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Nostalgia política
RETORNA EL CULTO AL VIEJO SOCIALISMO
Lisandro Otero
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México
La mejor manera de
suscitar un anhelo, de provocar una fuerte demanda por
una categoría de valores se logra suprimiéndola. Es lo
que está ocurriendo en Alemania con la cultura creada en
el lado este de esa nación, en la desaparecida República
Democrática Alemana.
En tiempos de Walter
Ulbricht se construyó un magno edificio que se llamó
Palacio de la República y también Palacio del Pueblo. Un
espantoso inmueble pretencioso y afectado, lleno de
jarrones, cortinajes y esculturas de pésimo gusto. Tras
la caída de la RDA se habló de su demolición y se dijo
que en su sitio se iba a restaurar el antiguo palacio
real de los Hohenzollern. Pues ahora se ha reabierto el
Palacio de la República y por sus galerías desfilan
decenas de miles de berlineses nostálgicos del pasado
tiempo del autoritarismo de Honecker.
Una exposición
retrospectiva ha sido abierta en ese local con el título
de «El arte de la RDA» donde se muestra cuatrocientos
óleos de 145 artistas que permiten apreciar la huella
dejada por el teratológico «realismo socialista» que
Zdanov implantó en tiempos de Stalin. Pero lo que antes
fue objeto de rechazo y escarnio, ahora despierta la
curiosidad de las masas de jóvenes alemanes que no
conocieron aquella época sombría.
El «realismo
socialista» ha dejado de ser una escuela polémica y se
la estudia con el interés que puede despertar un
dinosaurio. Junto a esos hay cuadros de pop art, de
abstraccionismo y de diversas escuelas que demuestran
que en la RDA había más variedad de tendencias de lo que
cabía suponer, según expresa el periódico Le Figaro,
de París, en un reciente reportaje.
Toda moda que se
adelanta diez años a su tiempo será considerada
indecente, si se anticipa cinco años entraría en la
desvergüenza y con un año de anterioridad se la
respetaría por audaz. Si encajaba dentro de la
contemporaneidad sería chic, diez años después sería
despreciada como algo ridículo, con treinta años se la
vería como una onda nostálgica, pero cien años más tarde
se la apreciaría como romántica y estilizada. Es lo que
está sucediendo en Alemania.
En el reportaje de
Le Figaro se da cuenta que incluso el otrora
aborrecido Muro de Berlín, que separaba la ciudad en dos
partes es ahora objeto de culto. De 1946 a 1989 el
número de muertos ascendió a 1 008 en los intentos de
escapatoria. La barrera, construida en 1961, cumplió 42
años de su erección el pasado 13 de agosto. Ya ha sido
casi íntegramente demolida y solamente restan algunos
pedazos en pie. Grupos de berlineses se han dirigido a
la UNESCO para que declare esos restos como patrimonio
de la humanidad. Los universitarios de Cottbus están
haciendo un levantamiento topográfico de la ciudad
escindida y de las áreas que cubría el famoso muro,
incluida una maqueta donde se señala el espacio ocupado
por la separación. Se ha fundado una «Sociedad del 13 de
agosto» que estudia todos los aspectos históricos
relacionados con el muro.
La sopa de remolacha
bortsch, de origen ruso, está teniendo un renacimiento
en Alemania donde ahora se hacen hasta pizzas con sabor
a bortsch. A esto le llaman los alemanes la «estalgia»,
o sea la nostalgia del este. Una reciente película
titulada Adiós Lenin que muestra aspectos de la
vida cotidiana en la RDA ha roto records de
taquilla con más de seis millones de espectadores en las
primeras semanas de su exhibición.
Los crispamientos
políticos han cedido el paso al buen humor, las
tensiones del despotismo han sido sustituidas por la
sátira. Por las calles de Berlín muchos jóvenes portan
ahora camisetas con la hoz y el martillo sin que esto
comporte adhesión ni militancia, sino simple curiosidad
hacia un reciente pasado que esos muchachos no llegaron
a conocer.
Como dicen los versos
de Jorge Manrique: «Quien no estuviere en presencia / no
tenga fe ni confianza / pues son olvido y mudanza / las
condiciones de ausencia».
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