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OTRA PELEA CUBANA...
 
Guillermo Rodríguez Rivera | La Habana

Son muchas ya, desde que el país es país... Esta vez el contrincante es la culta Unión Europea. 

Cuando hace muchos años leí ese hermosísimo libro que es El mundo de ayer, de Stefan Zweig, acaso en él aprendí a admirar como nunca a la Europa a la que, necesariamente, todo escritor cubano tiene que admirar. Si el músico popular de nuestro país tiene más que deberle a África que a Europa, el escritor tiene en ese abuelo que también nombró Nicolás Guillén  el abuelo blanco  la principal herencia que informa su trabajo. ¿Cómo explicar el trabajo de José Martí, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Onelio Jorge Cardoso o el propio Guillén sin Europa?

Seguramente fue primero la raíz española como nutriente de nuestra literatura empezando por la lengua que hablamos pero, ya a partir de nuestro modernismo, no será solo España la que deje una huella decisiva en Cuba y en América Latina, sino que Francia, Inglaterra, Alemania del mismo modo que los Estados Unidos (parte esencial de la que Martí llamó «la América europea»), dejarán una impronta que irá a nutrir nuestra identidad.

En el libro de Zweig que mencionaba, es impresionante la belleza y la seguridad de ese mundo  el de la belle epoque  brutalmente abatido por el desastre de la Primera Guerra Mundial, para luego pasar al infernal proceso de la Segunda, en el que los europeos vieron multiplicarse los campos de concentración que Valeriano Weyler había diseñado por vez primera en Cuba.

Acaso al finalizar el horrible siglo XX los europeos quisieron dar vida al sueño de la Europa unida que imperaba, casi como una utopía que alguna vez fue, en las inolvidables páginas de Zweig. Lo han hecho, a pesar de los defectos que podamos hallarle al fruto de esa unión, que no son pocos.

Después de matarse entre sí, de masacrarse los unos a los otros, los ciudadanos de la culta Europa  en la que se generaron también las más sofisticadas maneras de torturar y asesinar—,  prefirieron unirse, poner el énfasis en sus comunidades y no en sus diferencias y presentar una sola cara ante el mundo.

Utopía aparte, era una decisión bien pensada, animada por un clarísimo espíritu práctico. Los países pequeños sufren atrozmente. Permanentemente tienen que estar reclamando una soberanía y una independencia que los mayores no quieren reconocerles. Es siempre fácil pasar por encima de los pequeños, abusar de su indefensión y ampliar a costa de ellos los dominios o los negocios del país grande, que siempre son los de los poderosos del país grande.

Alrededor de cuarenta años después de la última guerra que tuvieron, los países de Europa completaron su unión.

Apareció el proyecto en medio de la Guerra Fría, del permanente enfrentamiento de la URSS y los EE.UU., y Europa quiso aparecer como una entidad suficiente. Su poderío económico la convertía, unida, en una clara potencia mundial que, con la unidad de sus países, podía hablar de tú a tú con las dos superpotencias.

El primer error de las naciones europeas fue el mantener incólume en la última década, junto a su voluntad de acceder a una unión económica y política, esa confabulación militar en torno a Estados Unidos que ha parado por ser la OTAN.

La OTAN fue la inevitable contrapartida del Pacto de Varsovia, o al revés, que agrupaba a los países de la Europa socialista junto a la URSS. Cuando entre los últimos años de la década de los ochenta y los primeros de la de los noventa desaparece, no ya el Pacto, sino el propio sistema socialista, la OTAN había perdido su auténtica razón de ser; pero es muy difícil, para los grandes productores de armas, no usarlas. La OTAN buscó nuevos sitios donde emplear esas armas y, desde 1991 al 2003, al menos cuatro guerras han sido libradas por los EE.UU., que es su indiscutible líder: la campaña contra Iraq por la anexión de Kuwait; la guerra contra Serbia por el asunto albanés en Kosovo; la liquidación del régimen talibán en Afganistán después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y finalmente la invasión de Iraq por Estados Unidos y la  Gran Bretaña, con el apoyo de España e Italia.

La última guerra, enmarcada en una filosofía mayor de «lucha contra el terrorismo» y de «guerras preventivas»,  y amparada por la supuesta existencia en Iraq de «armas de destrucción masiva» que los inspectores de la ONU nunca encontraron y que no han aparecido tras el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein, no pudo ser ya librada con el apoyo de la OTAN, y provocó una significativa ruptura en la unidad europea.

El Consejo de Seguridad de la ONU no aprobó nunca la resolución que autorizaba el ataque, y países miembros de la OTAN, como Francia y Alemania, y con derecho al veto dentro del Órgano ejecutivo de Naciones Unidas, como Rusia y la propia Francia, se separaron en el seno de la Unión Europea de aquellos que cohonestaron la invasión al país árabe, como Inglaterra, España e Italia.

La situación actual de Europa es de franco desequilibrio. Por una parte, se ha quebrado el carácter conjunto de la política de la Unión. La quiebra no está tanto definida por la alianza de los ingleses con los EE.UU.; después de todo, por encima de considerarse europeos, los ingleses siempre han postulado ser british. No es raro que ocurra así con el país que nunca ha suscrito el Tratado de Schengen, que permite la libre circulación en todos los países de la Unión a los ciudadanos de cualquiera de ellos, y la validez para todos del visado otorgado para uno, y que tampoco se ha sumado a la adopción de la moneda común.

Si los ingleses simplemente han mantenido y acentuado su conducta tradicional, la quiebra más honda de la política de la Unión es la que han producido los Gobiernos de España e Italia.

Europa, por otra parte, no parece tener en los tiempos que corren un líder con el poder aglutinador, con la capacidad de convocatoria y con la independencia que tuvo años atrás un Charles de Gaulle.

Quisiera destinar las páginas que le van quedando a este artículo a tratar de entender por qué ha sido España, además, la principal promotora de las sanciones contra Cuba que recientemente adoptó la Unión Europea.

Quisiera proclamar de entrada que, además de haber impartido durante muchos años diversos cursos sobre la literatura española, siempre me he sentido maravillosamente bien en ese país. Desde 1983, cuando lo visité por primera vez. Escribí, hace años, mi tesis de doctorado sobre la obra de un excelente poeta gallego: Celso Emilio Ferreiro. Tengo en casi todas las regiones de España, excelentes amigos y colegas de las más diversas filiaciones políticas, y espero seguirlos manteniendo.

Evidentemente, España tiene un peso específico en lo que respecta a las relaciones de la Unión con Hispanoamérica. Fue nuestra vieja Metrópoli y hablamos el idioma que aprendimos de ella. Es lógico que la Unión la atienda especialmente en lo que respecta a sus relaciones con esta parte del mundo.

En Cuba, especialmente  no casualmente fuimos la última de las colonias son miles los cubanos que tienen, bien cerca, algún familiar español. Algo semejante ocurre en España.

José María Aznar fue, en 1996, el gran beneficiario del voto de castigo que la mayoría de los españoles inflingió al PSOE, el partido gobernante desde 1982.

La corrupción entronizada en el Gobierno y el caso de los GAL  las ejecuciones sin juicio aplicadas a los militantes de ETA, fueron factores decisivos en esa derrota.

Hombre que por tradición familiar pertenece a la clarísima derecha española (su familia fue en Cuba la fundadora y la propietaria del más reaccionario de los periódicos en la historia de nuestro país, el Diario de la Marina), la campaña electoral de Aznar contó desde el primer momento con el financiamiento de la Fundación Nacional Cubano-Americana, que lógicamente veía en él a un político que favorecería sus posiciones con respecto a Cuba.

Pero entonces estaba gobernando en EE.UU el liberal William Clinton. El punto de giro para el cambio en Aznar, tanto en lo que respecta a Europa como en lo que tiene que ver con Cuba, está en el ascenso a la presidencia de George W. Bush. Fue el momento indicado para que Aznar pudiera «salir del closet».

Bush Jr. ha sido el único presidente no-electo de los EE.UU. Por unos pocos votos obtuvo la decisiva victoria en el estado de La Florida, donde se alteraron listas, se perdieron urnas y se coaccionó a electores negros para que no ejercieran el sufragio. Aún así, el Presidente tuvo que ser designado por la Supreme Court, en la que los cinco magistrados republicanos dominaron sobre los cuatro demócratas.

Ocurría  que el nuevo mandatario norteamericano había triunfado con el apoyo de los mismos amigos cubanos que contribuyeron a  costear el ascenso al poder de Aznar. Las almas gemelas, ¿qué pueden hacer sino encontrarse?

Cuando después del 11 de septiembre de 2001 Bush halló el momento adecuado para convocar a una cruzada contra el terrorismo, era lógico que el spanish little brother se convirtiera en un ayudante ideal.

Pero lo interesante fue que, tras la invasión a Iraq, la Unión Europea también necesitaba de los servicios del Presidente español.

Las relaciones con los EE.UU. habían sido resquebrajadas porque, la gran potencia, no aceptaba que países a los que trataba cada vez más como subordinados fueran capaces de desmarcarse de una acción propuesta y ejecutada por Washington.

Aznar comprendió claramente que Cuba era la solución.

Si bien los europeos no quisieron acudir al llamado invasor de Bush, ni quieren contribuir con la correspondiente cuota de cadáveres a la peligrosísima situación del Iraq ocupado, donde no van a tener capacidad de tomar decisiones, Cuba podía ser un oblicuo y barato instrumento de cambio.

Oblicuo porque sancionar a Cuba constituía un apoyo lateral a Bush y en un tema que es especialmente espinoso para su administración. 

El Gobierno de los EE.UU. ha tomado tantas medidas contra la Revolución cubana que ya, prácticamente, ha agotado sus posibilidades: no le quedan sanciones que aplicar.

Después de las sanciones penales a los disidentes que en Cuba respondían a instrucciones de la Sección de intereses norteamericana, Bush no consiguió reducir el comercio en medicinas y alimentos con Cuba, porque los productores norteamericanos de esos artículos que comercian con nuestro país presionan fuertemente para no renunciar a un mercado que para ellos se hace cada vez más importante; los cubanos que envían remesas de dólares a sus familiares en Cuba seguramente no van a atender una medida del Gobierno norteamericano que aspira a que dejen a la madre, al hijo o la hermana que viven en la Isla, sin recursos. Finalmente, las universidades norteamericanas en modo alguno quieren permitir que se les prohíba a sus estudiantes el hacer cursos en las universidades cubanas. A la inversa, la reciente reunión de rectores cubanos y norteamericanos demostró que el destino de esas relaciones es ampliarse. Hacía falta pues, que otros sancionaran.

Así, Bush tiene que aceptar las «sanciones de consolación» que le ofrece la Unión Europea. Sanciones baratas, como he dicho.

España es el principal inversor europeo en Cuba, y el Gobierno español para nada puede afectar esas inversiones que se apoyan, por supuesto, en el mutuo beneficio de Cuba y de los inversores españoles. Con las sanciones del Gobierno español, no perderán un centavo ni las firmas españolas ni el Estado cubano. 

Si acaso, lo que sobrevendrá será el aburrimiento de los diplomáticos españoles quienes, ahora  invitan a los disidentes a las fiestas de la Embajada, en la recepción del 12 de octubre, donde tienen entonces que charlar con Oswaldo Payá y no con la bella Zenaida Romeu. La pelea pues, es de poca monta y va a durar lo que duren sus promotores, Mr. George y don José María. A ver cuánto.

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