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COMO OTRO CUALQUIERA,
PERO DIFERENTE
Fernando Bécquer es uno de los trovadores que cantaron a
Martí en el disco Acabo de soñar. El pasado 11
de octubre, el cantautor ofreció un concierto en
el Museo Nacional de Bellas Artes, donde demostró su carisma,
ese don que lo tipifica a la hora de «decir
canciones».
Estrella
Díaz|
La Habana
Fotos: Alain
Gutiérrez
Es realmente interesante apreciar lo que está
aconteciendo en la trova joven de hoy. Si bien es cierto
que en la década de los ochenta y principios de los
noventa ese movimiento atravesó por un momento de
impasse en el que parecía que todo estaba ya dicho y
hecho, ahora la realidad es bien diferente.
Los que poco a poco nos vamos acercando al quehacer de
los trovadores que emergen, podemos llegar —aunque aún
es tal vez precipitado— a una conclusión: la diversidad
de propuestas es algo a tener en cuenta.
Fernando Bécquer (La Habana, 1970) ofreció, auspiciado
por el Centro Cultural Pablo de la Toriente Brau, el
pasado sábado 11 de octubre en el magníficamente
equipado teatro del Museo de Bellas Artes, un concierto
titulado Como otro cualquiera que fue —a mi
juicio— un encuentro de todos con todos y que
demostró que el joven músico tiene muchísimas cosas que
compartir.
Bécquer es un artista carismático, de esos que se sabe
poseedor de una simpatía peculiar, aparentemente ligera
y a la vez raigal y esa manera de ser constituye una
especie de sello o de cuño a la hora de «decir
canciones».
Y, justamente, sus textos poseen ese aire urbano,
citadino, medio callejero, casi marginal y kitsch…sin
serlo.
Fernando —que se considera a sí mismo un «cubano por
donde tú quieras» en una de sus canciones más conocidas—
en «Como otro cualquiera» incursionó en el
son, el rap, el bolero y el guaguancó, disímiles géneros
que tuvieron un denominador común: eso que algunos
llaman la «cubanidad».
El hecho de haber compartido con
Acana.com, un grupo dirigido por Eduardo
Montenegro (bongó), Yoriell Carmona (tres), David de la
Fuente (guitarra), Marnie Upierre (flauta), Ángel García
(bajo), estimo fue uno de los logros del concierto
porque, independientemente de la calidad de esos
músicos, el protagonismo se centró en el trovador.
Mención aparte merecen el trabajo de Marnie, una joven
que, además de privilegiar su instrumento, canta,
realiza percusión y hace arreglos; y el de Pedro Bandera
(tumbadora) calificado como «el percusionista de la
trova». Aurora de los Andes Feliú —quien acompañó a
Fernando en un tema— es una cantante afinada y segura y
sería excelente poderla ver más a menudo.
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Bécquer canta junto a
Aurora de los Andes Feliú |
En
Como otro cualquiera se «regalaron» unos 16 temas,
entre ellos «Cubano por donde tú quieras», «Negrona»,
«Ay, mamacita», «Ganas de ti», «El son de María y
Manolo», «Aquí el artista soy yo», «Del brazo de las
ganas», «Necesito», «Juana», «Sin ti mi vida no sabe a
ná», «Vuelve con Filiberto», «Speldrum», «La canción del
buzo», y «Chao Lulú»; todos aplaudidos por el nutrido
público que colmó la sala, que resultó pequeña para este
encuentro con la música de este joven trovador.
Horas
antes del concierto conversamos con Bécquer y estas eran
sus expectativas.
«Será
para mí un concierto muy especial porque por primera vez
voy a trabajar con un grupo de músicos, nunca he hecho
un concierto grande. Me gusta la guitarra sola, incluso
cualquier cosa que suceda es responsabilidad mía y de mi
guitarra y lo asumo, pero ya con banda hay que respetar
los tiempos para no perderse. Quiero probar a ver qué
sucede y también complacer a mucha gente que desea oír
mi música con acompañamiento porque lo pide».
¿Será ése el camino de la experimentación?
Tal vez, pero siempre se está experimentando, incluso
con una guitarra, pero quiero ver qué pasa con esto y no
voy a dejar la guitarra atrás. Lo que busco es un apoyo
no un gran arreglo.
¿Según tú, cuál es la diferencia?
Está el súper arreglo, la súper orquestación donde los
músicos se lucen, donde se trabaja más en función de la
música que del trovador mismo. El apoyo es el trovador
con su guitarra con un grupo de músicos para dar una
sonoridad, para que se sienta la clave, el bongó. Se
trata de que el trovador se adapte al grupo.
Y en ese juego de dame y te doy, ¿cómo quedan los
textos?
No son los arreglos, lo que afecta es el sonido. Aquí en
Cuba cuando ocurren estas cosas el grupo se va por
encima del artista, como que se lo traga. Por ejemplo,
Silvio Rodríguez y Afrocuba —que es una gran
orquesta con grandes arreglos—, pero la voz de Silvio
tenía que escucharse y los textos estaban en un primer
plano. Cuando Silvio arrancaba, el arreglo iba por
debajo y cuando Silvio paraba el grupo volvía a tener su
protagonismo. Es buscar el justo medio para que ambos
brillen en su medida.
Recuerdo que hace ya un tiempo fuiste invitado por el
cantautor uruguayo Daniel Drexler a cantar durante un
concierto que ofreció en Bellas Artes titulado Full
time…
Fue muy especial trabajar con Drexler, un artista muy
conocedor de los ritmos; toda su familia es de músicos,
Jorge, Diego y Paula Drexler, todos son médicos y es una
familia muy respetada en el mundo de la música en
Montevideo. Drexler estaba muy interesado en conocer y
aprender los ritmos cubanos, quería aprender a tocar son
y el trabajo fue muy bonito. Ese tipo de intercambio
hace mucha falta y pocas veces se logra.
Hace poco en el Centro Pablo se efectuó un encuentro con
un trovador español y fue muy enriquecedor. Eso tiene
que hacerse más a menudo; algo hizo Vicente Feliú con
Canto de todos en el 2000, también el Puente
Musical Cuba-Estados Unidos, en el que tuve la
suerte de estar, pero creo que deberían existir más esos
encuentros, pero no solo entre los trovadores de otros
países, sino entre nosotros mismos.
En las provincias, por ejemplo, hay otra sensibilidad y
eso tiene que ver, creo, con la dinámica de cada cual.
No es lo mismo vivir en Santa Clara que en la Ciudad de
La Habana. Allí no se choca con las cosas que tropezamos
en la capital y eso se refleja en el lenguaje que es un
poquito más sano y tradicional porque las influencias
musicales en la capital tienen más posibilidades de
mezclarse. Santiago de Cuba es otra historia y está
considerada la ciudad más caribeña de toda la Isla y
tiene la influencia directa del son, de otra forma de
vida también, otro lenguaje, incluso.
¿Cómo llegas a la trova?
De
manera accidental, siempre veía a las gentes en los
parques tocando la guitarra y eso me llamaba la
atención, pero nunca pensé en hacer una canción ni nada
de eso. Tenía un amigo —que no tiene nada que ver con la
trova y hoy maneja un taxi para el turismo— quien tenía
una guitarra y me enseñó unos cuantos acordes y cosas
sencillas. También algunos temas de Silvio que me
resultaban más difíciles, pero los sacaba con dos o tres
acordes; «Yolanda», de Pablo Milanés, pero la esencia
era impactar a las muchachas y por ahí empezó la cosa.
Fue algo como un juego que comenzó teniendo una
guitarra, después haciendo canciones, y ahora estoy
metido en algo muy serio, complicado y con
responsabilidad. De repente, veo que tengo que responder
ante un público y que debo contribuir a salvar la
cultura de mi país.
¿Formación?
Estudié nivel elemental de guitarra en la escuela Félix
Varela. De canto recibí clases dos años con profesores
particulares, pero creo que no me vendrían mal unas
clasecitas.
¿Y de los trovadores de tu generación?
Rolando
Berrío, de Santa Clara, integrante del Trío
Enserie, que está haciendo cosas en solitario; está
fuera de serie aunque hay muchas otras gentes buenas. Es
muy complicado.
¿El Centro Pablo?
Lo
máximo porque, más allá de las oficinas y del apoyo
institucional, existe un apoyo personal, de amistad y de
respeto. Cuando uno llega al Centro nadie te dice:
espérate ahí, ni te deja esperando. Cualquiera de los
trovadores, incluso algunos que el Centro no conoce
llega allí y lo reciben a la hora que sea. Se respeta
mucho el arte y el trabajo del trovador; el artista es
lo primero y uno lo siente. |