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Cuba
en El País de Falsimedia
Acompañando e impulsando a la Fundación «Encuentro de la
cultura cubana» y a la revista del mismo nombre, El País
se ha lanzado, desde el comienzo del verano, a una
campaña desaforada contra Cuba que anticipa la que va a
tener lugar en los próximos meses.
Antonio
Maira
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España
Dentro de la compleja
estructura funcional de Falsimedia, que en su conjunto
manipula y orienta estratégicamente la información para
vaciar a la opinión pública, convertirla en
«sentimiento
público»
y situarla en la senda del
«consenso
de Washington»—,
el periódico El País cumple cada vez más un
trabajo vinculado al control del imperio sobre América
Latina.
La manipulación en el
inicio de esta campaña contra Cuba ha sido
extremadamente grosera en cuanto a la distancia entre la
información y los hechos, pero ha utilizado
técnicas muy depuradas por experiencias próximas
—la más sistemática fue la
incorporación plena del diario al fundamental componente
mediático del largo y todavía muy activo proceso de
golpe contra el gobierno democrático y popular de
Venezuela—
y adaptadas con precisión a los reflejos condicionados
que el propio periódico ha creado en sus lectores.
Dos objetivos
inmediatos
En esta fase de la
campaña se están cubriendo dos objetivos tácticos: uno
el lanzamiento público de la Fundación Encuentro y la
plena identificación de El País con ella; el otro
la determinación, fijación e integración en un esquema
sencillo y fácilmente divulgable, de la
«información-
basura»
que va ser necesaria en la larga y sucia guerra
mediática contra Cuba.
Se trata de atacar a
la Revolución cubana consagrando la revista Encuentro
y falseando desvergonzadamente la naturaleza de esta
publicación. Al mismo tiempo se reafirma el discurso
elemental contenido en la proclama:
«Carta
abierta contra la represión en Cuba», y se consolida el
instrumento informativo para la campaña contra
Cuba en cuya articulación El País ha tenido un
papel fundamental.
Encuentro total
La primera falsedad
es la calificación de Encuentro como revista
cubana. En realidad es un instrumento diseñado y
financiado por el gobierno de los EE.UU. y por el
gobierno español a través de organismos estatales o
fundaciones interpuestas: la Fundación Ford y la NED (National
Endowment for Democracy) son los instrumentos de
Washington, y el Instituto de Cooperación Iberoamericano
el de Madrid. El producto informativo de esta
alianza entre Bush y Aznar
—aparecida
fugazmente con ocasión del golpe de abril en Venezuela,
y consolidada como fidelidad servil durante la pasada
primavera—
tiene la misma credibilidad que el que utilizaron en la
justificación de la guerra contra Iraq.
La segunda falsedad
es la afirmación de que Encuentro reúne a los
intelectuales de dentro y fuera de la Isla. Cabría decir
—interpretando
fielmente a El País—
a todos los intelectuales cubanos. La formulación
que le ha dado el periódico a ese increíble
«milagro
de fraternidad»
ha sido ejemplar en cuanto a su intención manipuladora:
«Lugar
de reunión para los intelectuales de aquella isla que
viven tanto dentro del país como en el exilio»
(31.7.03). Así pues, no hay intelectuales cubanos fuera
del muy peculiar corralito político- cultural vallado
por Encuentro.
El
«Encuentro»
del que nos hablan los profesionales a las órdenes de
Polanco tiene —según sus patrocinadores
económicos y sus aliados mediáticos—
un carácter absolutamente
«universal»
en cuanto al pensamiento cubano. De la misma manera y
con el mismo grado de falsedad, proclamaron hace algunos
meses que los periodistas cubanos estaban representados
en su totalidad por la insignificante minoría que
ejercía el doble papel de
«periodistas»
—la
mayoría no lo eran—
y de «disidentes»
dentro del organigrama desestabilizador que había
establecido James Cason, jefe de la Sección de Intereses
de Estados Unidos en Cuba.
Encuentro-Verdad
Una vez que el órgano
de propaganda de la NED
—y
de la CIA—
ha sido presentado como el pensamiento global de Cuba,
es prioritario establecer de manera inmediata su
identificación con la Verdad. Por eso El País
afirma categóricamente la cuidadosa objetividad de la
revista: «El
informe —se
refiere al que ha publicado Encuentro sobre 'la
represión en Cuba'—
es cronológico y aséptico, y narra los últimos
episodios del régimen castrista».
Esta definición de la
objetividad y rigurosidad atribuidas a Encuentro
enmarca dentro de la información de El País
(30-7-03), dos afirmaciones absolutamente tendenciosas y
notoriamente falsas de la revista de la NED que
reproduce el diario. En ellas, Luis Manuel García, jefe
de Redacción, afirma que las tres condenas a muerte lo
fueron con la acusación de
«traición a la patria por
intento de abandonar la isla» y también que
«se
condenó a 75 personas por pensar distinto».
La supuesta «indiscutibilidad»
de unas afirmaciones tan mendaces como esas sirve para
establecer como axioma indiscutible esa medida de la
represión en la Isla y del carácter de su
«régimen».
El País define, con palabras de Encuentro,
los «lugares
comunes»
básicos que servirán de soporte a la próxima información
sobre Cuba.
A esa labor de
legitimación de la revista Encuentro
—en realidad un instrumento y
un discurso reglamentados y definidos en la Ley Helms
Burton—
colaboraron intensamente todos los intelectuales,
artistas y políticos siervoyanquis, que firmaron,
semanas atrás, la primera gran colaboración entre los
dos medios de comunicación: la
«Carta
abierta contra la represión en Cuba».
A la caza de
intelectuales «críticos»
La campaña se ha
estructurado para facilitar, en las primeras fases, la
vinculación de aquellos
«intelectuales»,
mucho más gregarios que críticos, que no se hacen
demasiadas preguntas. Otorgar a los
«disidentes»
que actúan de la mano de la administración Bush el
carácter de «pacíficos»,
vincular la «disidencia»
cubana nada menos que a una aspiración de
«soberanía»,
autodefinirse como
«intelectuales,
artistas y políticos del mundo democrático»,
o responder a iniciativas de El País o de
Encuentro sugiere mucho más que un despiste
transitorio. Sugiere un considerable grado de
conformismo con la realidad y de servilismo ante el
poder, combinados con ignorancia irresponsable o con
pura desvergüenza.
Una vez hecho el
primer enrolamiento se utilizan métodos más sucios. En
caso necesario se miente en relación con la
participación en los manifiestos anticubanos de
determinados intelectuales simbólicos, o sobre el grado
de participación de algunos otros que se ven
incorporados contra su voluntad a colectivos que les son
ajenos y a escaladas que no comparten. El caso más
flagrante de falsificación total de las posiciones
hechas públicas ha sido el de Mario Benedetti, y el de
incorporación tramposa a dinámicas que han ido mucho más
allá que sus desacuerdos con los procesos judiciales en
Cuba, el de José Saramago. La campaña
—iniciada
con un brevísimo discurso aparentemente dirigido a la
denuncia de las últimas condenas en Cuba—
ha sido rápidamente definida con planteamientos mucho
más extremos a los que han quedado vinculados aquellos
pocos intelectuales que sin calcular las gratificaciones
han mordido el anzuelo.
Mientras
desenmascarar a El País
—que
justificó la guerra contra Iraq en el momento clave de
las intervenciones de Powell en el Consejo de Seguridad,
y participó plenamente en el golpe fascista contra
Chávez en Venezuela— se ha convertido en una tarea
fundamental del pensamiento crítico, algunos
intelectuales se han dejado cazar por el cálido y
protector abrazo de Polanco.
La negación de la
agresión exterior
La campaña de la
fundación —revista
Encuentro que está catapultando El
País—
tiene un eje prioritario: aislar los sucesos de Cuba de
su contexto fundamental que es la agresión exterior.
La evidencia, cuando
descalabra un discurso político, se convierte en el
primer objetivo a demoler. Se repite aquí, en relación
con Cuba, la estrategia de ocultamiento que se realizó
con rotundo éxito durante la larga campaña de
preparación de la guerra contra Iraq. Las causas
fundamentales que conducían a la guerra por decisión
inexorable de los EE.UU., permanecieron ocultas o apenas
fueron mencionadas. Fueron sustituidas por otras,
absolutamente espurias, articuladas sobre documentos
falsificados, que a pesar de ello polarizaron todos los
debates en los medios y también las
«representaciones
de la crisis»
que se hicieron en el Consejo de Seguridad.
Los últimos sucesos
en Cuba —las
detenciones y los procesamientos—
estarían absolutamente desvinculados de agentes y
acciones exteriores. Una de las frases que hace
referencia a los
«motivos»
de tales procesamientos, repetida reiteradamente, ha
sido que las condenas son la manifestación de una
«represión
agravada con ocasión del comienzo de la guerra de
Iraq», o con más claridad todavía:
«aprovechando
la conmoción internacional generada por la guerra en
Iraq».
El gobierno cubano se serviría de la guerra, como
situación que polariza la atención y propicia el
ocultamiento, para incrementar la
«represión
política».
La coincidencia a que
se refieren El País-Encuentro, entre la
guerra de destrucción y ocupación de Iraq, y las
detenciones y juicios en Cuba no es, desde luego,
casual. La simultaneidad es muy significativa, pero no
se produce por las razones que señala la campaña contra
Cuba sino por otras completamente distintas.
La feroz reactivación
de la estrategia de desestabilización externa contra
Cuba, considerada como otra etapa de la
«guerra
universal antiterrorista»
del presidente Bush, ha sido tan evidente como pública,
tras la inmediata y aparente
«victoria»
de EE.UU. en Iraq. Esta es la
«crónica» de hechos que oculta
cuidadosamente el
«relato,
cronológico y aséptico»,
que publica Encuentro y certifica El País.
La intervención
contra Cuba ha sido abiertamente anunciada
—en
plena euforia guerrera—
por los miembros prominentes de la administración de los
EE.UU. y por las organizaciones contrarrevolucionarias
de Miami, y descaradamente realizada con las actuaciones
desestabilizadoras de la Sección de Intereses de EE.UU.
en La Habana. Esto último ha sido ampliamente
documentado por el gobierno cubano ante los medios de
comunicación y presentado por la fiscalía ante los
tribunales de justicia.
El silencio sobre la
amenaza que pende sobre Cuba, la coartada de la
desvinculación entre los procesos en la Isla y la
intensificación de la guerra de
«baja
intensidad»
de los Estados Unidos, descalifica a todos los
intelectuales firmantes del manifiesto. No es posible el
menor compromiso con la verdad cuando no solo se olvidan
más de cuarenta años de agresión continua contra Cuba,
sino que esto se hace en un momento en el que la
intervención militar ilimitada de los EE.UU. se ha
convertido en un procedimiento habitual para el dominio
del mundo, cuando la política imperial de conquista y
saqueo ha alcanzado niveles de ruptura total de todo el
orden internacional.
En contradicción
flagrante con la realidad, el núcleo del esquema
ideológico de El País es el de la existencia de
un creciente conflicto interno, cuya respuesta sería el
incremento despiadado de la represión. Nada de lo que
ocurre en Cuba tendría que ver con una agresión
desplegada durante más de cuarenta años, con el
desarrollo actual de la
«guerra
global antiterrorista»,
ni con el proyecto de dominación por la fuerza que tan
detalladamente describe la
«Nueva
Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos».
La violencia de
Bush es paranoia de Castro
En un esquema
ideológico que insiste en la ausencia de factores
exteriores significativos en la aparición, organización
y lanzamiento publicitario de una
«disidencia
interna»,
se hace necesaria una denuncia cínica del bloqueo
—no
en cuanto al sufrimiento que provoca en el pueblo
cubano, eso parece traerles sin cuidado, sino en cuanto
sirve de «coartada»
del «régimen»
para explotar una situación de
«país
sitiado»
y aumentar la represión.
Una parte de la
«cultura
cubana»
representada en Encuentro va todavía más allá en
los niveles de cinismo. Estratégicamente vinculada a
todas las formas y momentos de la agresión
norteamericana contra la Revolución, pero incapaz
—en
pleno intento de ampliar las alianzas externas contra
Cuba—
de justificar públicamente algo tan brutal y tan
ilegítimo como el bloqueo, llega a hablar de la
existencia de guiños de complicidad entre Bush y Fidel
en relación con ese bloqueo.
Ahora bien, a pesar
del enmascaramiento en una retórica de democratización,
en el extremo del discurso ideológico aparece su
naturaleza extremadamente reaccionaria y su complicidad
con el nuevo fascismo de los EE.UU. Un ejemplo claro es
cuando atribuyen algo tan evidente como la percepción de
la agresividad de Bush a la paranoia del
«régimen»
o del propio Fidel Castro.
Después de su
descarado apoyo orgánico y sistemático al continuado
intento de golpe fascista en Venezuela, y de su apuesta
primaria a favor de la intervención militar en Iraq para
«eliminar
el riesgo de las armas de destrucción masiva»,
El País —órgano
principal de Falsimedia en España—
ha reiniciado la defensa de sus intereses empresariales
y la colaboración estratégica con los Estados Unidos en
la campaña contra Cuba.
Otros
encubrimientos
La desvinculación de
la situación de Cuba de las agresiones y amenazas de los
Estados Unidos no es el único ocultamiento grosero.
El principal silencio
de El País es el que encubre la verdadera
naturaleza diferencial, política, económica y social, de
Cuba, su larga y gigantesca lucha por la igualdad, por
la efectividad de todos los derechos humanos básicos, la
dignidad personal, la protección social de todas las
personas, y la integración efectiva de todos los
ciudadanos en un proyecto humano solidario y colectivo.
Tampoco aparecerá
jamás en los análisis de El País el enorme papel
internacional de Cuba en la construcción de un discurso
y una práctica antagónicos a los del capitalismo
neoliberal, como elementos necesarios de resistencia
ante una globalización que está ocasionando auténticas
catástrofes humanas, y como factores imprescindibles de
la organización popular para la conquista de los
derechos humanos básicos demolidos por el mercado.
Claro que la vida digna como exigencia de todos y para
todos, la humanidad entendida como solidaridad, y la
búsqueda de un futuro libre de desigualdades y
marginaciones escandalosas queda fuera de la cultura y
el pensamiento de los dos
«encuentros»:
el de la Cultura de la contrarrevolución cubana, y el de
«los
intelectuales, artistas y políticos»
que firmaron la
«Carta
abierta contra la represión en Cuba».
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