mercenarios —codiciosos e indignos— a sueldo
de los EE.UU., y debería destruir también ese «mito
exterior» de la disidencia interna que los políticos del
«consenso de Washington» y los dueños y periodistas de
Falsimedia han elaborado minuciosamente para establecer
una referencia de «oposición independiente» y justificar
un plan muy detallado de agresión a Cuba.
No solo destruye el
mito sino que golpea duramente a una «disidencia»
mercenaria en lo ideológico, en lo político, y en lo
económico, cuyas actividades están dirigidas por la
Sección de Intereses y también —quien lo diría—
minuciosamente controladas por la inteligencia cubana.
Lo primero que
asombra en la lectura del libro es la enorme cantidad de
«organizaciones disidentes» bautizadas, más que
formadas, por un número mínimo de personas. Unos pocos
individuos repiten en la dirección de varias
organizaciones que nacen y permanecen en el papel y que,
si ganan el favor de sus padrinos, trasladan su vida
virtual a los medios de comunicación de las
organizaciones mafiosas de Miami.
Partidos «liberales
democráticos», «democráticos liberales», «liberales para
la democracia» y «democráticos para la libertad», de
Cuba entera o de sus provincias por separado, comparten
dirigentes con «Comités», «Movimientos», «Oficinas»,
«Agencias», «Comisiones», «Cooperativas», «Asesorías»,
«Fundaciones», «Grupos» y «Centros de Estudios», «pro»,
«para», «de», «por», «para la defensa», de los Derechos
Humanos según el cortísimo repertorio de estos derechos
que difunde Washington. Más que militantes, los partidos
y organizaciones que comparten dirigentes escasos,
recogen y disputan dólares y regalos canalizados por la
AID y la USAID, y distribuidos por otro catálogo de
organizaciones de Florida.
De catálogo a
catálogo, de Miami a La Habana, la parte menor de los
millones de dólares con los que el gobierno de EE.UU.
engrasa a los lobbys cubano americanos y
enriquece a algunas decenas de «disidentes» sin
escrúpulos en Cuba.
Cuando los autores de
Los disidentes le preguntan a Yamila Pérez Reyes
—una de las cubanas y cubanos de a pie infiltrados en
los pequeños grupos que le daban nombre y apariencia a
las «organizaciones» contrarrevolucionarias— sobre lo
excesivo de su apropiación de seis o siete «cargos»:
«¿No eran demasiados cargos para una sola persona?»,
ella responde tajantemente: «no en la disidencia».
La mitosis es el
mecanismo de multiplicación de organizaciones cuyo éxito
no se mide por la ampliación de su militancia sino por
la atención conseguida en la Sección de Intereses de los
EE.UU. en La Habana, en algunas embajadas y en las
organizaciones anticastristas de Miami. En donde los
segundos reciben migajas, las rupturas sucesivas son
inevitables. La aceptación como disidentes importantes,
como primeros de las filas virtuales de organizaciones
«reconocidas», es vital para unos profesionales de la
«oposición interna» cuyo sistema de evaluación, éxito y
recompensa se inicia y termina en las agencias del
gobierno de los EE.UU. o en las fundaciones gobernadas
por la CIA. Los del exilio son intermediarios a los que
los dólares se les pegan en las manos. El pueblo cubano
no existe para Washington, ni para Miami, ni tampoco
aparece en los grupos de «disidentes» en Cuba.
Treinta y cinco
grupos fueron «inventados a punta de lápiz» para
componer una altisonante Alianza Cívica Cubana que
respondía, en competencia con otras «Uniones», a los
afanes de unidad de los sucesivos jefes de la delegación
de los EE.UU. en la Habana.
La autenticidad de
doce voces
La autenticidad de la
historia que sobre la «disidencia» componen las 12 voces
de los «mercenarios que no lo eran» es indiscutible.
Ninguno de los personajes implicados, desde los jefes
sucesivos de la Sección de Intereses hasta los
compañeros de mercenariato, pasando por los funcionarios
más diligentes de algunas embajadas, se atrevería a
debatir sobre ello. Las evidencias no pueden ser
discutidas, solo silenciadas. Y las evidencias generales
son muchas.
En primer lugar por
la enorme coherencia de sus historias personales, el
encadenamiento múltiple del relato conjunto, y por la
coincidencia plena que con los hechos tienen sus
narraciones. No podemos olvidar que esos hechos son
actividades de la «disidencia» y como tales fueron
plenamente documentados y avalados por los enemigos de
Cuba. ¿Quién le va a negar a Odilia Collazo que ella y
los «mercenarios reales» que trabajaban bajo su
dirección, inventaban y negociaban con los informes
sobre violaciones de los derechos humanos en Cuba?
¿Quién puede discutirle al decano y máximo dirigente de
la disidencia periodística, Nestor Baguer, innumerables
veces encumbrado por Miami, sus informaciones sobre el
negocio de los «periodistas independientes», y sobre la
sistemática invención y publicación de falsedades sobre
Cuba? ¿Quién a Pedro Luis Véliz que elaboró el informe
del año 2002 sobre la violación de los derechos humanos
en Cuba, que sirvió para la discusión en la Comisión de
Derechos Humanos de Ginebra? ¿Quién podrá discutirle a
Cuba el descrédito total de los sucesivos informes?
En segundo lugar la
propia importancia que dentro de la estructura general
de «organizaciones» y «líderes» tenían los «disidentes»
que formaban parte de la inteligencia cubana. Esa
importancia podría ser constatada por los corresponsales
extranjeros y los diplomáticos que trabajan en Cuba,
pero fundamentalmente puede ser consultada en archivos y
hemerotecas. Ellos eran en buena parte «la disidencia»
que en su conjunto era coordinada desde la SINA. Sus
métodos de trabajo: la denuncia falsa, la invención, la
disputa feroz de prebendas, la fabricación y divulgación
de una Cuba diseñada por la Secretaria de Estado de los
Estados Unidos, eran comunes. Ellos proporcionaron una
parte importante de las denuncias e informes —falsos—
con las que Radio Martí, la Voz del CID, Cubanísima,
El Nuevo Herald y otros medios de comunicación
contrarrevolucionarios fabricaban sus discursos contra
Cuba.
Los cubanos que en
defensa de la revolución trabajaban en las
organizaciones contrarrevolucionarias llegaron a dirigir
una cantidad considerable de ellas, y algunos de ellos
fueron «disidentes» muy reconocidos, «periodistas
independientes» de primera línea, y visitantes siempre
bien recibidos en la Sección de Intereses.
En tercer lugar
porque todos estos hechos, incluida la dirección
política de la SINA y la conexión con los grupos
terroristas de Miami, están documentados. La dirección
de los funcionarios norteamericanos era particularmente
intensa para los llamados «periodistas independientes»,
las principales estrellas en la fabricación de la gran
mentira sobre Cuba.
Los serviles
Ya hemos indicado
cuáles son algunas de las evidencias que hacen
indiscutibles los cargos y las condenas de los 75
mercenarios que trabajaban para los EE.UU. el implacable
enemigo y el impune y permanente agresor de Cuba.
En primer lugar el
sistema de «tareas» de desestabilización definido en la
Ley Helms-Burton y dirigido por los Estados Unidos,
coincidía exactamente con los trabajos de la
«disidencia». La incorporación a esas tareas que
obviamente eran el manual operativo de James Cason está
demostrada por la «convivencia íntima» con la Sección de
Intereses.
En segundo lugar, los
«disidentes» asumen plenamente una estructura de
dependencia plena en el que la existencia de los grupos,
su evaluación, su promoción, su dirección política y su
financiamiento funcionan en círculo cerrado que comienza
y termina en la Sección de Intereses.
Finalmente su
absoluta subordinación a las directrices del gobierno de
los EE.UU. viene implicada por la aceptación del
extremado cuadro injerencista definido en la misma ley
Helms-Burton. El Congreso de los EE.UU. es el que define
las condiciones políticas y las medidas económicas
obligatorias en un «gobierno de transición» aceptable
para Washington. También es el poder legislativo de los
Estados Unidos el que establece un marco rígido para la
política que tiene que desarrollar un gobierno
«plenamente democrático» en la nueva Cuba. Siguiendo el
modelo histórico de la Enmienda Platt, los «disidentes»
aceptan y trabajan en el marco de una cesión absoluta de
la soberanía de Cuba. Al aceptar este marco neocolonial
es completamente absurdo suponer que hayan puesto
límites al control de Washington sobre sus actividades.
«La SINA orientaba
sus actividades sin disimulo alguno. Los periodistas
independientes se plegaban a una censura de los EEUU».
Los corruptos
La corrupción está a
la orden del día. Una de las imágenes más fuertes de
Los disidentes es la del indigno trapicheo que
supone la profesión de «vivir de la disidencia».
La «disidencia» es el
camino rápido para conseguir una visa y una situación
privilegiada en La Florida. Los grupos cambian
constantemente de «líderes» en la medida en que las
visas permiten la emigración de los que ya han hecho
méritos suficientes.
La amistad con la
SINA y la importancia de las visas trae el negocio de
los avales. La recepción de dinero, de material
traficable (medicinas, material informático y
fotográfico, equipos de radio, alimentos y medicinas) y
la venta de avales para facilitar la concesión de
visados, configuran el «negocio de la disidencia» del
que disfrutan sus líderes. Se completa con la venta de
información falsa o deformada a los medios de
comunicación de Miami.
Otro instrumento para
el control político de la «disidencia» es la fabricación
de «personalidades» y la concesión de cuantiosos premios
en metálico cocinados también en la SINA.
Los infames.
Denuncias sobre DDHH, atentados contra los DDHH
La disidencia no es
solo dólar sino también infamia.
Algunas de las
operaciones no solo negocian con el descrédito de Cuba
sino con la salud de sus habitantes aprovechando la
situación creada por el bloqueo. Los supuestos
defensores de los derechos humanos se implican en
verdaderas violaciones de los derechos humanos.
La Operación Liborio
organiza el suministro de medicamentos a los
contrarrevolucionarios, y el contrabando y tráfico de
los mismos en pleno período especial.
La misma estrategia
de aprovechar las situaciones de precariedad creadas por
el bloqueo e intentar subvertir el sistema de salud de
Cuba se desarrolla con los proyectos de las «farmacias
independientes», los «consultorios independientes» y
algunos más puntuales como «despertando sonrisas». El
objetivo es favorecer un mercado, políticamente
manejable, de medicinas o de asistencia médica,
establecido sobre la disponibilidad de medicamentos o
equipos médicos garantizada por envíos canalizados por
la Sección de Intereses de los EE.UU.
A quien le pueda
parecer esto poco menos que increíble por su ignominia,
no tiene más que leer con atención la tantas veces
mencionada ley Helms-Burton que regula minuciosamente
los mecanismos para la promoción del negocio político de
la asistencia humanitaria, y para su ejercicio como
monopolio de los EE.UU. una vez comience el período de
transición dirigido por Washington.
El Camaján
La evidencia pública
sobre la naturaleza de la «disidencia» constituye el
primer golpe que en esta batalla Cuba le ha dado a los
Estados Unidos.
Con la «quema» de sus
infiltrados y el procesamiento y condena de los 75
mercenarios, el gobierno cubano destroza la
«credibilidad» de los disidentes, pone en evidencia a
Falsimedia, coloca a los intelectuales del consenso
washingtoniano ante una prueba sobre los límites del
servilismo, y deja sin padrinos a los cuadros medios de
una «disidencia» cuya identidad, fidelidad e
intenciones, se vuelven dudosos hasta para los Estados
Unidos.
Sin embargo, el
segundo golpe, definitivo e imprevisto, llegaría mas
tarde. El día 20 de agosto se publica en la red el libro
El Camaján cuyo protagonista principal, Elizardo
Sánchez Santa Cruz -Pacheco, es el mejor producto de
Disidencia S.A.
Escrito por otros dos
periodistas, Arleen Rodríguez y Lázaro Barredo —que
parecen vengar así la sustitución deliberada de los
2.175 periodistas cubanos honorables por unos cuantos
bellacos presentados como los «periodistas
independientes de Cuba»— es la historia detallada de uno
de los mercenarios más encumbrados por la fábrica de la
disidencia. Su historia, ejemplar, incluye varios años,
los últimos hasta el momento de la publicación del
libro, desde el 13 de diciembre del ya lejano 1997, de
intensa colaboración con la inteligencia cubana.
En este caso se trata
de una especie de acuerdo de «beneficios mutuos» en el
que el «Camaján» no tiene inconveniente en informar
sobre las actividades de la «oposición interna» y
denunciar a sus compañeros de «disidencia» a cambio de
algún favor que le permita encumbrarse sobre sus
colegas, los «presidentes in voce» de la Segunda
República Plattista de Cuba. Elizardo Sánchez cambia
«moderación» por «preeminencia». El libro hace una
enumeración de los encuentros con la seguridad cubana
con el detalle de la información suministrada.
El Camaján
es la historia de una doble infamia que retrata de
nuevo, esta vez a través del principal de sus líderes, a
esa «disidencia» codiciosa y servil, a la que el
gobierno de los EEUU y de sus aliados, y los componentes
de Falsimedia, habían transformado en la representación
genuina del pueblo de Cuba.
La reacción ante la
publicación del libro fue inmediata e histérica.
Elizardo y todos sus conmilitones y padrinos en la
batalla-negocio de la «disidencia», exigieron pruebas y
proclamaron que el contenido era una patraña. Días
después se haría evidente que el ilustrísimo «disidente»
había calculado mal los rastros que habían dejado sus
andanzas.
El día 11 de
septiembre, los autores de El Camaján convocaron
una rueda de prensa internacional en la Habana. Allí,
los asombrados corresponsales extranjeros contemplaron
un vídeo de más de 7 minutos en el que un Elizardo
Sánchez indiscutible, de guayabera blanca y cigarro
cubano, comentaba largamente su trabajo con varios
oficiales del ministerio del interior de Cuba y recibía
una condecoración de la División de Enfrentamiento a la
Contrarrevolución por los servicios prestados en la
lucha contra «el imperialismo yanqui». El «Camaján»
negociaba alguna visita humanitaria a un
contrarrevolucionario que iba a ser excarcelado, para
ganar predicamento en la dura competencia con otros
camajanes aparentemente menos habilidosos.
Los disidentes
y El Camaján han retratado la vileza de los
grupos que intentan mercadear el futuro de su país en la
Sección de Intereses de los Estados Unidos. En Cuba los
conocen bien y los identifican como traidores y
aprovechados.
Ellos son creaciones
de los Estados Unidos. Fantoches diseñados en la ley
Helms-Burton y en los manuales operativos de la CIA, y
promocionados por la Falsimedia al servicio del Imperio.
Han conspirado con
los enemigos jurados de su país, con la superpotencia
que ha bloqueado y causado enormes carencias y
penalidades a todo el pueblo. Envalentonados por el
poder militar inmenso de sus padrinos se atreven a
amenazar a Cuba.
Identificados con sus
patrones han olvidado una de las verdades que la
revolución ha mostrado al mundo. Se la recuerda,
indignada y asqueada por su prepotencia prestada, Odilia
Collazo, la agente Tania: «Los cubanos no comemos
miedo».
Notas:
1-
Escribo este artículo como pequeño homenaje a los 2.175
periodistas honorables a los que se refirió el canciller
cubano en conferencia de prensa el día 9 de abril.
Especialmente a Rosa Miriam Elizalde, Luis Báez, Arleen
Rodríguez y Lázaro Barredo que han relatado esta batalla
ganada a Falsimedia.
2- El Editorial de El País del 6
de febrero: «Las razones de EE UU... y la soledad de
Aznar», un día después de la intervención de Powell ante
el Consejo de Seguridad, decía lo siguiente:
«Estados Unidos ha afianzado su caso
contra Sadam Husein tras la extensa intervención de su
secretario de Estado, Colin Powell... retahíla de
indicios que refuerzan la presunción de que el dictador
iraquí ha violado la unánime resolución 1441 a través
del ocultamiento de armas químicas y biológicas»
«La exposición del jefe de la diplomacia
estadounidense... ha venido a confirmar el diagnóstico
de Hans Blix… según el cual, Bagdad nunca ha acabado de
aceptar el desarme al que le conminó la ONU en
noviembre, después de 12 años de incumplimiento».
«De los documentos que Washington ha
decidido finalmente compartir con la comunidad
internacional se desprende para un observador de buena
fe que Bagdad se ha embarcado antes de la llegada de los
inspectores en un plan de ocultamiento y traslado de
agentes químicos y biológicos, que sigue fabricando en
laboratorios móviles».
Después de ese absoluto respaldo a la
trampa de Bush, El País se extendía en
consideraciones sobre que Washington no debería «perder
la razón que le asiste» con un ataque unilateral.
Tomado de: Cádiz Rebelde
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