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Bladimir Zamora Céspedes | La Habana

LAS RAZONES CUBANAS DE GARRIDO
 

En mayo del año pasado me invitaron al hotel Telégrafo de La Habana para conocerlo. Muy poco después de sentados en una mesa del patio interior, me dijeron —indicando hacia mis espaldas—, “ahí llega el maestro Vicente Garrido”. Al girarme descubrí a pocos metros, un hombre mediano de estatura, de barbas blancas y guayabera atildada, que me recordó enseguida la imagen que guardo del poeta Eliseo Diego. Se incorporó al grupo con naturalidad y ponderando enseguida esta nueva oportunidad de estar en Cuba, para agradecer una vez más la contribución de muy valiosos músicos de la Isla a su proyección como compositor.

Al día siguiente, en medio del jubileo de la Feria Cubana del Disco, en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, me lo encontré y me saludó afectuoso como un viejo amigo, a pesar de que por deslumbramiento o respeto, yo le devolvía el gesto quizás con demasiada formalidad. A pesar de ello, gracias a un colega, me atreví a pedirle una breve entrevista, que pude consumar dentro del microbús que en breve lo llevaría a quién sabe qué otro punto de la capital.

Me parecía increíble que pudiera estar hablando con una de las figuras más altas de la cancionística en lengua hispana, durante el siglo XX y que se ofreciera tan cariñoso a mis preguntas. En muy pocos minutos tenía que obtener la órbita fundamental, del autor de composiciones ya clásicas, como «Una semana sin ti», «Todo o nada» y «No me platiques más» y su relación con nuestros músicos. Su auténtica disposición al agradecimiento, me ayudó a lograrlo. Al despedirnos, apuntó en mi abigarrada libreta de notas su dirección, para que cuando fuera por México, lo pudiera localizar en su residencia de Guadalajara.

El pasado 11 de agosto murió Vicente Garrido, a los 79 años y con muchos deseos de realizar numerosos proyectos que rondaban su cabeza. He leído con satisfacción en artículos de la prensa mexicana y de otros países, la certidumbre de que por mucho tiempo este destacado artista azteca, fue mucho más homenajeado en Cuba, que en su propia patria. Y es la pura verdad.

Cuando Garrido era tan solo un niño que quería ser poeta, su casa fue visitada por Rita Montaner. Esa noche, ella cantó allí, acompañada por un Ignacio Villa, a quien nadie aún conocía por Bola de Nieve. Para que nadie le regañara, el niño Garrido se metió debajo del piano y veía la energía con que el joven Bola le daba a los pedales. Años después, cuando era un jovencísimo compositor, a quien nadie conocía mucho más allá de su entorno íntimo, fue precisamente Bola de Nieve quien estrenó obras suyas, que después fueron acogidas por voces tan trascendentes como Lucho Gatica, Olga Guillot o Nat King Coole.

Allí en su país se hizo amigo de nuestro José Antonio Méndez. No hace mucho tiempo confesó a un periodista mexicano, hablando de la naturaleza de su obra: «La tendencia nuestra se ve muy claramente en las canciones de mi amigo cubano José Antonio Méndez y en la inmensa mayoría de las mías. Son canciones de amor que construyen. No van en contra de nada. No se hacen reclamaciones». También trabó relación, más allá de la música, con César Portillo de la Luz. El autor de «Contigo en la distancia», al enterarse de su muerte ha declarado: «Para nosotros los cubanos, que lo conocimos como artista y como ser humano, la pérdida es doble, pues se va el hermano y el hombre».

Garrido, considerado el creador del bolero moderno —denominación que no le causaba mucho entusiasmo— es de manera elocuente el gran pariente mexicano de los grandes nombres del filin cubano. Los nutrientes que perfilaron su estilo, son idénticos a los que tuvieron a mano los protagonistas de este movimiento de la cancionística cubana. Ello le permitió conocer otros nombres de relieve, que se dieron a conocer después de sus fundadores.

Por ello, llegó a ser de la mayor intimidad de una de las voces más altas de la canción en lengua hispana: Elena Burke. Incluso Elena grabó un álbum con canciones de Garrido, acompañada por él al piano, durante uno de sus viajes a La Habana. Por esos mismos años comenzó a articular amistad con Marta Valdés, que es, sin duda, figura singular y clave, para la permanencia del movimiento filin.

Vicente Garrido estaba seguro de que la coronación del éxito de un compositor depende mucho de que pueda encontrar sus intérpretes ideales. Contaba entre ellos a Pablo Milanés y se regocijaba de que cuando este grabó su álbum Filin IV, todo lleno de obras mexicanas, escogiera dos boleros suyos: «Una semana sin ti» y «Todo y nada».

El hombre sencillo, que siendo adolescente acudió a la música, para que los amigos le atendieran sus poemas, soportó la fama con la franca alegría de palpar sus canciones en vuelo por los cuatro puntos cardinales. Es hermoso saber que los músicos cubanos han tenido que ver mucho con el despliegue de la obra de Vicente Garrido hacia la espiritualidad de todos los que tengan el corazón atento.

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