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El pensamiento crítico
critica la doxa
Entrevista con Loïc Wacquant |
Loïc
Wacquant es profesor de Sociología de la Universidad de
California, en Berkeley, e investigador en el Centro de
Sociología Europea del Colegio de Francia. Sus trabajos
tratan sobre la desigualdad urbana, la dominación
racial, el encarcelamiento como instrumento de gestión
de la miseria en las sociedades desarrolladas, el cuerpo
y la violencia, y la teoría sociológica. Recientemente
ha publicado Las Cárceles de la miseria
(Ediciones Manantial, 2000), Corps et âme (Cuerpo
y alma). Carnets ethnographiques d’un apprenti boxeur
(Carnés etnográficos de un aprendiz de boxeador) (Agone,
2000), Punir os pobres (Freitas Bastos Editora,
2001), y Los Parias urbanos (Ediciones Manantial,
2001) Además, es miembro fundador del grupo Raisons
d’agir (Razones para actuar) y colaborador regular de
Le Monde Diplomatique. Actualmente está terminando
una antología de los trabajos de Marcel Mauss y un libro
acerca de cómo (sobre)vivir en el ghetto negro
estadounidense, que será publicado por Éditions du Seuil
bajo el título La Zone (La Zona).
-Para
usted, ¿qué es el pensamiento crítico?
-Podemos
dar dos acepciones a la noción de crítica: una acepción,
que llamaríamos kantiana, que —siguiendo el linaje del
filósofo de Königsberg— designa el examen evaluativo de
las categorías y de las formas de conocimiento, a fin de
determinar la validez y el valor cognitivo de ellas; y
otra, que apunta las armas de la razón hacia la realidad
sociohistórica y que se plantea como objetivo sacar a la
luz las formas ocultas de dominación y de explotación
que la constituyen, a fin de hacer que aparezcan, en
negativo, las alternativas que ellas obstruyen y
excluyen (recordamos la definición de la «teoría
crítica» que daba Mark Horkheimer como teoría
explicativa, normativa, práctica y reflexiva a la vez).
Me parece que el pensamiento crítico más fructífero es
el que se sitúa en la confluencia de estas dos
tradiciones y que aúna, por lo tanto, crítica
epistemológica y crítica social, al cuestionar, de
manera constante, activa y radical, tanto las formas
establecidas de pensamiento como las formas establecidas
de vida colectiva, el «sentido común» o la doxa
(incluida la doxa de la tradición crítica) y las
relaciones sociales y políticas que se establecen en un
momento dado en una sociedad dada.
Mejor,
puede y debe existir una sinergia entre estas dos formas
de crítica, de suerte que los cuestionamientos de la
crítica intelectual, historia de los conceptos, examen
lógico de los términos, tesis y problemáticas,
genealogía social de los discursos, arqueología de sus
basamentos culturales (todo lo que el primer Foucault
incluía bajo la noción de epistema), nutran e
incrementen la fuerza de la crítica institucional. El
conocimiento de las determinantes sociales del
pensamiento es indispensable para liberarlo un poquito
de los determinismos que pesan sobre él (como sobre toda
práctica social) y por lo tanto para hacerlo capaz de
proyectarnos mentalmente fuera del mundo tal como nos ha
sido dado, de manera que sea posible inventar
concretamente futuros diferentes del que está inscrito
en el orden de las cosas. En suma, el pensamiento
crítico es el que nos da los medios de pensar el mundo
tal como es y tal como podría ser.
-¿Cuál es la influencia
del pensamiento crítico en la actualidad?
-Diría, a riesgo de parecer que
me contradigo, que esta es a la vez extremadamente
fuerte y terriblemente débil. En primer lugar, fuerte en
el sentido de que nunca las capacidades teóricas y
empíricas de comprensión del mundo social han sido tan
grandes, como lo atestigua la extraordinaria acumulación
de conocimientos y de técnicas de observación en las más
variadas esferas, desde la geografía hasta la historia,
pasando por la antropología y las ciencias del
conocimiento, sin hablar ya del florecimiento de los
estudios llamados humanistas: filosofía, literatura,
derecho, etc. En todas las esferas, con la excepción
profundamente lamentable de la economía y de la ciencia
política —que siguen estando muy reducidas al triste
papel de técnicas de legitimación del poder— se observa
que la voluntad de cuestionamiento está presente y es
fecunda; no es por azar que Foucault y Bourdieu son los
autores más citados y utilizados mundialmente de las
ciencias sociales en la actualidad: ambos son pensadores
críticos y pensadores del poder. Cuando el feminismo
—movimiento intelectual y político crítico en su
principio mismo— ha renovado la investigación en las
esferas más variadas, desde la estética hasta la
arqueología pasando por la criminología, vinculándolas
con un proyecto concreto de transformación social y
cultural.
Léanse los
análisis de las desviaciones homicidas de la
racionalidad realizados por Zygmunt Bauman en
Modernity and the Holocaust; las experimentaciones
literarias (empleo a propósito esta combinación de dos
ideas contradictorias) mediante las que José Saramago
deshace el orden social en L’Aveuglement; las
teorías de la equidad y del desarrollo económico, que
aúnan rigor científico y compromiso moral, del reciente
premio Nobel Amartya Sen en Development as Freedom;
la reseña que Nancy Scheper-Hughes hace de las
contradicciones del amor maternal en las villas miseria
de Brasil, en Death Without Weeping, o el
sorprendente retrato del siglo XX que dibuja Eric
Hobsbawn en The Age of Extremes; la epopeya de la
noción de la libertad, surgida a la sombra de la
esclavitud, descrita por Orlando Patterson en Slavery
and Social Death y Freedom in the Making of
Western Culture; o aún más la anatomía de los
mecanismos de legitimación del poder tecnocrático hecha
por Pierre Bordieu en La Noblesse d’État, y muy
pronto quedarán convencidos de que el pensamiento
crítico está vivo, es productivo, está en pleno apogeo y
progresa. Y que, además, él no se limita solo a los
intelectuales que marchan explícitamente bajo su
bandera: muchos investigadores, artistas y escritores
contribuyen a alimentarlo, independientemente y, en
ocasiones, incluso en contra de sus compromisos
políticos y cívicos desde el momento que sacan a la luz
posibles aristas sociales que son excluidas, relegadas o
reprimidas, pero que están muy presentes, poco
explícitas o en gestación, en nuestra actualidad.
Agregue a esto el hecho de que nunca ha habido, en un
amplio sentido, tantos investigadores en ciencias
sociales e intelectuales como en nuestros días, que el
nivel general de educación de la población aumenta sin
cesar, que los sociólogos —por no citar a otros― nunca
han influido tanto en la esfera pública (si se juzga por
la cantidad de libros que venden, por su presencia en
los medios, por su participación directa o indirecta en
el debate político), y usted estará tentado de llegar a
la conclusión de que nunca la razón ha tenido tanta
oportunidad de triunfar sobre la arbitrariedad histórica
en los asuntos humanos. El enorme éxito alcanzado en
Francia por la colección Raisons d’agir, que produce
libros científicamente rigurosos, pero breves y escritos
en un lenguaje accesible, sobre cuestiones de interés
cívico vital, evidencia, de hecho, que existe una amplia
demanda social de un pensamiento crítico y que la
ciencia social es completamente capaz de responder a
ella.
Y, sin embargo, este mismo pensamiento crítico es
terriblemente débil; por una parte, porque con mucha
frecuencia se deja encerrar y asfixiar en el microcosmos
universitario (esto es particularmente flagrante en los
Estados Unidos, donde la crítica social funciona en
balde y va de un lado a otro, para terminar mordiéndose
la cola, como un perro que se ha puesto rabioso después
de haber sido encerrado en un vestíbulo); por otra
parte, porque actualmente se encuentra ante una
verdadera muralla china simbólica ―formada por el
discurso neoliberal y sus desviaciones que han invadido
todas las esferas de la vida cultural y social―, y que
se debe enfrentar, además, a la competencia de un falso
pensamiento crítico que ―enmascarado en un lenguaje de
apariencia progresista que exalta al «sujeto», la
«identidad», el «multiculturalismo», la «diversidad» y
la «mundialización»― invita a ceder ante las fuerzas del
mundo, principalmente ante las fuerzas del mercado. En
el momento en que la estructura clasista se hace más
rígida y se polariza, en que la hipermovilidad del
capital ofrece a la burguesía transnacional una
capacidad de dominio sin precedentes, en que las élites
dirigentes de todos los grandes países desmantelan de
común acuerdo los sistemas de asistencia social
establecidos a lo largo de un siglo de luchas salariales
y donde resurgen y se propagan formas de pobreza que son
reminiscencias del siglo XIX, nos hablan de «sociedad
fragmentada», de «carácter étnico», de «buena
convivencia», de «diferencia». Donde haría falta un
análisis histórico y materialista sin concesiones, ellos
nos proponen un culturalismo suave completamente tragado
por las preocupaciones narcisistas del momento. De
hecho, jamás el falso pensamiento y la falsa ciencia han
sido tan prolijos ni han estado tan omnipresentes.
-¿Cuáles son las formas
principales que reviste el falso pensamiento?
-En los Estados Unidos, es la
policy research, que desempeña el papel principal de
pantalla y de escudo contra el pensamiento crítico, al
servir de «amortiguador» que aísla la esfera política de
toda investigación independiente y radical, tanto en su
concepción como en sus implicaciones para las políticas
públicas. Todo investigador que desee dirigirse a los
responsables del Estado debe pasar, obligatoriamente,
por ese círculo bastardo, ese «tamiz» de
«descontaminación», aceptar que se le someta a una
censura severa y reformular su trabajo según categorías
tecnocráticas que garanticen que seguirá sin influir ni
ejercer efectos sobre lo real. De hecho, los políticos
estadounidenses no recurren a la investigación social
más que cuando esta va en el sentido en que ellos
indefectiblemente quieren que vaya; en todos las
restantes ocasiones, hacen caso omiso de ella, como el
Presidente Clinton, cuando pasó su «reforma» de la
asistencia social en 1996 (es decir, abolió el derecho a
la asistencia social y lo remplazó con la obligación del
salario precario por la vía del workfare) a despecho del
gran cúmulo de trabajos que mostraban que se trataba de
una regresión social que no podía más que perjudicar a
los menos favorecidos.
En Europa, es el periodismo sociológico, género híbrido
practicado por personas que nominalmente son
universitarios, pero que en realidad pasan su tiempo
escribiendo notas policiales, editoriales y reportajes
de poca importancia, saliendo por radio o por
televisión, que están por doquier para hablar de todos
los temas de actualidad, incluso ―y sobre todo― acerca
de los que no tienen la más mínima competencia
específica. Ellos saltan de «problema social» a
«problema social» según la demanda mediática y política,
sin plantear la cuestión de saber cómo ha sido posible
que un determinado fenómeno se haya convertido en tema
de preocupación y de intervención, para quien y por qué.
Ellos ocupan ampliamente el poco espacio que los
periodistas conceden a los investigadores, porque
ensalzan la vanidad de los periodistas al hacer
desaparecer la diferencia entre visión mediática y
visión científica: sus análisis ―que en el mejor de los
casos se apoyan en trabajos superficiales (y acaso
podrían tener tiempo de llevar a cabo trabajos serios si
continuamente se la pasan en los medios, en las
comisiones oficiales y en las vías colaterales del
poder)― se asemejan, hasta el punto de confundirse, a
reseñas periodísticas; ¡se explica, puesto que los
periodistas los aprecian y los ensalzan!
Pero el principal obstáculo al pensamiento crítico hoy
día hay que buscarlo en otra parte: en la formación de
una verdadera internacional neoliberal ―afianzada
mediante una red de instituciones de investigación, cuyo
centro está en la costa Este de los Estados Unidos, y
que es reemplazada por los grandes organismos
internacionales: el Banco Mundial, la Comisión Europea,
la OCDE, la Organización Mundial del Comercio, etc.― que
difunde, a velocidad exponencial, los productos de la
falsa ciencia, a fin de legitimar mejor las políticas
socialmente reaccionarias establecidas por doquier en la
era del mercado triunfante. He intentado mostrarlo en
Cárceles de la miseria, a causa de la política de
«tolerancia cero» que se ha «mundializado» en menos de
un decenio bajo el impulso del Manhattan Institute de la
ciudad de New York y de sus epígonos y “colaboradores”
activos o pasivos en el extranjero, y en Los Parias
urbanos con motivo del pseudoconcepto de «clases bajas»
que, sirve, en todos los países donde se utiliza, para
«culpar a la víctima» al atribuirle nuevas formas de
pobreza urbana a la pretendida emergencia de un nuevo
grupo de pobres disolutos y desorganizados. Pierre
Bourdieu y yo hemos intentado, en Las argucias de la
razón imperialista (Buenos Aires, Paidós, 2001),
plantear los lineamientos de un análisis crítico del
despliegue y de los efectos reales y simbólicos de esta
nueva «vulgata» planetaria, que nos presenta el mundo
fabricado por las grandes multinacionales como el
desenlace final de la historia, y la mercantilización de
todas las cosas como el escalón más alto de la
humanidad. Vulgata que está en boca de todos, incluidos
los gobernantes y los intelectuales que se presentan
como de «izquierda» y se creen progresistas (en
ocasiones, sinceramente).
-¿Cuál puede ser el
papel del pensamiento crítico frente a la obscenidad de
las inauditas desigualdades producidas por el nuevo
capitalismo global?
-El de constituir un muro de
resistencia a la destrucción por el Moloch del mercado,
comenzando por la destrucción del pensamiento y de todas
las formas de expresión cultural amenazadas hoy de
muerte violenta por el imperativo de la ganancia y de la
desenfrenada búsqueda de éxito de la mercadotecnia:
piensen que la señora Hillary Clinton ha recibido siete
millones de dólares de anticipo y Jack Welsh, Director
General de General Electric, nueve millones, por dos
libros execrables que serán escritos por dos
“colaboradores” y en los que narrarán, la una, su vida
como primera dama, el otro, sus experiencias de
malabarismo como Director General, y que Amazon.com
venderá en grandes cantidades, mientras que escritores,
poetas y jóvenes investigadores de talento no encuentran
una editorial que los publique, por el único motivo de
que todos los editores tienen que ajustar en lo sucesivo
sus tasas de ganancia anual a la de los sectores de la
televisión y del cine, a los cuales han sido agregados
los grandes conglomerados culturales.
El pensamiento crítico, con celo y vigor, tiene que
destruir las falsas evidencias, revelar los
subterfugios, desenmascarar las mentiras, señalar las
contradicciones lógicas y prácticas del discurso del Rey
Mercado y del capitalismo triunfante que se difunden por
doquier con fuerza de evidencia, como consecuencia del
derrumbe brutal de la estructura bipolar del mundo
después de 1989 y de los estertores del proyecto
socialista (y de su desviación por los gobiernos
presumiblemente de izquierda pero que, de hecho, se
habían convertido a la ideología neoliberal). El
pensamiento crítico tiene que plantear sin tregua la
cuestión de los costos y de las ganancias sociales de
las políticas de desregulación económica y de
desmantelamiento social que nos son presentadas en la
actualidad como la vía segura hacia la prosperidad
eterna y la felicidad suprema bajo la égida de la
«responsabilidad individual» (que no es más que otro
nombre de la irresponsabilidad colectiva y del egoísmo
del mercado). En su famosa Carta a Arnold Ruge,
publicada en los Rheinische Zeitung en 1844, Karl Marx
se pronunciaba a favor de una «crítica sin escrúpulos a
todas las cosas existentes». Me parece que este programa
tiene más actualidad que nunca. Así se remite a la
misión histórica primera del pensamiento crítico, que
consiste en servir de disolvente de la doxa, en
cuestionar continuamente las evidencias y los propios
marcos del debate cívico, de suerte que nos ofrezca una
oportunidad para pensar el mundo en lugar de ser
pensados por él, para desmontarlo y para comprender sus
mecanismos y, por lo tanto, para reapropiárnoslo
intelectual y materialmente.
Traducción para
La Jiribilla: Fernando Martínez
Colaboración de la revista Criterios.
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