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DISGUSTOS
 
Juan Gelman | México


La ocupación militar de Iraq ha traído disgustos varios. A los iraquíes, en primer lugar: crece un resentimiento que llegó a la furia cuando el miércoles 13 de agosto un helicóptero yanqui volteó una bandera del Islam en el barrio Sadr de Bagdad. La protesta de los vecinos se saldó con un muerto y cuatro heridos iraquíes por fuego real. Unos 5 mil fieles rezaron al aire libre ante el agravio y corearon «Islam, sí, Estados Unidos, no». Eran chiítas, la mayoría musulmana más oprimida por el sunita Saddam Hussein, cuyo odio por el autócrata derrocado pensaban capitalizar los invasores. El diario israelí Ha’aretz registra en su edición del 17-8-03 las humillaciones, groserías y ofensas que tropas absolutamente ignorantes de la cultura del país propinan a su población: efectivos que patrullan las calles y apuntan con el rifle a los transeúntes, mujeres palpadas de manera insultante por soldados hombres, varones iraquíes revisados por soldados mujeres delante de otros iraquíes. Los allanamientos de mezquitas y la detención de líderes religiosos ofenden y violentan mores y costumbres de los invadidos.

Los ocupantes se sienten a disgusto. El soldado de primera clase Isaac Kindblade lo expresó sin ambages en una carta que The Oregonian publicó el 5 de agosto. Kindblade tiene 20 años, pertenece a la 671ª compañía del cuerpo de ingenieros, se encuentra en Iraq desde el 14 de febrero y explica así las causas de la baja moral de las ropas: «Hace calor, estamos aquí desde hace mucho, es peligroso, no hemos tenido un verdadero descanso en meses y no sabemos cuándo volveremos a casa. Creo que un aspecto principal de la cuestión es la gente de aquí. Al terminar la guerra éramos los libertadores y todos nos querían. El paso de los efectivos era como un desfile. En algún punto del camino nos convertimos a sus ojos en fuerzas de ocupación. Ya no nos sentimos héroes». El teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas invasoras, dice que los mandos están haciendo lo posible para mejorar la calidad de vida de sus hombres –un par de días de descanso en algún lugar de Iraq o en Qatar con comidas calientes, TV, Internet y espacios de aire acondicionado–, pero eso no basta al parecer. Ni detiene los ataques guerrilleros.

En Estados Unidos hay disgusto. Bush hijo irritó a familiares de las tropas enviadas a Iraq con su jactanciosa frase de cowboy sobre las bajas diarias que padecen: «Que me los traigan», dijo de los atacantes iraquíes. «Que los traigan a casa ya», dice de esas tropas el lema de la campaña lanzada por Familias de Militares Hablen Claro, Veteranos por la Paz y otros grupos estadounidenses convencidos de que Hussein no representaba una amenaza inminente, que no tenía armas de destrucción masiva ni vínculos con Al-Qaida, en una palabra, que Bush hijo engañó al pueblo norteamericano y la guerra no tenía justificación. Familiares de Militares recibe centenares de cartas de tenor parecido al de ésta: «Mi yerno está en Iraq desde marzo y le ordenaron permanecer hasta julio de 2004. Su compañía tuvo dos días de vacaciones en Qatar. El presidente Bush se tomó un mes de vacaciones en su rancho de Crawford, Texas. Que manden a todos los soldados al rancho del presidente Bush y al presidente Bush a Iraq».

Para el sargento mayor (R) Stan Goff –26 años de servicio en las fuerzas especiales– la invasión fue decidida por «hombres ricos, que visten trajes muy caros y que manejan las cuestiones de gobierno como gangsters» (AFP, 16-8-03). No difiere mucho de esta opinión el veterano de la guerra mundial II Jimmie Atchinson, 80 años, que regresó inválido del frente y ahora teme que su hija, en Iraq desde hace meses, nunca vuelva: afirma que «la guerra es por petróleo» y que la conduce un presidente «belicista» (San Francisco Chronicle, 18-8-03).

No le falta razón. Bush insiste en acumular aún más armas biológicas (véase Página/12, 2-2-03) y nucleares (Página/12, 6-7-03). La empresa Raytheon Missile Systems de Arizona acaba de ser favorecida con un contrato por valor de 881,4 millones de dólares para fabricar misiles destinados a la marina de guerra. Es una producción contemplada en el proyecto del Pentágono dirigido a ampliar su dispositivo antimisilístico en los mares. Que esto viole el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares de las Naciones Unidas no desvela a Washington, siempre tan atento a que no ocurra lo mismo en el resto del mundo. Tampoco le quitan sueño declaraciones como las del general (R) Wesley Clark, que fue comandante en jefe de las tropas de la OTAN en 1999 durante el conflicto de Kosovo. Dijo a la CNN (17-8-03):«Fuimos a la guerra (contra Iraq) como quien va a comprar un lavarropas». Es notorio que estas máquinas, antes o después, se descomponen.

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