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CARLOS
MANUEL DE CÉSPEDES,
ENCRUCIJADA DE SIGNOS
El
primero de los cubanos, el primer mambí, pero también el
primero de los ciudadanos, o «el que nos echó a andar»,
para utilizar una frase de Martí, se sacrificó por una
idea que atraviesa todo el siglo XX y se mantiene viva
aún en la alborada del nuevo siglo y milenio: la
República independiente y soberana. En ese empeño
ciclópeo dejó otra lección no menos importante:
construir una república es una tarea muy compleja que
requiere de cultura, inteligencia, valor y sacrificio.
Rafael
Acosta de Arriba|
La Habana
Como fue recordado
por el Papa Juan Pablo II en su visita a nuestro país,
Carlos Manuel de Céspedes inició las luchas por la
independencia de Cuba y cito textual: Postrado a los
pies de la Virgen de la Caridad. Pero también es
útil saber que unas horas antes, en la noche febril de
la víspera, autorizó, o mejor aún, ordenó a los negros
de su dotación de esclavos tocar la tumba francesa como
música de fondo, como preludio de lo que ya se sabía por
todos, hasta por los propios esclavos, era inminente: la
insurrección.
Si a estos dos gestos
emblemáticos agregamos que en esos instantes el bayamés
era venerable maestro de la logia Buena Fe, con el grado
33 el más alto de la escala jerárquica de la masonería
del Gran Oriente de Cuba y las Antillas (una cofradía
que ostentaba textos litúrgicos de avanzadísimas
doctrinas liberales y libertarias), no encontraremos
mayor dificultad para identificar en Céspedes a un
hombre cruce de caminos, un hombre clave en el minuto
eclosionador de nuestra nación. Entiéndase bien, no
sobreestimo el poder simbólico de gestos aislados o
individuales, todo lo contrario, trato de ponderarlos en
su justa significación en el momento en que dichos
gestos pueden verse como luceros en la noche, como
constelaciones para el marino que busca guiarse en la
negrura del mar.
Hombre del cambio,
cruce entre romanticismo y liberalismo radical, cuando
nace, en 1819, solamente le separan 22 años de la
publicación de la Filosofía electiva, de José
Agustín Caballero, obra que marca el nacimiento de la
filosofía en Cuba. A su vez, cuando Varela y Heredia
hacen su prédica independentista desde la filosofía y la
poesía, Céspedes es apenas un jovenzuelo. Es, pues, un
hombre que crece junto con el despuntar del pensamiento
en el país y más aún, crece al unísono del ideal
independentista, o lo que es lo mismo, posee la misma
edad de la nueva actitud reflexiva y crítica que va
gestándose en la intelectualidad cubana. Pudiéramos
adelantar algo: si con Saco se inaugura el pensamiento
social en Cuba, con Céspedes se abre la era del
pensamiento trasmutado en acción, la idea convertida en
acto, en praxis social.
Alfred Hadler señaló
que para comprender lo que ocurre en un hombre es
necesario considerar su comportamiento con los demás.
Céspedes no fue la excepción, y sus biógrafos tampoco
han escapado a la incomprensión de muchos de sus actos.
El ejemplo más notorio, por ser el más honesto en
recoger su incomprensión del hombre, fue Griñán Peralta,
quien en el prólogo a su interesantísimo análisis
caracterológico de Carlos Manuel de Céspedes manifiesta
su incapacidad para comprender al hombre objeto de su
estudio. Por su parte Guy Bois ha insistido en recordar
que la primera exigencia que hizo Marx al historiador
era la necesidad obligatoria de entender primero el
funcionamiento global de una sociedad para luego
comprender algún elemento o fenómeno particular dentro
de ella. Si extrapolamos este recurso metodológico al
estudio del pensamiento de una personalidad, nos
hallaremos ante la necesidad ineludible de tratar de
conocer a ese hombre lo más integralmente posible,
primero, para luego estudiarlo en sus ideas o en su
praxis.
Los biógrafos no se
han puesto de acuerdo en lo relativo al pensamiento
cespediano. René Llufriú lo vio como un alma fanática
incapaz de sustraerse de la fiebre idealista y
romancesca imperante entre sus correligionarios; Rafael
Esténger, más próximo a una visión objetiva del héroe,
apreció el esfuerzo del 68 como resultante del ejemplo
libertario sudamericano y de las ideas liberales
europeas de los siglos XVIII y XIX. Portell Vilá fue, a
mi modo de ver, quien llegó más lejos en la
interpretación del pensamiento del bayamés. Afirmó en su
breve biografía que ya desde 1872 Céspedes alentaba
puros ideales americanistas y se refería a una
certidumbre cespediana sobre la emancipación cubana como
cierre de la de América. Para Portell Vilá, Céspedes en
sus años finales de vida había comprendido que la
libertad de Cuba facilitaría el bienestar y desarrollo
de las jóvenes democracias del Nuevo Mundo en las que
vio, además, el punto de destino para un futuro
desplazamiento de la civilización occidental,
civilización que consideraba caduca y decadente, lo que
para Portell Vilá era un juicio hecho por Céspedes con
notable anticipación filosófica.
Sin embargo, en todas
las biografías escritas sobre el bayamés, cinco en
total, el lado flaco en los análisis era, es,
precisamente, la exégesis de su pensamiento. A los tres
gestos con que Céspedes recibe el amanecer del 10 de
Octubre y que ya he mencionado: el respeto al icono
católico, la tolerancia y comprensión de los cantos
afrocubanos y la militancia liberal, agregaré dos gestos
simbólicos más de aquellos momentos cruciales.
Configuran más nítidamente su retrato, nos permiten
asomarnos mejor al hombre que pretendemos identificar:
se trata de su solicitud a un tratadista de heráldica
español del escudo heráldico correspondiente a sus
apellidos, y el gesto de liberar a sus esclavos como
primera acción práctica en la mañana de la declaración
de independencia de Cuba.
A primera vista,
aparentan posiciones en las antípodas, puede parecer
ahora que se complican un poco las cosas y así es, pero
dan un norte, ofrecen un camino al curioso y al
biógrafo. Es decir, he agregado los gestos
paradigmáticos y contradictorios del aristócrata y del
abolicionista. Ahora tenemos una imagen compuesta por
fragmentos que, unidos o superpuestos, comienzan a
dibujar una imagen del hombre, pero es aún borrosa.
Su formación fue
humanista y clásica, sobre esto han escrito todos sus
biógrafos. De la etapa estudiantil hay dos datos que
sorprenden por lo que representan de audacia intelectual
y de ambición juvenil, me refiero a su traducción de
La Eneida del latín al español.
Aunque los biógrafos
no se ponen de acuerdo en cuanto al momento exacto en
que debió realizarla el joven Céspedes, sí queda claro
que fue en su proceso de formación académica. Para
Rafael Esténger, la inspiración le llegó en la
adolescencia, aunque afirma que debió hacerla en su
madurez temprana. Para Portell Vilá, la traducción se
realizó a los 15 años de edad. José Fornaris, en cambio,
compañero de aventuras juveniles y casi su coetáneo,
consideraba que la traducción la hizo en sus
veintitantos años. Es importante consignar que hasta ese
instante, La Eneida solo había sido
traducida dos veces a nuestra lengua.
Para Esténger, el
interés psicológico que revela en la personalidad
cespediana la decisión de traducir dicha obra, está en
que sugiere o permite inferir cierta repugnancia del
joven bayamés ante los horrores de la guerra y la
violencia armada, el culto a los antepasados y el
respeto al juicio de la posteridad, elementos todos
presentes en la obra de Virgilio. En mi opinión, la
audacia intelectual nos sitúa más bien ante una cualidad
que se repetirá con el tiempo: el gusto de Céspedes por
los grandes desafíos, sean de la índole que sean.
Otro dato que
considero relevante es la forma de examen que escogió
Céspedes para concluir sus estudios universitarios en La
Habana, y que consistió en la modalidad llamada a
«claustro pleno», es decir, sometiéndose a un
tribunal de eminentes doctores que, en acto público,
acribillaban a preguntas al aspirante al título. Otro
ejemplo del rasgo que acabo de referir. Céspedes venció
brillantemente dicha prueba. Este amor por los retos
difíciles y por los actos riesgosos, por la prueba con
visos de aventura, aparecen con frecuencia en la vida
del bayamés.
Poeta y compositor
musical, su producción lírica exige un estudio. Hasta la
fecha, solo Alberto Baeza Flores, de forma específica, y
Cintio Vitier y Fina García Marruz, en un estudio
general sobre los poetas cubanos considerados menores,
han abordado las cualidades del verso cespediano. Sin
duda alguna, su poesía no está a la altura de la de
Zenea, Fornaris o José Joaquín Palma, sus
contemporáneos, pero no deja de agradar y de dejar
constancia de una gran sensibilidad. Por supuesto, hay
versos y poemas muy bien logrados que han clasificado,
con el tiempo, entre los buenos textos líricos del siglo
XIX cubano. Nuevamente aparecen en estas referencias
latinas que confirman su formación clásica. También son
evidentes sus influencias del castellano: Gracilazo,
Quevedo y Calderón pero sobre todo Fray Luis de León. La
impronta de este gran bardo es apreciable en estilos y
recursos. Hay un dato que merece mención, hasta ahora
solo se conocen dos traducciones suyas de poetas
ingleses, son hombres que tienen que ver con el joven de
estampa romántica y con el liberal en ciernes, me
refiero a Lord Byron y John Milton. Del primero es
curioso observar que fue aristocrático, dandy,
mujeriego, carbonario y liberal, y al final de sus días
intentó luchar por la independencia griega. Del segundo
hay afinidades también evidentes: amante de los clásicos
y del renacimiento, defensor de la libertad de expresión
y de pensamiento, difusor del derecho de los pueblos a
deponer a los tiranos, en otras palabras, un liberal
prominente.
Más adelante veremos
cómo la influencia inglesa se hace presente en el
Céspedes ya maduro. No es casual que estos sean los
poetas que tradujo Céspedes. Puede que hayan
estado entre sus paradigmas en el proceso de maduración
de su personalidad.
No voy a detenerme en
demasía en la significación del viaje europeo de
Céspedes para concluir su formación como abogado.
Además, faltan datos esenciales sobre esos dos años
cruciales. Eusebio Leal me ha dicho hace unos días, que
en breve recibirá el expediente académico de dichos
estudios, lo cual deberá ser de enorme importancia
historiográfica.
En este viaje
Céspedes debuta en las luchas políticas de la Cataluña
revuelta, se incorpora a las milicias populares y
alcanza grados militares en las mismas, se involucra en
las agitaciones y turbulencias, se vincula con hombres
que van en complicado espectro desde el joven coronel
Juan Prim, a personajes con tendencias anarquistas como
Abdón Terradés. Luego visita Francia, Inglaterra,
Italia, Turquía, Alemania, se empapa de las
características de las sociedades que recorre, indaga,
pregunta, va a las bibliotecas, se instruye de las
historias, de la pequeña historia local, de la gran
historia de esos países, baja a las catacumbas de los
carbonarios italianos, lleva dos libros de Kant en su
equipaje. Es febril su mirada a la escena europea.
La única crónica
existente de ese periplo es sintomática de su curiosidad
intelectual. Se refiere a su visita en Inglaterra al
campo donde se desarrolló la célebre batalla de Hasting
entre el Rey Haroldo y Guillermo de Normandía. Céspedes
se levanta en la madrugada, se dirige a la biblioteca de
la mansión en que está hospedado, y busca libros que le
sirvan de referencia sobre el evento ocurrido en el
campo aledaño.
Lo cito: «He cifrado
uno de mis mayores placeres en visitar los lugares en
que han pasado célebres acontecimientos. Allí, a la
vista del terreno y con la historia del suceso en la
mano, me formo las más extrañas ilusiones. En iguales
casos siempre he preferido la soledad, ningún importuno
puede distraerme de mis meditaciones y cuando por mis
propios esfuerzos he logrado encontrar el objeto de mis
investigaciones, la aventura toma a mis ojos un aspecto
romancesco».
Allí encuentra a un
anciano, que le ofrece alguna ayuda, según sus palabras
«un anciano dotado de mucho talento y de una erudición
poco común». Ese hombre ―reconoce Céspedes, y lo
vuelvo a citar textual― «respetaba mi silencio, no me
arrancaba de mis reflexiones, y cuando mis preguntas
exigían de él una respuesta, no moralizaba, dejaba
hablar a las ruinas».
La lectura de esta
crónica de viaje siempre me ha causado una doble
impresión: por un lado, la prosa rápida, elegante,
moderna, parece prosa ahora, del presente; como
complemento de ello se aprecian los rasgos del
observador curioso, del estudioso serio de los lugares
que visitó, de su avidez por los conocimientos
geográficos e históricos cuando apenas había cumplido
los 20 años de edad. No hay, pues, la frivolidad propia
del joven a esa edad. Es un ojo atento, una conciencia
despierta.
De regreso de Europa,
el joven dandy viene con sus baúles cargados de ropas y
zapatos de la última moda, pero fundamentalmente, viene
impresionado por las sociedades burguesas y liberales,
aún por las monárquicas, que visitó. Sociedades
modernas, cultas, en pleno desarrollo y auge
capitalista, vitales por sus ideas y por sus adelantos
sociales. Ya no es el mismo joven provinciano que partió
a completar sus estudios de abogado del reino, como se
decía entonces, es un mozalbete que ha sido tocado por
el desarrollo de la modernidad, por el debate de las
ideas, por el liberalismo que, unido al impetuoso
desarrollo capitalista, conduce a la mayor parte de los
países visitados por sendas de crecimiento acelerado.
Regresa a una colonia
con un vetusto sistema de plantaciones y con la
esclavitud como mácula moral y evidente freno al
desarrollo económico. El contraste no puede ser más
escandaloso. De retorno a Bayamo sigue escribiendo
poemas pero ahora comienza a publicarlos en periódicos
habaneros, manzanilleros y de Santiago de Cuba. Publica
sus crónicas de viaje, traduce del francés Las leyes
del ajedrez, del que era un gran jugador
práctico; traduce del francés también, y organiza sus
puestas en escena, además de actuar él mismo, Las dos
Dianas, de Dumas, y El cervecero del Rey, de
D’Arlencourt. Crea las sociedades filarmónicas de Bayamo
y Manzanillo encabezando sus directivas, compone
numerosas canciones de las cuales «La bayamesa»,
creada con Fornaris y Francisco Castillo, y «La
Conchita», de su autoría exclusiva, son las más famosas.
Escribe, organiza, actúa, es poeta, traductor, promotor
cultural. Los que lo conocieron entonces lo recuerdan
como «el hombre de la cultura» en aquella región. Se va
conformando el intelectual. Hoy sería muy útil poder
reconstruir su biblioteca, sus lecturas predilectas,
pero es virtualmente imposible, solo un documento
testimonial pudiera revelarnos ese dato crucial.
Aún su obra literaria
mayor no ha comenzado, será la revolución la que
propiciará dicha obra: literatura de campaña, diarios,
manifiestos, cartas, proclamas. Allí veremos su mejor
prosa poética, su pensamiento liberal más elaborado.
Quisiera detenerme
ahora a corregir un equívoco habitual. El Bayamo que
conoció Carlos Manuel hasta la edad de 33 años en que es
desterrado a Manzanillo por el gobernador español, no es
el Bayamo esplendoroso de finales del siglo XVII, es una
ciudad venida a menos y en franco proceso de deterioro.
Quedaban algunos vestigios del fasto y del oropel de que
había gozado anteriormente, pero ya era una villa
cubierta parcialmente por las gruesas telarañas del
provincianismo.
José Fornaris nos ha
dejado un cuadro deprimente del Bayamo en que Céspedes
desarrolla su infatigable labor cultural. Cito: «No se
permitían gimnasios ni periódicos, nada que pudiera
vigorizar el cuerpo ni dar luz al espíritu, solo se
interrumpía el silencio de la ciudad por el grito de los
sargentos enseñando a los reclutas en el Campo de Marte.
La máxima de los gobernadores de Bayamo era Ódiame,
pero témeme, y mientras el mundo entero gozaba del
periódico, esa gigante antorcha que alumbraba el
universo, en Bayamo vivíamos envueltos en la noche de la
superstición y de la ignorancia, el cesarismo envilecía
al pueblo y el sacerdocio lo fanatizaba, se consideraba,
por lo tanto, poco menos que un crimen el cultivo de la
poesía y eran sospechosas las reuniones de media docena
de personas. Los poetas rendían culto a las musas en el
interior de sus hogares como los cristianos a la
religión en lo profundo de las catacumbas».
No parece ser
exagerado el sombrío panorama que nos pinta Fornaris,
los datos de que dispongo confirman su descripción. En
1855 se estableció en Bayamo la primera imprenta que
comenzó a publicar un boletín, no un periódico, a fines
de ese año. Cinco años más tarde es que surge otro
periódico Filarmonía, creado y financiado por
Perucho Figueredo, y al desaparecer este, lo sustituye
La Regeneración dirigido y pagado por Francisco
Maceo Osorio.
En medio de esta
situación asfixiante, Céspedes publica textos que,
unidos a acciones conspirativas prácticas, le valieron
el primer asiento en el libro de control de desafectos
que celosamente llevaba el poder español en el
departamento oriental del país. Es muy interesante el
largo poema «Contestación», publicado en 1852, en un
periódico habanero. Allí confiesa sus anhelos e ideas
liberales y escribe dos versos que son todo un
manifiesto. Los versos son: Somos los minadores que
una brecha/abren pausados en la noche oscura. Cinco
años después escribe el prólogo al libro de poemas de
Úrsula Céspedes de Escanaverino, Ecos de la selva
y en él, además de hacer un rápido y preciso análisis de
crítica literaria sobre las virtudes y limitaciones de
la poetisa, escribe algunos juicios sobre sus
compatriotas que bien pudieron suscitar lecturas
suspicaces por parte de la censura colonial. Comienza
por explicar que la poesía es el género literario más
practicado en el país porque Cuba era un pueblo joven;
después pasa a analizar someramente la época en la que,
según su parecer, y lo cito textual: «A los odios y
controversias religiosas, al ateísmo filosófico ha
sucedido el indiferentismo que algunos reputan mil veces
peor, pero que se aviene muy bien al materialismo del
siglo XIX». Hay aquí una tentativa de generalización
enmarcada en una especie de historia de las ideas. Se
refiere más adelante a que han sido escasísimos los
hombres célebres que ha dado Cuba en otras ramas del
conocimiento, o sea, las científicas, etcétera., pero
asegura, y esto tampoco debió agradar a los ojos
fiscalizadores de la censura, que «llegará el día
en que en el país sobrarán talentos que eclipsen los más
ilustres de las pasadas eras, y las bibliotecas del
universo se llenarán de obras grandes y originales
escritas por los descendientes de esos mismos cubanos
que hoy se suponen espíritus limitados». La
historia confirmó sobradamente este juicio de Céspedes.
Residiendo en
Manzanillo completa su formación políglota al dominar
los idiomas francés, inglés e italiano, además del latín
aprendido en su juventud. Estudia matemática de forma
autodidacta, quizás apreciando en el aprendizaje del
cálculo una suerte de complemento al conocimiento
humanístico, o quizás internándose en los números y la
abstracción a partir de la fuerte influencia de Leibniz
en la época.
Vendrá por estos años
un plan suicida (de su autoría) de toma por acción
armada de Bayamo y Manzanillo, que afortunadamente no
llega a ponerse en práctica, pues hubiese sido a
destiempo y los resultados, seguramente, fatales.
Destierros y
prisiones diversas lo llevan al borde de la ruina
personal de la que solo logra recuperarse en el decenio
de 1855 al 65. Se convierte en un contestatario
permanente del régimen colonial, no se doblega. En 1867
entra en contacto con la masonería del Gran Oriente de
Cuba y las Antillas, creando él mismo, en 1868, la logia
Buena Fe en Manzanillo. Sobre la masonería creada
por el Dr. Vicente Antonio de Castro ha escrito con
agudeza y abundancia de datos el Dr. Eduardo Torres
Cuevas. Diré solamente que se trataba de una red de
logias que alcanzaba la veintena en todo el país y cuyo
fundamento ideopolítico constituyó un elemento de
transformación de la sociedad cubana mediante la
estimulación de la lucha por la independencia. Cito al
profesor Torres Cuevas: «Surgía así con el Gran Oriente
de Cuba y las Antillas un proyecto unitario en tanto
intentaba resumir en una sola afirmación un destino
común pero en el que, a su vez, cada quien podía
encontrar posibles respuestas a sus aspiraciones que no
necesariamente convergían con las de otros sectores
implicados en el proyecto».
Es evidente que una
lectura cuidadosa de las liturgias del Gran Oriente de
Cuba y las Antillas permite ubicar al proyecto masón de
Vicente Antonio de Castro, su gestor y autor
intelectual, en el polo opuesto de la burguesía
esclavista, o lo que es lo mismo del liberalismo
conservador de 1868, para ubicarse, con todo derecho, en
el liberalismo más radical. Por supuesto, había en
aquella época muchos tipos de liberalismo. Céspedes
encabezará la acción decisiva, hará que todo lo
propuesto y programado se transforme en la insurrección,
se lanzará él mismo el primero, al turbión
revolucionario y con su paso arrastrará a los más
indecisos, a los que esperaban mejores momentos u otro
momento, será, en la práctica, eso que tanto necesitan
las revoluciones para poder ser: el hombre de la
decisión.
A partir del 10 de
Octubre del 68, ya son bien divulgados los hechos de
Céspedes estrechamente vinculado a la guerra del 68 o
Guerra Grande, no haré énfasis, por ello, en la visión
ecológica, seguiré en mi tentativa de ofrecer el ángulo
menos tratado, es decir, el hombre de ideas que fue el
bayamés. Recordemos que las imágenes más comunes de
Céspedes corresponden a un grupo de hitos de la
revolución de La Demajagua harto conocidos, sin embargo,
el profundo pensador, el político táctico, el estratega,
o con palabras del Dr. Eusebio Leal, el estadista que se
anticipó a su tiempo y a las condiciones objetivas del
estado, ese hombre, y las imágenes asociadas a esas
cualidades, han sido virtualmente escamoteados en sus
biografías y otras exégesis generales sobre la Guerra
Grande.
Su visión ecuménica
de la política y de la futura República cubana siguen
siendo hoy aspectos muy poco analizados. El Céspedes
pensador no es el caso de un teórico, su pensamiento se
deslizó en su papelería de campaña, es decir, no fue
escrito para su publicación como tesis o tratado, sino
como respuesta a las demandas que la situación imperante
y las condiciones bélico-políticas le plantearon. Es un
buen ejemplo de lo que Leopoldo Zea calificó al decir
que la historia de nuestra filosofía, pensamiento e
ideas, es la historia de una conciencia impulsada al
logro de soluciones inmediatas, al logro de aquellas
soluciones que la realidad urge al hombre de esta
América.
Todo en Céspedes se
resume en un permanente pensar a Cuba. No tuvo la
brillantez teórica de un Arango y Parreño ni la hondura
filosófica de un Luz o un Varela, ni siquiera la
erudición de su coterráneo Saco pero, en cambio, además
de que su leif motiv fue, al igual que el de
ellos, Cuba ―una Cuba distinta en cada caso, valdría
aclarar― lo que lo distingue es que Céspedes representó
el instante eclosionador, el minuto de ruptura, fue el
hombre del cambio.
Del pensamiento a la
meditación filosófica (o sociológica) y de la reflexión
política a la transformación social. Ahí es donde se
manifiesta el cruce de itinerarios al cual hice
referencia antes. En Céspedes el pensamiento se trasmuta
en acción política, se convierte en agente de la
eclosión. Toda su actividad mental estuvo en función de
lograr la independencia, de abolir la esclavitud, de
diseñar desde la manigua de Cuba la futura República
cubana. Pensar a Cuba mientras se bate por transformarla
es la divisa de su existencia.
Veamos algunas de sus
reflexiones en medio de las azarosas condiciones de vida
de la guerra. Cuando se refiere a la importancia de los
periódicos, escribe: porque esa es hoy la lengua de
los pueblos, el que no tiene periódicos está mudo, nadie
lo conoce, nadie lo procura. Es preciso hablarle al
mundo por la imprenta o morir solo en un rincón. En
otro momento apunta algo esencial en una mente política.
Dice: Es preciso marchar con la opinión ilustrándola.
Y cuando analiza lo que la revolución deja como saldo al
tiempo futuro, es decir, el patriotismo y la unión de
los rebeldes, dice algo que revela, una vez más, su afán
de penetrar el tiempo que se aviene, el nuevo tiempo:
una nueva generación se ha levantado respirando desde su
nacimiento al ambiente de las libertades. Es,
precisamente, la generación que oirá, años más tarde,
las prédicas de José Martí y hará, con los pinos viejos,
la revolución del 95 al 98.
Y es que este hombre
supo reunir algo muy escaso entre los políticos
modernos: una mente política a una intelectual, o lo que
es lo mismo, pensar la política desde la cultura. Cuando
Martí expresó que por la filosofía empezó a enseñársenos
el alma libre de Cuba, estaba refiriéndose a los
orígenes, pero el magisterio de Céspedes y de los
hombres del 68 fue el de pensar a su patria desde la
riesgosa posición del enfrentamiento armado, es decir,
desde la revolución. Para él quedaba claro que si el
racismo tenía su raíz en la esclavitud lo primero que
había que hacer para eliminar la mentalidad racista, era
destrozar la infame institución, y eso hizo el 10 de
Octubre, y más tarde, cuando fue firme partidario de la
abolición dentro del campo revolucionario. También fue
sumamente importante toda su política de ascenso de
negros, mestizos y emancipados a altos grados del
Ejército Libertador.
Su aristocratismo
está fuera de toda duda. No creo que esto lacere en lo
más mínimo, su imagen de revolucionario y de
independentista. A mi modo de ver, es todo lo contrario,
lo ennoblece y lo hace más grande. Cintio Vitier y José
Lezama Lima vieron en su aristocratismo una acepción
profunda y raigal del vocablo, un verdadero aristócrata,
de los aristos, de los mejores, es decir, no solo un
aristocratismo de clase o abolengo sino también de
espíritu, un aristócrata de verdad.
Maceo Verdecia, su
biógrafo inédito, escribió algo polémico pero que tiene
que ver con el asunto: es aristócrata por sentimiento
y por comprensión porque la democracia para él tiene que
estar basada en un sistema selectivo, en el gobierno del
pueblo y para el pueblo, pero por los mejores del
pueblo. De ideas radicales va, no obstante, al fondo de
todos los problemas, así en lo social obedece a la
limpieza de la sangre y se ocupa de la genealogía de sus
apellidos para confeccionar su escudo de nobleza. Se
debe al medio donde el linaje impera sobre todas las
cosas.
He citado in
extenso, pues uno de los gestos de Céspedes en los
días que medita el acto sublime de la revolución y que
cité al inicio de esta charla es, precisamente, su
solicitud de escudo nobiliario, pero no es solamente
eso, es un aristocratismo que llega hasta algunas de
sus concepciones del mundo y de la política
internacional. Por ello, en 1869, ya en la revolución,
escribe en una de sus proclamas: Y no se diga que nos
engaña nuestro bello ideal, la república, Inglaterra,
bajo la monarquía, es la depositaria de la libertad
europea, ella presenta cada día a la faz de la moderna
idea nuevas señales de la poderosa influencia que
ejercen las enseñanzas de la historia a los pueblos
cultos. Bajo su régimen liberal, bajo su gobierno para
las colonias, algo restrictivo en la forma, altamente
democrático en el fondo, prosperan las colonias, España
sin embargo, presenta cada día en el suyo dolorosos
ejemplos.
Céspedes llama a la
monarquía parlamentaria inglesa «gobierno humanitario y
fraternal». Puede asumirse que le llama más la atención
la democracia inglesa que la propia norteamericana, en
aquel momento el país con las instituciones democráticas
más modernas del mundo. Quizás coincidiera con Locke
quien consideraba que las ideas filosóficas, jurídicas y
económicas que constituían el caudal del liberalismo
europeo, se realizaban, en la práctica política de
entonces, en la monarquía británica y en su sistema
parlamentario. Quizás esa alta consideración que le
merecía el sistema inglés venía de una atenta y estrecha
observación de la política del Segundo Imperio a partir
de su contacto con los descendientes de los Pitts, en su
estancia en la Inglaterra de 1840-42. Para él, un hombre
de una colonia española, debía resultar muy estimulante
la política librecambista inglesa, la negativa a
conservar el comercio con sus colonias como una
exclusiva propia de la Metrópoli y el principio de
autonomía para las comunidades de ultramar iniciado
antaño por los dos Pitts que ocuparon el premierato. No
había comparación alguna entre la política hábil,
desarrollista y relativamente tolerante de los ingleses
con sus colonias con la torpe, férrea y retrógrada de
España para con las suyas.
Pero lo importante de
esto, lo simbólico para estudiar al Céspedes como
hombre, es que siendo aristócrata hasta en su estructura
de pensamiento, o lo que es lo mismo, tener una
mentalidad aristocrática, no significaba necesariamente
ser poco o no revolucionario en una circunstancia
histórica dada. Ahí están las memorias de Bertrand
Russell cuando regresó de la Rusia bolchevique en 1918 y
al retratar a Lenin le vio una mente eminentemente
aristocrática unida a la pasión revolucionaria como
rasgos sobresalientes de su personalidad.
Precisemos las cosas.
En sus posiciones políticas, Céspedes es el hombre que
se transforma y evoluciona hasta llegar a ser el
revolucionario más radical de su generación. No voy a
referirme a los jóvenes occidentales ni al fogoso
Ignacio Agramonte, aquejado de un iluso doctrinarismo
que demostró su inoperancia y desfase en la guerra. Me
refiero al hombre abolicionista radical, estimulador del
ascenso de negros y mestizos a los más altos grados de
la oficialidad mambisa, al primer descubridor de las
secretas intenciones del gobierno norteamericano en sus
ambiciones sobre Cuba y que con paradigmática dignidad
supo manejar y responder retirando la agencia
diplomática establecida en el vecino norteño porque,
según su criterio, no se podía seguir soportando el
desprecio del gobierno norteamericano. Pobres y
pequeños, pero dignos, fue su mensaje. Me refiero al
hombre que rompe sus compromisos con el liberal y amigo
de juventud Juan Prim cuando advierte sinuosidad y
ambigüedad en su política hacia la revolución
independentista.
Céspedes es el hombre
que, por ejemplo, se reencuentra en el campo de la
revolución con un ex esclavo suyo que había huido de sus
propiedades antes de la revolución, y lo recibe, como
Presidente, saludándolo y preocupándose por su situación
actual de ciudadano. Es el hombre que anota, apenas
siete días antes de su muerte, una curiosa y simpática
anécdota con una negra francesa, que en San Lorenzo le
dice al hacerle una solicitud: mi Presidente, mi amo.
Y él consigna en su diario que le contestó: hija, yo
no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano. Ya no era
Presidente en ese momento.
Y en noviembre de
1873, el día 9, redacta en su libreta: Según
versiones, han influido en mi posición que yo no andaba
ni roto ni sucio, que daba importancia a mi puesto, que
mi esposa y mis amigos me mandaban ropas y otros
efectos, que recibía cortésmente con reserva y
ceremonial, en suma, que tenía tendencias
aristocráticas. Yo no sabía que para ser republicano se
necesitaba, indispensablemente, practicar la filosofía
de Diógenes el Cínico.
La mordacidad de este
apunte es realmente un símbolo. La historiografía,
habitualmente, le ha pasado rozando al tema sin llegar a
su centro. Se ha situado con recurrencia lo de sus
refinados modales y se ha hablado hasta de una suerte de
filosofía de las maneras que él mismo reconocía, como se
puede constatar en su diario, y que conformaron una
imagen del hombre no muy aceptada por quienes no poseían
su linaje o no lo entendían, o quizás no quisieron
entenderlo por dispares posiciones políticas. Voy a
citar ahora un apunte de su diario que ha deslumbrado a
todos sus biógrafos por sus posibles y sorprendentes
lecturas. Está escrita en Pozo Blanco, jurisdicción de
Holguín, el 23 de junio del 1872 y dice así:
Es preciso depositar
la confianza en una persona y levantarla en hombros con
todo esfuerzo. Mi situación es excepcional, no la
gradúen por comparaciones históricas porque se
expondrían a errores, nada hay semejante a la guerra de
Cuba, ningún hombre público se ha visto en mi situación.
Es
necesario tomar algo de todos y echarlo en un
molde especial para sacar mi figura, ninguna medida me
viene, ninguna fracción se me asemeja, tengo que estar
siendo un embrión abigarrado, y aquí está la dificultad,
en la elección de la crisálida.
Esta reflexión
retrata el ajedrez que juega Céspedes en plena
revolución. Como dijo Raúl Aparicio, se ha visto
«embrión abigarrado», estar siéndolo continuamente, cada
vez rudimento de posibles modificaciones o germen de una
diversificación en la estructura de la conducta. Sin
duda, ha pensado primero en los antecedentes históricos:
Washington, Bolívar, Juárez, Páez, Hidalgo. Hay
semejanzas, pero hay demasiadas diferencias, son más las
diferencias que fijan las circunstancias de la guerra de
Cuba que las que se derivan de caracteres y
personalidades. Es a esto a lo que se refiere Céspedes
en su enigmático apunte. En definitiva, ninguno de
aquellos hombres que ya pertenecían a la Historia, tuvo
que enfrentarse a un poderío semejante al que concentró
la metrópoli española en Cuba en la década de los 70
para ahogar en sangre la revolución. A esto,
agreguémosle las propias dificultades que creó el
anticespedismo parlamentario, el doctrinarismo iluso de
hombres divorciados de la práctica histórica que
pensaban que había que ser primero republicano que
patriota o revolucionario.
Céspedes estaba
cogido entre múltiples fuegos cruzados, cual de ellos
peor. El caudillismo militar no era menos amenazador, el
regionalismo era un valladar cotidiano, el anexionismo
una presencia perniciosa (todavía en 1873, Calixto
García le hablaba al periodista irlandés James O’Kelly
de la posibilidad de unirse a Estados Unidos si no
fructificaban los esfuerzos de los patriotas), el
racismo pululaba entre los antiguos señores de esclavos;
Agramonte agitaba la quinta columna, Moralitos fundaba
periódicos para criticar duramente la política
presidencial. Todo esto justifica con creces el símil
martiano que asemeja a Céspedes como una roca
despedazada por las olas, es decir, el embate de un
pueblo inmaduro al surgir en la Historia. A tales
complejidades, Céspedes solo puede oponer dos elementos,
son su única respuesta ante lo que él llama su
«situación excepcional». Uno, el pensamiento político
que radicaliza por momentos, y dos, la eticidad de una
conducta que lo conducía a una muerte inevitable pero
que le otorgaba la autoridad moral de que disfrutó aún
depuesto de su cargo de Presidente. Con esa conducta
evitó la lucha fratricida que hubiese sido la muerte
súbita de la revolución.
Liberal y republicano
de fibra, siembra la semilla de la tradición civilista
cubana, esa que aún tiene mucho que avanzar en nuestro
país a ciento y tantos años de su muerte. Otra lección
es su frase Cada día está más probado que tenemos que
valernos de nuestras propias fuerza, pronunciada
cuando mira con escepticismo y desdén la posible ayuda
foránea en el caso del vapor Virginius. Es un
axioma para todos los tiempos.
El ideal ciudadano,
la concepción de civilidad que tanto necesita un país
para ser una auténtica República aún en los momentos
tremendos y duros de una revolución, es una de las
grandes lecciones de este hombre que no debemos dejar de
atender jamás. El intelectual y jurista que fue
Céspedes, llamó a respetar la ley y ver en ese respeto
la fuerza de una sociedad y el sostén de la república
democrática. No nos perdamos en el laberinto ya
suficientemente transitado de los hechos convertidos en
hitos, miremos a este cubano como a alguien que, desde
un increíble anonimato, trazó pautas y lanzó mensajes
embotellados que aún son necesarios descorchar y leer
con detenimiento.
Postrado ante la
Virgen de la Caridad con una imagen de esta en su
cuello, excitando el tambor del mestizaje étnico y
cultural, masón y liberal, abolicionista y aristócrata,
el bayamés es una encrucijada de signos cuyas lecturas
no se han hecho aún con la suficiente calma y mesura. El
primero de los cubanos, el primer mambí, pero también el
primero de los ciudadanos, o «el que nos echó a andar»,
para utilizar una frase de Martí, se sacrificó por una
idea que atraviesa todo el siglo XX y se mantiene viva
aún en la alborada del nuevo siglo y milenio: la
República independiente y soberana.
En ese empeño
ciclópeo dejó otra lección no menos importante:
construir una república es una tarea muy compleja que
requiere de cultura, inteligencia, valor y sacrificio. |