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FORMAS DE LA NOSTALGIA REPUBLICANA

Durante el mes de octubre de 1949, al tiempo que tenía lugar en las páginas de Bohemia la famosa  polémica sobre la que para Mañach era «cierta poesía nueva» y para Lezama sencillamente poesía auténtica, pudiera seguirse otro contrapunteo: el que venían a conformar los artículos de Lezama, que luego incluyera en su mayoría en la segunda sección de sus Tratados en La Habana bajo el título de «sucesivas o coordenadas habaneras», y las Estampas que Mañach había publicado casi un cuarto de siglo antes.  

Duanel Díaz | La Habana


Tres días después de aparecer la «Carta abierta a José Lezama Lima» donde Mañach publicaba un rotundo «no entiendo» que dio al autor de «Muerte de Narciso» la ocasión de defender su «ciudad intelectual» frente a aquellos que, según él, habían trocado la «FEDE» por la «sede», apareció en el Diario de la Marina un artículo sin firma bajo el rubro de «La Habana». A pesar del anonimato, la autoría era inconfundible: Lezama Lima. La insólita sección se mantuvo, una o dos veces a la semana, hasta marzo de 1950. Así, se dio el caso de que, durante el mes de octubre de 1949, al tiempo que tenía lugar en las páginas de Bohemia la famosa  polémica sobre la que para Mañach era «cierta poesía nueva» y para Lezama sencillamente poesía auténtica, pudiera seguirse otro contrapunteo: el que venían a conformar los artículos de Lezama, que luego incluyera en su mayoría en la segunda sección de sus Tratados en La Habana bajo el título de «sucesivas o coordenadas habaneras», y las Estampas que Mañach había publicado casi un cuarto de siglo antes.

Obviamente, este posible contrapunteo no es sino una estrategia de lectura. Poner un texto junto al otro permite que resalten tanto las muy notorias diferencias de estilo y de sensibilidad como las notas comunes: no solo el amor a La Habana, no solo los elementos de costumbrismo que en mayor o menor grado contienen, sino también la manera en que en ellos se vertebra un programa nacional, el discurso de la decadencia que los recorre, las formas que asume en ellos la nostalgia. Elementos que los emparientan para enfrentarlos por la manera específica en que se presentan en cada serie, la cual no depende solo de la particular visión del autor o de lo puramente personal o incluso visceral del estilo de cada uno, sino del momento en que se escriben y de los ideales generacionales que reflejan.

A primera vista, la sobria españolidad de las Estampas contrasta con la desmesura idiosincrásica de las «coordenadas». Mañach es el joven paseante que en su recorrido por la ciudad   conjura el pasado y el presente registra el presente en una mirada pausada. Lezama, olímpico y provinciano, desde su sillón en la calle Trocadero —trocado en omphalos, en ombligo del mundo— conquista La Habana hasta hacer de ella imago mundi. Escribe Lezama en una de las «sucesivas»:

Montaigne que no fue dado a conversaciones corales o colectivas acostumbraba decir que sus ideas se movían con el ritmo de sus pies. Pasear hablando parece ser lo propio de aquel mundo griego. Después Montaigne paseará oyendo tan solo sus propias pisadas, ya anda por ahí el individualismo renacentista. Saldrán luego aquellas meditaciones de paseantes solitarios, Rousseau. Largos paseos interrumpidos por quejidos, suspiros y destierros voluntarios. (1)

Este pensamiento sirve para apuntar otra  arista del contraste entre las Estampas y las «sucesivas». Más a la manera socrática, el diálogo es representado en las Estampas, que descansan sobre ese elemento estructural y se presentan como relaciones de paseos por la ciudad y de meditaciones de los paseantes. En las «sucesivas», en cambio, parece dominar ese humanismo renacentista de Montaigne donde el «otro» de la conversación ha pasado al interior de uno mismo; y el diálogo ya no se representa, sino que ocurre en la profundidad del ensayo. En realidad, Lezama no es ni siquiera un paseante solitario como Rousseau. No pasea, no recorre la ciudad. No se levanta ni un momento de su sillón en la casa de Trocadero, y esta su reconocida inmovilidad física se compensa con el alcance vertiginoso de su imaginación, contraste que ha ido a engrosar el mito del grueso Lezama. Es, en fin, un gran nómada, si recordamos una frase de Toynbee que sorprendía a Deleuze: «Nómadas son los que no se mueven, se convierten en nómadas porque se niegan a partir.»

Si las fuentes más visibles de Mañach son los escritores españoles de la generación del 98, cuya manera algo decimonónica y castiza informa las Estampas, en la serie de Lezama resuenan los ecos de una cultura europea de entreguerras que fatigó la idea de la decadencia de Occidente. Lezama retoma un pensamiento de Herbert Read: «Es el momento cultural de las pequeñas ciudades, es necesaria la vuelta al estado-ciudad, solo de las pequeñas ciudades (Atenas, Florencia, Weimar) puede surgir el tipo de cultura que tenga la medida del hombre.» (2) No es difícil notar que detrás de este llamado se encuentra todo un discurso   ampliamente difundido en Latinoamérica por la Revista de Occidente y la editorial homónima. Spengler, Berdiaeff, Keyserling compartían la convicción de que la decadencia de Occidente debía ser superada por alguna transfusión de energía de una fuente virgen o por algún regreso a un estado anterior a la caída en la monstruosidad moderna. La Habana se le aparece entonces a Lezama con el aura de la ciudad pequeña que contrasta con la «inhumanidad» de los grandes estados contemporáneos y de su política planetaria. «La Habana —escribe— conserva todavía la medida del hombre.»

En la fragilidad de este «todavía» descansa la mirada nostálgica que recorre las «sucesivas», transidas de la nostalgia origenista que es un capítulo medular de una nostalgia republicana de la que también participan a su modo las Estampas de San Cristóbal. La decadencia de las quintas es un motivo fundamental tanto de las Estampas como de las «sucesivas». Escribe, por ejemplo, Mañach:

Una casona de prosapia, mansión antaño de coloniales hidalgüelos o de algún segundón aventurero que prefirió los pájaros volando de esta India nuestra al halcón en mano desmedrado y solariego; una noble casa de fachada monda, e historiado alero, de ancha y guarnecida portalada, en cuyos salientes se prendió mil veces la blonda rebosante de los quitrines, hela aquí convertida en almacén de granos y de tasajo. En las oscuras estancias, en el alto patio, los costales hacinados unos sobre otros, llegan hasta donde se fatiga el mirar, e insinúan una parda, ruda, inagotable opulencia. No hay sino sacos aquí donde todo fue ornamento y gentil empaque. (3)

En el cuarto de siglo que transcurre entre la publicación de la serie de Mañach  y las «coordenadas habaneras», la decadencia del Cerro y de la Habana Vieja se hizo más pronunciada. Lezama, a propósito, escribe:

Y otro es el caso de nuestros edificios, legados por la colonia enteros sobre su base, destruidos por la impiedad de una cuartería que ha instalado allí su jauría o de una administración que se sentó para poner monotonías, chatarrar, restar personalidad a lo que se la dio [sic] el linaje y un sentido preciso de la grandeza. (4)

Para Lezama la decadencia de las quintas y palacetes es la imagen grotesca y lastimosa de la decadencia nacional, de la desintegración de las esencias de los fundadores, y de la mengua  de un modo de vida criollo que cede ante la extranjeridad y la superficialidad de la República. Las «sucesivas» rezuman nostalgia por una Habana antañona, esplendorosa, visitada por curiosos extranjeros, ornada por tradiciones ahora en crisis como la de la cena dominical, una Habana cuya evocación aprovecha todo un repertorio de la mitología colonial. 

(…)

Desde luego, la posición de Lezama es bastante diferente de tan pedestre y tradicional tradicionalismo que frecuenta imágenes de tradición campestre y costumbres de ciudad colonial. A propósito de un poemario de Fina García Marruz, el crítico Emilio de Armas ha hablado de «algo que podría denominarse cultura poscolonial habanera» que «se vuelve hacia una imagen de la capital insular como centro de lo que pudo haber sido la plenitud de la nacionalidad: una plenitud anunciada por el esplendor de la burguesía criolla durante el siglo xix, y tronchada por la incompletez de los sucesivos esfuerzos independentistas realizados por esta misma burguesía». (5)

Esta «cultura poscolonial habanera» se diferencia del ingenuo    pasatismo ilustrado por Gálvez y Varela Zequeira. Si este se mantiene reacio a las novedades de la vanguardia, aquella busca, de cierta manera, ir más allá de lo ingenuo del vanguardismo para asumir plenamente una expresión moderna, totalmente siglo xx. Los vitrales de Amelia Pélaez denotan una asimilación del cubismo. Lezama, suerte de Luján más recalcitrante y más católico, que ha leído al autor de La tierra baldía, ostenta un lado Eliot. Su resistencia a la modernidad, muy ligada al impacto de una frustración republicana que se engrosó con el fracaso de la Revolución del 30  y la más reciente decepción del gobierno de la «cubanidad», recuerda la mixtura eliotiana que traduce en imágenes de insólita modernidad una percepción del mundo moderno como caos y fealdad, inseparable en el autor de «Miércoles de ceniza» del conservadurismo político y la defensa de la religión. Una sensibilidad cercana a la de Eliot se nota, por ejemplo, en el siguiente pasaje de Lezama: 

Ganemos en una mañana la perspectiva aérea de La Habana. Sus calles de anchura deleitosa parecen inundadas del río de latón de las máquinas. Lentísimas hileras se mueven como encadenadas. Quien soñó con una prisa innecesaria ahora camina como amarrado a un árbol. Calles hechas para la marcha y el paseo nocturno, soportan grosería y toneladas, erizando sus aguijones, sus ingenuos sistemas defensivos y logran hacer lento y arrastrado el paso de innumerables invasores. (6)

Mañach se planteaba la opción entre el «criterio romántico-estético» y el «utilitario—innovador». Aunque estetiza la provincia y el mundo tradicional representado por la pequeña ciudad del interior donde el campo está a solo unas cuadras, cree en la necesidad de «ser prácticas criaturas del siglo»: su nacionalismo no está reñido con la modernización, sino que en el fondo la incluye. Lezama es bastante menos ambivalente en este sentido. En las «sucesivas» se perciben ecos de la «vuelta a la Edad Media» que proponía ese conde báltico disfrazado de filósofo alemán que se llamó Hermann de Keyserling, del desprecio del dinero y de la usura que llevó a Ezra Pound a convertirse en panegirista de Mussolini bajo el argumento de que el fascismo italiano era «poético», incluso de la idea de Felipe II según la cual el capitalismo era un mal inventado por los protestantes para acabar con el catolicismo. Pues un anticapitalismo tan visceral, y tan divergente del anticapitalismo marxista, que no apunta de ningún modo a una regresión a un estadio anterior, sino a una superación dialéctica, informa la utopía de la ciudad de calles estrechas y muralla protectora, ciudad de la vecinería donde no circula el dinero, cuyo arquetipo es la ciudad medieval. Y en América, donde no hubo Edad Media, lo medieval, desde el precario romanticismo continental, es lo colonial.

NOTAS:
1)
Tratados en La Habana, Universidad Central de las Villas, 1958, Pág. 230.
2) Ob. cit., p. 241.
3) Estampas, Pág. 61.
4) Tratados en La Habana, Pág. 222.
5) El pasaje completo de Emilio de Armas define la «cultura postcolonial habanera» como un fenómeno que tiene sus raíces en el apogeo de la cultura cubana durante el siglo xix, y que responde a un estilo de vida —el de la intelectualidad criolla— que hacia la década de 1860 se identificaría con el pensamiento independentista, para derivar después hacia un nacionalismo interior de sello contemplativo y anhelante, y de notable hondura en la captación y expresión de «lo cubano. / La cultura postcolonial habanera se vuelve hacia una imagen de la capital insular como centro de lo que pudo haber sido la plenitud de la nacionalidad: una plenitud anunciada por el esplendor de la burguesía criolla durante el siglo xix, y tronchada por la incompletez de los sucesivos esfuerzos independentistas realizados por esta misma burguesía. La ruina económica y el exilio que padecieron muchas de las familias criollas como consecuencia de aquellos esfuerzos, engendrarían entre algunos de sus descendientes la noción de pertenecer a un «linaje disperso» (la frase es de Octavio Smith). / En el ámbito de la poesía, esta noción se convierte en conciencia. A ello contribuyen no solo las obras, sino las muertes desdichadas o prematuras de algunos de los principales poetas cubanos del siglo xix —José María Heredia, Juan Clemente Zenea, Julián del Casal, José Martí—, muertes que parecen responder a una aciaga fatalidad. Por otra parte, la ruptura de la dependencia colonial y el establecimiento de una república negada reiteradamente por sus instituciones hacen aún más evidente la contradicción entre la vida espiritual y la vida política de la nación («las bellezas del físico mundo, / los horrores del mundo moral» que dijo Heredia). De este modo, aquel esplendor interrumpido de la cultura criolla es evocado por un grupo excepcional de poetas y pintores del siglo xx, pero ahora en imágenes fragmentadas: los vitrales, los sillones de mimbre, los patios interiores y las estancias llenas de penumbras y rumores de los palacetes coloniales abandonados por sus moradores y convertidos — muchos de ellos— en casas de vecindad. Las imágenes, en fin, de una ciudad capital que no pudo erigirse en Ciudad-Estado, se reúnen en la poesía y la plástica de los años 40 como los restos de un tesoro rescatados por sus herederos espirituales mucho después del naufragio. Y este noble y patético esfuerzo por oponer a la frustración de lo contingente la realización de lo esencial engendra un nuevo momento de esplendor en la cultura cubana. «En Encuentro de la cultura cubana», No11, Madrid, invierno de 1998-1999, Pág. 17.
6)
Tratados en La Habana, Pág. 282.

Fragmento del capítulo Formas de la nostalgia republicana del libro Mañach o La República, Premio Alejo Carpentier de ensayo 2003 que será publicado próximamente por la editorial Letras Cubanas.
 

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