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LA
«NUEVA» POSICIÓN DE EL PAÍS
Los editores de El País deberían pensar mejor
hasta qué punto resulta efectiva la burda campaña
anticubana y si la misma, antes de conseguir el fin que
se propone, no contribuirá a acabar con el poco
prestigio que le queda al periódico.
M. H.
Lagarde
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La Habana
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La
disidencia y la unanimidad
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¿La
Atlántida de corcho?
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Antonio Elorza: Cartas al Director
Para estar a tono con el «consenso» de la «nueva»
posición europea, el alguna vez respetado periódico
español El País, ha devenido una suerte de
propagador de invenciones. Por lo visto, al ejecutar su
cruzada propagandística contra Cuba, no desestima ni
siquiera las falacias provenientes de una fuente como la
revista
Encuentro, una publicación financiada por
la
National Endowment for Democracy (NED), agencia que
como ha sido denunciado por diversos medios, entre ellos
The New York Times, le sirve de paraguas
financiero a la CIA.
A
El País no le bastó promocionar el pasado día 30
el contenido del último número de
Encuentro en la
nota titulada «La
represión de Castro, objeto de estudio de una revista
cubana», sino que un día después continuó su maniobra
publicitaria con la
publicación de otra información de similar contenido:
«Encuentro
de la Cultura Cubana renueva su protesta contra Castro». Prácticamente,
la misma noticia repetida dos veces.
Ya se sabe que la
conexión de El País con la revista Encuentro
no es nueva y mucho menos casual. Desde mucho antes de
la creación de ese otro invento que es el «consenso»
europeo, el periódico sirve de amplificador a la campaña
norteamericana contra Cuba. La historia tiene ya algunos
años. De acuerdo con el filósofo alemán radicado en
México Heinz Dieterich: «La constante labor subversiva
de Aznar contra el gobierno cubano no es, por supuesto,
ni singular, ni nueva. La política subimperialista
española frente a América Latina comenzó con Felipe
González, con el apoyo del conglomerado mediático ‘Grupo
Prisa’, al cual pertenece el diario El País».
Pero lo más curioso del caso es la manera en que el
periódico subordina su política editorial a este tipo de
propaganda. Como si no bastara la insólita frecuencia
—que supera la de cualquier otro colaborador— con que el
codirector de Encuentro dispone de las páginas
del periódico para escribir cualquier falsedad sobre
Cuba y su historia, el pasado abril, Juan Luis Cebrián
—antiguo director de los servicios informativos de la
Televisión franquista y hoy consejero de la poderosa
multinacional PRISA—, el mismo personaje que organizó la
campaña apoyando el golpe de estado de Carmona en
Venezuela, se dedicó a realizar una maniobra de
desinformación similar contra Cuba.
Fue El País el primero y el único periódico más o
menos importante que reprodujo la carta redactada por
Encuentro en contra de los arrestos de 75
mercenarios y las penas de muerte de tres terroristas.
Lo hizo con una ingenuidad indigna de una publicación
que se respete. Entre la larga lista de firmantes, entre
los que se encontraban además de la del propio consejero
de PRISA, una buena parte de la plana mayor del diario
y sus colaboradores:
Joaquin Estefanía, Juan Cruz, Antonio Elorza, Rosa Montero y Vicente Verdú, entre
otros, figuraban personas a las que jamás se les había
consultado ni compartían, como declararon después
públicamente, el contenido de la misiva. El ejemplo más
representativo fue el del coordinador general de la
Izquierda Unida española, Gaspar Llamazares.
Ahora, en la sonada promoción de la revista dedicada a
repetir, al estilo de Goebbels, las calumnias y mentiras
lanzadas contra Cuba, El País asume la «objetiva»
posición de servirle de eco a las infamias de una
publicación que pagan, con casi un millón de dólares
anuales, la Fundación Ford, la NED
y el gobierno español para ser utilizada como instrumento de
la campaña de agresiones contra Cuba.
Además de los consabidos infundios sobre la Isla que se
repiten en ambos reportes, lo más significativo es la
desfachatez con que sus editores aceptan que
Encuentro incluya, entre los que rompieron con la
Isla a raíz de los sucesos de abril, al intelectual
uruguayo Mario Benedetti.
Sin duda, ya no solo se trata, como asegurara hace poco
en Buenos Aires el politólogo norteamericano James
Petras, de un periódico que odia visceralmente a Cuba o
que la empresa que lo dirige comparta acciones con la
Fundación cubano-americana de Miami, por lo que tiene
«un interés particular en publicar cualquier ensayo de
cualquier persona, individuo, izquierdista, ex
izquierdista contra Cuba», sino que además, —a golpe de
cínicos subterfugios—, incluye entre sus cofrades, como
si no le bastara su corte anticubana, a alguien como
Mario Benedetti
que en medio de esta atroz campaña se ha
pronunciado reiteradamente en defensa de Cuba.
Declaraciones que por cierto ha ignorado El País,
como también lo ha hecho con las de
Ernesto Cardenal y
Augusto Roa Bastos, entre muchos otros.
Como inferimos al inicio, el «ético» proceder de ese
diario no puede separarse de la «nueva» política hacia
Cuba que, según el asesor del presidente Bush, Otto Reich, se dirige ahora desde Madrid. En los últimos
meses, no hay edición de El País que no cuente
con uno o más trabajos dedicados a tergiversar la
realidad cubana. Y mientras el periódico abre sus
páginas —también casualmente—, a los bien pagados
colaboradores de Encuentro para que defiendan a
los empleados norteamericanos encauzados en Cuba, o
recorta y manipula a su conveniencia los criterios sobre
el tema que solicitara su corresponsal en La Habana
escritores de la Isla, le sigue escatimando el espacio a
cualquier opinión procedente de Cuba.
Además de los casos ya publicados en esta misma
revista,
entre las censuras más recientes se encuentra la del
texto enviado a
solicitud del diario por el
poeta y ensayista Guillermo Rodríguez Rivera. Un destino
similar tuvo el trabajo «De la Bastilla a Bruselas» del
filósofo Fernando Martínez Heredia, solicitado
originalmente para el espacio de Opinión, el que luego
de cambiarle el título y extirparle varios fragmentos,
solo apareció publicado en la sección de cartas al
director.
El
colmo es que, cuando se refiere a Cuba, la burda
manipulación de El País no se limita a los
pensadores y escritores que se atrevan a defender a la
Isla. Hace solo unos días la sección
Cartas al director
dio a conocer la reclamación del
catedrático de pensamiento
político de la Universidad Complutense, Antonio
Elorza, sobre el tratamiento que recibiera un artículo
suyo en el periódico. Según el autor, que no es un
defensor de Cuba ni nada que se le asemeje, en su texto
sobre el asalto al cuartel Moncada no solo se incluyó
una errata sobre algo que él no había escrito «de
ninguna forma» en su trabajo, sino que además le
agregaron algunas disparatadas expresiones: «tampoco,
lógicamente, hablé de ‘la toma del Moncada’, que no fue
tomado». Y concluye: «el título: ‘El cuartelazo que
parió el castrismo’ tampoco es mío. Me importa
subrayarlo porque a mi juicio el asalto de unos civiles
a un cuartel no es un cuartelazo. Entiendo por
cuartelazo el golpe militar ejecutado a partir de la
sublevación de uno o varios acuartelamientos, lo cual
encaja con el golpe de Batista en 1952, pero no con la
acción de Fidel Castro».
Todos estos impudorosos errores y manejos dejan al
descubierto lo que para algunos empieza a tornarse
obvio: «no es muy difícil parecer progresista cuando el
referente es Franco o Pinochet (hasta un Garzón puede
intentarlo), y tampoco es muy difícil parecer un
periódico serio cuando la competencia es El Mundo,
ABC o La Razón. Tal vez por eso muchas
personas de izquierdas hemos visto en El País,
durante años, nuestra única opción dentro de la prensa
española de gran tirada. Pero su rápida degradación tras
el 11-S, que culminó con su canallesco apoyo a los
golpistas venezolanos, nos ha llevado a repudiarlo con
una mezcla de consternación y repugnancia. Consternación
y repugnancia que desde entonces no han hecho más que
crecer, y que han alcanzado un máximo difícilmente
superable ante la criminalización de Cuba orquestada por
el diario y su ‘cuadra’ (nunca mejor dicho) de
columnistas». (Irene Amador y Carlo Frabetti en
www.rebelion.org)
Los editores de El País deberían pensar mejor
hasta qué punto resulta efectiva la burda campaña
anticubana y si la misma, antes de conseguir el fin que
se propone, no contribuirá a acabar con el poco
prestigio que le queda al periódico.
Cada vez son más los lectores que descubren que ahora,
cuando las agresiones diseñadas en Washington llegan a
la Isla por los caminos de Roma, Bruselas o Madrid, a
El País se le ha confiado el sucio papel de
convertirse, de una vez por todas, en un órgano
propagandístico de la contrarrevolución cubana. |