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CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES,
ENCRUCIJADA DE SIGNOS
 
El primero de los cubanos, el primer mambí, pero también el primero de los ciudadanos, o «el que nos echó a andar», para utilizar una frase de Martí, se sacrificó por una idea que atraviesa todo el siglo XX y se mantiene viva aún en la alborada del nuevo siglo y milenio: la República independiente y soberana. En ese empeño ciclópeo dejó otra lección no menos importante: construir una república es una tarea muy compleja que requiere de cultura, inteligencia, valor y sacrificio.


Rafael Acosta de Arriba| La Habana

Como fue recordado por el Papa Juan Pablo II en su visita a nuestro país, Carlos Manuel de Céspedes inició las luchas por la independencia de Cuba y cito textual: Postrado a los pies de la Virgen de la Caridad. Pero también es útil saber que unas horas antes, en la noche febril de la víspera, autorizó, o mejor aún, ordenó a los negros de su dotación de esclavos tocar la tumba francesa como música de fondo, como preludio de lo que ya se sabía por todos, hasta por los propios esclavos, era inminente: la insurrección. 

Si a estos dos gestos emblemáticos agregamos que en esos instantes el bayamés era venerable maestro de la logia Buena Fe, con el grado 33 el más alto de la escala jerárquica de la masonería del Gran Oriente de Cuba y las Antillas (una cofradía que ostentaba textos litúrgicos de avanzadísimas doctrinas liberales y libertarias), no encontraremos mayor dificultad para identificar en Céspedes a un hombre cruce de caminos, un hombre clave en el minuto eclosionador de nuestra nación. Entiéndase bien, no sobreestimo el poder simbólico de gestos aislados o individuales, todo lo contrario, trato de ponderarlos en su justa significación en el momento en que dichos gestos pueden verse como luceros en la noche, como constelaciones para el marino que busca guiarse en la negrura del mar. 

Hombre del cambio, cruce entre romanticismo y liberalismo radical, cuando nace, en 1819, solamente le separan 22 años de la publicación de la Filosofía electiva, de José Agustín Caballero, obra que marca el nacimiento de la filosofía en Cuba. A su vez, cuando Varela y Heredia hacen su prédica independentista desde la filosofía y la poesía, Céspedes es apenas un jovenzuelo. Es, pues, un hombre que crece junto con el despuntar del pensamiento en el país y más aún, crece al unísono del ideal independentista, o lo que es lo mismo, posee la misma edad de la nueva actitud reflexiva y crítica que va gestándose en la intelectualidad cubana. Pudiéramos adelantar algo: si con Saco se inaugura el pensamiento social en Cuba, con Céspedes se abre la era del pensamiento trasmutado en acción, la idea convertida en acto, en praxis social. 

Alfred Hadler señaló que para comprender lo que ocurre en un hombre es necesario considerar su comportamiento con los demás. Céspedes no fue la excepción, y sus biógrafos tampoco han escapado a la incomprensión de muchos de sus actos. El ejemplo más notorio, por ser el más honesto en recoger su incomprensión del hombre, fue Griñán Peralta, quien en el prólogo a su interesantísimo análisis caracterológico de Carlos Manuel de Céspedes manifiesta su incapacidad para comprender al hombre objeto de su estudio. Por su parte Guy Bois ha insistido en recordar que la primera exigencia que hizo Marx al historiador era la necesidad obligatoria de entender primero el funcionamiento global de una sociedad para luego comprender algún elemento o fenómeno particular dentro de ella. Si extrapolamos este recurso metodológico al estudio del pensamiento de una personalidad, nos hallaremos ante la necesidad ineludible de tratar de conocer a ese hombre lo más integralmente posible, primero, para luego estudiarlo en sus ideas o en su praxis. 

Los biógrafos no se han puesto de acuerdo en lo relativo al pensamiento cespediano. René Llufriú lo vio como un alma fanática incapaz de sustraerse de la fiebre idealista y romancesca imperante entre sus correligionarios; Rafael Esténger, más próximo a una visión objetiva del héroe, apreció el esfuerzo del 68 como resultante del ejemplo libertario sudamericano y de las ideas liberales europeas de los siglos XVIII y XIX. Portell Vilá fue, a mi modo de ver, quien llegó más lejos en la interpretación del pensamiento del bayamés. Afirmó en su breve biografía que ya desde 1872 Céspedes alentaba puros ideales americanistas y se refería a una certidumbre cespediana sobre la emancipación cubana como cierre de la de América. Para Portell Vilá, Céspedes en sus años finales de vida había comprendido que la libertad de Cuba facilitaría el bienestar y desarrollo de las jóvenes democracias del Nuevo Mundo en las que vio, además, el punto de destino para un futuro desplazamiento de la civilización occidental, civilización que consideraba caduca y decadente, lo que para Portell Vilá era un juicio hecho por Céspedes con notable anticipación filosófica. 

Sin embargo, en todas las biografías escritas sobre el bayamés, cinco en total, el lado flaco en los análisis era, es, precisamente, la exégesis de su pensamiento. A los tres gestos con que Céspedes recibe el amanecer del 10 de Octubre y que ya he mencionado: el respeto al icono católico, la tolerancia y comprensión de los cantos afrocubanos y la militancia liberal, agregaré dos gestos simbólicos más de aquellos momentos cruciales. Configuran más nítidamente su retrato, nos permiten asomarnos mejor al hombre que pretendemos identificar: se trata de su solicitud a un tratadista de heráldica español del escudo heráldico correspondiente a sus apellidos, y el gesto de liberar a sus esclavos como primera acción práctica en la mañana de la declaración de independencia de Cuba. 

A primera vista, aparentan posiciones en las antípodas, puede parecer ahora que se complican un poco las cosas y así es, pero dan un norte, ofrecen un camino al curioso y al biógrafo. Es decir, he agregado los gestos paradigmáticos y contradictorios del aristócrata y del abolicionista. Ahora tenemos una imagen compuesta por fragmentos que, unidos o superpuestos, comienzan a dibujar una imagen del hombre, pero es aún borrosa. 

Su formación fue humanista y clásica, sobre esto han escrito todos sus biógrafos. De la etapa estudiantil hay dos datos que sorprenden por lo que representan de audacia intelectual y de ambición juvenil, me refiero a su traducción de La Eneida del latín al español. 

Aunque los biógrafos no se ponen de acuerdo en cuanto al momento exacto en que debió realizarla el joven Céspedes, sí queda claro que fue en su proceso de formación académica. Para Rafael Esténger, la inspiración le llegó en la adolescencia, aunque afirma que debió hacerla en su madurez temprana. Para Portell Vilá, la traducción se realizó a los 15 años de edad. José Fornaris, en cambio, compañero de aventuras juveniles y casi su coetáneo, consideraba que la traducción la hizo en sus veintitantos años. Es importante consignar que hasta ese instante, La Eneida solo había sido traducida dos veces a nuestra lengua. 

Para Esténger, el interés psicológico que revela en la personalidad cespediana la decisión de traducir dicha obra, está en que sugiere o permite inferir cierta repugnancia del joven bayamés ante los horrores de la guerra y la violencia armada, el culto a los antepasados y el respeto al juicio de la posteridad, elementos todos presentes en la obra de Virgilio. En mi opinión, la audacia intelectual nos sitúa más bien ante una cualidad que se repetirá con el tiempo: el gusto de Céspedes por los grandes desafíos, sean de la índole que sean. 

Otro dato que considero relevante es la forma de examen que escogió Céspedes para concluir sus estudios universitarios en La Habana, y que consistió en la modalidad llamada a «claustro pleno», es decir, sometiéndose a un tribunal de eminentes doctores que, en acto público, acribillaban a preguntas al aspirante al título. Otro ejemplo del rasgo que acabo de referir. Céspedes venció brillantemente dicha prueba. Este amor por los retos difíciles y por los actos riesgosos, por la prueba con visos de aventura, aparecen con frecuencia en la vida del bayamés. 

Poeta y compositor musical, su producción lírica exige un estudio. Hasta la fecha, solo Alberto Baeza Flores, de forma específica, y Cintio Vitier y Fina García Marruz, en un estudio general sobre los poetas cubanos considerados menores, han abordado las cualidades del verso cespediano. Sin duda alguna, su poesía no está a la altura de la de Zenea, Fornaris o José Joaquín Palma, sus contemporáneos, pero no deja de agradar y de dejar constancia de una gran sensibilidad. Por supuesto, hay versos y poemas muy bien logrados que han clasificado, con el tiempo, entre los buenos textos líricos del siglo XIX cubano. Nuevamente aparecen en estas referencias latinas que confirman su formación clásica. También son evidentes sus influencias del castellano: Gracilazo, Quevedo y Calderón pero sobre todo Fray Luis de León. La impronta de este gran bardo es apreciable en estilos y recursos. Hay un dato que merece mención, hasta ahora solo se conocen dos traducciones suyas de poetas ingleses, son hombres que tienen que ver con el joven de estampa romántica y con el liberal en ciernes, me refiero a Lord Byron y John Milton. Del primero es curioso observar que fue aristocrático, dandy, mujeriego, carbonario y liberal, y al final de sus días intentó luchar por la independencia griega. Del segundo hay afinidades también evidentes: amante de los clásicos y del renacimiento, defensor de la libertad de expresión y de pensamiento, difusor del derecho de los pueblos a deponer a los tiranos, en otras palabras, un liberal prominente. 

Más adelante veremos cómo la influencia inglesa se hace presente en el Céspedes ya maduro. No es casual que estos sean los poetas que tradujo Céspedes. Puede que hayan estado entre sus paradigmas en el proceso de maduración de su personalidad. 

No voy a detenerme en demasía en la significación del viaje europeo de Céspedes para concluir su formación como abogado. Además, faltan datos esenciales sobre esos dos años cruciales. Eusebio Leal me ha dicho hace unos días, que en breve recibirá el expediente académico de dichos estudios, lo cual deberá ser de enorme importancia historiográfica. 

En este viaje Céspedes debuta en las luchas políticas de la Cataluña revuelta, se incorpora a las milicias populares y alcanza grados militares en las mismas, se involucra en las agitaciones y turbulencias, se vincula con hombres que van en complicado espectro desde el joven coronel Juan Prim, a personajes con tendencias anarquistas como Abdón Terradés. Luego visita Francia, Inglaterra, Italia, Turquía, Alemania, se empapa de las características de las sociedades que recorre, indaga, pregunta, va a las bibliotecas, se instruye de las historias, de la pequeña historia local, de la gran historia de esos países, baja a las catacumbas de los carbonarios italianos, lleva dos libros de Kant en su equipaje. Es febril su mirada a la escena europea. 

La única crónica existente de ese periplo es sintomática de su curiosidad intelectual. Se refiere a su visita en Inglaterra al campo donde se desarrolló la célebre batalla de Hasting entre el Rey Haroldo y Guillermo de Normandía. Céspedes se levanta en la madrugada, se dirige a la biblioteca de la mansión en que está hospedado, y busca libros que le sirvan de referencia sobre el evento ocurrido en el campo aledaño. 

Lo cito: «He cifrado uno de mis mayores placeres en visitar los lugares en que han pasado célebres acontecimientos. Allí, a la vista del terreno y con la historia del suceso en la mano, me formo las más extrañas ilusiones. En iguales casos siempre he preferido la soledad, ningún importuno puede distraerme de mis meditaciones y cuando por mis propios esfuerzos he logrado encontrar el objeto de mis investigaciones, la aventura toma a mis ojos un aspecto romancesco». 

Allí encuentra a un anciano, que le ofrece alguna ayuda, según sus palabras «un anciano dotado de mucho talento y de una erudición poco común». Ese hombre ―reconoce Céspedes, y lo vuelvo a citar textual― «respetaba mi silencio, no me arrancaba de mis reflexiones, y cuando mis preguntas exigían de él una respuesta, no moralizaba, dejaba hablar a las ruinas». 

La lectura de esta crónica de viaje siempre me ha causado una doble impresión: por un lado, la prosa rápida, elegante, moderna, parece prosa ahora, del presente; como complemento de ello se aprecian los rasgos del observador curioso, del estudioso serio de los lugares que visitó, de su avidez por los conocimientos geográficos e históricos cuando apenas había cumplido los 20 años de edad. No hay, pues, la frivolidad propia del joven a esa edad. Es un ojo atento, una conciencia despierta. 

De regreso de Europa, el joven dandy viene con sus baúles cargados de ropas y zapatos de la última moda, pero fundamentalmente, viene impresionado por las sociedades burguesas y liberales, aún por las monárquicas, que visitó. Sociedades modernas, cultas, en pleno desarrollo y auge capitalista, vitales por sus ideas y por sus adelantos sociales. Ya no es el mismo joven provinciano que partió a completar sus estudios de abogado del reino, como se decía entonces, es un mozalbete que ha sido tocado por el desarrollo de la modernidad, por el debate de las ideas, por el liberalismo que, unido al impetuoso desarrollo capitalista, conduce a la mayor parte de los países visitados por sendas de crecimiento acelerado. 

Regresa a una colonia con un vetusto sistema de plantaciones y con la esclavitud como mácula moral y evidente freno al desarrollo económico. El contraste no puede ser más escandaloso. De retorno a Bayamo sigue escribiendo poemas pero ahora comienza a publicarlos en periódicos habaneros, manzanilleros y de Santiago de Cuba. Publica sus crónicas de viaje, traduce del francés Las leyes del ajedrez, del que era un gran jugador práctico; traduce del francés también, y organiza sus puestas en escena, además de actuar él mismo, Las dos Dianas, de Dumas, y El cervecero del Rey, de D’Arlencourt. Crea las sociedades filarmónicas de Bayamo y Manzanillo encabezando sus directivas, compone numerosas canciones de las cuales «La bayamesa», creada con Fornaris y Francisco Castillo, y «La Conchita», de su autoría exclusiva, son las más famosas. Escribe, organiza, actúa, es poeta, traductor, promotor cultural. Los que lo conocieron entonces lo recuerdan como «el hombre de la cultura» en aquella región. Se va conformando el intelectual. Hoy sería muy útil poder reconstruir su biblioteca, sus lecturas predilectas, pero es virtualmente imposible, solo un documento testimonial pudiera revelarnos ese dato crucial. 

Aún su obra literaria mayor no ha comenzado, será la revolución la que propiciará dicha obra: literatura de campaña, diarios, manifiestos, cartas, proclamas. Allí veremos su mejor prosa poética, su pensamiento liberal más elaborado. 

Quisiera detenerme ahora a corregir un equívoco habitual. El Bayamo que conoció Carlos Manuel hasta la edad de 33 años en que es desterrado a Manzanillo por el gobernador español, no es el Bayamo esplendoroso de finales del siglo XVII, es una ciudad venida a menos y en franco proceso de deterioro. Quedaban algunos vestigios del fasto y del oropel de que había gozado anteriormente, pero ya era una villa cubierta parcialmente por las gruesas telarañas del provincianismo. 

José Fornaris nos ha dejado un cuadro deprimente del Bayamo en que Céspedes desarrolla su infatigable labor cultural. Cito: «No se permitían gimnasios ni periódicos, nada que pudiera vigorizar el cuerpo ni dar luz al espíritu, solo se interrumpía el silencio de la ciudad por el grito de los sargentos enseñando a los reclutas en el Campo de Marte. La máxima de los gobernadores de Bayamo era Ódiame, pero témeme, y mientras el mundo entero gozaba del periódico, esa gigante antorcha que alumbraba el universo, en Bayamo vivíamos envueltos en la noche de la superstición y de la ignorancia, el cesarismo envilecía al pueblo y el sacerdocio lo fanatizaba, se consideraba, por lo tanto, poco menos que un crimen el cultivo de la poesía y eran sospechosas las reuniones de media docena de personas. Los poetas rendían culto a las musas en el interior de sus hogares como los cristianos a la religión en lo profundo de las catacumbas». 

No parece ser exagerado el sombrío panorama que nos pinta Fornaris, los datos de que dispongo confirman su descripción. En 1855 se estableció en Bayamo la primera imprenta que comenzó a publicar un boletín, no un periódico, a fines de ese año. Cinco años más tarde es que surge otro periódico Filarmonía, creado y financiado por Perucho Figueredo, y al desaparecer este, lo sustituye La Regeneración dirigido y pagado por Francisco Maceo Osorio. 

En medio de esta situación asfixiante, Céspedes publica textos que, unidos a acciones conspirativas prácticas, le valieron el primer asiento en el libro de control de desafectos que celosamente llevaba el poder español en el departamento oriental del país. Es muy interesante el largo poema «Contestación», publicado en 1852, en un periódico habanero. Allí confiesa sus anhelos e ideas liberales y escribe dos versos que son todo un manifiesto. Los versos son: Somos los minadores que una brecha/abren pausados en la noche oscura. Cinco años después escribe el prólogo al libro de poemas de Úrsula Céspedes de Escanaverino, Ecos de la selva y en él, además de hacer un rápido y preciso análisis de crítica literaria sobre las virtudes y limitaciones de la poetisa, escribe algunos juicios sobre sus compatriotas que bien pudieron suscitar lecturas suspicaces por parte de la censura colonial. Comienza por explicar que la poesía es el género literario más practicado en el país porque Cuba era un pueblo joven; después pasa a analizar someramente la época en la que, según su parecer, y lo cito textual: «A los odios y controversias religiosas, al ateísmo filosófico ha sucedido el indiferentismo que algunos reputan mil veces peor, pero que se aviene muy bien al materialismo del siglo XIX». Hay aquí una tentativa de generalización enmarcada en una especie de historia de las ideas. Se refiere más adelante a que han sido escasísimos los hombres célebres que ha dado Cuba en otras ramas del conocimiento, o sea, las científicas, etcétera., pero asegura, y esto tampoco debió agradar a los ojos fiscalizadores de la censura, que «llegará el día en que en el país sobrarán talentos que eclipsen los más ilustres de las pasadas eras, y las bibliotecas del universo se llenarán de obras grandes y originales escritas por los descendientes de esos mismos cubanos que hoy se suponen espíritus limitados». La historia confirmó sobradamente este juicio de Céspedes. 

Residiendo en Manzanillo completa su formación políglota al dominar los idiomas francés, inglés e italiano, además del latín aprendido en su juventud. Estudia matemática de forma autodidacta, quizás apreciando en el aprendizaje del cálculo una suerte de complemento al conocimiento humanístico, o quizás internándose en los números y la abstracción a partir de la fuerte influencia de Leibniz en la época. 

Vendrá por estos años un plan suicida (de su autoría) de toma por acción armada de Bayamo y Manzanillo, que afortunadamente no llega a ponerse en práctica, pues hubiese sido a destiempo y los resultados, seguramente, fatales. 

Destierros y prisiones diversas lo llevan al borde de la ruina personal de la que solo logra recuperarse en el decenio de 1855 al 65. Se convierte en un contestatario permanente del régimen colonial, no se doblega. En 1867 entra en contacto con la masonería del Gran Oriente de Cuba y las Antillas, creando él mismo, en 1868, la logia Buena Fe en Manzanillo. Sobre la masonería creada por el Dr. Vicente Antonio de Castro ha escrito con agudeza y abundancia de datos el Dr. Eduardo Torres Cuevas. Diré solamente que se trataba de una red de logias que alcanzaba la veintena en todo el país y cuyo fundamento ideopolítico constituyó un elemento de transformación de la sociedad cubana mediante la estimulación de la lucha por la independencia. Cito al profesor Torres Cuevas: «Surgía así con el Gran Oriente de Cuba y las Antillas un proyecto unitario en tanto intentaba resumir en una sola afirmación un destino común pero en el que, a su vez, cada quien podía encontrar posibles respuestas a sus aspiraciones que no necesariamente convergían con las de otros sectores implicados en el proyecto». 

Es evidente que una lectura cuidadosa de las liturgias del Gran Oriente de Cuba y las Antillas permite ubicar al proyecto masón de Vicente Antonio de Castro, su gestor y autor intelectual, en el polo opuesto de la burguesía esclavista, o lo que es lo mismo del liberalismo conservador de 1868, para ubicarse, con todo derecho, en el liberalismo más radical. Por supuesto, había en aquella época muchos tipos de liberalismo. Céspedes encabezará la acción decisiva, hará que todo lo propuesto y programado se transforme en la insurrección, se lanzará él mismo el primero, al turbión revolucionario y con su paso arrastrará a los más indecisos, a los que esperaban mejores momentos u otro momento, será, en la práctica, eso que tanto necesitan las revoluciones para poder ser: el hombre de la decisión. 

A partir del 10 de Octubre del 68, ya son bien divulgados los hechos de Céspedes estrechamente vinculado a la guerra del 68 o Guerra Grande, no haré énfasis, por ello, en la visión ecológica, seguiré en mi tentativa de ofrecer el ángulo menos tratado, es decir, el hombre de ideas que fue el bayamés. Recordemos que las imágenes más comunes de Céspedes corresponden a un grupo de hitos de la revolución de La Demajagua harto conocidos, sin embargo, el profundo pensador, el político táctico, el estratega, o con palabras del Dr. Eusebio Leal, el estadista que se anticipó a su tiempo y a las condiciones objetivas del estado, ese hombre, y las imágenes asociadas a esas cualidades, han sido virtualmente escamoteados en sus biografías y otras exégesis generales sobre la Guerra Grande. 

Su visión ecuménica de la política y de la futura República cubana siguen siendo hoy aspectos muy poco analizados. El Céspedes pensador no es el caso de un teórico, su pensamiento se deslizó en su papelería de campaña, es decir, no fue escrito para su publicación como tesis o tratado, sino como respuesta a las demandas que la situación imperante y las condiciones bélico-políticas le plantearon. Es un buen ejemplo de lo que Leopoldo Zea calificó al decir que la historia de nuestra filosofía, pensamiento e ideas, es la historia de una conciencia impulsada al logro de soluciones inmediatas, al logro de aquellas soluciones que la realidad urge al hombre de esta América. 

Todo en Céspedes se resume en un permanente pensar a Cuba. No tuvo la brillantez teórica de un Arango y Parreño ni la hondura filosófica de un Luz o un Varela, ni siquiera la erudición de su coterráneo Saco pero, en cambio, además de que su leif motiv fue, al igual que el de ellos, Cuba ―una Cuba distinta en cada caso, valdría aclarar― lo que lo distingue es que Céspedes representó el instante eclosionador, el minuto de ruptura, fue el hombre del cambio. 

Del pensamiento a la meditación filosófica (o sociológica) y de la reflexión política a la transformación social. Ahí es donde se manifiesta el cruce de itinerarios al cual hice referencia antes. En Céspedes el pensamiento se trasmuta en acción política, se convierte en agente de la eclosión. Toda su actividad mental estuvo en función de lograr la independencia, de abolir la esclavitud, de diseñar desde la manigua de Cuba la futura República cubana. Pensar a Cuba mientras se bate por transformarla es la divisa de su existencia. 

Veamos algunas de sus reflexiones en medio de las azarosas condiciones de vida de la guerra. Cuando se refiere a la importancia de los periódicos, escribe: porque esa es hoy la lengua de los pueblos, el que no tiene periódicos está mudo, nadie lo conoce, nadie lo procura. Es preciso hablarle al mundo por la imprenta o morir solo en un rincón. En otro momento apunta algo esencial en una mente política. Dice: Es preciso marchar con la opinión ilustrándola. Y cuando analiza lo que la revolución deja como saldo al tiempo futuro, es decir, el patriotismo y la unión de los rebeldes, dice algo que revela, una vez más, su afán de penetrar el tiempo que se aviene, el nuevo tiempo: una nueva generación se ha levantado respirando desde su nacimiento al ambiente de las libertades. Es, precisamente, la generación que oirá, años más tarde, las prédicas de José Martí y hará, con los pinos viejos, la revolución del 95 al 98. 

Y es que este hombre supo reunir algo muy escaso entre los políticos modernos: una mente política a una intelectual, o lo que es lo mismo, pensar la política desde la cultura. Cuando Martí expresó que por la filosofía empezó a enseñársenos el alma libre de Cuba, estaba refiriéndose a los orígenes, pero el magisterio de Céspedes y de los hombres del 68 fue el de pensar a su patria desde la riesgosa posición del enfrentamiento armado, es decir, desde la revolución. Para él quedaba claro que si el racismo tenía su raíz en la esclavitud lo primero que había que hacer para eliminar la mentalidad racista, era destrozar la infame institución, y eso hizo el 10 de Octubre, y más tarde, cuando fue firme partidario de la abolición dentro del campo revolucionario. También fue sumamente importante toda su política de ascenso de negros, mestizos y emancipados a altos grados del Ejército Libertador. 

Su aristocratismo está fuera de toda duda. No creo que esto lacere en lo más mínimo, su imagen de revolucionario y de independentista. A mi modo de ver, es todo lo contrario, lo ennoblece y lo hace más grande. Cintio Vitier y José Lezama Lima vieron en su aristocratismo una acepción profunda y raigal del vocablo, un verdadero aristócrata, de los aristos, de los mejores, es decir, no solo un aristocratismo de clase o abolengo sino también de espíritu, un aristócrata de verdad. 

Maceo Verdecia, su biógrafo inédito, escribió algo polémico pero que tiene que ver con el asunto: es aristócrata por sentimiento y por comprensión porque la democracia para él tiene que estar basada en un sistema selectivo, en el gobierno del pueblo y para el pueblo, pero por los mejores del pueblo. De ideas radicales va, no obstante, al fondo de todos los problemas, así en lo social obedece a la limpieza de la sangre y se ocupa de la genealogía de sus apellidos para confeccionar su escudo de nobleza. Se debe al medio donde el linaje impera sobre todas las cosas.  

He citado in extenso, pues uno de los gestos de Céspedes en los días que medita el acto sublime de la revolución y que cité al inicio de esta charla es, precisamente, su solicitud de escudo nobiliario, pero no es solamente eso, es un aristocratismo que llega  hasta algunas de sus concepciones del mundo y de la política internacional. Por ello, en 1869, ya en la revolución, escribe en una de sus proclamas: Y no se diga que nos engaña nuestro bello ideal, la república, Inglaterra, bajo la monarquía, es la depositaria de la libertad europea, ella presenta cada día a la faz de la moderna idea nuevas señales de la poderosa influencia que ejercen las enseñanzas de la historia a los pueblos cultos. Bajo su régimen liberal, bajo su gobierno para las colonias, algo restrictivo en la forma, altamente democrático en el fondo, prosperan las colonias, España sin embargo, presenta cada día en el suyo dolorosos ejemplos. 

Céspedes llama a la monarquía parlamentaria inglesa «gobierno humanitario y fraternal». Puede asumirse que le llama más la atención la democracia inglesa que la propia norteamericana, en aquel momento el país con las instituciones democráticas más modernas del mundo. Quizás coincidiera con Locke quien consideraba que las ideas filosóficas, jurídicas y económicas que constituían el caudal del liberalismo europeo, se realizaban, en la práctica política de entonces, en la monarquía británica y en su sistema parlamentario. Quizás esa alta consideración que le merecía el sistema inglés venía de una atenta y estrecha observación de la política del Segundo Imperio a partir de su contacto con los descendientes de los Pitts, en su estancia en la Inglaterra de 1840-42. Para él, un hombre de una colonia española, debía resultar muy estimulante la política librecambista inglesa, la negativa a conservar el comercio con sus colonias como una exclusiva propia de la Metrópoli y el principio de autonomía para las comunidades de ultramar iniciado antaño por los dos Pitts que ocuparon el premierato. No había comparación alguna entre la política hábil, desarrollista y relativamente tolerante de los ingleses con sus colonias con la torpe, férrea y retrógrada de España para con las suyas. 

Pero lo importante de esto, lo simbólico para estudiar al Céspedes como hombre, es que siendo aristócrata hasta en su estructura de pensamiento, o lo que es lo mismo, tener una mentalidad aristocrática, no significaba necesariamente ser poco o no revolucionario en una circunstancia histórica dada. Ahí están las memorias de Bertrand Russell cuando regresó de la Rusia bolchevique en 1918 y al retratar a Lenin le vio una mente eminentemente aristocrática unida a la pasión revolucionaria como rasgos sobresalientes de su personalidad.  

Precisemos las cosas. En sus posiciones políticas, Céspedes es el hombre que se transforma y evoluciona hasta llegar a ser el revolucionario más radical de su generación. No voy a referirme a los jóvenes occidentales ni al fogoso Ignacio Agramonte, aquejado de un iluso doctrinarismo que demostró su inoperancia y desfase en la guerra. Me refiero al hombre abolicionista radical, estimulador del ascenso de negros y mestizos a los más altos grados de la oficialidad mambisa, al primer descubridor de las secretas intenciones del gobierno norteamericano en sus ambiciones sobre Cuba y que con paradigmática dignidad supo manejar y responder retirando la agencia diplomática establecida en el vecino norteño porque, según su criterio, no se podía seguir soportando el desprecio del gobierno norteamericano. Pobres y pequeños, pero dignos, fue su mensaje. Me refiero al hombre que rompe sus compromisos con el liberal y amigo de juventud Juan Prim cuando advierte sinuosidad y ambigüedad en su política hacia la revolución independentista.  

Céspedes es el hombre que, por ejemplo, se reencuentra en el campo de la revolución con un ex esclavo suyo que había huido de sus propiedades antes de la revolución, y lo recibe, como Presidente, saludándolo y preocupándose por su situación actual de ciudadano. Es el hombre que anota, apenas siete días antes de su muerte, una curiosa y simpática anécdota con una negra francesa, que en San Lorenzo le dice al hacerle una solicitud: mi Presidente, mi amo. Y él consigna en su diario que le contestó: hija, yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano. Ya no era Presidente en ese momento. 

Y en noviembre de 1873, el día 9, redacta en su libreta: Según versiones, han influido en mi posición que yo no andaba ni roto ni sucio, que daba importancia a mi puesto, que mi esposa y mis amigos me mandaban ropas y otros efectos, que recibía cortésmente con reserva y ceremonial, en suma, que tenía tendencias aristocráticas. Yo no sabía que para ser republicano se necesitaba, indispensablemente, practicar la filosofía de Diógenes el Cínico.  

La mordacidad de este apunte es realmente un símbolo. La historiografía, habitualmente, le ha pasado rozando al tema sin llegar a su centro. Se ha situado con recurrencia lo de sus refinados modales y se ha hablado hasta de una suerte de filosofía de las maneras que él mismo reconocía, como se puede constatar en su diario, y que conformaron una imagen del hombre no muy aceptada por quienes no poseían su linaje o no lo entendían, o quizás no quisieron entenderlo por dispares posiciones políticas. Voy a citar ahora un apunte de su diario que ha deslumbrado a todos sus biógrafos por sus posibles y sorprendentes lecturas. Está escrita en Pozo Blanco, jurisdicción de Holguín, el 23 de junio del 1872 y dice así: 

Es preciso depositar la confianza en una persona y levantarla en hombros con todo esfuerzo. Mi situación es excepcional, no la gradúen por comparaciones históricas porque se expondrían a errores, nada hay semejante a la guerra de Cuba, ningún hombre público se ha visto en mi situación. Es necesario tomar algo de todos y echarlo en un molde especial para sacar mi figura, ninguna medida me viene, ninguna fracción se me asemeja, tengo que estar siendo un embrión abigarrado, y aquí está la dificultad, en la elección de la crisálida. 

Esta reflexión retrata el ajedrez que juega Céspedes en plena revolución. Como dijo Raúl Aparicio, se ha visto «embrión abigarrado», estar siéndolo continuamente, cada vez rudimento de posibles modificaciones o germen de una diversificación en la estructura de la conducta. Sin duda, ha pensado primero en los antecedentes históricos: Washington, Bolívar, Juárez, Páez, Hidalgo. Hay semejanzas, pero hay demasiadas diferencias, son más las diferencias que fijan las circunstancias de la guerra de Cuba que las que se derivan de caracteres y personalidades. Es a esto a lo que se refiere Céspedes en su enigmático apunte. En definitiva, ninguno de aquellos hombres que ya pertenecían a la Historia, tuvo que enfrentarse a un poderío semejante al que concentró la metrópoli española en Cuba en la década de los 70 para ahogar en sangre la revolución. A esto, agreguémosle las propias dificultades que creó el anticespedismo parlamentario, el doctrinarismo iluso de hombres divorciados de la práctica histórica que pensaban que había que ser primero republicano que patriota o revolucionario. 

Céspedes estaba cogido entre múltiples fuegos cruzados, cual de ellos peor. El caudillismo militar no era menos amenazador, el regionalismo era un valladar cotidiano, el anexionismo una presencia perniciosa (todavía en 1873, Calixto García le hablaba al periodista irlandés James O’Kelly de la posibilidad de unirse a Estados Unidos si no fructificaban los esfuerzos de los patriotas), el racismo pululaba entre los antiguos señores de esclavos; Agramonte agitaba la quinta columna, Moralitos fundaba periódicos para criticar duramente la política presidencial. Todo esto justifica con creces el símil martiano que asemeja a Céspedes como una roca despedazada por las olas, es decir, el embate de un pueblo inmaduro al surgir en la Historia. A tales complejidades, Céspedes solo puede oponer dos elementos, son su única respuesta ante lo que él llama su «situación excepcional». Uno, el pensamiento político que radicaliza por momentos, y dos, la eticidad de una conducta que lo conducía a una muerte inevitable pero que le otorgaba la autoridad moral de que disfrutó aún depuesto de su cargo de Presidente. Con esa conducta evitó la lucha fratricida que hubiese sido la muerte súbita de la revolución. 

Liberal y republicano de fibra, siembra la semilla de la tradición civilista cubana, esa que aún tiene mucho que avanzar en nuestro país a ciento y tantos años de su muerte. Otra lección es su frase Cada día está más probado que tenemos que valernos de nuestras propias fuerza, pronunciada cuando mira con escepticismo y desdén la posible ayuda foránea en el caso del vapor Virginius. Es un axioma para todos los tiempos. 

El ideal ciudadano, la concepción de civilidad que tanto necesita un país para ser una auténtica República aún en los momentos tremendos y duros de una revolución, es una de las grandes lecciones de este hombre que no debemos dejar de atender jamás. El intelectual y jurista que fue Céspedes, llamó a respetar la ley y ver en ese respeto la fuerza de una sociedad y el sostén de la república democrática. No nos perdamos en el laberinto ya suficientemente transitado de los hechos convertidos en hitos, miremos a este cubano como a alguien que, desde un increíble anonimato, trazó pautas y lanzó mensajes embotellados que aún son necesarios descorchar y leer con detenimiento. 

Postrado ante la Virgen de la Caridad con una imagen de esta en su cuello, excitando el tambor del mestizaje étnico y cultural, masón y liberal, abolicionista y aristócrata, el bayamés es una encrucijada de signos cuyas lecturas no se han hecho aún con la suficiente calma y mesura. El primero de los cubanos, el primer mambí, pero también el primero de los ciudadanos, o «el que nos echó a andar», para utilizar una frase de Martí, se sacrificó por una idea que atraviesa todo el siglo XX y se mantiene viva aún en la alborada del nuevo siglo y milenio: la República independiente y soberana. 

En ese empeño ciclópeo dejó otra lección no menos importante: construir una república es una tarea muy compleja que requiere de cultura, inteligencia, valor y sacrificio.

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