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Presentación del libro El Camaján
La «disidencia» se
convirtió no en una cualidad política, sino en un oficio
y un modo de vida fácil para un puñado de vividores. Y
reapareció la fauna de los camajanes políticos. Gente
sin valores patrióticos, sin ideales sociales y humanos.
De vida parasitaria. De mentalidad anexionista,
colaboracionista con el enemigo.
Carlos Fazio|
México
Palacio Legislativo de San Lázaro,
México, D.F.,
15 de octubre de 2003.
Antes del triunfo de
la revolución, en los aciagos días de la dictadura
batistiana, la imaginación popular acuñó un término para
designar el proceder de los políticos oportunistas y
corruptos: camaján, adjetivo que en su sentido
peyorativo aparece definido en el diccionario de
cubanismos del escritor Argelio Santiesteban como
vividor. Es decir, una persona taimada, sin escrúpulos,
falta de ética, amoral, que trata de sacarle el mayor
placer a la vida con un mínimo de trabajo y sacrificio.
Con la victoria
armada de los barbudos de la Sierra Maestra y el inicio
de la fase de construcción del socialismo en Cuba, El
Camaján político se convirtió pronto en una especie
en extinción. Sin embargo, a comienzos de los años 80,
la administración Reagan, necesitada de fabricar una
oposición interna en la Isla similar a los contras en la
guerra de desestabilización contra el gobierno
sandinista de Nicaragua, comenzó a reclutar individuos
oportunistas, frustrados, resentidos y descontentos con
el objetivo de utilizarlos en sus planes subversivos,
desestabilizadores y contrarrevolucionarios.
En 1983, la Directiva
de Seguridad Nacional No. 77 del gobierno de Ronald
Reagan, más conocida como Proyecto Democracia, definió
como una de sus prioridades «desarrollar presiones
públicas contra Cuba». Esa directriz incluyó la creación
de una quinta columna al interior de la Isla, como
complemento de las acciones clandestinas de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA), las políticas de bloqueo
y estrangulamiento económico, las agresiones armadas y
las acciones terroristas desde el exterior, y las
emisiones propagandísticas ilegales de miles de horas
semanales de radio y televisión Martí (emisoras
oficiales del gobierno de Estados Unidos), en las que se
instruía a la población cubana sobre las más variadas
formas de sabotaje económico, se incitaba a actos de
desobediencia civil, al abstencionismo político y se
exhortaba al robo, al delito y a la subversión.
Uno de los elementos
clave de esa estrategia de desgaste de la Revolución
pasó a ser la llamada «asistencia humanitaria», manera
eufemística de designar la canalización de fondos
federales de distintas dependencias de Estados Unidos
para financiar la fabricación de una «disidencia
interna». O de otra forma, la organización, orientación
y capacitación de grupos mercenarios por los agentes de
la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA).
El Proyecto
Democracia dispuso además el suministro de una
infraestructura operativa para uso de su clientela
cubana de «disidentes», que incluyó radios de onda
corta, equipos electrónicos (computadoras, fax),
grabadoras, cámaras fotográficas, material impreso
(libros, revistas, folletos) con propaganda
contrarrevolucionaria, y dinero para financiar
«sindicatos» favorables a Estados Unidos.
Los criterios para
recibir pagos y subvenciones de Estados Unidos pasaba
por un claro compromiso a favor de un «cambio de
régimen» en la Isla. Los candidatos debían manifestarse
a favor de la «transición» de Cuba hacia el «libre
mercado» y una «democracia» bajo la tutela
estadounidense. A cambio, Washington garantizaba
promoción a los interesados y gratificaciones mediante
giras, conferencias pagadas y «premios» internacionales.
Y por supuesto, dinero. Remuneraciones con fondos
económicos salido del bolsillo de los contribuyentes
norteamericanos, suministrados por los servicios
especiales, los sucesivos jefes de la SINA en la Isla o
a través de una serie de fundaciones con membretes
«humanitarios», con sede en Estados Unidos, utilizadas
como «tapadera» o «pantalla» por el Fondo Nacional para
la Democracia (NED, por sus siglas en inglés) y la
Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID), como
parte de su Programa sobre Cuba.
En la jerga de la
«comunidad de inteligencia» y del Departamento de Estado
norteamericano, actividades como las desarrolladas con
nativos cubanos por el jefe de la Sección de Intereses
de EU en La Habana, James Cason y sus antecesores, son
designadas «de alcance». Esa política encubierta
destinada a la promoción de un mercenarismo asalariado
para la desestabilización interna, hizo que en poco
tiempo floreciera en la Isla una lucrativa industria de
la contrarrevolución.
La «disidencia» se
convirtió no en una cualidad política, sino en un oficio
y un modo de vida fácil para un puñado de vividores. Y
reapareció la fauna de los camajanes políticos. Gente
sin valores patrióticos, sin ideales sociales y humanos.
De vida parasitaria. De mentalidad anexionista,
colaboracionista con el enemigo.
Intrigantes de
palabrería barata y hueca, que repiten consignas y
mentiras que le suministran sus responsables desde
usinas ideológicas ubicadas en el exterior y que por su
oficio de difamar y provocar reciben un cheque de una
potencia extranjera y son elevados por los medios
masivos bajo control monopólico a la categoría de
«luchadores por la libertad», «líderes opositores» o
«disidentes».
El libro El
Camaján aborda el caso de uno de esos especímenes
redivivos: el de Elizardo Sánchez Santa Cruz —Pacheco,
por algún tiempo número uno de la «disidencia» fabricada
por el imperio como «alternativa flexible» a la
intolerancia terrorista de la mafia cubano—
estadounidense de Miami agrupada en torno de la
Fundación Nacional Cubano—Americana del extinto
Jorge Mas Canosa.
Con fotos y
documentos proporcionados por la Seguridad del Estado,
con la que colaboró Elizardo Sánchez desde 1997 hasta
los sucesos de marzo de este año, los autores exhiben
los entretelones de una «disidencia» asumida como oficio
y gran negocio.
Un negocio del que
participan también, como «socios capitalistas», el
Ministerio de Asuntos Exteriores de España, a través de
la Agencia Española de Cooperación y el Reino de
Noruega.
La portada del libro
exhibe a un camaleón posado sobre varios billetes de 100
dólares, en implícita alusión al poder mimético y la
capacidad de cambiar de colores y posiciones de este
singular camaján, que con la ayuda de sus patrocinadores
en Washington y una buena dosis de audacia calculada
logró forjarse una imagen de «líder humanitario». Y que
después, en base a un análisis de costo—
beneficio no exento de riesgos, llegó a convertirse
incluso en el «agente Juana» al servicio de la Dirección
Nacional de la Contrainteligencia cubana.
Según cuentan
Rodríguez y Barredo en su obra, cuando en 1997 Elizardo
Sánchez pidió establecer un canal de comunicación con la
Contrainteligencia cubana provocó algunas conjeturas y
no pocas aprehensiones. Los expertos del contraespionaje
evaluaron que la insólita postura del «líder disidente»
podía responder a indicaciones de los servicios
especiales del enemigo, utilizando un modus operandi
similar al empleado por su amigo Vaclav Havel ante los
antiguos servicios de inteligencia checoslovacos.
No obstante esos
peligrosos antecedentes, decidieron «darle cordel». Es
decir, aceptaron su «colaboración», el «doble juego»
propuesto por Sánchez. Y como parte de ese «juego
operativo» se llegó incluso a otorgarle la medalla por
Servicios Distinguidos del Ministerio del Interior de
Cuba.
Cuando el 18 de
agosto pasado Arleen Rodríguez y Lázaro Barredo
«destaparon» al camaján Sánchez ante la opinión pública
cubana, su trabajo de periodismo urgente y de combate
fue puesto bajo la lupa «objetiva» del periodismo
llamado «moderno» con su delirio de la neutralidad. En
particular, el periodismo de orientación monocorde
ejercido por las agencias transnacionales de noticias,
que operan como un vasto sistema de apoyo a las
políticas de penetración y desestabilización de Estados
Unidos y sus aliados y refuerza la ideología dominante.
Aquí en México, un
diario tituló la noticia: «Líder disidente cubano sería
agente de Castro». Y en el sumario de la información,
decía: «En el libro El Camaján, dos periodistas
próximos al gobierno identifican a Elizardo Sánchez, uno
de los más importantes líderes disidentes de Cuba, como
un agente secreto de Fidel Castro que ha proporcionado
'valiosa' información. El acusado negó las
imputaciones».
Por su parte, La
Jornada presentó la noticia con un titular que señalaba:
«Acusan al disidente Elizardo Sánchez de 'colaborar' con
el Estado cubano». Y en el primer párrafo de la nota
informativa elaborada con despachos de las agencias AFP,
Reuters y PL, señalaba: «El veterano disidente cubano
Elizardo Sánchez Santacruz mantuvo durante seis años un
doble juego político entre la oposición y la Seguridad
del Estado en provecho personal, según denuncia
contenida en un libro presentado este lunes por dos
periodistas del oficialismo».
Un día después, en
una nota informativa que daba seguimiento al caso, La
Jornada recogió las declaraciones del portavoz del
Departamento de Estado estadounidense, Richard Boucher,
quien calificó la revelación de Rodríguez y Barredo como
«una maniobra del gobierno cubano». En declaraciones
formuladas en Washington y divulgadas por las agencias
de noticias, el funcionario estadounidense afirmó: «Es
un folleto escrito por periodistas del gobierno». En su
cuarto párrafo la nota consignaba: «El libro escrito por
periodistas que trabajan en una radio del gobierno tiene
67 páginas, de las cuales la mitad son fotografías...»
Ante las revelaciones
que lo exhibían en su «doble juego», Elizardo Sánchez
aceptó haber «dialogado con funcionarios cubanos», pero
negó haber sido condecorado por sus servicios de espía,
como sugiere el pie de foto de una imagen reproducida en
el libro. Al respecto, declaró que el funcionario cubano
le estaba colocando «una pluma en el bolsillo de la
camisa». El Nuevo Herald de Miami publicó una
foto de Sánchez negando la versión y también la
secuencia de la supuesta condecoración, «que el líder
disidente sostiene que no es una medalla sino que le
retiraban un bolígrafo».
El 11 de septiembre
siguiente, los autores de El Camaján defendieron
la veracidad de los contenidos del libro ante la prensa
acreditada en Cuba. Para ello exhibieron una videocinta
en la que aparece Elizardo Sánchez en el momento en que
es condecorado por un oficial de la Seguridad cubana.
«En la grabación de
unos diez minutos, realizada el 28 de octubre de 1998 (y
presentada ayer por los autores del libro) ? consigna el
corresponsal César González— Calero en un diario
mexicano?, Sánchez se muestra tranquilo, charlando con
un agente al que le comenta su deseo de aumentar su
influencia 'en esos círculos de opositores, de
disidentes' (...)En otra secuencia, el coronel (...)
destaca su apoyo para detectar a tres agentes de la CIA,
y al final le impone una medalla 'en reconocimiento a
los valiosos servicios prestados en el enfrentamiento a
nuestro mayor enemigo, el imperialismo yanqui'. Sánchez
contesta: 'Gracias, compañeros, estoy consciente...'
Acto seguido, un abrazo».
En un despacho desde
La Habana sobre el mismo hecho, la agencia británica
Reuters consigna que en la videocinta «se ve claramente
a un ufano Elizardo Sánchez cantando el himno cubano,
junto con las agentes de seguridad, y escuchando
atentamente el texto de la distinción otorgada en
reconocimiento a su 'servicio distinguido' por la
División de Enfrentamiento a la Contrarrevolución del
Ministerio del Interior (...) también se ve con claridad
cómo el coronel le impone una medalla».
Ante las nuevas y
contundentes evidencias sobre su «doble juego» Sánchez
terminó reconociendo que en los últimos seis años
sostuvo «una veintena» de reuniones con la
contrainteligencia cubana. Asimismo, y «después de negar
durante un mes que hubiera sido condecorado», admitió
haber recibido una medalla, desistiéndose de la versión
del bolígrafo; se justificó con un «(ellos) le ponen
medallas a todo el mundo». Reveló, de paso, que «seis
cancillerías (cuatro europeas y dos americanas) estaban
al tanto de sus contactos con el gobierno».
He querido consignar
estos datos porque fueron agencias noticiosas
occidentales y algunos periódicos insospechados de pro—
cubanos los que pusieron en evidencia el «doble juego»
de Elizardo Sánchez, «número uno» de la llamada
disidencia cubana hasta que irrumpió el plan de recambio
de Washington, el Proyecto Varela, que impulsa como
nuevo capo de la «disidencia» a Oswaldo Payá.
Porque vale la pena
dejarlo consignado: Elizardo Sánchez es sólo uno de esta
fauna de vividores prohijados por el imperio. A través
de documentos reproducidos en el libro aparecen otras
figuritas conocidas de la llamada «disidencia» interna y
sus manejadores del exterior. Por ejemplo, Gustavo
Arcos, Oswaldo Payá, Vladimiro Roca, así como el agente
de la CIA radicado en Madrid, Carlos Alberto Montaner y
su mentor, el estadounidense Frank Calzón.
Fue precisamente el
«liberal» Montaner, quien en una carta fechada en la
capital española del 29 de julio de 1991 giró las
instrucciones para montar una estructura para la
subversión interna, la llamada Plataforma Democrática,
que habría de adoptar un discurso político moderado,
incluso «nacionalista», como vehículo hacia un «tránsito
pacífico» al capitalismo. En esa misiva, Montaner señala
a Elizardo Sánchez y su competencia la necesidad de que
cada uno asuma una determinada «identidad» (como
fachada), ya sea de «liberales», «democristianos» o
«socialdemócratas», por conveniencia de «razones
financieras», vinculada con el potencial suministro de
fondos de esas internacionales ideológicas y fundaciones
ubicadas en algunos «centros de poder» que tienen
relación directa con Cuba: Washington, Moscú, Madrid,
Caracas, México.
Asimismo, y en
relación con la «conexión europea», sobresale el papel
jugado en la trama subversiva en la Isla por la España
de José María Aznar, cuya canciller, Ana Palacios, ve en
individuos como Elizardo Sánchez y Oswaldo Payá a «los
hombres del futuro» de Cuba. Distintos documentos del
Ministerio de Asuntos Exteriores de España, reproducidos
en el libro, exhiben los nexos de Aznar con sus
«ahijados» en la Isla, los montos de su financiamiento
«humanitario» a través de la Agencia Española de
Cooperación Internacional, así como el celo del perrito
faldero de Bush en Iraq en ayudar a Estados Unidos a
fabricar una oposición interna en Cuba.
En un documento
confidencial, Elizardo Sánchez se refiere a España como
el «referente europeo» del proyecto de «transición»
monitoreado por Estados Unidos.
Es bueno dejar
constancia, aquí en San Lázaro, sede de uno de los
brazos del Poder Legislativo de México, la prolífica
relación establecida por el «agente Juana» con algunos
políticos mexicanos. El primer contacto público de
Elizardo Sánchez fue con el entonces senador
independiente Adolfo Aguilar Zinser, actual
representante de México ante el Consejo de Seguridad de
la ONU y verdadero camaján a la mexicana. Ocurrió el 1º.
de noviembre de 1999. Sánchez y Aguilar se encontraron
en el Hotel Nacional de La Habana, cuando el segundo
participaba en la Tercera Reunión Interparlamentaria
México— Cuba. A uno de esos encuentros Aguilar
Zinser logró arrastrar a los legisladores del Partido
Acción Nacional, Luis H. Álvarez y José Antonio Herrán
Cabrera.
Luego vendría la
publicitada reunión de Sánchez con la entonces canciller
de México, Rosario Green, el 14 de noviembre de ese año,
en el marco de la IX Cumbre Iberoamericana celebrada en
La Habana.
En 4 febrero de 2002,
la foto donde aparecen el presidente Vicente Fox, con
Elizardo Sánchez sentado a su derecha y Oswaldo Payá a
la izquierda, daría la vuelta al mundo. El mercenarismo
asalariado al servicio de Washington vivía sus días de
gloria. Ese encuentro, promovido por el ex canciller
Jorge Castañeda, marcaría el inicio de las conflictivas
relaciones México— Cuba que perduran hasta
nuestros días, que incluiría como parte de la diplomacia
bilateral el «comes y te vas» de Fox a Fidel Castro en
la Cumbre de Monterrey, seguido del voto de México en
Ginebra sobre Derechos Humanos, condenatorio de Cuba,
calificado por las autoridades de La Habana como un voto
«hipócrita», producto de una «doble moral». Resulta
lógico suponer que en su condición de agente doble,
Elizardo Sánchez debe haber suministrado «información
valiosa» a la Seguridad cubana y a la CIA sobre sus
interlocutores mexicanos.
Sobre topos y
destapes
Me quiero detener
ahora en otro punto que guarda relación directa con el
supuesto «equilibrio objetivo» de los medios masivos en
el momento de advertir implícitamente a sus lectores que
Arleen Rodríguez y Lázaro Barredo son «dos periodistas
del régimen» u «oficialistas».
Es evidente que se
trata de dos periodistas de larga trayectoria en Cuba,
conocidos por toda la población y muy visibles, dado que
ambos participan de manera asidua como panelistas en la
Mesa Redonda de la Televisión Cubana. Ambos han
trabajado en Juventud Rebelde y otros medios
cubanos; los dos han sido o son diputados. Son, pues,
figuras públicas.
Tampoco hay duda de
que ambos están participando de manera activa en la
defensa patriótica de Cuba frente a la agresión de una
nación extranjera, erigida hoy de manera agresiva y
expansionista en la única superpotencia militar mundial,
que libra una guerra abierta y encubierta que dura ya 44
años. Eso es lo que a menudo se soslaya.
Debemos recalcarlo.
Estamos ante la intervención de un país, Estados Unidos,
que utiliza y paga a los nativos de otro (Cuba) para
derrocar a sus gobernantes porque el sistema político
que han elegido es distinto, a pesar de que cuenta con
un Estado de derecho, una Constitución, leyes y reglas
propias y tiene reconocimiento de la comunidad
internacional como nación soberana.
Asistimos a una
guerra abierta y encubierta de un país, Estados Unidos,
que no se considera obligado a actuar de acuerdo con las
normas internacionales; que se considera exento de las
obligaciones estipuladas en la Carta de la ONU o en el
Tribunal Penal Internacional y que con frecuencia hace
uso unilateral del poder militar para «defender» sus
intereses vitales, que incluyen «asegurar el acceso sin
obstáculos a mercados clave, aprovisionamiento de
energía y recursos estratégicos» y, desde luego, todo lo
que Washington pueda decidir que está dentro de su
«jurisdicción interna».
Un «autoproclamado
Estado violento y fuera de la ley», según Noam Chosmky.
Es decir, un verdadero «Estado canalla».
Es frente a ese
Estado canalla que opera al margen de la ley que el
gobierno de Cuba se defiende en su propio territorio y
juzga a mercenarios y terroristas asalariados de
Washington de acuerdo con sus leyes o «destapa» a un
agente disfrazado de doble espía. Eso lo haría cualquier
gobierno de un país agredido por otro.
Cuba no violó ningún
principio jurídico, ninguna norma internacional, no hizo
nada que afectase la paz del mundo ni que dañase el
interés legitimo de nadie. Sólo ejerció la obligación
irrenunciable a defenderse y lo hizo sin recurrir a la
guerra y a la violencia. Cuba se defiende de quien la
agrede y socava su soberanía organizando, dirigiendo y
financiando a grupos de traidores mientras intensifica
contra ella una guerra económica implacable y amenaza
con destruirla.
Pero además, a menudo
se olvida que desde el siglo XVIII los ojos de los
«padres fundadores» de Estados Unidos tienen los ojos
puestos en Cuba como parte de un proyecto de dominación
para el Caribe y Centroamérica; proyecto revitalizado el
siglo XIX con «la política de la fruta madura» y la
Doctrina Monroe (1823). De Jefferson a Adams, pasando
después por la Enmienda Platt y el corolario Roosevelt a
la doctrina Monroe de 1904, la necesidad de poseer Cuba
es el tema más antiguo de la política exterior
estadounidense.
A comienzos del siglo
XX, Washington le arrebató a Cuba su independencia de
España y la convirtió en un «satélite» de Estados
Unidos. Una virtual colonia que derivó luego, hasta el
triunfo de la revolución en 1959, en un paraíso de
gánsteres, mafiosos y narcotraficantes y prostíbulo de
turistas estadounidenses.
Desde el gobierno de
Eisenhower a Bush hijo, pasando por una decena de
sucesivas administraciones en la Casa Blanca, el
problema con Cuba no tiene nada que ver con la
democracia y los derechos humanos. El problema es que
desde 1959 Cuba se salió de la esfera de control de
Washington; rompió con la dependencia estructural,
desafió la hegemonía estadounidense y se convirtió en un
mal ejemplo para la región y el mundo.
Como dijo Arthur
Schlesinger en un informe recientemente desclasificado,
el problema de Cuba es «la difusión de la idea de
Castro de hacer las cosas por uno mismo». «Esa es la
amenaza que plantea Castro», dice a su vez Chomsky: un
«virus» que podría infectar a otros. Washington necesita
en Cuba un gobierno subordinado, dócil; una «democracia»
de arriba hacia abajo, bajo control imperial.
También son públicos
los intentos para asesinar a Fidel Castro así como el
uso de armamento químico y biológico contra la Isla por
parte de Estados Unidos. Desde la Operación Mangosta, en
1961— 62, cuando la CIA esparció químicos en los
cañaverales de azúcar, pasando por la introducción de la
fiebre porcina en 1971 y la operación encubierta que
generó una epidemia de dengue hemorrágico de los años
ochenta.
Moral y jurídicamente
Cuba es una nación liberada que tiene la potestad y la
obligación de recurrir a la legítima defensa contra la
acción intervencionista de gobiernos enemigos y la
actividad de nativos anexionistas y apátridas que buscan
desestabilizarla y subvertir el orden interno.
Las legislaciones de
casi todos los países del mundo contienen disposiciones
que tipifican esas actividades como «traición a la
patria». Aquellos nacionales que participan en acciones
de ese tipo como funcionarios a sueldo de una potencia
extranjera son acreedores de sanciones penales. A modo
de ejemplo, el apartado 18 de la sección 951 del Código
de Estados Unidos establece respecto a actividades «de
alcance» como las que realiza James Cason entre su
clientela de disidentes en Cuba, que «cualquiera que
dentro de Estados Unidos acepte trabajar bajo la
dirección o el control de un gobierno o funcionario
extranjero podrá ser sometido a procedimiento penal y
una condena de diez años de cárcel».
Por otra parte, nadie
puede dudar sobre la intencionalidad de este libro. Fue
publicado por la Editora Política del Partido Comunista
de Cuba y contiene fotos, documentos e información
suministrada por la Seguridad del Estado. El Camaján
está destinado a desenmascarar y «quemar» a un agente
imperial que bajo cobertura «humanitaria» cobra en la
nómina de la SINA estadounidense y cuya tarea es poner
en práctica los objetivos de la intervencionista y
extraterritorial ley Helms—Burton según los
criterios de la USAID y bajo la dirección de los
sucesivos jefes de la SINA en La Habana.
Existe una larga
tradición de «destapes» de ese tipo por la
contrainteligencia cubana. A manera de ejemplo puedo
citar el libro Pasaporte 11333. Ocho años con la CIA, de
Manuel Hevia Cosculluela, editado en 1978; la serie de
videos La guerra de la CIA contra Cuba, de los años 80 y
más recientemente el libro de Rosa Miriam Elizalde y
Luis Báez, Los disidentes, otra expresión del
periodismo de urgencia realizado en base a entrevistas
con 12 agentes de la Seguridad del Estado que estuvieron
infiltrados durante años en los grupos mercenarios
desbaratados en los sucesos de marzo de 2003, que
involucran de manera directa al diplomático
estadounidense James Cason en actividades subversivas en
la Isla.
Al respecto, en Las
guerras secretas de la CIA, el periodista estadounidense
Bob Woodward define el término contrainteligencia como
la «actividad destinada a neutralizar, desbaratar u
obtener provecho de las actividades de los servicios de
inteligencia de un país extranjero, incluida la
penetración en un servicio extranjero a través de un
'topo' o agente que informa sobre tal servicio o sobre
los agentes hostiles que éste emplea».
Eso es lo que ha
venido haciendo la contrainteligencia cubana como parte
de sus actividades de legítima defensa en la guerra
abierta y encubierta impulsada por Estados Unidos:
infiltrar con topos los servicios especiales del enemigo
y sus círculos aúlicos, y «destapar» sus actividades
subversivas cuando lo cree conveniente.
Cuba ha podido
anotarse esos éxitos debido a un proceso y un liderazgo
revolucionarios que destruyeron el viejo aparato estatal
y edificaron una sofisticada organización de seguridad
de la patria para neutralizar a los terroristas y
saboteadores utilizados por Washington. Cuenta además
con unas fuerzas armadas profesionales y estrechamente
vinculadas con las masas populares capaces de defender a
Cuba de una invasión frontal de Estados Unidos.
Las luchas populares
victoriosas y los procesos revolucionarios no son
perfectos. Como dijo Fernando Martínez Heredia a
propósito de los sucesos de marzo en la Isla, «las
revoluciones son angustiosas batallas por el futuro de
la humanidad que se libran en un punto del mundo y que
tienen el deber de defenderse; no son asépticos
laboratorios ni vitrinas que inciten al que las mira a
consumir socialismo».
El sociólogo
estadounidense James Petras ha dicho que «el papel de
los intelectuales consiste en clarificar las cuestiones
más importantes y definir las amenazas a la paz, a la
justicia social, a la independencia nacional y a la
libertad en cada periodo histórico, así como en
identificar y apoyar a los defensores de los mismos
principios».
En ese sentido, los
intelectuales y también los dirigentes políticos tienen
la responsabilidad de distinguir entre las medidas
defensivas tomadas por países y pueblos sometidos al
ataque imperial y los métodos ofensivos del imperialismo
yanqui con su actual campaña de «guerras preventivas»,
expansionistas y neocoloniales. Como dice Petras, «el
establecimiento de equivalencias morales entre la
violencia y la represión de los países imperiales
conquistadores y los países del Tercer Mundo sometidos a
los ataques militares y terroristas, es el colmo de la
doblez y de la hipocresía».
No hay duda que la
guerra de Washington contra Cuba continúa. Y que en la
desordenada etapa postIraq, con la muerte por goteo de
soldados estadounidenses provocada por la guerra de
guerrillas de la resistencia iraquí y la caída en la
popularidad del presidente de Estados Unidos en un año
preelectoral, la Isla podría ser el próximo objetivo de
los militaristas totalitarios que rodean a Bush.
El matarife Bush
necesita reelegirse y una vez más puede buscar generar
una crisis externa; invadir Cuba puede resultar una
salida de emergencia en el juego político interno de
Estados Unidos. Bush necesita el voto de la extrema
derecha cubano— estadounidense de la Florida. Por
eso se ha echado a andar, de nuevo, la maquinaria de
mentiras del Pentágono y la CIA.
El paralelismo entre
Iraq y Cuba establecido por el secretario adjunto para
el Control de Armas y Seguridad Internacional, John
Bolton, en mayo de 2002, sigue el mismo guión
propagandístico del bio—terrorismo. A saber:
identificación del país— diana con armas de
destrucción masiva y la supuesta amenaza del terror
biológico; petición de cambio de régimen; creación de
una fuerza contra interna y selección de exiliados para
formar gobiernos provisionales; control estadounidense
de esos gobiernos durante el período de «transición»;
arrogación del poder de determinar cuándo un gobierno es
democrático, y rectificación de las estructuras
económicas en el país— diana para conformarlo
según las directivas del «libre mercado».
Al igual que ocurrió
en Iraq, el argumento de las armas biológicas es falso;
es una burda campaña de «desinformación» típica de la
guerra fría. No obstante, los expertos en trucos sucios
de Washington siguen insistiendo en el esquema. Las
patrañas de Bolton, repetidas luego por Dan Fisk y Otto
Reich, fueron retomadas a comienzos de este mes por el
subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental,
Roger Noriega, durante su comparecencia ante el Comité
de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos.
El viernes pasado,
fue el propio Bush en persona quien desde los jardines
de la Casa Blanca reiteró de manera arrogante y agresiva
su intención de derrocar a Fidel Castro. Fiel a la
histeria y el fanatismo de sus antecesores en la Oficina
Oval, el misionero Bush nombró a los secretarios de
Estado, Colin Powell y de Vivienda, Mel Martínez, como
copresidentes de una Comisión de Ayuda a una Cuba Libre,
para que «planifiquen la transición» en la Isla.
Sin duda, de
prosperar, tomará la forma de una nueva «intervención
humanitaria». Aunque, en realidad, como dice Arleen
Rodríguez, «Bush quiere devolver a la Isla al mundo de
los camajanes; esa es la 'Cuba libre' que promete Bush».
La decisión de las
autoridades cubanas de destruir a las organizaciones
disidentes instrumentalizadas por Estados Unidos coloca
a la Isla como el primer país que de manera abierta se
rebela a las doctrinas post 11 de septiembre de Bush. El
libro El Camaján se inscribe en esa lucha
asimétrica de un pequeño país que se defiende de una
superpotencia agresiva y expansionista. La obra de
Arleen Rodríguez y Lázaro Barredo es otra pequeña
escaramuza en esa guerra desigual para que Cuba siga
siendo libre. |