|
TRADICIONES
CUBANAS DE HOY
Alberto Garrandés
|
La Habana
Desde hace ya algún tiempo, ni más ni menos que dos
siglos, la literatura cubana, en especial la narrativa,
se entiende bien con ese sugestivo organismo que los
estudiosos de nuestro siglo diecinueve denominan
cuadro de costumbres. Se trata, en tanto mecanismo
de narratividad (no importa si de alta o baja densidad),
de una célula básica para la constitución de las letras
nacionales, e incluso para el desarrollo pacífico de la
querella entre el realismo y el romanticismo.
Nancy Alonso, la autora de los cuentos que figuran en
Tirar la primera piedra (1997), ganó en 2002 el
Premio de Narrativa Femenina «Alba de Céspedes» con un
cuaderno de relatos titulado Cerrado por reparación.
Contiene once piezas unificables. Once narraciones con
un obvio grado de independencia que se confirma hacia el
final del volumen, cuando entramos en cierta oficina
fantasmática, solitaria y que viene a constituirse en
una tipología de la vida cubana más común.
Nancy Alonso, puedo presumirlo, no ambiciona desarrollar
artefactos textuales poseedores de gran brillantez
estilística, ni anhela impresionarnos con la voluntad de
poner en funcionamiento estructuras narrativas amparadas
en el juego estructural, desde las cuales el relato
acostumbra separarse violentamente de su zarandeada
misión de contar una historia. Nancy Alonso quiere que
escuchemos determinados hechos, que nos asomemos
a la vida cotidiana y seamos testigos de ciertos
aconteceres. Más bien desea aposentarnos en el
interior de algunas vivencias razonablemente esenciales
más allá de su posible comicidad o de su natural
patetismo. Su propósito es, creo, ese: hacernos regresar
al centro de la vida, pero sin abandonarse a los efectos
de lo que he llamado virus de la testificación,
enfermedad de la que pueden librarse solo aquellos
escritores en quienes no existen confusiones acerca del
compromiso de la literatura con lo real, un problema tan
serio que parece algo ominoso.
En
lo concerniente a la escritura de cuentos y novelas, el
compromiso con lo real puede ser, me parece, de dos
tipos: por un lado, el levantamiento de historias de
excepción (por lo que ellas nos cuentan al analogizar y
modelar la vida) para comprender la naturaleza humana,
y, por otro lado, la concepción de historias (inundadas
en alguna medida por lo irreal) que, de pronto, se
transforman en algo extraordinario gracias al lenguaje
en que se expresan y debido a su peculiar manera de
agregar realidad al mundo conocido. Cerrado por
reparación contiene ejemplos del primer tipo.
Lo
cubano ha devenido un plexo de relaciones, símbolos y
efectos de percepción que muchas veces entra en la fase
del estereotipo. Nancy Alonso evita con cuidado irrumpir
en ese pantanoso territorio y ofrece, desde la
perspectiva de la situación dramática como experiencia,
unos textos que intervienen provechosamente en el
estereotipo al modificarlo por medio de ciertos
vectores de desarrollo. Estos —escenografías que
cultivan la extrañeza, personajes que se apartan un poco
(lo suficiente) de un exhausto y aburrido repertorio—
son capaces de interrogarnos con frescura acerca de la
literariedad de su propia configuración.
Uno puede imaginar al expedicionario de «La excursión»
entregándose al arte de localizar teléfonos que sirvan.
Podemos, incluso, sentir el aire algo ingenuo que sopla
desde los preparativos de ese hombre valiente. Pero
dicho aire contiene una dosis de sarcasmo que, aun
cuando se nos antoja pequeña y casi inocua, no deja de
causar un efecto tras el cual aquella ingenuidad se pone
en entredicho. Lo mismo nos pasa cuando terminamos la
lectura de «César», donde la comunicación sentimental le
gana la partida al hambre, en medio de una progresión
contaminada de absurdos seriados y en un contexto que
favorece la proliferación de ideas impracticables, de
una emotividad próxima a la enajenación.
«Una visita informal» reproduce, con gracia detectable
en la realidad de nuestros días, una tipología del
subdesarrollo cultural. Y aunque resulta imposible
evitar el recuerdo de aquella célebre película titulada
Bienvenido Mr. Marshall, el desenlace de «Una
visita informal» regresa al sabor entre ácido y amargo
que es posible notar en la humorada sobre la que se
asientan varios cuentos de la colección, como «La
prueba» y «Motín a bordo». El primero, con esguinces y
escamoteos que Nancy Alonso maneja muy bien, nos cuenta
cómo una mujer cultiva amorosamente su úlcera de manera
que el tiempo de su dieta de leche nunca expire; en el
segundo el espacio es el de una guagua de estos tiempos
en Cuba, un genuino sistema de intercambios dramáticos
que deviene espacio para el grotesco y el absurdo
dialógico.
Pero donde el non-sense se rinde a una
metamorfosis y es encauzado mediante una notación
distinta, apta para describir el tránsito del absurdo
(vecino aquí de lo total) a una especie de lirismo de
resistencia, es en «Historia de un bache», narración
en la que una mujer triunfa sobre el desánimo y la
desidia al convertir un peligroso bache (donde de pronto
empieza a crecer un flamboyán) en el pequeño jardín que
siempre quiso tener. La historia del bache es tan
singular como la que nos revela la índole de la
repentina enfermedad del Padre Cosme, precisamente el
día de los bautizos. Nancy Alonso nos revela paso a paso
la angustia y el cansancio del diácono Troadio, el
proceso de su desesperación al experimentar los
desórdenes del tumulto de niños, madres, padres y
padrinos aquel significativo 17 de diciembre en la
iglesia. Sabemos de la indisposición del Padre Cosme,
pero nos damos cuenta de que ella no es sino una
flagrante excusa. El Padre Cosme está ahí, bajo la piel
del cuento, escondido, acaso riendo al imaginar las
desventuras de Troadio.
«Nunca se acaba» y «El viaje» son dos crónicas fictivas
muy bien hilvanadas acerca del vericueto y la invención
de dispositivos en un entorno signado por la
sobrevivencia y, en ocasiones, por un personaje
inmortal: el pícaro. Por una parte, un viejo matrimonio
que prefiere resolver rápidamente el dilema de las
goteras mediante el uso de capas de agua, al percatarse
del laberinto en que la vida podría convertirse cuando
el cubano de a pie —ellos mismos, dos ancianos solos— se
decide a permutar su vivienda. Por otra parte, un
caracoleante y alambicado caso de estafa sobre el que
gravitan el humor, el desconsuelo y una aflicción teñida
de asombro. Y todo alrededor de un viaje de trabajo
urdido por un falso funcionario del Ministerio de
Colaboración Económica.
Pero lo realmente significativo en este libro es la
presencia, al final, de un relato aglutinador, un texto
que une, sin emprender la graficación correspondiente,
las vidas, tropiezos y vicisitudes de varios personajes
anteriores. El momento en que Venancio, el anciano
abuelo, regresa del círculo infantil —radiante porque ya
el círculo funciona— y le entrega a Ramón, jefe del
Departamento de Atención a la Población, una tablilla
que dice «cerrado
por reparación», es dramáticamente inefable. Por
fin el círculo ha reabierto sus puertas y Venancio es
feliz. No sabemos si sonreír o si apenarnos ante ese
gesto de agradecimiento. Esa inseguridad es posiblemente
la misma que alcanza a Ramón y lo impulsa a hacer lo que
en efecto hace: cerrar el departamento —que se halla en
un inmueble apuntalado—, no sin antes quitarle el calzo
a una viga principal y colgar afuera el mismo cartel: «cerrado
por reparación». Ramón se despide de su trabajo y
le abre la puerta al caos.
¿Qué ha escrito Nancy Alonso? Pues un cuaderno de
relatos formalmente clásicos, claro está. Solo que aquí
tenemos el embrión de un espacio novelesco, ya que,
gracias al gran gesto de Ramón, y gracias a la índole
conclusiva de ese último cuento, el libro todo se
transforma en una protonovela sobre la vida habitual en
esta Habana increíble del tercer milenio. |