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Juan Gelman |
México

Sería incorrecto y aun injusto afirmar que en Estados Unidos impera un régimen nazi. Solo que abundan las similitudes ideológicas. El 20 de septiembre de 2001 declaraba el presidente Bush: «Los estadounidenses se preguntan ‘¿por qué nos odian?’. Nos odian por lo que se ve aquí mismo, en este salón: un gobierno elegido democráticamente. Los líderes de ellos se autoeligen. Nos odian por nuestras libertades: nuestra libertad de credo, nuestra libertad de expresión, nuestra libertad de votar y de reunirnos y de tener desacuerdos entre nosotros». El 31 de diciembre de 1939 dijo en su mensaje de Año Nuevo Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich: «Odian a nuestro pueblo porque es decente, valeroso, esforzado, muy trabajador e inteligente. Odian nuestras concepciones, nuestras políticas sociales y nuestros logros. Nos odian como Reich y como comunidad. Nos han obligado a una lucha de vida o muerte. Nos defenderemos en consecuencia».

En el 2001, Richard Perle, ex presidente pero siempre miembro de la Junta de políticas de defensa del Pentágono, vociferaba: «No hay etapas. Esta es la guerra total. Luchamos contra una variedad de enemigos. Hay muchísimos afuera... hay que lanzar una guerra total contra esos tiranos (de Afganistán, Iraq et al.), pienso que nos irá muy bien. Nuestros hijos cantarán grandes canciones sobre nosotros en los años que vendrán». Lo había dicho Goebbels más de medio siglo antes (1943): «La guerra total es el imperativo de la hora. El peligro que enfrentamos es enorme. Nuestro esfuerzo debe ser parejamente enorme... Quienes hoy no entienden esta lucha mañana nos agradecerán de rodillas que la hayamos emprendido». No es igual, pero es lo mismo.

Estas cercanías nada tienen de casual. La mayoría de los llamados neoconservadores o «halcones gallina» de Washington siguen las enseñanzas de Leo Strauss, filósofo judío nacido en Alemania, de ideas complejas en la materia pero directas en otro ámbito: pensaba que en la vida política la mentira es norma y, además, necesaria. Y también: están capacitados para gobernar los que advierten que no hay moralidad alguna en este mundo y solo existe un único derecho natural, el derecho del hombre superior a dirigir al inferior. «Causa un placer secreto muy especial ver cómo quienes nos rodean ignoran lo que les está pasando realmente» (Adolfo Hitler). Placer que, sin duda, comparten el subjefe del Pentágono Paul Wolfowitz, el juez de la Corte Suprema Clarence Thomas y el fiscal general de la nación John Ashcroft, entre otros pilares de la práctica straussiana en EE.UU. Desde luego, William Kristol, presidente del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense que preconiza la hegemonía militar yanqui en el planeta entero, empezando por Iraq.

Dos figuras de gran peso en el ámbito intelectual del nazismo protegieron a Strauss: su colega Martin Heidegger y el filósofo del derecho Carl Schmitt, autor de la justificación jurídica y legal del ascenso del nazismo al poder.

Schmitt lo ayudó a salir al extranjero con una beca de la Fundación Rockefeller en 1932. Como judío, el inspirador de los ocupantes de la Casa Blanca —no solo de ella— no tenía lugar en esa Alemania. Años después se instaló en EE.UU., donde dictó cátedra en Nueva York y Chicago. Encandiló a no pocos estudiantes. De 30 años a esta parte sus discípulos se fueron instalando en los departamentos de ciencias políticas de las universidades norteamericanas. Crearon una escuela straussiana que goza de peso político, continuidad e influencia, fenómeno que no se ha dado con otros filósofos de la nueva derecha. La escuela ha delineado modelos de juicio tales como la utilidad social del patriotismo y de la religión, aunque Strauss era ateo. Consideraba, eso sí, que el concepto platónico de «verdad» es demasiado insoportable para la gente común y que la «virtud» como fin del comportamiento humano es una meta imposible. La verdad solo está al alcance de una elite que la guarda para sí y engaña al resto. Es normal que estas ideas atraigan al equipo de Bush y conformen su ejercicio político, especialmente el exterior. Que en Iraq se encuentren armas de destrucción masiva o no se encuentren es lo de menos. La guerra es «preventiva» y tiene que venir antes.

«Dado que la humanidad es intrínsecamente perversa, debe ser gobernada —escribió Strauss. Ese gobierno, sin embargo, solo se puede establecer si los hombres están unidos, y solo se los puede unir contra los otros».

Hace falta entonces una amenaza de afuera y, si no la hay, se la fabrica. Hermann Goering, el segundo del Führer, no pensaba muy distinto: «El pueblo, claro, no desea la guerra. Pero es el líder del país el que determina la política y siempre es fácil arrastrar al pueblo... Eso es fácil. Todo lo que hay que hacer es decirle que está siendo atacado y acusar a los pacifistas de antipatriotas y de exponer al país al mayor de los riesgos». Bush hijo y su entorno interpretan esta partitura cabalmente. Y aun otras más antiguas. «Para el gobernante es necesario ser un gran simulador y un gran disimulador» (Niccolò Machiavelli, 1469-1527).

Tomado de Página 12.

 

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