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¿CRIMEN O CASTIGO?
Rosa Miriam Elizalde
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La Habana
Tengo ante mí el
diario de una anónima mujer que alguien hizo llegar
hasta Juventud Rebelde, en los días en que
escribía una serie de artículos (1)
sobre la prostitución (2)
en Cuba. Mis trabajos, sazonados con el diálogo de los
lectores, eran el resultado de varios años de obsesiva
búsqueda de un porqué al fenómeno que, a finales de los
80, emergió en la vida nacional de un modo
desconcertante. Sin esperarlo, una muchacha que no se
identificaba —salvo
para decir que tenía 24 años y había nacido en Villa
Clara—,
puso en mis manos su historia más íntima y el intento de
justificar ante sí la decisión de vender el cuerpo.
Era evidente que esa
mujer no quería verse en el espejo como era y construía
una fábula propia, una versión tropical de la
Cenicienta, y de golpe me di de bruces con un elemento
que, de tan evidente, no había visto hasta entonces en
su justa trascendencia: cuánto pesan los mitos en la
institución consagrada al comercio sexual.
«Mi cuerpo no soy
yo», escribía la mujer en algún momento, deslindando su
«ser» de su «alma» para defenderse, en primer lugar, de
su conciencia crítica. «Mi cuerpo no soy yo»
significaba un distanciamiento, el establecimiento de un
área de peligro y extrañamiento que le impedía desear y
ser deseada, la demarcación de un espacio libre para ser
sometido por otro.
Después de haber
entrevistado a numerosas prostitutas y proxenetas, hasta
ese momento nadie me había hablado de manera tan gráfica
del drama del ser humano que se vende y que somete su
existencia a una dualidad, a una esquizofrenia que en la
práctica parte el cuerpo en dos. Nadie como el esclavo
sexual vive con mayor violencia el drama del despojo de
su yo más íntimo. (3)
«Es posible —me
decía un amigo—
vender el alma y mantener intocado el cuerpo. Pero es
imposible vender el cuerpo, sin lastimar el alma.» La
mercancía es el placer; o la imagen que se tiene del
placer; la mercancía son los valores y la cultura, la
dignidad y los referentes sociales, y el enorme valor de
este «producto» ubica a la prostituta (o) en una
posición más desventajosa que quien está sometido a la
forma más usual de esclavitud, donde la fuerza de
trabajo es alienada, pero no la intimidad.
El mito es un
componente esencial de la aventura erótica en el
comercio del sexo
—es
la publicidad de la «mercancía»—,
pero es sobre todo la coartada que sostiene la doble
moral sexista. Casi todos los mitos parten de un error,
difundido en épocas recientes, que asegura que la
profesión femenina más antigua del mundo es el comercio
sexual. La frase sugiere que la prostitución es un
atributo innato en la mujer y, por tanto,
definitivamente inevitable. Sin embargo, en muchas
sociedades llamadas «primitivas» no se ha conocido y aún
no se conoce esta práctica, algo que confirman la
arqueología y la mitología populares donde las mujeres
suelen aparecer en prácticas de nobles profesiones
—alfareras,
artesanas, aurigas, maestras, recolectoras, porteadoras.
Pero esto lo ignoraron los historiadores durante siglos
de reinado patriarcal (4)
y hoy sigue siendo una presunción que se reproduce con
ligereza, incluso en tratados de educación sexual.
Comprender la
relación entre el mito y la prostitución como forma de
esclavitud conduce necesariamente a reconocer que esta
práctica no es una tragedia aislada. Todos los actos de
violencia sexual
—cualesquiera
que estos sean—
están cuidadosamente entrelazados con estructuras
económicas de dominación que pretenden hacer invisible o
enmascarar la práctica, y que difunden y entrecruzan los
prejuicios a la orden de la moral reinante.
Cuba no está aislada
de este contexto. Entre nosotros circulan no pocos mitos
y prejuicios en torno a la mujer y a la prostitución.
Algunos tan viejos como la historia moderna; otros
reforzados por la subcultura que se va entretejiendo en
el ambiente prostituido y que impone allí códigos que a
veces desbordan lo marginal. Sobreviven mediatizados por
la experiencia de un país que eliminó del ámbito social
durante décadas el comercio del sexo
—a
la manera tradicional, como una transacción directa
entre prostituta (o) y cliente—
y donde la prostitución reapareció hace poco más de una
década con características singulares (5),
pero no totalmente desligadas del referente
internacional.
Además de «mi cuerpo
no soy yo» o «la prostitución es el oficio más viejo del
mundo», hay decenas de mitos de esta naturaleza que
ilustran la doble realidad sexual y la calidad
intercambiable de los términos «mujer» y «prostituta».
Mi trabajo como periodista me ha hecho detenerme más de
lo usual en el significado de las palabras, en la
armazón de las frases, y tal vez por eso, puse atención
a algunas de estas en las cartas que llegaban a la
redacción y en las entrevistas que realicé a
especialistas y a hombres y mujeres dedicados a la
prostitución que reproducían tales mitos sin detenerse
en los nudos interiores de conceptos como «mujeres de
vida fácil», «jineteras, sí; prostitutas, no», «mujer
perdida», entre otros que necesitarían una meditación
sociológica profunda a la luz de nuestra realidad
social. De todas formas, aventuro mis opiniones porque
creo que la mirada desde este ángulo me ayudó a entender
la naturaleza de la prostitución en la Isla. En
particular, creo que ilustra un hecho todavía no
suficientemente entendido entre nosotros:
independientemente de las diferencias que el modelo
económico y político cubano impone al fenómeno, la
prostituta (o) siempre es una víctima.
1-MUJERES DE VIDA
FÁCIL
Llamar a las
prostitutas «mujeres de vida fácil» o, peor, de «vida
alegre», convención que también es frecuente en Cuba, es
una de las mentiras más escandalosas que puedan decirse
en este planeta lleno de mentirosos. Esas definiciones
fueron, sin duda, acuñadas por los clientes: pertenecen
al ámbito del comprador, que se libera de culpas cuando
paga; a la experiencia particular del cliente que
encuentra en la prostitución un lugar seguro, con
personas que jamás dicen no y garantizan el placer, o
la imagen que se tiene del placer.
La vida de una
prostituta no es ni fácil ni alegre, pero están tan
asentados los prejuicios sexistas, que a veces, hasta
ellas mismas, se apoderan de esa imagen frívola que
resta culpabilidad al cliente y al proxeneta, dos
elementos de la cadena que para mí tienen igual o
parecida peligrosidad social por su papel determinante
en la institucionalización de la explotación sexual.
Como el proxeneta, el cliente es un corruptor: «La idea
de poder comprar un ser humano como un objeto que uno
puede emplear como uno quiere, es completamente
aberrada. Esta clase de sexo no tiene que ver con el
placer, sino con el poder» (6),
afirma la Ley Sueca sobre la Prostitución, emitida por
el Parlamento de ese país, el primero en el mundo en
penalizar al cliente.
En una investigación
monumental (7),
tal vez la más ambiciosa que se haya hecho en Europa en
cuanto a número de mujeres prostituidas consultadas
—1
700—,
la Presidenta de Honor de Médicos del Mundo, Pilar
Estébanez, registra algunos datos que prueban que el
sino de la prostituta, lejos de ser alegre o fácil, es
trágico: El 83 por ciento solo tiene estudios primarios,
«atienden» una media mensual de 77 clientes, el 20 por
ciento es drogadicta, el 12 por ciento es portadora del
virus del SIDA, en general tienen un conocimiento de los
métodos anticonceptivos notablemente inferior que la
media de las mujeres europeas... Pero esto no es más que
la punta del iceberg: están mucho más enfermas de todo
que el resto de los segmentos poblacionales. Tienen más
infartos, más úlceras, más diabetes, más alergias, más
artrosis. «Tienen más dolor de vivir», apunta Pilar,
quien citaba el testimonio de una de las entrevistadas:
«Lo peor no es el asco, y hay muchos que te dan asco.
No, lo peor es el miedo que se pasa en ese trabajo. Un
miedo horrible».
Marginadas,
humilladas, indefensas y olvidadas, las prostitutas
conforman uno de los grupos más trágicos de la vida
moderna. Sea cual sea la legislación y la actitud de las
autoridades, en el común de las sociedades la
prostitución es una actividad devaluada socialmente y
considerada como un mundo aparte del normal discurrir de
la nación (8).
Cuba no es la excepción, por más que en ámbitos
marginales se intente encubrir o justificar el comercio
sexual con estrategias de supervivencia económica y se
interprete, como ascenso social, el matrimonio con un
extranjero (a), relación interesada mediante.
Varias
investigaciones y aproximaciones al fenómeno de la
prostitución en Cuba realizadas en la década de los 90
(9), coinciden en los enormes
riesgos para la salud que corren los jóvenes,
independientemente de las garantías sanitarias que
ofrece el país a todos sus ciudadanos. El alcohol
siempre está presente, mientras la droga y la violencia
no se descartan en una transacción donde la posibilidad
de contraer el SIDA mantiene la inquietud de la ruleta
rusa como ingrediente esencial de la relación.
Si la trasgresión
sexual y de las lealtades sentimentales, el juego de
dominación entre hombre y mujer, y el consumismo y la
ostentación son ingredientes esenciales de las
sociedades competitivas y desestructuradas de las cuales
suelen provenir los clientes (10),
en la prostitución nacional esos rasgos se marcan de
modo muy acentuado y no suelen compensarse con el nivel
de instrucción relativamente alto de los actores, ni con
una relación que puede llegar hasta ciertos niveles de
afecto entre la prostituida (o) y el prostituyente, a
diferencia del comportamiento más generalizado en la
prostitución tradicional en el mundo. (11)
A las mujeres que
entrevisté, por ejemplo, las unían varios elementos que
apuntan hacia una profunda laceración de su autoestima,
aún cuando se empeñaban en disimularlo. La mayoría era
incapaz de lograr el orgasmo y las relaciones con el
cliente siempre estaban bordeadas de angustia e
inseguridad. Cuando les preguntaba qué les molestaba del
cliente, casi todos hablaban de incomprensión, escenas
de violencia, autoritarismo... La felicidad es algo a lo
que ya no aspiran, salvo aquella que provenga del poder
de las cosas. Se establece una cadena de posesiones que
enmascara los sentimientos de culpabilidad: el cliente
posee el cuerpo de otro; gracias a eso, el cuerpo («mi
negocio, que no soy yo») posee cosas que los demás no
tienen y, por tanto, lo hacen «superior» y envidiado en
un contexto de escasez y diferencias sociales que
empiezan a ser evidentes en la vida social del cubano.
Una lógica compensa
la otra. La obsesión del cliente, cuando transa con esta
prostituta (o), es la misma en ambos: el sueño de la
posesión. El drama de las mujeres que entrevisté era
haber llegado a la convicción de que la felicidad
—la
alegría—
ya no estaba en sus planes y algunas solo se aferraban
al providencialismo de un príncipe azul (forrado de
dinero) que las «estabilizara». La elección suponía para
ellas, necesariamente, prescindir cada vez más de la
autonomía y del disfrute de su cuerpo. Con motivaciones
diferentes, ellas terminan igual que las otras que no
les queda otra alternativa que irse a la prostitución
para sobrevivir: «La sexualidad no existe; es imposible
cuando una persona se encuentra en una situación sexual
donde no hay reciprocidad y donde no están juntos por
voluntad de ambos». (12)
2-TODAS LAS
MUJERES SON PUTAS
La identidad de una
mujer que ejerce la prostitución se construye en torno
al estigma, al rótulo de ser diferente, de ser indigna
de aceptación social. Pero no existe una imagen única de
la prostituta. «No hay mujer que no resulte sospechosa
de mala conducta. Según los boleros, todas las mujeres
son ingratas; según los tangos, son todas putas (menos
mamá)», escribe Eduardo Galeano (13),
mientras que para Marcela Lagarde (14)
la prostitución, en realidad, se incluye en un
término mucho más amplio, el de «puta», el cual se
utiliza para despreciar a cualquier transgresora en el
ámbito de la sexualidad.
«Ideológicamente se
identifica «puta» con «prostituta», pero «putas» son
además, las amantes, las queridas, las edecanes, las
modelos, las artistas, las vedettes, las exóticas, las
encueratrices, las misses, las madres solas o madres
solteras, las fracasadas, las que metieron la pata, se
fueron con el novio, y se salieron con su domingo siete,
las malcasadas, las divorciadas, las mujeres seductoras,
las que andan con casados, las que son segundo frente,
detalle, o movida, las robamaridos, las que se acuestan
con cualquiera, las ligeras de cascos, las mundanas, las
coquetas, las relajientas, las pintadas, las rogonas,
las ligadoras, las fáciles, las ofrecidas, las
insinuantes, las calientes, las cogelonas, las
insaciables, las ninfomaníacas, las histéricas, las
mujeres solas, las locas, la chingada y la puta madre, y
desde luego, todas las mujeres son putas por el hecho de
evidenciar deseo erótico, cuando menos en alguna época o
en circunstancias específicas de sus vidas.»(15)
En Cuba, donde las
acciones en torno a la liberación de la mujer han sido
calificadas como otra revolución en la Revolución
(16) y sitúan al país en
posiciones de liderazgo en cuanto a regulaciones
laborales que las benefician, ese mito de
mujer-prostituta ha caído totalmente en descrédito a
nivel social, lo que no significa que suceda lo mismo en
el interior de todas las familias. Aquí la superación de
los estereotipos tradicionales va a paso mucho más lento
y, en algunos grupos, se manifiestan patrones
socioculturales discriminatorios y estigmatizantes.
(17)
Sin embargo, el
intento de enmascarar la práctica y el nombre de la
prostitución, tanto por quienes se dedican al comercio
sexual, como por quienes se benefician directa o
indirectamente de este, evidencia un distanciamiento de
la memoria histórica que condena al peor eslabón social
a los que se dedican al comercio del sexo y, en cierto
modo, un malestar por permanecer en una práctica a la
que se vinculan a veces de modo muy inestable. En las
mujeres que entrevisté se observaban a simple vista
conflictos de identidad: entre una identidad social
marcada por el estigma de ser prostituta, y una
identidad personal que intentaba oponerse a él y eludía
el término con argucias que aparentemente le salvaban la
autoestima. Acudían a relatos imaginarios, difíciles de
contrastar con la realidad, pero que las dignificaba
frente a un cliente que desconoce el contexto cubano y
las evalúa por el referente social del que forma parte:
«Yo le cuento al yuma
(18) un drama,
que si mi mamá está loca y me botó pa’ la calle, que si
mi hijo no tiene qué comer. Hay que ablandarle el
corazón pa’ que suelte el fula
(19). Nadie
dice que es prostituta, esa es una palabra muy fuerte y
muy fea... » (A.M, de Ciudad de La Habana).
En el caso cubano, no
es en el nivel social ni en el individual donde más se
revela este mito «mujer=prostituta», sino en los medios
de prensa internacionales. Cuba ha vivido la experiencia
insólita de la manipulación política del drama de la
prostitución, al ser el centro de una campaña
internacional en la cual se presenta a las cubanas,
todas, como potenciales objetos de venta. «Te sentirás
observado por cientos de mujeres asequibles», comienza
un artículo de la revista Man
(20), cuya
tesis, desgraciadamente, no ha sido excepcional en los
últimos diez años de Período Especial. En 1997, la
revista italiana Viaggiare
(21)
proponía medalla de oro para Cuba
—el
primer lugar—
como destino del turismo sexual. Según la publicación,
la Isla solo fue superada en el «nivel erótico» por ocho
países africanos que lograron, en conjunto, 26 de los 30
puntos posibles. Esta visión se ha mantenido
prácticamente inalterable en la última década. Mientras
redacto estas líneas, un amigo me hace llegar la revista
Deep, de México, que circula también en Estados
Unidos y trae en su última edición un artículo
aderezado con fotos de mujeres semidesnudas. El primer
párrafo de «Cuba, sensualidad caribeña», dice: «Cuba es
conocida como el burdel más grande del mundo, donde los
turistas pueden vivir noches de sexo indescriptibles.
¡No esperes más y conoce con nosotros la zona más
caliente de esta sensual y erótica isla!»(22)
Al vincular la
reaparición de la prostitución en Cuba con las medidas
puestas en vigor para fortalecer la economía, en
realidad lo que se ha intentado demostrar es la
inviabilidad de su proyecto social. Sin matices y
encubriendo el fenómeno se ofrece, como máxima evidencia
de desintegración política del sistema cubano, el
regreso de un tipo de comercio desaparecido en las
primeras décadas de la Revolución. «Esa campaña pretende
presentar a la cada vez más elevada cifra de turistas
que visitan la Isla, como una oleada de machos
hambrientos de sexo, que encontrarían satisfacción a sus
deseos en una isla azotada por la miseria, cuyas mujeres
se venderían por un plato de lentejas»(23),
diría un periodista español que protagonizó una polémica
sobre el tema en la revista Cambio 16.
Es muy frecuente el
intento por demostrar que la economía crece gracias al
mercado del sexo y no ha faltado quien, temerariamente,
le adjudique a Cuba la patente de un «imperialismo
erótico», al intentar explicar las señales de
recuperación económica de un país bloqueado.
(24) En este tipo de análisis,
por supuesto, la imagen de la prostituta cubana aparece
descontextualizada. Como por regla el fenómeno se señala
de manera superficial y se ofrece una información
parcializada, el extranjero asume que la prostituta de
la cual se le habla no se diferencia, en lo esencial, de
la que se vende en los prostíbulos y en las calles de su
ciudad y que se inserta en un mercado altamente
organizado y lucrativo, algo que está bastante lejos de
la realidad cubana.
Como fórmula
matemática que se cierra en sí misma, la ecuación
«mujer=prostituta=Cuba» ha terminado presentándose como
otra versión del mito que dice que todas las mujeres son
putas: es la identidad estigmatizada de un país y la
versión tropical del fracaso del socialismo. Directa o
indirectamente, lo que se vende como imagen es la
posibilidad de someter a la nación cubana. Que «todas
las mujeres son asequibles» no solo dice que se puede
comprar la sexualidad y el poder sobre otro ser humano
—y por extensión, apoderarse de un país por un período
de tiempo previamente establecido—, sino que se puede
disponer de la intimidad, el ámbito que en los seres
humanos, sean de donde sean, está más relacionado con la
vergüenza y el tabú.
3-JINETERA, SÍ;
PROSTITUTA, NO
Este mito es tal vez
el más socorrido en el ámbito de la prostitución en
Cuba. ¿Qué es jineterismo? Un concepto que no solo
involucra a la prostitución, aunque la contiene, y que
como término de moda de una época todavía está por ver
si nos seguirá acompañando. Así ha ocurrido con otras
voces más o menos coyunturales, dígase merolico y
candiñas, o fletera y carretillera —estas últimas
designaban a las prostitutas de baja categoría que se
ocupaban de los fletes o flotas llegadas al Puerto de La
Habana—, y que terminaron por caer en el olvido.
Jineteros fueron, en
primera instancia, aquellos que en el mercado negro se
dedicaban a cambiar la moneda cubana por la extranjera,
cuando aún no estaba despenalizada la tenencia de
divisas en Cuba (25),
y por extensión, el término empezó a tipificar varias
actitudes de un grupo marginal y heterogéneo en el que
se encontraban la muchacha y el muchacho que le ponían
precio al cuerpo.
Palabra nueva que
desde siempre los propios involucrados se negaron a
asumir como un estigma, con una connotación peyorativa,
ha terminado siendo en algunos ámbitos marginales o
filomarginales un acomodo semántico de cierta cultura
del resolver, de la lucha, y por tanto, se
acepta y hasta se justifica, con benévola y sospechosa
condescendencia, particularmente si se contrapone con el
término prostitución. « ¡Qué va, prostitutas había
antes, yo soy una jinetera, una luchadora!»
(26), era la respuesta común
entre las personas que entrevisté.
En realidad, lo que
se establece es un juego de máscaras que disimula
simultáneamente la palabra y el hecho. Además de la
estrategia de encubrimiento del nombre, paralelamente la
prostituta (o) se inventa una historia sobre los
diversos «oficios» que acompañan el «jineterismo» para
dignificarlo. Esto no es excepcional: es una
característica de la prostitución tradicional señalada
por varios autores (27)
que tiende otro lazo de acercamiento a la prostitución
en Cuba. Se intenta evadir el estigma, impedir que otros
lo reconozcan: «Siempre digo que soy bailarina» (M.P, de
Holguín), o: «Me protejo (...); y digo que soy
enfermera» (Y.A, de Las Tunas).
Ervin Goffman asegura
que cuando existe el estigma, la identidad personal y la
social dividen espacialmente el mundo de la persona. En
la prostitución tradicional, hay un contexto de
relaciones en el que ella (o él) se muestra como es; y
existe otro en que la persona se manifiesta de acuerdo
con el estatus social que se inventa. Ambos yoes
necesitan ser diferenciados para resguardar el yo
personal del dedo acusador de la sociedad. Para una
mujer que ejerce el comercio sexual resulta muy
perturbador encontrarse en un espacio de prostitución
con una persona que no le conoce esta faceta. Lo mismo
le ocurre a la prostituta cubana: «Cuando estoy
jineteando, siempre tengo miedo de que pase algún
conocido».. (N, de Ciudad de La Habana).
Aunque algunos
ejercen la prostitución con la complicidad de los
padres, la tendencia es que la familia, el vecindario,
las relaciones sociales conformen un mundo aparte, al
que se le ofrece solo algún tipo de información sobre su
vida y se omite otras. Tratan de ocultar, a toda costa,
el estigma, el yo estigmatizado, porque el
descubrimiento perjudica no solo la situación presente
―que el cliente descubra que es una prostituta (o) como
cualquier otra―,
sino también las relaciones que ella considera
importante y que involucran su mundo afectivo. Perjudica
no solo su presente, sino también su futuro. La palabra
jinetera ayuda a mantener esta distancia del
estigma; pone un velo al rostro crudo de la
prostitución.
No son secundarias,
ni insignificantes, las reacciones adversas al término
prostitución. Hemos oído quien le dice en broma a una
niña pequeña «qué jineterita más linda», pero jamás se
le ocurriría llamarla «qué putica más linda». Por
supuesto, eso tiene una raíz histórica, un trasfondo
cultural, una herencia aprehendida que asume la
prostitución como rasgo transgresor de la dignidad de
los seres humanos. ¿Es nueva esta conceptualización de «jineterismo»?
¿Una muestra folclórica, inocente, electiva? No. Al
mediar sexo por dinero, este comercio responde netamente
al concepto de prostitución. Si se valoran en su justo
término las investigaciones realizadas en estos años en
Cuba, podría afirmase que tal práctica se afilia a la
peor expresión del comercio sexual.
Si reconocemos que
aquí tenemos una variante de prostitutas y prostitutos
que se comportan más como damas y caballeros de
compañía, que poseen instrucción y ambiciones materiales
no perentorias, de palabras fáciles, que no se dejan
extorsionar fácilmente e irrumpen en territorios ajenos
con manifestaciones de alta autoestima, también debemos
admitir que este tipo de personas las hay en todo el
planeta. Lo que distingue a Cuba de los demás países es
un detalle esencial: la persona es responsable de
su situación.
Amparo Comas
(28) distinguía a dos tipos de
personas prostituidas: la víctima
―aquella
que ha sido inducida a ello y no puede resistirse por su
fragilidad sicológica y carencia de recursos elementales
para subsistir―,
y la responsable, que independientemente de su
fragilidad interna, es audaz, asertiva y no lo hace
tanto para cubrir sus necesidades básicas, como para
mantener una situación de consumo por encima de la
media. En cualquiera de las dos variantes, la
prostitución pertenece al ámbito de la marginalidad y es
allí donde permanece, a pesar de los esfuerzos de
legitimarla con el término «jineterismo»: «Toda
prostitución es marginal en el sentido en que no se
contabiliza en los balances económicos... Marginado es
quien está apartado del común de la sociedad en
posiciones devaluadas, sea en el prestigio, sea en los
recursos materiales. Lo es quien deja de ser considerada
como compañera sentimental, aunque mientras se mantenga
en la prostitución pueda llevar un nivel de consumo alto
y
detente cierta consideración en ambientes que
recurren a la ‘prostitución perfumada’.
(29)
Si estamos de acuerdo
con que el jineterismo es prostitución, sería
denigrante bendecirlo como una opción laboral para las
mujeres. Si bien predomina en Cuba una prostitución no
tradicional, en un sector de la marginalidad cubana
impreciso aún y escaso numéricamente al compararlo con
las estadísticas mundiales, eso no significa ni mucho
menos que la Isla sea la fundadora de una forma de
trabajo remunerado legítimo, como vociferan los
encargados de enlodar el nombre de Cuba. Kathleen Barry
(30) advertía que había que
cuidarse de la tentación de concebir la prostitución
como una opción laboral, porque quien la justifica como
un trabajo legítimo, termina aceptando el comercio
sexual como una entidad inamovible, eterna. La
prostitución ataca, en primer lugar, la dignidad del ser
humano, porque la persona no es algo que se pueda usar y
dejar. No hace falta leer a Kant para saber que no se
puede utilizar un ser humano como si fuera un objeto. No
se puede comprar un hombre ni tampoco alquilarlo, sin
dañar su dignidad. «Se olvida de que quien la ejerce
siempre es víctima de una violación de sus derechos
fundamentales como ser humano.»(31)
Kathleen también
advierte: «Sería injusto con nosotras mismas y nuestro
sexo no pedir a la mujer que sea socialmente responsable
de sus opciones». En otras palabras, cuando la
prostitución es aceptada como una opción para la mujer
trabajadora, insatisfecha con su remuneración, se puede
concluir que, en contraste con las mujeres casadas, las
prostitutas al menos reciben una remuneración adicional.
«Este argumento —dice— respalda la posición que
considera al sexo y al cuerpo de la mujer como una
mercancía».
Todo este análisis
pasa por otro matiz: una cosa es ejercer la prostitución
responsablemente o no, y otra elegirla libremente.
Cuando decimos que una mujer opta por la prostitución
sobreentendemos que lo hace con entera libertad, pero
este es otro gran mito asociado al enmascaramiento del
fenómeno. La prostitución no es una causa, sino un
efecto, de modo que la opción de elegir la vía del
comercio sexual para satisfacer ambiciones personales,
está precedida de condicionantes sociales,
educacionales, económicas, familiares, que la
predeterminan, y este análisis es muy importante a la
hora de concebir las estrategias de reinserción social
de la prostituta (o), para evitar actuar contra la
víctima en vez de hacerlo contra el mal.
Cuando una mujer y un
hombre han sido víctimas en su niñez o adolescencia de
abuso sexual, ¿condiciona o no esta realidad su elección
hacia el comercio de su sexo? Si ha crecido en un
contexto familiar en el que las cosas materiales
sustituyen el amor y se reverencia la cultura de la
ostentación como expresión de éxito social, ¿qué pasa
cuando la persona pierde de pronto el acceso a esos
atributos de poder económico y no puede adquirirlos por
vías formales? Si vive en ambientes de violencia y
machismo; si el alcoholismo y la droga son referentes
cercanos; si el trabajo, que es un valor universal a
partir del cual se forman otros valores, es reivindicado
solo como un negocio; si los patrones a los que se les
rinde culto en el ámbito doméstico y grupal sufren de un
egoísmo advenedizo, sin escrúpulos, donde todo se
sacrifica en el altar de la nada, ¿es tan difícil que se
termine optando por la prostitución, el delito, el
alcoholismo, la droga u otro tipo de tendencias
desintegradoras (32)
que se manifiestan en la juventud?
Ahora bien, que se
llegue a la conclusión de que son prostitutas y no
jineteras no debe ser un pretexto para recluirlas en el
estigma. Se tiende a identificar la prostitución con la
figura de la prostituta, su cara más visible y frágil.
Los personajes más siniestros de esta historia, como
hemos dicho antes, no suelen salir de las sombras. Pero
la persona que pone en venta el cuerpo, la que especula
con su dignidad, aunque no quiera admitirlo, está
marcada por una experiencia devastadora y por la tortura
permanente de la culpa. La muchacha que me entregó su
diario, en realidad lo había estado escribiendo para el
día en que su hija pequeña, aún sin conciencia de la
realidad, le preguntara por qué había elegido ese
camino. En la práctica más común del sexo rentado en
Cuba, es cierto que la mayoría de las veces la
prostituta (o) es víctima de sí misma, pero siempre
víctima, y el desdén hacia el ser humano nunca ha sido
la opción elegida por la sociedad cubana
(33).
Es un castigo, no un
crimen, y esto es importante no perderlo de vista porque
ni antes, ni durante, ni después de haber elegido la
venta del sexo ese ser humano deja de ser desdichado,
aunque se niegue a admitirlo. Será esclavo, en primer
lugar, de las cosas a las que aspira y que tal vez
llegue a tener. ¿Qué se siente exactamente? En la
conversación que sostiene con su hermana Dunia, el
personaje principal de Crimen y Castigo
(34),
Raskolnikov, se acerca bastante a la respuesta que
cualquier prostituta o prostituto podría darnos:
«Llegarás a tal límite que, si no lo pasas, serás
desgraciada, y si lo pasas, quizás serás aún más
desgraciada».
Notas:
1.
La serie fue publicada
en 1996, en el entonces semanario Juventud Rebelde,
y posteriormente se recogió en el libro Flores
desechables. ¿Prostitución en Cuba? (Editora Abril,
Cuba. 1996).
2.
Existen múltiples
definiciones para el término prostitución y prostituta
(o). Utilizaremos aquí el concepto más generalizado y
abarcador: «Prostitución: Actividad a la que se dedica
la persona que mantiene relaciones con otras, a cambio
de dinero u otros bienes» (Diccionario Ilustrado
Océano de la Lengua Española, p.800) Y por
prostituta (o) se entiende: «Mujer u hombre joven que
por oficio tiene relación carnal con individuos de su
sexo o del contrario». (Ibídem, p. 801)
.
3.
Véase el análisis de
Katheleen Barry, «La red define sus temas: Teoría,
evidencia y análisis de la esclavitud sexual femenina».
(En: Informe del Taller Feminista Global para la
Organización contra el Tráfico de Mujeres. Centro de
Investigación para la Acción Femenina, Santo Domingo,
1985. pp. 50-52)
4.
Martín-Cano, F.: Causas
de la prostitución en la Prehistoria. Omnia. Mensa
España, Nº 92 y 93, Barcelona, 2001.
5. Abordé con amplitud este tema
en el ensayo periodístico «Jineteros en La Habana»,
publicado por la Revista Contracorriente, Nro 2,
1995, pp. 49-64.
6.
Véase la Ley sobre
Prostitución, aprobada en 1999 por el Parlamento Sueco.
En: 1999 Swedish Law on Prostitution:
http://naring.regeringen.se/pressinfo/faktablad/PDF/n2001_038e.pdf
7.
Estébanez, Pilar:
Exclusión social y salud. Balance y perspectivas.
Icaria-Antrazyt 179, España, 2002.
8. Véase el
excelente estudio de Amparo Comas: La prostitución
femenina en Madrid. Dirección General de la Mujer.
Consejería de la Presidencia. Madrid, 199?.
9. Fernández, E. «La prostitución
femenina en los 90». Ponencia presentada en el Taller
Internacional «Mujeres en el umbral del siglo XXI»,
Universidad de La Habana, 1995. / «Estudio sobre algunos
valores morales de jóvenes con conducta social
prostituida». Instituto de Medicina Legal/ Ministerio
del Interior. Ciudad de La Habana, marzo de 1996. /
María Isabel Domínguez y M.E Ferrer: «Integración Social
de la Juventud cubana: Reflexión teórica y aproximación
empírica». Informe de Investigación. CIPS, 1997.
10. En Cuba, la prostitución
está asociada básicamente al turismo internacional,
principal fuente de ingresos del país después de
iniciarse el llamado Período Especial con su
considerable contracción de la economía. La Isla perdió
en la década de los 90 a sus principales socios
comerciales con el derrumbe del socialismo en Europa del
Este y el recrudecimiento oportunista del bloqueo
norteamericano. (Ver «Jineteros en La Habana». Ob. Cit.)
11. Ver análisis
de este tema que hace el psicoanalista argentino Germán
García, en «Piedra libre al cliente». (Página 12,
Argentina, 17 de abril de 1998).
12.
Olsson, Hanna. Informe
sobre prostitución. Suecia, 1980.
13.
Galeano, Eduardo: Patas
arriba: la escuela del mundo al.revés. Ediciones del
Chanchito, Uruguay, 1999, pp.72-73.
14.
Lagarde, Marcela,
Cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas,
presas y locas, Ed. Universidad Nacional Autónoma de
México, colección posgrado, México D.F., 1990.
15. Lagarde. Ob.cit. p.
543.
16.
«El acceso masivo de la mujer a la
educación; la incorporación al mundo del empleo; la
salida del hogar paterno desde edades tempranas para
cumplir tareas sociales (alfabetización, becas, labores
agrícolas) que implica una fuerte movilidad geográfica y
social; la paulatina reducción de mitos provenientes de
una cultura sexista y con prejuicios raciales, ese sería
el nuevo marco de referencia para la mujer cubana a
partir de 1959».
Domínguez, María Isabel. “La mujer en el contexto de la
sociedad cubana a finales del Siglo” (En: Gallopinto,
Zaragoza, Número 39).
17.
Arés, Patricia: Mi
familia es así. Editora Política, La Habana, 1990.
18.
Yuma, pepe:
en el habla marginal cubana, significa extranjero.
19.
Fula: en el habla
marginal, significa dólar norteamericano.
20. Man,
España. 18 de enero de 1996.
21.
Viaggiare,
Italia. 22 de marzo de 1995.
22.
Ver «Cuba,
sensualidad caribeña" (En: Revista Deep. México,
año1. No.2, diciembre del 2002-enero del 2003. p.30-33.)
23. Orozco,
Román. (En Cambio 16, España, 16 de diciembre de
1996)
24. Aparece en
el reportaje publicado, sin firma, en el diario
Svenska Dagblodet, Estocolmo, el 14 de mayo de 1998.
25. La tenencia
de divisas se despenalizó en 1993.
26.
Elizalde, R.M: «Jineteros
en La Habana». Ob. Cit.
27.
Goffman, Erving. Estigma.
La identidad
deteriorada, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1970.
28.
Comas, Amparo. Ob. cit., p.14.
29.
Ibídem, p.15
30. Barry,
Kathleen. Ob.cit, p.32
31. Ibídem.
32. María Isabel
Domínguez y M.E Ferrer: «Integración... » Ob. Cit.,
p.16. Aquí las autoras describen como tendencias
desintegradoras en los jóvenes, entre otras, «aquellas
que los distancia de las metas colectivas aprobadas por
el consenso de la nación».
33. De hecho, después
de una encuesta realizada por trabajadores sociales en
las zonas de mayores problemas sociales del país, se les
brinda atención especial y diferenciada a todas las
familias que se encuentran en situación desfavorecida,
particularmente aquellas que cuentan con niños,
adolescentes y ancianos. Una manera revolucionaria y
concreta de atender las causas que prohíjan lacras como
la prostitución.
34. Dostoievski, Fiodor.
Crimen y castigo. Editorial Raduga, Moscú, 1989.
Primera Parte, Capítulo 3, p. 273
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